miércoles, 23 de junio de 2010

Todas íbamos a ser reinas -Novela (Nuevo fragmento)



Dormite niñito
que la luna arrulla tu sueño desnudo


¿Dice usted que fue la noche del pampero? La misma. Pues no, yo creo que fue mucho después que Miguel Petroff firmó el contrato de compra de la tierra. Le digo que sí, que esto sucedió la misma tarde que a mi comadre Encarna le dio aquel pasmo y que llamaron a la india Abigail para que la curara. ¿Una india, dice? Sí, la que andaba arrimada al gaucho Barrionuevo y que tenía la cara como un colador a causa de las viruelas.

que tu sueño sueña la luna dormida
Dormite niñito
antes que la tierra sea tu sudario


Tomados de la mano, Tania y Miguel veían acercarse aquella ciudad desconocida envuelta en la bruma de un día lloviznoso. Les parecía tocar esa franja de tierra parduzca por la que dejaran la suya. Cuando las chalupas llegaron al barco, Miguel palpó el vientre aún plano de Tania y luego, pasándole el brazo alrededor de los hombros lloró en silencio. "Ojalá el futuro nos ayude a olvidar las penurias de este viaje", murmuró. Nada de lo que les pasara sería peor que lo vivido, pensó.

antes que los ríos se cubran de sangre
Te canto bajito para que me escuches
Para que recuerdes que vienes de lejos


Acuérdese que vino por aquí a pedir una manta y que luego le hizo una frotación en todo el cuerpo de aceite de mostaza, semilla de algodón, sal tostada y alcanfor. ¿Que de dónde iba a sacar todo eso si estos andurriales hervían de yuyos y ganado salvaje? Sabrá el Señor- Pero déjeme que termine. Luego le dio un bebedizo de té con cogollos de orégano y un poquito de azufre. Esa india era muy entendida en los descalabros del cuerpo. ¿Se acuerda de ella? Andaba siempre con el gaucho Barrionuevo, como le termino de decir, en ancas de su barcino. Que de pueblo en pueblo, dizque. Por entonces no hacía mucho que habíamos llegado. Unos tres meses, a lo sumo. Acuérdese que la etapa de las carpas había quedado atrás. Después también de que Miguel defendiera a Grishenka, Grusha, la prostituta que salía por las noches y se sentaba en las afueras del campamento a entonar aquella cantinela que estrujaba el corazón.

de un canto de nieve
de una rama trunca
de un árbol que canta entre dos sollozos


No sabían si reír o llorar cuando vieron aparecer detrás de los yuyales las enormes ruedas. Llevaban más de tres horas esperando, apeñuscados con los otros, en aquella estación desolada desde donde les prometieron conducirlos a destino. La tarde venía fresca y Tania se arrebujaba en su chal blanco, tratando inútilmente de que Miguel no le notase el cansancio. No quería agregarle más preocupaciones. Un viejo de largo caftán negro leía el Talmud, masticando las palabras en voz baja. De a ratos levantaba la vista y escrutaba el horizonte. Era uno de los pocos que llegaron solos.


Te tapo en silencio
con mis dos harapos
cuna de miseria para un mundo nuevo
miseria de mundo para un niño bueno


Tania permanecía callada. Acodada en la borda junto a sus compañeros de viaje, semejaba la imagen de una muda pregunta. Miguel levantó el baúl y lo arrojó en brazo del dueño de la chalupa, que estiraba ya la mano para ayudar a los hombres y mujeres que bajarían a ella. La hilera de chalupas, abarrotadas de gente, se fue aproximando a tierra con lentitud.

Tendrás un osito y una mermelada
y una casa blanca que viaje al verano
Tendrás un espiga para tu alimento


Ya funcionaba, también, el almacén del Barón y todas las mañanas íbamos allí a aprovisionarnos. Todas, menos los sábados, porque ya usted sabe que ese día bendecimos al Señor. Tiene usted razón. Fue la segunda vez que corrió el pampero. Y todavía estábamos en las carpas, me equivocaba. Ahora recuerdo que ese día no hubo viento pero igual los yuyitos comenzaron a temblar. Era ya el atardecer y el cielo se puso negro, como si lo hubiera atravesado Luzbel. ¿Que aquí le dicen Mandinga? Lo mismo da. Yo que soy gringo tengo derecho a llamar las cosas como mejor me salgan, aunque tantos años de estar aquí, trajinando esta tierra me hayan hecho más gaucho que usted. No se me enoje. Ya ve que somos amigos. Fue antes de la helazón. Como digo, los yuyos temblaban y los caballos pateaban el suelo, como queriendo avisar.

Vienes de otra orilla
el mar fue tu almohada


Casi todas las demás eran familias repletas de chiquillos que correteaban en el suelo de tierra sin que sus madres los llamaran al orden, absortas como estaban en esa espera que poco a poco se iba vaciando de esperanza. El viejo comenzó a lagrimear. Grushenka se acercó a él y le pasó un brazo por los hombros. Él se arrimó a ella, como un niño que buscara el consuelo de su madre, pero luego la rechazó, enojado. "Habrase visto", murmuró. No contento con esto, levantó su mano en señal de amenaza. Grushenka se alejó, no sin antes guiñar un ojos a su vecina, una mujer rubicunda sentada sobre sus pertenencias envueltas en una sábana blanca.
Llegaron a eso de las siete. Surgieron de los pastizales como una aparición fantasmagórica. Eran ocho carromatos carcomidos por las lluvias y de unas ruedas altísimas, que venían precedidos por un hombre de tez cobriza en un bayo claro. Los hombre y mujeres se arremolinaron a su alrededor, sin animarse a tocarlas. Del interior de una de ellas salió otro hombre, vestido de sarga azul.
- Vayan entrando - dijo, en mal alemán -. Sólo mujeres y niños - agregó al ver que los hombres también formaban parte del gentío que se atropellaba para subir.
- Los hombres irán a pie - dijo el de tez cobriza.
Miguel abrazó a Tania, que trató de abrirse paso en esa masas compacta. El interior de la carreta era estrecho y tuvieron que apretujarse como sardinas. Se tocaba el vientre mientras partían.

de una raza antigua
buscando a tu hermano


El bullicio era infernal. Un negro tocaba impávido su organito, del cual salía esa música triste que les llenó el alma de una nostalgia sin nombre. Caminaron por la calle lodosa hasta el vetusto edificio a cuyas puertas un hombre corpulento de raído uniforme los detuvo para sellarles el pasaporte. Racimos de hombres y mujeres caminaban por los pasillos, entraban y salían hablando lenguas desconocidas. En las miradas de todos se notaba una misma chispa de ansiedad.

Dormite, niñito, alma de turrón

Los pájaros volvían a los árboles en un volido apresurado. Nosotros nos arrebujamos, nos acollaramos unos a otros, presintiendo. No es que yo sea miedolento, pero la tierra lanzaba un zumbido, como el de millones de abejas. Y luego el silencio, que era más aturdidor que los truenos. Sí, fue por esa época del segundo pampero que Miguel compró. Le entregaron un arado de asiento, un carro de cuatro ruedas, diez lecheras, doce caballos y un toro. Fue el primero de nosotros que tuvo tierra.

Te he mostrado un mundo

Desde la cubierta de la proa vieron las ballenas, tiburones que nadaban cerca del barco y lo acompañaban durante días, vieron peces voladores y albatros y gaviotas cerca de las costas. La brisa olía ya a tierra: humus, espigas, resinas. Habían abandonado la vieja Europa. Detrás quedaba el pasado con sus remotos paisajes. Vislumbraban en lontananza un mundo nuevo.

