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lunes, 27 de enero de 2014

UN PASEO (Cuento)- Paulina Movsichoff




  Evangelina Allende decidió que era hora de ir a dar una vuelta aquella tarde nublada de principios de septiembre, cuando la soledad se le volvió irrespirable entre las cuatro paredes de su departamento. Vivía como una reclusa luego de decidir que la vida no valía la pena sin su marido. Justamente un día de septiembre, veinte años atrás, él se había ido con la otra. En realidad fue ella, Evangelina, quien tomó la decisión de no seguir compartiendo el techo ni el lecho  con un traidor, mostrándose inflexible a ruegos y promesas por parte de Emilio, quien le aseguraba que aquello no era más que una aventura pasajera. Evangelina se negó a escucharlos. "Vamos a ver si además de ponerse perfume francés para la cama se atreve a pasar el resto de sus días ocupándose de tus camisas y calzoncillos",  le dijo, tratando de que él no notara sus lágrimas.
  Emilio no había sido un marido perfecto, pero los hijos en común y el haber envejecido juntos podría haberse tomado como un augurio de que así continuarían hasta el final. Sin embargo, a los sesenta cumplidos, él se había buscado una de treinta. Cuando se enteró. Evangelina  pasó toda una noche hamacándose en la mecedora de floripondios color borravino. Al amanecer decidió que no compartiría un día más de su vida con él. A pesar del agudo dolor, de su orgullo mancillado, la vida siguió por los carriles normales, o casi. Aún le quedaban dos hijas sin casar. Silvina y  los dos varones lo habían hecho tiempo atrás y una pléyade de nietos alborotaba la quietud de sus horas. Alejandra Y Laura, las dos menores, estudiaban y trabajaban. El esperarlas cada tarde, velar por sus necesidades, la ayudaba a sentir que estaba aún al resguardo de la intemperie. Sin embargo, el frágil hilo de sus fervores se cortó de pronto cuando ellas se casaron con un año de diferencia. Entonces se quedó sola con sus fantasmas en el enorme piso que con tanto esmero decorara al instalarse en Buenos Aires luego de pasar la mitad de la vida en Nueva Medina. A veces, cuando sentada en la mecedora contemplaba las sombras que comenzaban a lamer de a poco paredes y muebles, creía escuchar el sonido de la llave y ver a Emilio avanzando hacia ella para poner en su mejilla el beso con que la saludaba cada tarde durante sus años de vida. en común. Su solitario corazón renacía los domingos, día en que los hijos iban a visitarla. Por breves pero felices momentos podía sentirse como una gallina cobijando a sus polluelos, igual que en el pasado. Algunas amigas la llamaban a veces para invitarla a interminables tés de los que salía prometiéndose no volver. La cansaban aquellas reuniones en donde sólo se hablaba de quehaceres domésticos, modas y chismes televisivos. Pero por la noche, en las largas horas de insomnio, pensaba que algo estaba descompuesto en ella, como si la máquina que llevara adelante sus fervores hubiera comenzado a oxidarse.
  La última sensación de que "la vida estaba viva", como solía decir, la invadió en aquellos viajes a México que Emilio, que nunca se desentendió del todo de su suerte le regalara, preocupado y sintiéndose tal vez culpable de aquella progresiva melancolía. No fueron precisamente excursiones de turismo. Iba a visitar a Silvina, su hija mayor, exiliada con el marido y los chicos en la noche oscura del Proceso. Al buscar las fotos en donde se la veía con el fondo de las pirámides del Sol o de la Luna o paseando por Xochimilco mientras escuchaba a los mariachis que aún a los setenta podían desacompasarle el corazón, no podía evitar que la nostalgia la anegara como una marea inevitable. Por esa época comprobó la exactitud de aquella frase que durante tantos años viera colgada de las paredes del escritorio de Emilio: "¡Ay de los ilusos que suponen el mundo quieto cuando no tienen ganas de andar!" Porque México era un bullicio de colores, una fiesta para los oídos y el gusto. En esos paseos que Silvina organizaba en su viejo Volkswagen pudo entrever que le resultaba fácil apartar a sus demonios y que el olvido era más accesible de lo que pensara. Pero, como todo en su vida, aquello también acabó. Silvina regresó con la democracia y a Evangelina los días se le fueron amontonando en el cuerpo como el polvo en los muebles. No importaba si el mundo seguía moviéndose. Ella no tenía ya la más mínima gana de andar. Para colmo, una incipiente sordera la llevaba a aislarse cada vez más de la gente. Se negó rotundamente a seguir asistiendo a los tés de sus amigas pues le resultaba muy difícil seguir el hilo de sus conversaciones de las que renegara ¡Ay! anteriormente.
  Esa tarde se vistió con parsimonia. Descolgó el vestido azul con una rosa blanca en el cuello que sus hijos le regalaron el día de la madre y que nunca usó, se maquilló con esmero, cepilló varias veces el pelo entrecano y lo acomodó como pudo, rematando el arreglo con un baño de spray, eligió del enorme canasto donde guardaba la bijouterie el collar de perlas cultivadas y se puso el tapado de zorro que bostezaba en el placard. Cuando echó una última mirada al espejo, se preguntó si aquella mujer de figura espesa y gesto fatigado era ella misma. Sin embargo, al cerrar la puerta tras de sí, una inefable sensación de aventura le aceleró el corazón.
  Laura la encontró en la esquina, cuando empezaban a caer las primeras gotas. Fue inútil tratar de convencerla de que no siguiera adelante. "No salgo nunca y ahora que me decidí quieren que desista. No se hagan ilusiones". Y siguió caminando a pasos cortos e inseguros por la vereda empapada. Su objetivo era "Las Violetas", la confitería que quedaba a dos cuadras de allí. Cuando Laura llegó  a su casa, comprendió que aquella no era una tormenta común. La radio daba cuenta de apagones en varios puntos de la ciudad, informaba también que una mujer se había ahogado al cruzar el barrio de Flores, del transporte parado. Dijeron también que, por el lado de la Boca, comenzaban a evacuar. Se puso de inmediato en contacto con el resto de la familia. Pero los teléfonos de la policía y de los otros servicios de emergencia daban continuamente ocupado, las líneas seguramente atestadas de pedidos de auxilio. No tuvo más remedio que armarse de paciencia y esperar.