Conquistalo vos



Ediciones Letra Buena. Buenos Aires

domingo, 20 de junio de 2010

Todas íbamos a ser reinas (fragmento)- Novela


Te escribo esta carta debajo de mis párpados, donde anda tu nombre como tantos otros, esos nombres que tiene pasos de aire y se desvanecen en él apenas los evoco. Aquí estamos ya, Pola, en esta tierra de pastizales densos, manchada de cañadones. Todo es nuevo y a la vez antiguo, caminar por un suelo libre, descubrir la alegría de sembrar con la luz primera de la mañana. El viaje fue agotador, no sé si alguna vez nos veremos para que te lo cuente, se necesitarían semana, quizá meses. Aquella Babel flotante en donde cada uno era un pedazo de tierra, un sueño móvil que entre todos formaba un solo y nuevo sueño, el mismo para los italianos, turcos, rusos, que veníamos como la resaca del mundo a ver si nos hacía un huequito la esperanza. Si vieras el enorme pasaporte con mi nombre, Tania Petroff, y el de Mijhail, Miguel en esta lengua tan difícil como remar contra el viento. No olvidaré nunca aquel domingo en que salimos del pueblo, el perfume de las acacias acariciando la mañana, tu cara pecosa surcada por las lágrimas y la de madre, impotente para disimular la pena detrás de la sonrisa. Los mujiks nos saludaban al pasar con las manos en alto, nos deseaban suerte. Yo veía esos rostros de mirada ingenua y soñaba con esta tierra en donde, se nos había dicho, todos eran iguales. ¿Tengo derecho a desear la igualdad para mí y para mis hijos cuando en la tierra de uno el Señor ha secado su fuentes y agostado todos sus manatiales? Sin embargo sé que sus dolores son como los de la parturienta, terminarán en alegría aunque ya no estemos aquí para contemplarlo. Si vieras, Pola, en qué han quedado mis manos, aquellas manos que mamá cuidaba tanto para que no se parecieran a las de ella. Aquí cavamos pozos, construimos hornos, empezamos el trabajo de la huerta. Yo colaboro en todo aunque, ¿adivinas?, espero un hijo. Miguel me toca el vientre y sonríe con esa sonrisa plena que tanto le conoces para después pedirme con lágrimas en los ojos que no vaya a la siembra. Pero no puedo. Me siento bien entre ellos, mis hermanos. Verlos con sus anchas barbas blancas inclinándose sobre la tierra, tiene algo de ritual, de mítico, que me reconforta. Porque no te creas. A veces evoco aquello otro, aquel tiempo inconcluso y siento que quiero asir aquellas formas, incorporarlas a mi frente antes de que se evaporen para siempre. Últimamente la imagen de papá me visita con frecuencia; su barba rabínica, sus largos ojos surcados de picardía. Me parece escucharlo conversar con los amigos en la tertulia mientras el samovar hierve, la eterna pipa de marfil incrustada en su boca. ¿Qué mas quieres que te diga, Pola querida? Estos campos de una absoluta desolación han ido cediendo y ahora los surcos se extienden hasta el infinito. Alrededor de nuestra casa hay vacas lecheras que guardamos en un corral. Del campo traemos bolsas repletas de choclos, melones y sandías tan jugosos como no sé si se habrán encontrado en el paraíso, a pesar de la cantinela de mamá ante nuestros rezongos, de que sólo allí encontraríamos la fruta perfecta. Como ves, ya soy toda una campesina. Yo, la que pasaba los días echada en el diván de raso de nuestra sala, leyendo a Tolstoi. A él seguramente esto le habría gustado. Amaso el pan como si estuviera viviendo uno de aquellos pasajes de la Biblia, en el comienzo de los días. Miguel aprende a montar. Su maestro es un "boyero" com llaman a quí al conductor de bueyes. Ha sido un antiguo soldado de Urquiza. Pero devaneo. ¿Qué puedes saber tú, querida mía, qué puede despertarte este nombre? Muchas esperanzas fueron depositadas en él, dicen que no hace mucho, pero las defraudó, como siempre sucede. A pocos kilómetros de aquí se alza la fantástica residencia en donde su espectro se pasea entre lagos artificiales, palomares cn espejos y rosales de enormes rosas que embalsaman el aire de los atardeceres.
No sé si somos bien mirados por la gente del lugar. Ayer no más vimos a los "gauchos" merodeando cerca de nuestra casa. Me impresionó el fulgor salvaje que despedían esos ojos. Unos enormes cuchillos, los "facones", les colgaban de la cintura. Pero no me asustaron. Vi en ellos el mismo terror acorralado de nuestros ccampesinos. ¿Habrán sido víctimas también ellos de injusticias y persecuciones? Tengo, como verás, mucho que aprender. Poco a poco iré abriendo los ojos a esta nueva realidad. Pero ahora, la primera luz entrando por mi ventana, termino de pensarte esta carta que probablemente nunca escriba para decirte que te quiero y que estás adentro mío como todo lo que he dejado.








Ediciones Letra Buena. Buenos Aires

domingo, 6 de junio de 2010

12. Blues del Albergue. Paulina Movsichoff




Se me dice : ese tipo de amor no es viable. Pero ¿cómo evaluar la viabilidad ? ¿Por qué lo que es viable es un bien? ¿Por qué durar es mejor que arder?

Roland Barthes

Anudada a tu carne por eso inconfundible.

Tomás Segovia

Debía reconocer que poco a poco, casi sin darme cuenta, había ido enamorándome. Al principio me resistía a aceptarlo. Sin embargo, ese sentimiento tantas veces experimentado, esa mezcla de angustia y alegría eran, sin lugar a dudas, el amor. Tenía un amante. Y me sentía culpable por ello. Soy una adúltera, me decía a veces con despecho. Adúltera, qué palabra tan rara. Más bien parecía algo referido a los adultos. ¿Una manera de llegar a la adultez? El diccionario no me ayudaba demasiado: “Ayuntamiento carnal ilegítimo de hombre con mujer, siendo uno de los dos o ambos casados.” Y la palabra venía del término latino: adulter, adulterado, averiado, falsificado. Pero me resultaba muy difícil convencerme de que aquel acontecimiento pudiera etiquetarse con una frase tan lapidaria. Ayuntamiento carnal, sí, pero también la magia, la alegría. El amor de Ángel me reconciliaba con la vida. Me daba permiso para amarme, por fin, a mí misma. Por primera vez, la pasión superaba a la culpa. Parecía que el destino me hubiera compensado de las amarguras pasadas, de ese desamparo del corazón que arrastrara durante tanto tiempo. ¿No era lo otro, más bien, lo adulterado, lo falsificado? Dos personas que viven bajo el mismo techo y duermen juntos en la misma cama sin tener ya ese diálogo profundo que era para mí la piedra de toque de la pareja. ¿Y de dónde provenía la ilegitimidad? ¿Quién la estableció y cuándo? Al leer aquello, se me antojaba haber regresado a la noche de los tiempos, a aquella aldea clánica que fijó la identidad del hombre en una casa, una mujer, un buey. La mujer sujeta al hombre de por vida, el hombre sujeto a la mujer. Como si fueran cosas. No importaba el hastío, la idílica unión convertida en una parodia de lo que fue. No importaban la fe burlada, las esperanzas deshechas. Si haces el amor con otro hombre que no sea tu marido o con una mujer que no sea la tuya caes en esa palabreja: adulterio. Lástima que no significara lo mismo para el hombre que para la mujer.

Ángel era el más maravilloso, galante y gentil de los hombres. Desde que me levantaba por la mañana temprano lo encontraba sosteniéndome, mirando pasar mis horas aún cuando no estuviera presente. Y esto me daba la sensación de estar viva, de ser única, exclusiva. A veces, cuando salía de casa por la mañana temprano para tomar el colectivo que me llevaría al trabajo, el auto de él venía a mi encuentro. “No podía esperar tanto para verte”, me decía. A la salida me iba a buscar y almorzábamos juntos mirándonos a los ojos, tomándonos de las manos como dos adolescentes. Algunas tardes acordábamos no vernos. Quería acompañar a Camila, que ya resentía el abandono. Al salir de la oficina lo divisaba parado en la esquina. No podía dejar de conmoverme ante la expresión de desamparo de sus ojos. “¿Tomamos aunque sea un cafecito?” suplicaba. Negarme resultaba superior a mis fuerzas. Una tarde en que caminábamos abrazados por San Telmo, un hombre se paró a contemplarnos. “¡Qué amor!”, exclamó en una especie de admirado homenaje.
Al lado de esto todo lo demás empalidecía. En el hotel, antes de desvestirse, él abría los brazos como para recibir a un tesoro. Percibía el éxtasis de Ángel al penetrarme. Me encontraba a mi vez cómoda en el cuerpo de él, mullido, afelpado. En ese coloquio oscuro de las pieles íbamos inscribiendo nuestros nombres en la lista de los grandes enamorados de la tierra: Isis y Osiris, Abelardo y Eloísa, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta.

Aún no podía decírselo a Marcos. Comprendí que, a pesar de mis cuidados, no estaba exenta de toda sospecha. Uno de esos días él entró como una tromba agitando algo en la mano.
—He comprado los pasajes. Nos vamos a Paraguay los tres. Visitaremos también las Cataratas.
Ay, Marcos. Las horas llegan siempre tarde. La noticia no me causó mucha gracia. ¿Tendría que ausentarme justo ahora, cuando el amor con Ángel brillaba como el sol en su punto más alto? Ausentarse. Penélope transformada en Ulises, abandonando a su amor en Itaca. La separación fue triste, casi desgarradora. En el ómnibus que me conducía a Misiones, cerré los ojos. Las lágrimas que Ángel derramó en la despedida no cesaban de caer adentro mío como una lluvia vivificadora.
Sentados adelante, Guiomar y Marcos conversaban y reían, olvidados de mí. Si esto es reconciliación empieza mal, pensé. Recuperaba, no obstante, mi gusto por el movimiento. Miraba compulsivamente por la ventanilla la sucesión de paisajes. Un viaje es siempre un desplazamiento interior. Pareciera que, sin quererlo, algo de uno se mueve hacia zonas desconocidas o postergadas. Un leve dolor de muelas comenzó a molestarme.
Llegamos a la frontera al amanecer. Una vez controlados los documentos, tomamos el taxi que nos conduciría a Asunción. El sueño y el cansancio no impidieron que descubriera con asombro aquella tierra empecinadamente roja, la exuberancia de la vegetación. En Asunción el calor era húmedo, agobiante. No obstante, mis poros se abrían a la sensualidad del aire, aspiraban el desfachatado aroma de los azahares. El dolor de muelas comenzó a arreciar.
El hotel elegido por Marcos no parecía tan malo. A la entrada, un patio con parras y palmeras me trasladó a territorios lejanos. Reviví aquella alegría infantil que siempre me asaltaba en los lugares que me recordaban la infancia. Algunas parejas desayunaban ya. Famélicos, nos sentamos nosotros también a una mesa mientras nos acondicionaban la habitación.
— Café con leche y medias lunas —pidió Marcos a una mujer gorda que arrastraba unos pies calzados en chinelas.
El café con leche no era tal. La taza enorme contenía pura leche con una gota apenas de café. Aquello no constituía para mí ninguna novedad. En todos los lugares de Latinoamérica sucedía lo mismo. Dejé la taza y devoré las medias lunas.
—Descansemos un rato — dijo Marcos —. Luego iremos a lo de los Mayoral. Conocimos a Ernesto y Teresita Mayoral en un viaje anterior, por la época dorada de nuestro matrimonio. Entre nosotros hubo un entendimiento inmediato, pero con Teresita nos unió una especial afinidad. Ahora, si no me derrumbaran el cansancio y ese maldito dolor, estaría impaciente por verlos. Vivían en una enorme casa con patios sombreados de árboles y muros cubiertos de enredaderas en el centro de Asunción. En el altillo, donde dormimos la vez anterior, había contemplado largamente aquella profusión de imágenes coloniales de vírgenes y santos además de una colección de artesanías de barro, pertenecientes a la cultura Tobatí, que me dejaron sin aliento.
Me tiré en la cama como quien se zambulle en el mar luego de un peregrinaje por el desierto. Al segundo me incorporé, asqueada. El olor a orina de las sábanas era insoportable. En la pared unas manchas oscuras anunciaban vaya a saber qué innobles actividades. Las cucarachas subían por el empapelado con toda desenvoltura.
—Marcos, esto es horrible — me animé a protestar. Sabía que mis palabras ponían en peligro la frágil paz en que hasta entonces nos moviéramos.
—Está bien — respondió él para mi asombro —.Buscaremos otro hotel.
El nuevo era mejor. Una vez instalados salimos en busca de los Mayoral. Abrazos, besos, risas. Amigos. No podía negar que aquello era una de las cosas mejores de nuestro matrimonio. Me preguntaba qué pasaría si Marcos y yo no separáramos. Mi vida social era casi exclusivamente a través de mi marido. Marcos era el puente por el que yo iba al mundo y regresaba de él. Pensaba que mi timidez me impediría ir en su busca una vez que me quedara sola. Tal vez si hubiera tenido un trabajo que me expresara, con interlocutores válidos, todo habría sido distinto. Pero, salvo alguna honrosa excepción, debí realizar siempre cualquier cosa ante la necesidad de subsistir. Cosas que él, Marcos, jamás habría aceptado. Mi actividad más urgente y perentoria era la escritura. Y eso no me articulaba con el mundo. Más bien me aislaba de él. Como antropólogo, Marcos tenía mucho más contacto con sus pares. Era solicitado, llamado, buscado, invitado a dar charlas en diferentes países.
—Mañana nos vamos a San Bernardino — anuncio Ernesto —. La casa está preparada para recibirlos.
Se trataba de una moderna y espaciosa casa de veraneo junto al lago Ipacaraí que pusieron a nuestra disposición para pasar todo el día siguiente. Ernesto y Teresita irían a la de sus padres, alejada sólo uno metros. Nuevamente charlas con los amigos, presentaciones a los invitados que acudieron a conocernos. Qué diferencia con la soledad de Buenos Aires. Desde que llegara de México, no había podido hallar en esa hostil ciudad un lugar en donde pudiera insertarme. Y no era que no lo buscara. Me había acercado a las feministas, a los ecologistas, ya no sabía a cuántos más istas, encontrando en todos ellos la misma frialdad.
El dolor de muelas se volvía cada vez más insoportable. Pedí disculpas y subí a mi habitación. Cuando bajé, Marcos y Ernesto, sentados frente a la mesa, comentaban la manera de ir de allí a las Cataratas. Teresita los acompañaba. Me senté a su lado.
— Podemos tomar el ómnibus que pasa por aquí a las cinco de la madrugada — decía Marcos.
La mano en la cara, escuché la noticia con una profunda desesperanza. Cómo afrontar lo que aún me esperaba en ese viaje con ese obstinado dolor.
—¿Sigues mal? — se interesó Teresita.
Asentí con la cabeza. Ya ni hablar podía y las lágrimas amenazaban con desencadenar un conflicto doméstico.
— Marcos —. La voz de nuestra anfitriona se oyó suave pero convincente —. Así no pueden seguir. Deberías llevarla esta noche a Asunción para que mañana a primera hora la vea el dentista.
— No —. Se empecinó Marcos —. Nos retrasaremos demasiado.
— A mí no me importa — dijo Teresita. Ella también podía ser empecinada —. A Sofía la llevas al dentista. Nos vamos todos esta noche. Pueden tomar el ómnibus siguiente, a mediodía.
Gracias, Teresita, ésas son mujeres. No me hubiera animado a plantearlo.
La dentista me dio una inyección calmante. Me aconsejó sacarme la muela en cuanto llegara a Buenos Aires.


En las Cataratas me olvidé de todo. Abrazada a Camila, contemplaba aquella masa de agua cayendo imperturbable, como si acabara de ser creada por la mano de Dios. Yo era Eva abriendo los ojos al Paraíso, Eva recién salida de la costilla de Adán, aunque Adán se encontrara en este caso, ay, dolorosamente ausente. Pero la ausencia era sólo física. Lo sentía en todo momento a mi lado, le comunicaba mentalmente mis impresiones.
— Vamos a comer — pidió Camila —. Tengo hambre.
Yo también había sentido el aguijón en el estómago pero esperaba la ocasión propicia para plantearlo.
— Después — dijo Marcos —. Ahora terminaremos de ver esto.
Habíamos caminado ya toda la mañana, yo casi dopada por los calmantes. Y de verdad hacía hambre. Y sed.
— Pero aquí hay un restaurante — aventuré —. Después seguimos. Aún no se me borraba de la memoria aquella vez en Paquetá, cuando en una circunstancia similar entré nomás en el lugar en contra de la opinión de Marcos. Esto me valió que él no me hablara por el resto del paseo.
— Es muy caro — concluyó él —. Y soy yo el que decido.
Me acordé de los pocos pesos que llevaba en la billetera.
— Vení — dije a Camila —. Vamos a comer las dos.
Cuando regresamos, Marcos se había esfumado. Debimos seguir solas. Lo cruzamos en uno de los tantos senderos de escalinatas pero pasó a nuestro lado como si no nos conociera. Ángel, me rezaba a mí misma con una nostalgia rayana en la desesperación, Ángel. Lenta, sigilosamente, el dolor de muelas me apresaba nuevamente, como los anillos de una inmensa boa.
— ¿Qué vamos a hacer mañana, papá? — quiso saber Camila. Estábamos ya en el hotel de Foz, preparándonos para dormir.
— Visitaremos el lado brasileño de las Cataratas. Dejaremos el hotel temprano. Por la tarde volveremos a buscar los bolsos para irnos a Asunción.
Todo dispuesto sin consultarme. El dolor me quitaba fuerzas para protestar.
A la mañana siguiente el asombro una vez más, la sensualidad del trópico, regresar nuevamente a aquella perdida unión con la naturaleza.
Atardecía ya cuando tomamos el micro que nos llevaba a Puerto Stroeesner. Era uno de esos lugares típicos de frontera, puerto libre por añadidura, en donde al pulular de los turistas se unía el bullicio de un enjambre de vendedores. Perfumes, electrodomésticos, artículos de toda laya eran ofrecidos a viva voz por hombres y mujeres que se acercaban todos tratando de vender al mismo tiempo, como si cada uno de nosotros fuese el único comprador de la tierra. Estos mismos artículos eran exhibidos a los costados de la calle en puestos que se alternaban con otros en donde se vendían fritangas, gaseosas y platos típicos, encima de los cuales las moscas revoloteaban incansables. Yo caminaba detrás de Camila, que a su vez seguía a Marcos. Los tres no abríamos paso a duras penas a través de esta abigarrada muchedumbre. No pude dejar de pensar que así sería el infierno pintado por un Dante de nuestra época.
—Espérenme aquí — dijo Marcos cuando encontramos un bar más o menos decente. — Veré si consigo comprar los boletos para Asunción. Elegí una mesa junto a la ventana para esperarlo junto a Camila.
—Mamá, tenés la cartera abierta —me avisó ella.
Miré y comprobé que mi hija no se equivocaba. Saqué una por una las cosas y las puse sobre la mesa. La billetera con los documentos había desaparecido.
Marcos no disimuló su fastidio.
—Ahora tendremos que gestionar un pasaporte para volver. Cuánto nos saldrá eso.
En la terminal, la voz de Mercedes Sosa saliendo por los altavoces me reconfortó. El recuerdo de Ángel volvió a caer sobre mí como un manto propicio y consolador.
— Me separaré — me juré a mí misma mientras atraía a Camila junto a mi pecho y la besaba —. Está decidido.
El reencuentro fue tan emocionante como lo previera en esos interminables días de ausencia.
— Te extrañé tanto — decía él abrazándome. Estábamos desnudos, el uno junto al otro en la cama del hotel. Ah, los hoteles. Qué hubiera sido sin ellos de nuestro amor. No podía dejar de verlos sino como santuarios en donde transcurrían las horas más felices de mi vida. O por lo menos de los últimos tiempos. Me parecía raro que nadie, ningún poeta, ningún autor de canciones hubiera compuesto la Oda al Albergue Transitorio o el Blues del Albergue. Llegar allí era despojarse de todas las máscaras, de todas las representaciones exigidas por la sociedad. ¿Era así? Soñaba con un encuentro en el que cada uno fuera exclusivamente él mismo. Pero a la vez me daba cuenta de lo ilusorio de mi sueño. El malestar de la cultura. De todos modos allí estábamos, desprovistos de toda otra cosa que no fuera nuestra pasión. Armados con ella derrotaríamos a la muerte, cambiábamos, en cierta manera, la historia. Él continuaba relatándome cómo pasó mi ausencia. Yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por esa música inefable.
— Llamaba a tu casa como siempre todas las mañanas. Sabía que nadie atendería pero no importaba. En cuanto me quedaba solo en la editorial ponía tu cassette y lo escuchaba una y otra vez.
Antes de marcharme le había grabado un cassette en donde cantaba algunas canciones, acompañándome con la guitarra.
—Yo también te extrañé — dije, arropándome en su pecho.
—La idea de que te reconciliaras con Marcos me enloquecía. Tuve que llamar a una amiga y contarle lo niestro.
El propósito de separarme me volvió con fuerza. Él continuaba hablándome de su amor.
—Quiero terminar mi vida a tu lado. Confiá en mí, Sofía. Ya vas a ver que todo se arreglará.
— Sí, Ángel. Confío en vos.
La lengua de él abrasada, blanda y jugosa adentro de la mía. Abandonarse mutuamente a esa canción de los sentidos. A esa música de las esferas. Tocar la brecha que separa la locura del goce, esa brecha cada vez más delgada hasta que te rompe, Sofía, te disloca, dis-loca, te arroja a una tierra de promisión en donde vos y él. Nada más que vos y él.