  Evangelina llegó a "Las Violetas" empapada y sin aliento pero no le importó. Se sacó el tapado de piel que pesaba como plomo por causa del agua que se había filtrado hasta el forro y aguardó la llegada del mozo. La espera no duró demasiado pues la gente se escabulló cuando la lluvia comenzaba a arreciar, por lo que pudo disfrutar de una esmerada atención. Pidió un Gancia y lo paladeó con morosidad, como quien recupera un placer largamente sepultado. Luego un café y un merengue relleno con crema. También le rogó al mozo que le consiguiera un cigarrillo. Él le informó que no fumaba mientras miraba a su alrededor como buscando el socorro de algún improbable cliente. Evangelina lo acompañó con la mirada y se percató entonces de la presencia, en la mesa cercana a los vitraux, de un hombre mayor de aspecto distinguido. Llevaba un traje oscuro y miraba fijamente hacia donde ellos estaban. Se levantó con celeridad y se acercó, alargándole el paquete de Marlboro. Ella tomó el cigarrillo y él le ofreció la llama de un viejo encendedor a kerosene.
  — ¿Por casualidad es usted Evangelina Allende? — preguntó con una cortesía no exenta de timidez.
  — La misma que viste y calza — contestó Evangelina, que oía mucho mejor cuando el interlocutor era uno solo, ya que tantos años de sordera le habían enseñado a leer en los labios—. Todavía— añadió en un tono festivo que acababa de resucitar.
  — Yo soy Enrique Vasserman. Tal vez ya no me recuerde.
  Evangelina sintió que una brisa le acariciaba el corazón. Claro que recordaba. Aquellos ojos azules que todavía brillaban bajo las cejas blancas y espesas, las manos finas. El mismo, a pesar de los años, que la pretendiera allá en Nueva Medina, antes de conocer a Emilio  y al que su familia se opuso con furor vaya a saber por qué anacrónicos prejuicios. Lo invitó a sentarse a su mesa.
  El mozo se acercó a informarles que los teléfonos estaban descompuestos y que por ende les resultaba imposible avisar a las respectivas familias. Les anunció también que, por su parte, ellos, los dos mozos y el gerente, pasarían allí la noche. Pero estaba preocupado por los señores, ojalá la ayuda llegara antes de la madrugada.                      
 — Para dormir, la eternidad —. Evangelina repitió la frase favorita de su madre como si la hubiera conservado en la memoria para usarla en la ocasión.
  Pasaron toda la noche en una charla voraz, contándose sus vidas, felices de que aquel accidente los hubiese reunido.
  Evangelina agradecía al cielo no necesitar aquella noche de sus diez rosarios para vencer el insomnio, ni tener que  repetir en voz baja los cien versos que su memoria retenía aún de sus época juveniles, cuando dejaba en vilo a su auditorio al  recitar Los motivos del lobo, La tristeza del inca y tantos otros en todas las fiestas a las que asistía. Las horas se le iban sin sentir enfrascada en la charla con su antiguo conocido. Porque si bien él le estaba diciendo que siempre la había amado y ella, coqueta, bajaba los ojos al mantel, también Evangelina lo amó. Era como si el tiempo se empeñase en demostrarle que no era tan tarde y que su apariencia de decrepitud no pudiese ahogar al olvidado corazón de niña que ahora agitaba de nuevo sus cascabeles. Sólo a la tarde del día siguiente pudieron rescatarla. La lluvia cesó a las tres y el helicóptero de la prefectura se asentó en el techo como una inmensa mariposa plateada. Cuando se lo dijeron, Evangelina sacó una polvera y se miró en el pequeño espejo mientras se empolvaba e las mejillas  Luego se levantó con gesto cansino y dejó que Enrique la ayudara a ponerse el mojado abrigo. Le ofreció galantemente el brazo y subieron juntos la empinada escalera con la misma parsimonia que si se tratase de la escalinata de un castillo. A sus espaldas, los mozos y le gerente formaban un extraño séquito.
  Mientras se elevaba en el aire, Evangelina agitaba la mano de saludo con una sonrisa satisfecha que no se borró de sus labios durante muchos meses.