Costa Salvaje. Novela (fragmento). Derechos reservados

miércoles, 26 de mayo de 2010

16. Un nacimiento y otras constelaciones- Paulina Movsichoff




Callar
Escuchando
Cada gota de sangre
Sobrecogida por el silencio

Muriel Rukeyser


Con la llegada de Camila a este mundo mi vida cambió. Yo, que siempre hasta el momento dispusiera de mi cuerpo, me encontraba ahora atada a ese bulto colorado y opaco que se convirtió, de golpe, en el tirano de mis horas. Nunca olvidaría la mañana en que Marcos fue a buscarme a la clínica para llevarme a casa. Los días que siguieron al parto habían sido los más excitantes y felices que recordara en mi vida. La niña permanecía todo el tiempo en la nursery, a pesar de mi insistencia en que me la dejaran. Aquello estaba expresamente prohibido en el reglamento, así que me la llevaban con cierta periodicidad para que le diera el pecho, aun cuando no todavía no tuviera leche sino esa sustancia acuosa de nombre tan poco poético: calostro, que hinchaba mis pechos y me mojaba el camisón. Una plenitud desconocida hasta entonces me embargó cuando acerqué a mi pezón la boca de Camila. Me parecía algo a la vez maravilloso y extraño tener entre mis manos a un ser formado en mi interior. Jamás había contemplado algo tan límpido y hermoso. Sus mejillas parecían capullos rosados. Esto es mío, mío, me repetía. No lo abandonaré. Pasaba las noches en vela, ansiando que amaneciera para que volvieran a traérmela. Y cuando la ponía sobre mi pecho la sentía brillante y extraña, como recién caída de una estrella. Tal vez tuviera razón aquella leyenda que los adultos contaban a los niños de que era la cigüeña la portadora de semejante maravilla. En verdad mi hija parecía fabricada con el material del rocío de países más allá del tiempo.
Con el regreso a casa la situación cambió. Allá, en el sanatorio, estaba contenida por todo un aparato de enfermeras, médicos, amistades. Cuando luego de abrir la puerta del departamento Marcos me dijo: “Me voy a trabajar” y poniéndome un distraído beso en la mejilla hizo mutis por el foro, sentí que la tierra se abría bajos mis pies. Acosté a Camila en la cuna y caminé hasta la cocina para prepararle la mamadera. Experimentaba una vaga culpa por no poder alimentarla con mi leche, de acuerdo a mi propósito inicial desde el momento en que supe que estaba embarazada. Pero la pediatra fue tajante. Se queda con hambre, habrá que completarle con S26. El tarro estaba allí, esperando. Abrí el cajón de los cubiertos en busca del abrelatas y en ese instante tomé conciencia de mi desgracia: no tenía. Jamás en mi casa hubo un artefacto de esa especie. Y ya no era posible bajar a comprar uno. A esas horas todo estaba cerrado y, por otra parte, no me animaba a dejar sola a Camila. Tomé un cuchillo e intenté hundirlo en la lata que cubría aquella sustancia más deseada que la que servía a los alquimistas para obtener el oro. Pero por más que me ayudara golpeando el mango con la moledora de carne, la lata no cedía. De pronto el cuchillo levantó una pequeña saliente y traté de ayudar con la mano. Entonces me corté un dedo y comencé a sangrar. En el cuarto, mi hija se despeñaba en un llanto desesperado. Sus chillidos eran larguísimas uñas que me arañaban la piel. Chiquita querida, ya voy, le hablaba. Rogaba a Dios que me entendiera, que alguna de mis palabras significara algo para el ser que ahora pataleaba y movía los brazos convertidos en furiosas aspas, como si estuviera atravesando una experiencia solitaria y aterradora. Todo en vano. Mis razones se estrellaban contra un muro infranqueable. La palabra, con la cual trabajaba, esa herramienta en la cual yo confiaba para decirme, expresarme, de nada servía aquí. Me di cuenta de que todo estaba por empezar de nuevo. El ser humano solo en el universo. El corazón se me estrujó por la piedad. Habría que buscar el camino para llegar a ella. Por ahora, lo urgente era el alimento. Salí corriendo y, dejando la puerta abierta, corrí hacia lo de una vecina y me pegué al timbre con desesperación. Hacía muy poco que se mudara al departamento contiguo al nuestro, de modo que era para mí alguien totalmente desconocido.
— Un abrelatas — pedí, con voz de náufrago.
La mujer me miró con intriga y, sin decir agua va, desapareció en el interior. Poco después me alcanzaba la imprescindible herramienta. Pero ni la leche que mi hija tragó, famélica, ni los mimos, ni el balanceo de la cuna ni las canciones que entresaqué de las telarañas de mis recuerdos, pudieron convencerla. Continuaba empecinada en un llanto salvaje, como si con él quisiera desquitarse de todos los sufrimientos futuros, de haber acabado de desembarcar en este planeta y de no tener nada que ver con esa mujer que no sabía cómo tratarla. Tanta tristeza e impotencia terminó por contagiarme y mal dormida y peor comida, resbalé hasta el suelo y allí, acurrucada al lado de la cuna, me desaté en sollozos.

Camila lloró catorce días con sus noches. En todo ese lapso no pegué los ojos. En algún momento me miré en el espejo. Cuando vi mi cara estragada por el insomnio, las cejas cubiertas por aquellos horripilantes canutos, el pelo cayéndome pajizo y sin vida sobre la frente, tuve un acceso de conmiseración. Por las noches llegaba Marcos y, entre los dos, tratábamos de calmarla. Una tarde en que él vino más temprano que de costumbre, dejé a la niña a su cuidado y corrí a un teléfono público. La promesa de los dueños de ponernos la línea ni bien nos mudáramos no se había cumplido. Así que desde que Camila estaba conmigo no había escuchado la voz de ningún otro ser humano que no fuera la de Marcos. Y esa voz, por qué no decirlo, no descollaba por su ternura. Siempre con algún reproche listo: no dejés los algodones tirados, tapá el alcohol. Estábamos en enero y los míos habían partido en busca de las anheladas vacaciones. Marqué el número del analista. La voz de Antonio me pareció llegada de otra dimensión del tiempo.
—Quiero tirarme por la ventana — dije, la voz quebrada por el llanto —. Camila no cesa de llorar.
Él preguntó: se alimentaba bien, la cambiaba con regularidad, todo, todo estaba hecho. Tome Valium, dijo. Protesté. El médico lo ha prohibido a causa de la leche. Tome Valium, insistió. Y si tienen otra habitación sáquela del lado de ustedes. Hasta el momento la cuna estaba junto a la cama matrimonial. La pieza del lado oficiaba provisoriamente de estudio. Allí Marcos escribía, olvidado de los berridos de su hija, del cansancio y del pánico de su mujer, tal vez de su propio pánico. Acaté la sugerencia de mi analista. Llevé allí la cuna y desde ese día Camila durmió sola. En adelante ya no tuvo problemas con el sueño.

Aquella tarde Marcos abrió la puerta y anunció:
— Me voy a Mar del Plata. Necesito descanso.
Lo inesperado de la noticia me hizo trastabillar.
—No sólo vos lo necesitás. De todos modos no me parece el momento.
—Está bien. Pero yo he tenido una operación. Necesito tomar sol.
Y sí. Se había operado. Tiempo atrás acudió al médico. Tenía muchas dificultades para respirar a causa de las vegetaciones, sobre todo en esa época de primavera, cuando las calles de Buenos Aires se exacerbaban de polen y aromas. Éste recomendó intervenir cuanto antes. Resolvimos que lo haría la semana siguiente. Faltaban aún veinte días para el parto, según los cálculos del médico, y Marcos estaría repuesto en dos o tres.
Aquella mañana fuimos juntos a la clínica. Yo me movía con dificultad debido a mi gran panza. En los últimos tiempos mi narcisismo había sufrido un rudo golpe al constatar, en el espejo, la deformidad de mi figura. Pero cuando, recostada en la cama, el libro apoyado en la abultadísima colina en que mi vientre se convirtiera, éste comenzaba a moverse de izquierda a derecha como una ballena enorme y retozona, llamaba a Marcos y juntos nos extasiábamos ante el prodigio.
La intervención duró alrededor de dos horas. Un Marcos desconocido apareció ante mis ojos.
— Me serrucharon por todas partes — me informó con la voz enronquecida. La anestesia lo iba abandonando y los dolores eran cada vez más insoportables. Para desahogarse daba golpes de puño contra la pared.
—Debo abandonarte por un rato. Tengo hora con el médico — le anuncié, traspasada por la compasión.
El obstetra era un hombre bien entrado en la madurez con apariencia de padre y una voz tranquilizadora que apartaba los miedos.
— Ya hay dilatación — dijo, luego de revisarme. Ah, esas horribles y degradantes revisaciones —. Mañana a las siete la quiero en el sanatorio. Empezaremos el trabajo de parto.
Corrí como si tuviera alas. Quería compartir con Marcos esa noticia, la experiencia más significativa de mi vida. Por desgracia, su aspecto no era nada tranquilizador. Tenía los ojos cerrados y de los labios le salía un leve gemido. Contemplé un buen rato aquel rostro amado, ahora contraído por el dolor y lo acaricié. Esperé a verlo más calmo para anunciarle:
— El médico dice que mañana nacerá nuestro hijo.
Él me miró como si acabara de llegar de la luna.
— Acompañame al baño — fue su único comentario. Caminamos por el pasillo, Marcos apoyado en mi brazo. Escuché el grito no bien la puerta se hubo cerrado. Al abrirla, lo encontré tendido sobre las baldosas. El color de sus labios era más blanco que el papel.
— Se muere mi marido — chillé, al borde de la histeria.
Una enfermera acudió en nuestro socorro.
— Señora, usted no puede seguir aquí en ese estado —. La enfermera se acababa de enterar por mi boca de mi inminente alumbramiento. Tampoco era algo que pudiera ocultarse así como así —. Debe internarse cuanto antes —. Y en su mirada se dibujó el terror de ver convertido como por arte de birli birloque en clínica de partos aquel lugar para pacientes otorrinolaringólogos y ellos tuvieran que actuar de improvisados parteros.
Lo de Marcos no fue más que un simple desmayo causado por la debilidad y el shock emocional de la noticia.
—Marcos, será mejor que me vaya a la clínica. Mañana en todo caso vas vos — dije. El alma se me partía al tener que abandonarlo en ese trance, pero no veía otra solución. Poco a poco mi propia situación comenzó a preocuparme. Pensé que en ese estado era una inconsciencia pasar la noche sola en el departamento. Y aquella habitación contaba sólo con una estrechísima cama en donde Marcos aún gemía. Asomada a la ventana, vi que empezaba a caer una lluvia espesa. Amaba la lluvia, pero ahora me parecía por demás inoportuna. Me acordé de la cruz de ceniza que Juliana, la nana de mi infancia, dibujaba en el patio, del cuchillo clavado en el centro. Ahora no había ninguna Juliana que me socorriera. Y yo me sentía una semilla a punto de reventar. Traté de asomarse a la calle, pero la furia del viento y las ráfagas de agua me asustaron. Imposible conseguir nada en ese trance.
— Llamá a César —. Acababa de contarle lo que pasaba y me lo pidió con la voz en un hilo.
Jamás había visto al tal César, aunque sabía que era amigo de mi marido. Agenda de Marcos en mano, me dirigí a la cabina del teléfono. César no se lo hizo repetir dos veces.
— Voy enseguida — anunció, solícito
Marcos me señaló el pequeñísimo espacio que quedaba junto a él.
—Acostate aquí — dijo. Me tiré a su lado y suspiré. Estaba tranquila. Con la calma que antecede a lo terrible.
César y Nora no tardaron en llegar. Mientras los esperábamos, Marcos me informó que él era un conocido director de teatro. Nora, su mujer, actriz. Trabajó en varias películas que yo no había visto pero que en su momento resultaron muy taquilleras. Nos encontraron echados en la estrecha cama, “cual Tristán e Isolda”, diría más tarde César con una sonrisa, al evocar las peripecias de aquella tarde. Nora era una mujer alta y rubia, de voz modulada y un impecable vestido de hilo beige. Se ofreció para llevarme al sanatorio mientras su marido se quedaba al cuidado de Marcos. A diferencia de Nora, César era un hombre menudo y moreno, con un brillo inteligente en la mirada. Supe que podía confiar en ellos.
Tendida en la camilla, contemplé la cara rubicunda de la enfermera que me ponía una inyección tranquilizante. Al día siguiente comenzarían el trabajo de parto. Nora estaba a mi lado y se despedía ya, cuando la puerta se abrió. Era Marcos, acompañado de su amigo. Marcos le había rogado que lo llevara a verme.
— Todo irá bien, ya lo verás. Mañana a primera hora estoy aquí — mientras hablaba me tomó la mano, me acarició la frente.
Tuve un sueño sin sobresaltos. Yo también tenía la certeza de que todo saldría bien. Para eso estuve preparándome durante aquellos largos nueve meses. Asistí a todas las sesiones de parto sin dolor, realicé en casa los ejercicios con infaltable puntualidad, leí toda la bibliografía a mi alcance. Más tarde recordaría aquellas siestas en la soledad del departamento cuando, tirada en la cama, me concentraba en relajarme con el disco que me prestara Antonio como un tiempo de esperanzado advenimiento. No había, pues, por qué temer. Confiaba en mí misma y en la vida.
A la mañana siguiente la enfermera de cara rubicunda entró a prepararme. La piel del pubis enrojecida por los desinfectantes, desamparada de su pelusa frutal, me encontraba presta al sacrificio. Me parecía que no era a mí a quien todo eso le sucedía. El médico se aprestaba a comenzar cuando Marcos entró. No pude sustraerme a la dolorosa impresión que me causaron sus labios hinchados, desfigurando de una manera casi monstruosa la armonía de aquellos rasgos amados. El médico también se inquietó. Nunca lo había visto, pero el aspecto de esa cara era a todas luces inusitado.
—Póngale hielo — ordenó a la enfermera, mientras acercaba el suero a mi cama.
Al ver que la enfermera abandonaba el puesto a mi lado para atenderlo, algo en mi interior se rebeló. Una vez más, aun sin quererlo, él se convertía en protagonista. La sensación de ser alguien de segunda me venía desde los primeros tiempos de la convivencia, sobre todo en aquellas ocasiones en que los amigos de él caían de visita al departamento. Así como suena. Los amigos de él. Los míos no interesaban a Marcos y yo no me atrevía a invitarlos por temor de que no se sintieran cómodos. A veces organizaba tés de amigas, pero no era lo mismo. Marcos no demostraba demasiado interés por mis conocidos. Los encontraba burgueses o sin ninguna pátina especial. Quizás tuviera razón. Siempre fui una tímida que no se atrevía a llamar a las puertas de las personas que por una u otra razón hubieran resultado “importantes”. A nuestra casa llegaban, pues, los elegidos de mi marido: pintores, publicistas, cineastas, alguno que otro escritor. También llegaban sus mujeres. En aquella época las mujeres solas casi no existían, así es que el ámbito se llenaba de parejas más o menos bien avenidas que poblaban el pequeño living con sus voces y sus risas. Marcos era el centro. Según su costumbre, desplegaba su discurso desde el comienzo. Y todos lo escuchaban, ávidos, le preguntaban por su escritura, expresaban por él una admiración rayana en la veneración. También yo lo admiraba. Leía con orgullo sus novelas, hablaba a mis conocidos de sus méritos, pero me hubiera gustado, alguna vez, ser escuchada. Mis palabras caían en el vacío y me quedaba casi siempre con una dolorosa sensación de inexistencia. Cuando nos quedábamos solos, le reprochaba:
—Otra vez no me dejaste hablar.
—Yo no hice nada — se defendía él —. Si querías decir algo, ¿por qué no hablaste?
Era cierto. No sabía defender mi palabra. Nada de lo que hubiera podido decir me parecía interesante, a pesar de que no hiciera mucho tiempo que terminara mi carrera de Letras y de que en ese tiempo trabajaba como investigadora en la Universidad. Pero no estaba acostumbrada al discurso pedante. O más bien al discurso a secas. Quizá por que me habían educado con aquello de que una mujer debe disimular lo que sabe para no caer antipática. Por el contrario, Marcos lo demostraba todo el tiempo. “Mujer Que sabe latín, no encuentra marido ni tiene buen fin”. Y yo acataba la terrible sentencia. Para parecerme a él, habría tenido que nacer de nuevo. Casi al final de la noche, Marcos me pedía que tocara la guitarra. Sin hacerme rogar demasiado, cantaba tonadas y zambas. Mi voz no estudiada, aunque cálida, llegaba a la concurrencia que me escuchaba con verdadera atención. Sentía entonces que recuperaba algo de ese perdido espacio.
Ahora aquí, en mi acontecimiento, era nuevamente desplazada. Como si oscuramente Marcos sintiese la necesidad de competir conmigo en cualquier circunstancia.
—Le veo la cabecita. Un esfuerzo más — me alentó el médico.
Tendida en la camilla, las piernas apoyadas en los soportes, me concentraba en pujar. A mi lado, de delantal y barbijo, Marcos me acompañaba. Me pareció una eternidad el tiempo que permanecí allí, las piernas abiertas y desgarrándome las entrañas para dar paso a ese ser que parecía no tener apuro en llegar a este mundo. Me incorporaba, respiraba hondo y luego empujaba con todas mis fuerzas para volver a caer, exhausta, en la camilla. ¿Moriría? Tal vez esto era el preludio de un silencio en donde ya no más las horas, no más ese dolor que me torturaba ante la indiferencia de las enfermeras, ante la mirada escrutadora de Marcos, que tal vez contemplaba aquella ordalía como un fenómeno que luego utilizaría en sus novelas. Pero mi tenacidad pudo más que las ganas de abandonarme. El aviso del médico me dio nuevas fuerzas. Me incorporé otra vez y pujé con la última energía que me quedaba. Las órbitas de los ojos me dolían y tuve la escalofriante sensación de que no les faltaba mucho para estallar.
El doctor me mostró el bulto sanguinolento y morado al extremo de una larguísima cinta roja. Era gruesa y sólida.
—¿Qué es eso? — pregunté.
— El cordón — me dijeron.
Así que ése era el famoso cordón que se necesitaba con urgencia cortar para poder vivir. ¿Habría cortado yo el mío? ¿Me habría separado de mi madre todo lo necesario para ser yo misma? No podría asegurarlo. Tal vez por ello llevaba años analizándome. Je est un autre, había dicho Rimbaud.
—Es una nena — anunció el médico y puso a Camila sobre mi pecho luego de lavarla y vestirla, mientras me iba cosiendo por abajo como si fuera una tela. Allí estábamos las dos. Habría que ver cómo se las arreglaba mi hija para cortar en la vida el cordón que la unía a mí. Por el momento me pertenecía. Sentí que la amaba. Y una calidez, mezcla de alivio y gozo me fue invadiendo mientras la reconocía, miraba sus ojitos cerrados, acariciaba el suave plumón de su pelo castaño.