 De Marrakech



sábado, 15 de octubre de 2011

Fuegos encontrados- Paulina Movsichoff (fragmento)


Los días de Lemunano ya se han roto. No subirá la montaña florecida con la mirada centelleante por la miel del Kaichán, ni sus oídos escucharán el clamor de los atabales. Los días de Lemunao ya se han roto, a pesar de que los hombres aún esperan que el brazo de su jefe los conduzca por la marejada de chuzas, que su voz levante una vez más el árbol de la victoria. Pero Lemunao tiene el cuerpo frío y la mirada lejana. Quizá el espejo de su memoria refleje todavía la cabellera de una mujer y sus manos desanuden la trenza de su risa. Quizá todavía lo estremezca un antiguo clamor, una polvareda de delirios. El son de los cultrunes acompaña ahora la salmodia triste de las mujeres que no quieren mirar esas manos aferradas a la muerte, su raíz cortada por el filo del dolor. Vanas lanzas tiemblan en la noche. Un venado corre, atravesando el viento.
El canto de la Machi sube, pausado y melancólico, chau, kusche ngéime, mileum mi wenapú meu, el demonio alzó sus torbellinos a tu paso, el demonio te ha derribado. Entonces Lemunao se incorpora y su mirada recorre la penumbra del toldo. Se detiene ante el nuevo, ante aquel que un día llegó y fue su hijo. "Te llamarás Huaquinpán", le dice, "mi lucha hasta el final llevando. Desde el principo estando Huaquinpán defendiendo la tierra, hasta el final luchando. La destrucción llegando. La tierra siendo nuestra, nosotros creciendo en ella como quien planta un árbol, los intrusos siendo ellos, más allá del mar viniendo. Triste siendo".
El cuerpo es colocado en la huaca. Descansará en la ladera de un médano, a la sombra del piquillín. El fürufü- hué vendrá todas las tardes a entonar en su tumba la canción de la brisa.

El mensajero entregó su quipu y explicó: "ésta es nuetra señal: hay que deshacer un nudo cada día. Cuando quede uno solo se hará la junta". Huaquinpán esperó, paciente, la respuesta. Sentado en un tronco de caldén escuchó: "dicen que habrá guerra, pues; acabaremos con los huincas".
Fueron llegando, de todos los rumbos. Pasaron delante de Huaquinpán, la mirada de fuego, la frente de piedra. Larga fila lo rodea. Huaquinpán hace un signo con la cabeza y todos bajan de las cabalgaduras, despojándose de sus mantas. Sólo él permanece erguido en el caballo, auscultando el horizonte. De pronto exclama: "¡Ya" y comienza a oírse el clamor. La tierra parece retumbar. Sólo entiende el grito agudo; avanzan corriendo en fila cerrada cimbreando las lanzas, haciendo maniobra de combate. El grito estremece el aire, se eleva por encima del polvo, se reparte a todos lados. Uno de ellos se acerca y saluda al Gran jefe. Detrás, las manos atadas con sogas, viene el blanco. Fue la noche anterior, al amparo de las sombras, cuando lo capturaron. Huaquinpán se dirige a los suyos después de estudiarlo largamente: "ya hemos capturado el toro, hoy celebraremos el nguillatún".
El prisionero es atado al algarrobo. Los gritos no han cesado. Una extraña danza, agónica, ebria de vengaza, va rodeando su cuerpo, que ya no resiste. Sabía a lo que se arriesgaba cuando trató de convencer a los indios de que pactaran con el enemigo.
La Machi permanece inmóvil, los brazos extendidos. Su ayudante va hacia el blanco y le arranca el corazón. El fuego lo recibe después de que los hombres untan la lanza con su sangre. La machi traza un círculo en el fuego, clavando en el centro la varilla. Dibuja el caballo, dibuja la perdiz, dibuja el toro, dibuja el puma, dibuja el buitre. Luego desata su danza. Cuando le presentan el corazón clavado en la punta de las chuzas, Huaquinpán piensa: "Ya nada podrá detener al gran malón". Él sabe de los proyectos de los huincas. La paz con ellos no es posible desde que sus mensajeros le avisaron de la última invasión. Hoy es el día en que un solo nudo queda en el quipu. Cuando la noche se arrodille ante el gran sol, cuando la luz abra un camino en su sueño y en el de los suyos, irán por el rumbo que la Machi señale, soplando el humo de su pipa. Demostrarán que no es fácil vencerlos, quitarles esa tierra donde una vez los arrinconaron.
El día de la guerra ha comenzado. Huaquinpán es el primero em montar. Los demás lo siguen y en su galope hay una decisión inquebrantable. No tiene tiempo ya de pensar en el rostro manso de Casiana enseñándole los nombres de los pájaros mientras despliega la ropa sobre las piedras del río, ni en el cuerpo moreno de la María Salomé hablándole el lenguaje de la ternura. No tiene tiempo de pensar en nada pues allí, más allá de los médanos, detrás de la mole rocosa, está el enemigo. Volverá cansado, los ojos brillantes de victoria. Y sentirá en su cintura el calor de una manos de niña, que se le tendieron en medio del griterío y del fuego pidiéndole ayuda.


Fuegos encontrados. Editorial Tierra Adentro, México, Editorial Círculo de Lcetores, Buenos Aires, Editorial Tierra Adentro, Bueno Aires y próximamante en San Luis libro, Colección Bicentenario, San Luis.