Escuché el girar de la llave en la puerta. Es Marcos, me dije, mientras daba un hondo suspiro de alivio. No pude evitar que los cascabeles de mi corazón comenzaran a sonar. Esos cinco días me parecieron cinco siglos. Nos abrazamos. Alguien pasó una esponja que lavó las lágrimas, el abandono.
—Te traje esta blusa —. Y sacó del bolso una preciosa blusa de color celeste bordada en hilo de oro.
—Es linda, gracias — dije, exultante.
—¿Y la Pipi?
Nos acercamos juntos a la cuna y la miramos. Dormía, indiferente a todo. Marcos me atrajo hacia su cuerpo y me besó. “Te quiero”, me dijo. “Yo también”, musité.



Costa salvaje-Novela (fragmento)

jueves, 13 de mayo de 2010

Costa salvaje- Paulina Movsichoff (Fragmento)




29. Costa salvaje


arrojado a esta costa salvaje, lejos, muy lejos del hogar
Walt Whitman

Todo se derrumbó cual castillo de naipes aquella vez que sonó el teléfono en el preciso momento en que me disponía a dormir la siesta. Reconocí al instante la voz de Nelson.
—Tu marido está preso.
Tardé en comprender lo que escuchaba. Luego me desaté en un mar de preguntas: cuándo, cómo, dónde, por qué, igual que en las enciclopedias. Nelson apenas pudo contenerme.
—Lo llevaron en Cuenca. Nada más sé.
Marcos había partido a la selva en donde los Shuar, más comúnmente conocidos como Jíbaros, convocaban a un Congreso en Cuenca para dar a conocer al gobierno sus reclamos a derechos largamente conculcados. Habían convocado a observadores de todo el mundo. Al igual que Argentina, Ecuador era en ese tiempo gobernado por militares. Una semana antes el Congreso fue prohibido por las autoridades. Los Shuars, en pie de guerra e ignorando la prohibición, se atrincheraron en la selva. Le pedí insistentemente a Marcos que no fuera.
— Tengo un mal presentimiento.
Mis razones se estrellaron contra su implacable empecinamiento.
— No insistas. Iré, pase lo que pase.
— Justo ahora que nos íbamos a México. Tengo miedo, Marcos.
—No pasará nada — decía él, con una calma impertérrita—. No hablemos más del tema.
Lo de México era una ilusión largamente acariciada y a punto de convertirse en realidad. Poco tiempo atrás, Marcos me anunció:
—Me escribió David Ahmed, del Instituto Nacional Indigenista de México. Me ofrece trabajar allí como investigador. ¿Qué te parece la idea?
No dudé.
— Aceptá.
Estaba cansada de la falta de perspectivas. Sentía ya que esa ciudad me asfixiaba, que allí no había horizonte posible a pesar de sus volcanes, de su aire transparente. Ese sentimiento amenguó un poco cuando comencé a salir con Sergio, pero nunca desapareció del todo. Sólo esperábamos, para liquidar todo y partir, el cable donde David nos comunicara la fecha de la incorporación de Marcos al Instituto.
Sentada en el piso al lado del teléfono, los sollozos me sacudían.
—Yo se lo decía, señora Sofiíta. El Niño Dios es castigador. El señor no debería haberse ido en Navidad.
Quien así hablaba, refunfuñaba mejor dicho, el índice levantado hacia arriba como señalando a un cielo vengador era Lida, la niñera que reemplazó a Elba en el cuidado de Camila cuando aquélla tuvo que volver a su pueblo. Y sí, Marcos se fue un veinticinco de diciembre, fecha en que normalmente la familia se encuentra reunida. Pero la nuestra no era una familia normal.
Todo pareció empequeñecerse ante la magnitud del presente infortunio. De pronto supe que, si le pasaba algo a Marcos, me iba a ser imposible continuar.
Esa tarde, acompañada por Adelina, mi amiga escritora, recorrimos los retenes. Los guardias miraban la interminable lista de nombres y luego movían la cabeza en señal negativa, dejándome desolada y contrita. Aquella semana el país se encontraba también convulsionado por el secuestro y posterior crimen de un conocido industrial. Carlos Müller había desaparecido de su casa días atrás y, a pesar de la suculenta suma ofrecida a sus captores, la familia no pudo dar con su paradero. Esa mañana un niño encontró la cabeza en avanzado estado de descomposición cuando cruzaba un descampado rumbo al colegio. Tenía el pene en la boca. Las noticias se sucedían en un torbellino escalofriante. Una joven madre descubrió uno de sus brazos al doblar una esquina. El último y macabro encuentro lo tuvo el sacerdote de una iglesia quien, mientras rezaba el Breviario en el atrio, tropezó con un paquete atado con sogas. Lo abrió con intriga y se topó nada menos que con dos manos de hombre, cortadas a machetazos a la altura de las muñecas.
El Gobierno decidió que ningún ecuatoriano podía tener tan bajos instintos y ordenó una redada entre los numerosos argentinos, chilenos y peruanos que por esos años afluyeran al país. Así que los retenes estaban colmados de ellos.
Regresé a casa sumida en una honda tristeza y me abracé a Camila. Tanta lucha para sobrevivir y la locura y el terror nos alcanzaban también en ese pequeño y casi bucólico país. La chicharra del teléfono interrumpió mis divagaciones. Había estado mudo todo ese tiempo, a pesar de que me tomara el trabajo de comunicar la penosa circunstancia a cada uno de nuestros amigos. Pero ellos parecían no querer tomar parte en el asunto. Recordaba ahora cuántas veces los recibiéramos en nuestra casa luego del taller, cuántas madrugadas nos sorprendieran tocando la guitarra, bebiendo y riendo. De golpe comprendí toda la dimensión de mi desamparo.
—Habla David Ahmed, desde México ¿Podría hablar con Marcos Echagüe?
Enmudecí. ¿Qué decir? Me decidí por la verdad.
—Está preso.
—¿Qué pasó? — La voz sonó paternal y no pude evitar sentirme conmovida. Hubiese querido prolongar la conversación hasta la eternidad. Más adelante, cuando al fin tuve ocasión de conocerlo, no podía creer que fuera David ese hombre de ojos intensos y aire descuidadamente juvenil. En aquellos confusos y malhadados días lo había imaginado un anciano de larga barba blanca, igual que Papá Noel.
—Asistió a un congreso de los Shuar, prohibido por el gobierno. Después de tres días de búsqueda aún no he podido ubicarlo — expliqué.
Pausa del otro lado. David parecía pensar rápidamente.
—Le enviaré un cable diciéndole que el Gobierno de México requiere sus servicios —. Colgó no sin antes prometerme que tenía previsto alertar a los Organismos Internacionales.
Esa misma noche llegó Nahuel. Lo abracé con lágrimas de alivio. Su presencia era como un poncho que entibiaba las horas de ese gélido mundo.
—Por favor, quedate conmigo. Tengo miedo.
—Tranquila, flaquita, lo buscaremos.
Descendiente de una antigua familia mapuche, Nahuel Ñancupán viajaba en calidad de invitado de los Shuar. Nos habíamos conocido en Buenos Aires, unos años atrás. Instalado en el asiento del bus, esperaba partir a la selva. Los pasajeros eran casi todos observadores franceses, italianos y suecos, que llevaban el mismo destino. De pronto vio a Marcos caminando por el pasillo, seguido de Sylvie. Al llegar a su asiento, el hombre que lo ocupaba se incorporó, mostrándole una credencial.
—¿Marcos Terán? Soy de Interpol. Le ruego acompañarme.
Marcos había ya divisado a Nahuel y, antes de seguir al esbirro, le entregó su portafolios rogándole que no me dijera nada.
Anestesiada, me negué a registrar el dato de Marcos con esa mujer. En esos trágicos momentos sólo pensé en salvar a mi amado de las garras de la policía y tal vez de la muerte. ¿Podría mi frágil espalda sobrellevar tan tremenda carga?


De los amigos ecuatorianos, sólo uno parecía seguirme fiel. Se trataba de Luis Alberto Mera, el pintor. Atendió mis llamados y escuchó mis razones con una reconfortante empatía. Terminaba el cuarto día de búsqueda infructuosa, cuando él me llamó.
—El Ministro de Gobierno es mi amigo y le he hablado de Marcos. Prometió ocuparse del caso.
Esa misma tarde, Lida anunció:
— La busca el señor Sergio.
Entró en la sala sin que yo lo notara, abstraída en mis pensamientos. Cuando lo vi parado frente a mi mecedora supe que nada me unía ya a él. Luego de los primeros días de pasión la relación fue decayendo, sin que atinara a encontrar la causa. Pero la cosa no me preocupó demasiado, concentrada en los problemas de mi marido. De pronto había comenzado a sentirme oprimida. Luego de hacer el amor, él sacaba sus cuentos y se pasaba horas leyéndomelos. Cuando intenté leerle alguno de los míos, no ya en la cama sino sentados frente a frente en un café, él se escabulló con cualquier pretexto. Si bien en ciertos aspectos estábamos próximos, eso no sucedía en otros, en el fluir, en el desarrollo. Poco tiempo después alguien me contó haberlo visto con otra mujer.
Hablamos de Marcos. Yo lloraba sin importarme que él viera mi dolor. Sergio me miraba con ojos de desencanto. Luego señaló un hilo que se escapaba del bordado de mi blusa paraguaya.
—Me siento como ese hilo —. Y, ante mi mirada interrogadora , agregó—: Fuera —. Luego salió.


Fin de año. Escucho los cohetes, las bocinas atronando en la calle. Contemplo desde mi ventana la ciudad iluminada y vestida para ese viejo rito. Pienso en los míos allá, tan lejos, en aquella orilla ensangrentada. Pienso en Martín muerto. En los muchos que en mi patria querrán dormir y no despertar para no enterarse de que una mano tenebrosa les ha arrebatado a sus seres queridos. Por primera vez en muchos años, rezo. Sé que no tengo derecho a ser escuchada. Que es un privilegio que no puedo reclamar para mí. ¿Cuántas plegarias se habrán elevado en los últimos tiempos? Pero Dios permanecía inconmovible. Igual rezo. Una voz interior me sugiere llamar a la Embajada. Hasta el presente me había resistido, temerosa de alertar al gobierno de mi país en contra de Marcos. Termino un cigarrillo y enciendo otro, presa de una insoportable ansiedad. Nahuel lee el diario tumbado en un sillón. De vez en cuando me dirige una mirada inquieta.
— Nahuel — le digo —. Voy a llamar. Perdido por perdido.
— Me parece bien, flaquita.
Meses antes mi madre me ha enviado para Camila una carta y una medallita de la Virgen Niña. Quien la trae es Juan Vogliano, un suboficial del ejército amigo de Ignacio, mi primo militar que cumple funciones en la Embajada. Fui a verlo, incómoda por la falta de criterio de mi madre, que la llevó a recurrir a alguien que seguramente pertenecía al Servicio de Inteligencia. No quería tener nada que ver con milicos. Ahora marco su número y no puedo evitar que las manos me tiemblen. Pido con él. Luego de contarle, le ruego por su honor que no diga nada a nadie.
—No te muevas de allí — dice él —. Te llamo en un rato.
Una hora después, la voz de Juan me consuela detrás del teléfono.
—Lo tienen en los altos de una escuela. Andá a verlo y decí que vas de mi parte —. Me pareció que quien me hablaba era el mismísimo Jesucristo —. Llevale algo de comer — agregó, paternal.
Flanqueada de Nilo atravieso la ciudad enfebrecida. Llevo un pollo y una muda de ropa. Cuando, a la luz incierta de la habitación distingo a Marcos, un estremecimiento me recorre. Tiene la barba crecida y sus ropas se ven ajadas y sucias. Un olor rancio se despide del ambiente, una amplia estancia de ventanas rigurosamente cerradas al exterior y pobremente iluminada por una única bombita que, al extremo de un cable, cuelga del altísimo techo. El alma se me descompagina ante tan triste espectáculo. Nos abrazamos. Lloramos. Ni un reproche. Sé que es con ese hombre con quien deseo seguir la vida. Oscuramente he captado la ternura de ese corazón, aún cuando esté envuelto en una naturaleza sombría y a veces violenta. Ahora lo tengo allí, ante mí. Y lucharé como una fiera para que no me lo arrebaten.

Aquella mañana, en el teléfono, la voz de Luis Alberto sonó despreocupada, y jovial.
—El Ministro ha dado la orden de libertad. Ahora podés buscar a tu Marcos y llevarlo a casa.
Al vestirme, los nervios me traban las manos. Camila se aproxima para preguntarme: “¿Y papito?”. La tomo en mis brazos y la beso: “Pronto estará con nosotros”. Subo la escalera del sórdido edificio con el corazón en un hilo. Unos minutos más y Marcos volverá a mi lado para continuar la vida. El guardia, un hombre joven de rostro lampiño y ojos impasibles me impide la entrada.
—Vengo a buscar a mi marido — le informo—. Me dicen que el Ministro ha dado la orden de libertad.
—Está equivocada, señora. A su marido lo deportamos a la Argentina en veinticuatro horas. Vaya a su casa y prepare la maleta.
No podía creer lo que escuchaba.
—¿Quién ha dado la orden? — quise saber.
—El Ministro de Gobierno.
El sol de la calle me pareció un insulto. Estiré la mano para detener un taxi. Al volante, un hombre cincuentón me miró, divertido:
—Yo no soy taxi pero la llevo igual — dijo. En ese momento caí en la cuenta de que, en mi aturdimiento, había hecho señas a un auto particular.
—¿Adónde va? — quiso saber él. Posé sobre él una mirada escudriñadora. Todo en su aspecto delataba un hombre de buena posición. El saco de corte impecable, las manos de uñas cuidadas tocando apenas el volante.
—A Migraciones. Deportan a mi marido — y, otra vez, los sollozos me sacudieron. El hombre se retrajo en un silencio hosco. Me di cuenta de que una atmósfera de hielo me separaba ahora de aquel desconocido, tan galante al comienzo. Podía haber tocado su miedo con mis manos.
Marcos llegó custodiado por dos cachacos. Tenía una expresión de arrogancia que me preocupó. Pedí hablar con el jefe. Instantes después estaba frente a un hombre calvo y de barriga prominente, que sentado frente a una mesa atiborrada de papeles, se atrincheraba en una implacable negativa. Imposible hacer nada. La orden del Ministro era terminante. ¿El motivo? Soliviantar a los indígenas contra el gobierno. Mientras esperaban el traslado lo llevarían a la cárcel de delincuentes comunes. Entendí que allí había gato encerrado. Marcos nada había hecho para merecer eso.
Comencé con pérdidas. Días antes había acudido al ginecólogo para que me colocara un diu. En esos agitados tiempos no me parecía adecuado traer un hijo al mundo. Ahora mi sangre corría, corría, como si todo mi ser se fuera por abajo. Por suerte lo tenía a Nahuel. Y a Elisa. Se trataba de una prima segunda por parte de madre, bastante mayor que yo. Nos reencontramos meses atrás, aquella melancólica tarde en que mi madre partió de regreso a Buenos Aires luego de una visita de un mes. Sentada al escritorio trataba de escribir un poema, pero lo único que me salía eran lágrimas. Unos golpes en la puerta me sacaron de esas nostálgicas divagaciones. Al abrirla, ante mí a aquella mujer de unos cincuenta años que me sonreía detrás de los grandes anteojos de sol. Sus facciones me resultaron vagamente familiares.
—¿Sofía?
—¿Quién sos? — pregunté. Al reconocer el acento de mi provincia mi corazón comenzó a expandirse.
Abrazos. Besos. Una prima en el exilio no era moco de pavo. Desde entonces nos encontramos muchas veces para hablar de allá. De aquel paraíso ahora tan lejano en el espacio como en el tiempo.
Desde que se enteró del problema, Elisa no dejó ninguna tarde sin acudir a visitarme. Por todos los medios trataba de infundirme esperanzas, de sacarme de ese pozo negro en el que me iba hundiendo inexorablemente.
— Todo se arreglará, ya vas a ver.
Abrazada a Camila, yo miraba el mundo como si de pronto me hubiesen arrojado a un destierro más cruel que el que ahora venía sufriendo.




30. Lo real maravilloso

He dicho adiós
a las torres de piedra melancólica.

Alejandro Nicotra

Sentada en el piso, contemplo el gris melancólico del crepúsculo adueñándose del pequeño ámbito de mi departamento porteño en ese sábado invernal ¿infernal? en que mi matrimonio se ha deshecho definitivamente. No sé si lo que experimento es pena o nostalgia. O tal vez alivio. A lo mejor ninguna de las tres cosas. Sólo estoy allí, casi sin pensamientos, mirando las marcas de la pared en donde hasta hace pocas horas estuvieron los cuadros que Marcos se ha llevado. Yo me quedo en el departamento, con Camila. Por la mañana trajeron los canastos. Siete. Los recuerdo muy bien. Marcos, que desde hace un mes no vive con nosotras, llegó temprano, dispuesto a arremangarse y comenzar el operativo. Hemos mirado juntos los libros de la biblioteca, sin olvidarnos de ninguno. A la sombra de las muchachas en flor. Éste tiene mi firma, verificaba, implacable, Marcos, luego de tomarlo de la biblioteca y revisarlo. El canasto era una enorme boca dispuesta a tragarse lo que hasta ese momento yo considerara mis tesoros. Por el camino de Swan. Tiene la mía, decía yo. Cuánto tiempo nos había costado adquirir aquellos seis tomos. A veces llegaba, feliz, mostrándole mi nueva adquisición. Otras era él quien me anunciaba: “Compré La fugitiva”. Ahora nosotros también nos internábamos en la añoranza de un tiempo perdido. ¿Lo recuperaríamos alguna vez? Tal vez, como Proust, a través de la escritura, tal vez por los vericuteos de aquella autobiografía que continuaba escribiendo y en donde corría siempre el riesgo de perderme. Porque en el laberinto de mi vida, las cosas tendían a repetirse, como si una y otra vez se me condenase a pasar por los mismos lugares, vivir similares experiencias. Esa tarde me trasladaba a otra tarde invernal de aquella ciudad enclaustrada entre montañas y a mí sentada también en el piso contemplando las estanterías saqueadas, las paredes huérfanas de cuadros. Sólo que aquella vez teníamos un futuro juntos. México nos esperaba.
Marcos había partido quince días antes. Cuando vi que el avión carreteaba por la pista y luego se perdía entre las nubes, suspiré con alivio. Mi marido era libre. Y esa libertad era a mí a quien la debía.