martes, 13 de septiembre de 2011

"Las fábulas del viento" de Paulina Movsichoff- Márgara Averbach


Esta segunda novela de la joven escritora Paulina Movsichoff nace en un territorio que media entre la historia y la magia. Las fábulas del viento explora el espacio de la guerra entre federales y unitarios desde la perspectiva federal de la Argentina distinta y secreta de los pequeños pueblos de provincia.
El relato entero está centrado sobre todo en el sentimiento del pueblo chico y en su geografía: un tapiz de personajes cuyas vidas se cruzan y se tocan como hilos, sin perder por eso su sentido propio y su soledad esencial. En ese universo, los caudillos, bandidos, maestros y sus mujeres hilan sus horas en un silencio que también tiene su grito.
Este espacio de pagos une los episodios cortos y aparentemente dispersos en un ritmo intenso y lento al mismo tiempo, como el de las siestas del verano. La historia de esos hombres y mujeres corre hacia un final en el que, por primera vez, como si se descorriera un telón, los dos protagonistas, Ramiro y Matilde, encuentran una voz propia, más íntima y no menos desgarrante que la del narrador anterior.
Esta historia de encuentros y exilios está dicha en una prosa que incorpora la magia de la novela latinoamericana, sus milagros, sus iniciacones y sus desiertos terribles y vacíos. En esa prosa viven los habitantes del pueblo, cada uno inmerso en su propia lucha.
Como corresponde al siglo pasado, las luchas de los dos sexos están separadas: la de los hombres es la de las armas, la política, el estudio; la de las mujeres, la de la espera. De las dos, la espera es la más despiadada, la más sola, y estas mujeres hacen el mundo casi en mayor medida que sus hombres. Se sientan durante años junto a los mismos rostros y siguen esperando sin razón, sin sentido. Es una espera empecinada, absurda incluso y, por eso mismo, valiente y fértil. En realidad, en ese estado de hacer, no haciendo, se encierra la fuerza de esta novela, que habla sobre todo de los pueblos del sur y de su paciencia.

Clarín. Cultura y Nación, 1987.

jueves, 23 de junio de 2011

Novalis




Estábamos allí, en ese bar de Rivadavia, apenas separados por la blanca superficie de la mesa. Decidimos instalarnos en la vereda, justo enfrente del parque y el resplandor inasible del otoño acariciaba los árboles. Todo parecía envuelto en una luz de sueño, leve y brumosa. La idea del encuentro partió de él, de Julio. Yo contemplaba esa mirada atenta y a la vez recogida, esos ojos a los que parecía nada podía escapársele, ni siquiera lo que se agitaba en mi interior, las manos finas de pianista, la sonrisa casi permanente dejando al descubierto esos dientes separados que le daban un aire de palpitante adolescencia.
Llegó puntual y, luego de charlar un rato en el living de mi casa, le propuse caminar. Accedió encantado. "Hace tanto que no recorro Almagro", me dijo. "Las calles de París no tienen ese qué sé yo de las de acá" sonrió, mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero. Tomamos por Quito. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una sombra tersa y la brisa parecía conversar con cada una de las hojas, con los viejos troncos que nuestros pasos iban dejando atrás. Las calles estaban solitarias y la luz color miel nos contenía como un agua silenciosa y frágil.
En el trayecto él se explayó en mis cartas, en ese proyecto de tesis que le comenté en una de ellas sobre la influencia del surrealismo en su obra.
Fue una amiga, escritora también, quien me proporcionó el teléfono del hotel donde se alojaba. Marqué, no sin nerviosismo. Luego de que le contara el motivo de mi llamado, me propuso que nos viéramos. "La charla es a las ocho. Todavía tenemos unas cuántas horas", dijo con voz tranquilizadora. Y ahora allí a su lado, escrutando su larga figura, su andar pausado, me preguntaba si todo no sería sólo un sueño.
Llegamos al parque y lo atravesamos en silencio. Sin darnos cuenta, pronto estuvimos en el sector de los libros. Se sumergió en ellos con el entusiasmo de un chico. De pronto sus largos dedos extrajeron uno, que no tardó en mostrarme. Eran Los Himnos a la noche, de Novalis. Lo compró de inmediato. "Hace tiempo que lo andaba buscando. La versión alemana se me ha extraviado. Pero igual me gustará releerlo en español". Ya en el café se explayó en hablarme del poeta alemán, del cual yo conocía sólo el nombre. Me instruyó de su concepción de la poesía como la realidad mágica del sueño, en la que éste se convierte en realidad y la realidad en sueño. Me habló de la novela, ese gran proyecto que la muerte le impidió terminar — murió de tuberculosis, como buen romántico — me aclaró. La novela trataba de un poeta medieval que se lanza en busca de la flor azul, símbolo de la belleza, de la felicidad y las ilusiones inalcanzables. Abrió una página al azar y leyó: Amada llegas / la noche ha venido ya / se ha consumido el día. Nos quedamos un rato en silencio y de pronto le propuse, no sin vencer mi timidez, una entrevista más larga, editar un libro con nuestras conversaciones. Accedió, con esa sencillez que me demostró en todo momento, como si él, Julio Cortázar, no fuera uno de los más grandes escritores argentinos sino un autor incipiente, feliz de ser estudiado, reconocido. "Te vienes en el verano, cuando mis tareas en la UNESCO me permiten un respiro". Y concluyó, apretándome levemente el brazo: "Te gustará Saignon". La sensación de irrealidad volvió a asaltarme. A eso de las siete nos despedimos. Él se inclinó y, luego de decirme: "Ha sido un verdadero gusto", me rozó levemente los labios.
El timbre del teléfono me sobresaltó. Contrariada, salté de la cama. Hubiera deseado quedarme allí, detenerme en la modorra gozosa de aquel encuentro con mi amado Cortázar, cuya imagen me miraba constantemente desde el afiche colocado con chinches en la puerta del placard. La sonrisa mansa parecía querer comunicarme algo inaprensible para mí.
La voz de Marcela: "¿Dormías?" "Sí, Te llamo luego. Disculpame." Y luego correr nuevamente a la cama a cerrar los ojos y tratar de revivir, de rescatar algo de aquella imagen, las hilachas que quedaban en aquel naufragio del despertar. Mi corazón se aceleró cuando, al acercarme, distinguí el pequeño bulto sobre la sábana. Nada había dejado en ella. Pensé con susto en un insecto, alguna de esas mariposas nocturnas aplastada sin duda por el peso de mi cuerpo dormido.
Y ahora, sentada junto al ventanal por donde la luz de la mañana se cuela como un río dichoso, acaricio con lenta delectación el nocturno aterciopelado de mi flor azul.


Marraquech y otros cuentos

miércoles, 23 de junio de 2010

Todas íbamos a ser reinas -Novela (Nuevo fragmento)



Dormite niñito
que la luna arrulla tu sueño desnudo


¿Dice usted que fue la noche del pampero? La misma. Pues no, yo creo que fue mucho después que Miguel Petroff firmó el contrato de compra de la tierra. Le digo que sí, que esto sucedió la misma tarde que a mi comadre Encarna le dio aquel pasmo y que llamaron a la india Abigail para que la curara. ¿Una india, dice? Sí, la que andaba arrimada al gaucho Barrionuevo y que tenía la cara como un colador a causa de las viruelas.

que tu sueño sueña la luna dormida
Dormite niñito
antes que la tierra sea tu sudario


Tomados de la mano, Tania y Miguel veían acercarse aquella ciudad desconocida envuelta en la bruma de un día lloviznoso. Les parecía tocar esa franja de tierra parduzca por la que dejaran la suya. Cuando las chalupas llegaron al barco, Miguel palpó el vientre aún plano de Tania y luego, pasándole el brazo alrededor de los hombros lloró en silencio. "Ojalá el futuro nos ayude a olvidar las penurias de este viaje", murmuró. Nada de lo que les pasara sería peor que lo vivido, pensó.

antes que los ríos se cubran de sangre
Te canto bajito para que me escuches
Para que recuerdes que vienes de lejos


Acuérdese que vino por aquí a pedir una manta y que luego le hizo una frotación en todo el cuerpo de aceite de mostaza, semilla de algodón, sal tostada y alcanfor. ¿Que de dónde iba a sacar todo eso si estos andurriales hervían de yuyos y ganado salvaje? Sabrá el Señor- Pero déjeme que termine. Luego le dio un bebedizo de té con cogollos de orégano y un poquito de azufre. Esa india era muy entendida en los descalabros del cuerpo. ¿Se acuerda de ella? Andaba siempre con el gaucho Barrionuevo, como le termino de decir, en ancas de su barcino. Que de pueblo en pueblo, dizque. Por entonces no hacía mucho que habíamos llegado. Unos tres meses, a lo sumo. Acuérdese que la etapa de las carpas había quedado atrás. Después también de que Miguel defendiera a Grishenka, Grusha, la prostituta que salía por las noches y se sentaba en las afueras del campamento a entonar aquella cantinela que estrujaba el corazón.

de un canto de nieve
de una rama trunca
de un árbol que canta entre dos sollozos


No sabían si reír o llorar cuando vieron aparecer detrás de los yuyales las enormes ruedas. Llevaban más de tres horas esperando, apeñuscados con los otros, en aquella estación desolada desde donde les prometieron conducirlos a destino. La tarde venía fresca y Tania se arrebujaba en su chal blanco, tratando inútilmente de que Miguel no le notase el cansancio. No quería agregarle más preocupaciones. Un viejo de largo caftán negro leía el Talmud, masticando las palabras en voz baja. De a ratos levantaba la vista y escrutaba el horizonte. Era uno de los pocos que llegaron solos.


Te tapo en silencio
con mis dos harapos
cuna de miseria para un mundo nuevo
miseria de mundo para un niño bueno


Tania permanecía callada. Acodada en la borda junto a sus compañeros de viaje, semejaba la imagen de una muda pregunta. Miguel levantó el baúl y lo arrojó en brazo del dueño de la chalupa, que estiraba ya la mano para ayudar a los hombres y mujeres que bajarían a ella. La hilera de chalupas, abarrotadas de gente, se fue aproximando a tierra con lentitud.

Tendrás un osito y una mermelada
y una casa blanca que viaje al verano
Tendrás un espiga para tu alimento


Ya funcionaba, también, el almacén del Barón y todas las mañanas íbamos allí a aprovisionarnos. Todas, menos los sábados, porque ya usted sabe que ese día bendecimos al Señor. Tiene usted razón. Fue la segunda vez que corrió el pampero. Y todavía estábamos en las carpas, me equivocaba. Ahora recuerdo que ese día no hubo viento pero igual los yuyitos comenzaron a temblar. Era ya el atardecer y el cielo se puso negro, como si lo hubiera atravesado Luzbel. ¿Que aquí le dicen Mandinga? Lo mismo da. Yo que soy gringo tengo derecho a llamar las cosas como mejor me salgan, aunque tantos años de estar aquí, trajinando esta tierra me hayan hecho más gaucho que usted. No se me enoje. Ya ve que somos amigos. Fue antes de la helazón. Como digo, los yuyos temblaban y los caballos pateaban el suelo, como queriendo avisar.