A pesar de la certeza de que Marcos sería deportado, me negué a dar rienda suelta a la desesperación. Aparté de mi mente cualquier pensamiento que no fuera la indeclinable decisión de continuar peleando hasta el final. Todo lo realizado hasta el momento parecía insuficiente. De Sylvie ni noticias. Me extrañó que no tratara de comunicarse conmigo para saber algo. Si bien no éramos amigas, alguna vez tuvimos ocasión de charlar en el taller de los sábados, al que ella también concurría. Era una mujer unos años menor que yo, de gesto adusto y envuelta en un aura misteriosa que ella trataba tal vez de fomentar con una empecinada mudez. Creo que nunca, a lo largo de aquellos fugaces encuentros, la vi sonreír, como si su fuente de alegría se hubiese agotado. Los amigos se habían borrado, así que descarté todo impulso de acudir nuevamente a ellos. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea. No quise esperar para comunicársela a Nahuel.
— ¿Y si veo al Presidente?
Contra mis temores, Nahuel no me llamó loca ni insensata. Se limitó a decirme con voz neutra.
—Si vos querés, yo te acompaño.
Llamé a Vogliano y éste aprobó la idea. Me dijo donde vivía.
—Acostumbra a almorzar en su casa — me informó también.
Mi corazón era un potro desbocado aquella mañana luminosa en que nos encaminamos a la residencia presidencial. Me había vestido cuidadosamente, tratando de desprenderme de mi aspecto unisex, ese que siempre se nos atribuye a las mujeres cuando llevamos ropa cómoda. Ahora las botas de taco altísimo y la pollera ajustada trababan mis movimientos.
—Daré al presidente lo que me pida — dijo Santa Olalla mártir. Por toda respuesta, Nahuel largó una carcajada.
Atravesamos en silencio aquel barrio residencial, cuyo lujo el sol parecía empeñarse en resaltar. No tuvimos dificultades en reconocer la casa del presidente, rigurosamente vigilada por dos policías. Me preguntaba ahora si aquel único libro que me llevara al exilio, El castillo de Kafka, no había sido un presagio. Ahora yo también esperaba ver al señor del castillo. O por lo menos del Palacio, como le llamaban allí a la sede del Gobierno.
—¿Tiene usted audiencia? — preguntó uno de los hombrecitos al anunciarle mi propósito.
Contesté que no, que no la tenía, pero que me urgía verlo.
—Sin audiencia no la va a recibir. Diríjase al palacio. Además, él ahora no está.
—¿Podría avisarme cuando llegue? — pregunté, sabiendo que me arriesgaba a que, ante tanta insistencia el guarda se impacientara y nos echara sin más trámite.
—No será necesario. Usted se dará cuenta — y se quedó tieso en su sitio sin pronunciar palabra, la mirada en un punto indefinido del espacio, como si, por virtud de algún filtro mágico, nos hubiéramos desvanecido en el aire.
Decididos a no movernos de allí hasta no conseguir una entrevista permanecimos en aquella vigilia cada vez más ardiente. De cuando en cuando, Nahuel me apretaba el brazo en un gesto tranquilizador. Desde allí asistimos al cambio de guardia. De pronto, la puerta de la mansión se abrió para dar paso a un hombre de civil, de corbata chillona y traje de un negro arratonado.
—¿De parte de quién viene, señora?
— Del doctor Singer— dije, casi sin dudar.
El tal doctor era un médico argentino, especializado en quiropraxia. Me había atendido meses antes, cuando buscaba con desesperación ser salvada de la operación del coxis, que me luxara al caer sentada en la escalera. En alguna de mis visitas el médico nos contó, a Marcos y a mí, que también atendía al presidente, el cual le estaba muy agradecido porque, gracias a sus servicios, pudo escapar a una complicada operación de hernia de disco. Aquellas fatídicas y humillantes sesiones en que el médico trató de colocarme el coxis en su sitio resultaron infructuosas. Debí resignarme entonces a que aquella sentencia bíblica de: “Parirás con dolor” hubiese mutado para mí en la mucho más prosaica y permanente de: “Te sentarás con dolor”. Había parido una sola hija y ese dolor estaba ya en el pasado. Ahora a mis libros debía escribirlos sentada. Parir, sí, libros. Y con dolor.

El hombre se metió en la casa. Cuando, después de unos minutos que me parecieron una eternidad, lo que supuse otro servidor asomó su cara en donde se dibujaba una amplia sonrisa y nos invitó a pasar, me sentí como el camello atravesando el ojo de la aguja. Debí aferrarme al brazo de Nahuel para no trastabillar. Contrariamente al agrimensor, había logrado penetrar en el castillo. Tal vez ese mundo no estuviera, como el de Kafka, tan contaminado de burocracia. El realismo mágico en todo su vigor.
El mullido sillón presidencial fue un agradable contraste con la abrasadora intemperie. Me arrellené junto a Nahuel. El mucamo ofreció whisky o coca cola y nos decidimos por lo último. La puerta no tardó en abrirse y el presidente apareció con su figura tan mullida como el sillón, de casaca verde y charreteras doradas. Mientras el mucamo lo ponía al tanto, me invadió el temor de que quisieran comprobar la veracidad de mi aserto llamando al médico en ese preciso instante. No estaba segura de que él recordase mi existencia y, además, podía desmentirme dejándome al descubierto. Pero, por suerte, el presidente era confiado. Esbozó una amplia sonrisa y se sentó frente a nosotros invitándome a hablar. Traté de ser lo más clara y concisa posible. Mi marido era un intelectual, un antropólogo interesado en los indígenas. Había asistido al congreso en calidad de observador, al igual que tantos otros. Ahora yo sólo le rogaba que lo dejaran salir a México, de donde lo reclamaban para trabajar en una institución oficial. De ningún modo podía volver deportado a la Argentina, pues, aunque él no fuera “comunista” – ah, esa palabra cuco - aquí el presidente había asentido comprensivamente – usted sabe, señor presidente que allá hay ahora mucha confusión. Nadie podía salvarse de que lo tomaran por tal. Sobre todo con la acusación que invalidó su pasaporte. Al terminar le alargué el cable que me enviara David Ahmed. Mientras el presidente sacaba los anteojos de su bolsillo y se los calzaba para leer, me pareció que la ansiedad me devoraba.
— Venga esta tarde al Palacio. Veremos qué se puede hacer.
Era ya noche cerrada cuando con Nahuel tomamos el taxi que nos llevó a la cárcel con la orden de libertad. Marcos debía partir indefectiblemente al día siguiente. Pero yo lo había previsto todo con una minuciosidad de relojero. Días antes llamé por teléfono a mis padres y, entre sollozos, les conté lo sucedido. También a los de Marcos. Prometieron enviarme un giro con lo que necesitara. Un amigo me adelantó la suma y así pude comprar el boleto. Esa noche Marcos salió libre. Los esbirros de Migraciones irían a buscarlo a primera hora del día siguiente. Me despedí de Nahuel, que regresaba a la patria horas más tarde, con un prolongado abrazo.
—No olvidaré nunca lo que hiciste por mí. Contales todo a mis padres.
Cuando por fin nos encontramos con Marcos bajo el mismo techo me convertí en una niña feliz y agradecida.
—¡Papito! — gritó Camila abalanzándose a sus brazos. Debí confesarme que me hubiera gustado estar en el pellejo de mi niña y ponerme a gritar exactamente lo mismo.




Costa salvaje- Novela inédita

domingo, 25 de abril de 2010

Las islas de la oscuridad- Paulina Movsichoff


I


La hoja se aposenta en el vaso. Ella bebe su agua como si fuera el elixir que pudiera llevarla a los caminos que un día abandonó. Sus pies se apresuran para alcanzar al canto, pero éste tiene talones alados y por ahora no la necesita. Sin embargo ella sabe que su corazón tiene aposentos que podrían alojar sus intemperies. La anciana le ha aconsejado que detenga sus palabras y que desate sus manos para que puedan recibir los días. Le ha dicho que su cuna estuvo en las estrellas y que para volver a ellas debe servir en las mansiones de los hombres. La piedra baila una melodìa que sólo podrá escuchar si respeta los pactos del silencio. Una flecha atraviesa las islas de la oscuridad y se clava en el árbol donde crecen los frutos de las revelaciones.



II


El agua brota de manantiales enigmáticos. Un trozo de corazón flota en el aire y alarga sus brazos para alcanzar la pregunta aún no formulada. Mientras tanto el arca atraviesa océanos indescriptibles, rebeliones que esperan el amanecer como teas ardientes. Pero ya el Oráculo se prepara para dar la respuesta y ella se desnuda para danzar a su alrededor. El trueño ensaya sus señales y entretanto las horas huyen por los agujeros del humo. Cuando amanezca deberá alcanzar la cuarta montaña. Allí se encuentran los caminos del polen, los deseos perdidos que aún esperan que alguien se apresure a recogerlos. El viento le regala el anillo que hace visibles las maquinaciones de la razón.

sábado, 17 de abril de 2010