Vienes de otra orilla
el mar fue tu almohada


Casi todas las demás eran familias repletas de chiquillos que correteaban en el suelo de tierra sin que sus madres los llamaran al orden, absortas como estaban en esa espera que poco a poco se iba vaciando de esperanza. El viejo comenzó a lagrimear. Grushenka se acercó a él y le pasó un brazo por los hombros. Él se arrimó a ella, como un niño que buscara el consuelo de su madre, pero luego la rechazó, enojado. "Habrase visto", murmuró. No contento con esto, levantó su mano en señal de amenaza. Grushenka se alejó, no sin antes guiñar un ojos a su vecina, una mujer rubicunda sentada sobre sus pertenencias envueltas en una sábana blanca.
Llegaron a eso de las siete. Surgieron de los pastizales como una aparición fantasmagórica. Eran ocho carromatos carcomidos por las lluvias y de unas ruedas altísimas, que venían precedidos por un hombre de tez cobriza en un bayo claro. Los hombre y mujeres se arremolinaron a su alrededor, sin animarse a tocarlas. Del interior de una de ellas salió otro hombre, vestido de sarga azul.
- Vayan entrando - dijo, en mal alemán -. Sólo mujeres y niños - agregó al ver que los hombres también formaban parte del gentío que se atropellaba para subir.
- Los hombres irán a pie - dijo el de tez cobriza.
Miguel abrazó a Tania, que trató de abrirse paso en esa masas compacta. El interior de la carreta era estrecho y tuvieron que apretujarse como sardinas. Se tocaba el vientre mientras partían.

de una raza antigua
buscando a tu hermano


El bullicio era infernal. Un negro tocaba impávido su organito, del cual salía esa música triste que les llenó el alma de una nostalgia sin nombre. Caminaron por la calle lodosa hasta el vetusto edificio a cuyas puertas un hombre corpulento de raído uniforme los detuvo para sellarles el pasaporte. Racimos de hombres y mujeres caminaban por los pasillos, entraban y salían hablando lenguas desconocidas. En las miradas de todos se notaba una misma chispa de ansiedad.

Dormite, niñito, alma de turrón

Los pájaros volvían a los árboles en un volido apresurado. Nosotros nos arrebujamos, nos acollaramos unos a otros, presintiendo. No es que yo sea miedolento, pero la tierra lanzaba un zumbido, como el de millones de abejas. Y luego el silencio, que era más aturdidor que los truenos. Sí, fue por esa época del segundo pampero que Miguel compró. Le entregaron un arado de asiento, un carro de cuatro ruedas, diez lecheras, doce caballos y un toro. Fue el primero de nosotros que tuvo tierra.

Te he mostrado un mundo

Desde la cubierta de la proa vieron las ballenas, tiburones que nadaban cerca del barco y lo acompañaban durante días, vieron peces voladores y albatros y gaviotas cerca de las costas. La brisa olía ya a tierra: humus, espigas, resinas. Habían abandonado la vieja Europa. Detrás quedaba el pasado con sus remotos paisajes. Vislumbraban en lontananza un mundo nuevo.

Conquistalo vos



Ediciones Letra Buena. Buenos Aires

domingo, 20 de junio de 2010

Todas íbamos a ser reinas (fragmento)- Novela


Te escribo esta carta debajo de mis párpados, donde anda tu nombre como tantos otros, esos nombres que tiene pasos de aire y se desvanecen en él apenas los evoco. Aquí estamos ya, Pola, en esta tierra de pastizales densos, manchada de cañadones. Todo es nuevo y a la vez antiguo, caminar por un suelo libre, descubrir la alegría de sembrar con la luz primera de la mañana. El viaje fue agotador, no sé si alguna vez nos veremos para que te lo cuente, se necesitarían semana, quizá meses. Aquella Babel flotante en donde cada uno era un pedazo de tierra, un sueño móvil que entre todos formaba un solo y nuevo sueño, el mismo para los italianos, turcos, rusos, que veníamos como la resaca del mundo a ver si nos hacía un huequito la esperanza. Si vieras el enorme pasaporte con mi nombre, Tania Petroff, y el de Mijhail, Miguel en esta lengua tan difícil como remar contra el viento. No olvidaré nunca aquel domingo en que salimos del pueblo, el perfume de las acacias acariciando la mañana, tu cara pecosa surcada por las lágrimas y la de madre, impotente para disimular la pena detrás de la sonrisa. Los mujiks nos saludaban al pasar con las manos en alto, nos deseaban suerte. Yo veía esos rostros de mirada ingenua y soñaba con esta tierra en donde, se nos había dicho, todos eran iguales. ¿Tengo derecho a desear la igualdad para mí y para mis hijos cuando en la tierra de uno el Señor ha secado su fuentes y agostado todos sus manatiales? Sin embargo sé que sus dolores son como los de la parturienta, terminarán en alegría aunque ya no estemos aquí para contemplarlo. Si vieras, Pola, en qué han quedado mis manos, aquellas manos que mamá cuidaba tanto para que no se parecieran a las de ella. Aquí cavamos pozos, construimos hornos, empezamos el trabajo de la huerta. Yo colaboro en todo aunque, ¿adivinas?, espero un hijo. Miguel me toca el vientre y sonríe con esa sonrisa plena que tanto le conoces para después pedirme con lágrimas en los ojos que no vaya a la siembra. Pero no puedo. Me siento bien entre ellos, mis hermanos. Verlos con sus anchas barbas blancas inclinándose sobre la tierra, tiene algo de ritual, de mítico, que me reconforta. Porque no te creas. A veces evoco aquello otro, aquel tiempo inconcluso y siento que quiero asir aquellas formas, incorporarlas a mi frente antes de que se evaporen para siempre. Últimamente la imagen de papá me visita con frecuencia; su barba rabínica, sus largos ojos surcados de picardía. Me parece escucharlo conversar con los amigos en la tertulia mientras el samovar hierve, la eterna pipa de marfil incrustada en su boca. ¿Qué mas quieres que te diga, Pola querida? Estos campos de una absoluta desolación han ido cediendo y ahora los surcos se extienden hasta el infinito. Alrededor de nuestra casa hay vacas lecheras que guardamos en un corral. Del campo traemos bolsas repletas de choclos, melones y sandías tan jugosos como no sé si se habrán encontrado en el paraíso, a pesar de la cantinela de mamá ante nuestros rezongos, de que sólo allí encontraríamos la fruta perfecta. Como ves, ya soy toda una campesina. Yo, la que pasaba los días echada en el diván de raso de nuestra sala, leyendo a Tolstoi. A él seguramente esto le habría gustado. Amaso el pan como si estuviera viviendo uno de aquellos pasajes de la Biblia, en el comienzo de los días. Miguel aprende a montar. Su maestro es un "boyero" com llaman a quí al conductor de bueyes. Ha sido un antiguo soldado de Urquiza. Pero devaneo. ¿Qué puedes saber tú, querida mía, qué puede despertarte este nombre? Muchas esperanzas fueron depositadas en él, dicen que no hace mucho, pero las defraudó, como siempre sucede. A pocos kilómetros de aquí se alza la fantástica residencia en donde su espectro se pasea entre lagos artificiales, palomares cn espejos y rosales de enormes rosas que embalsaman el aire de los atardeceres.
No sé si somos bien mirados por la gente del lugar. Ayer no más vimos a los "gauchos" merodeando cerca de nuestra casa. Me impresionó el fulgor salvaje que despedían esos ojos. Unos enormes cuchillos, los "facones", les colgaban de la cintura. Pero no me asustaron. Vi en ellos el mismo terror acorralado de nuestros ccampesinos. ¿Habrán sido víctimas también ellos de injusticias y persecuciones? Tengo, como verás, mucho que aprender. Poco a poco iré abriendo los ojos a esta nueva realidad. Pero ahora, la primera luz entrando por mi ventana, termino de pensarte esta carta que probablemente nunca escriba para decirte que te quiero y que estás adentro mío como todo lo que he dejado.








Ediciones Letra Buena. Buenos Aires

domingo, 6 de junio de 2010

12. Blues del Albergue. Paulina Movsichoff




Se me dice : ese tipo de amor no es viable. Pero ¿cómo evaluar la viabilidad ? ¿Por qué lo que es viable es un bien? ¿Por qué durar es mejor que arder?

Roland Barthes

Anudada a tu carne por eso inconfundible.

Tomás Segovia

Debía reconocer que poco a poco, casi sin darme cuenta, había ido enamorándome. Al principio me resistía a aceptarlo. Sin embargo, ese sentimiento tantas veces experimentado, esa mezcla de angustia y alegría eran, sin lugar a dudas, el amor. Tenía un amante. Y me sentía culpable por ello. Soy una adúltera, me decía a veces con despecho. Adúltera, qué palabra tan rara. Más bien parecía algo referido a los adultos. ¿Una manera de llegar a la adultez? El diccionario no me ayudaba demasiado: “Ayuntamiento carnal ilegítimo de hombre con mujer, siendo uno de los dos o ambos casados.” Y la palabra venía del término latino: adulter, adulterado, averiado, falsificado. Pero me resultaba muy difícil convencerme de que aquel acontecimiento pudiera etiquetarse con una frase tan lapidaria. Ayuntamiento carnal, sí, pero también la magia, la alegría. El amor de Ángel me reconciliaba con la vida. Me daba permiso para amarme, por fin, a mí misma. Por primera vez, la pasión superaba a la culpa. Parecía que el destino me hubiera compensado de las amarguras pasadas, de ese desamparo del corazón que arrastrara durante tanto tiempo. ¿No era lo otro, más bien, lo adulterado, lo falsificado? Dos personas que viven bajo el mismo techo y duermen juntos en la misma cama sin tener ya ese diálogo profundo que era para mí la piedra de toque de la pareja. ¿Y de dónde provenía la ilegitimidad? ¿Quién la estableció y cuándo? Al leer aquello, se me antojaba haber regresado a la noche de los tiempos, a aquella aldea clánica que fijó la identidad del hombre en una casa, una mujer, un buey. La mujer sujeta al hombre de por vida, el hombre sujeto a la mujer. Como si fueran cosas. No importaba el hastío, la idílica unión convertida en una parodia de lo que fue. No importaban la fe burlada, las esperanzas deshechas. Si haces el amor con otro hombre que no sea tu marido o con una mujer que no sea la tuya caes en esa palabreja: adulterio. Lástima que no significara lo mismo para el hombre que para la mujer.

Ángel era el más maravilloso, galante y gentil de los hombres. Desde que me levantaba por la mañana temprano lo encontraba sosteniéndome, mirando pasar mis horas aún cuando no estuviera presente. Y esto me daba la sensación de estar viva, de ser única, exclusiva. A veces, cuando salía de casa por la mañana temprano para tomar el colectivo que me llevaría al trabajo, el auto de él venía a mi encuentro. “No podía esperar tanto para verte”, me decía. A la salida me iba a buscar y almorzábamos juntos mirándonos a los ojos, tomándonos de las manos como dos adolescentes. Algunas tardes acordábamos no vernos. Quería acompañar a Camila, que ya resentía el abandono. Al salir de la oficina lo divisaba parado en la esquina. No podía dejar de conmoverme ante la expresión de desamparo de sus ojos. “¿Tomamos aunque sea un cafecito?” suplicaba. Negarme resultaba superior a mis fuerzas. Una tarde en que caminábamos abrazados por San Telmo, un hombre se paró a contemplarnos. “¡Qué amor!”, exclamó en una especie de admirado homenaje.
Al lado de esto todo lo demás empalidecía. En el hotel, antes de desvestirse, él abría los brazos como para recibir a un tesoro. Percibía el éxtasis de Ángel al penetrarme. Me encontraba a mi vez cómoda en el cuerpo de él, mullido, afelpado. En ese coloquio oscuro de las pieles íbamos inscribiendo nuestros nombres en la lista de los grandes enamorados de la tierra: Isis y Osiris, Abelardo y Eloísa, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta.

Aún no podía decírselo a Marcos. Comprendí que, a pesar de mis cuidados, no estaba exenta de toda sospecha. Uno de esos días él entró como una tromba agitando algo en la mano.
—He comprado los pasajes. Nos vamos a Paraguay los tres. Visitaremos también las Cataratas.
Ay, Marcos. Las horas llegan siempre tarde. La noticia no me causó mucha gracia. ¿Tendría que ausentarme justo ahora, cuando el amor con Ángel brillaba como el sol en su punto más alto? Ausentarse. Penélope transformada en Ulises, abandonando a su amor en Itaca. La separación fue triste, casi desgarradora. En el ómnibus que me conducía a Misiones, cerré los ojos. Las lágrimas que Ángel derramó en la despedida no cesaban de caer adentro mío como una lluvia vivificadora.
Sentados adelante, Guiomar y Marcos conversaban y reían, olvidados de mí. Si esto es reconciliación empieza mal, pensé. Recuperaba, no obstante, mi gusto por el movimiento. Miraba compulsivamente por la ventanilla la sucesión de paisajes. Un viaje es siempre un desplazamiento interior. Pareciera que, sin quererlo, algo de uno se mueve hacia zonas desconocidas o postergadas. Un leve dolor de muelas comenzó a molestarme.
Llegamos a la frontera al amanecer. Una vez controlados los documentos, tomamos el taxi que nos conduciría a Asunción. El sueño y el cansancio no impidieron que descubriera con asombro aquella tierra empecinadamente roja, la exuberancia de la vegetación. En Asunción el calor era húmedo, agobiante. No obstante, mis poros se abrían a la sensualidad del aire, aspiraban el desfachatado aroma de los azahares. El dolor de muelas comenzó a arreciar.
El hotel elegido por Marcos no parecía tan malo. A la entrada, un patio con parras y palmeras me trasladó a territorios lejanos. Reviví aquella alegría infantil que siempre me asaltaba en los lugares que me recordaban la infancia. Algunas parejas desayunaban ya. Famélicos, nos sentamos nosotros también a una mesa mientras nos acondicionaban la habitación.
— Café con leche y medias lunas —pidió Marcos a una mujer gorda que arrastraba unos pies calzados en chinelas.
El café con leche no era tal. La taza enorme contenía pura leche con una gota apenas de café. Aquello no constituía para mí ninguna novedad. En todos los lugares de Latinoamérica sucedía lo mismo. Dejé la taza y devoré las medias lunas.
—Descansemos un rato — dijo Marcos —. Luego iremos a lo de los Mayoral. Conocimos a Ernesto y Teresita Mayoral en un viaje anterior, por la época dorada de nuestro matrimonio. Entre nosotros hubo un entendimiento inmediato, pero con Teresita nos unió una especial afinidad. Ahora, si no me derrumbaran el cansancio y ese maldito dolor, estaría impaciente por verlos. Vivían en una enorme casa con patios sombreados de árboles y muros cubiertos de enredaderas en el centro de Asunción. En el altillo, donde dormimos la vez anterior, había contemplado largamente aquella profusión de imágenes coloniales de vírgenes y santos además de una colección de artesanías de barro, pertenecientes a la cultura Tobatí, que me dejaron sin aliento.
Me tiré en la cama como quien se zambulle en el mar luego de un peregrinaje por el desierto. Al segundo me incorporé, asqueada. El olor a orina de las sábanas era insoportable. En la pared unas manchas oscuras anunciaban vaya a saber qué innobles actividades. Las cucarachas subían por el empapelado con toda desenvoltura.
—Marcos, esto es horrible — me animé a protestar. Sabía que mis palabras ponían en peligro la frágil paz en que hasta entonces nos moviéramos.
—Está bien — respondió él para mi asombro —.Buscaremos otro hotel.
El nuevo era mejor. Una vez instalados salimos en busca de los Mayoral. Abrazos, besos, risas. Amigos. No podía negar que aquello era una de las cosas mejores de nuestro matrimonio. Me preguntaba qué pasaría si Marcos y yo no separáramos. Mi vida social era casi exclusivamente a través de mi marido. Marcos era el puente por el que yo iba al mundo y regresaba de él. Pensaba que mi timidez me impediría ir en su busca una vez que me quedara sola. Tal vez si hubiera tenido un trabajo que me expresara, con interlocutores válidos, todo habría sido distinto. Pero, salvo alguna honrosa excepción, debí realizar siempre cualquier cosa ante la necesidad de subsistir. Cosas que él, Marcos, jamás habría aceptado. Mi actividad más urgente y perentoria era la escritura. Y eso no me articulaba con el mundo. Más bien me aislaba de él. Como antropólogo, Marcos tenía mucho más contacto con sus pares. Era solicitado, llamado, buscado, invitado a dar charlas en diferentes países.
—Mañana nos vamos a San Bernardino — anuncio Ernesto —. La casa está preparada para recibirlos.
Se trataba de una moderna y espaciosa casa de veraneo junto al lago Ipacaraí que pusieron a nuestra disposición para pasar todo el día siguiente. Ernesto y Teresita irían a la de sus padres, alejada sólo uno metros. Nuevamente charlas con los amigos, presentaciones a los invitados que acudieron a conocernos. Qué diferencia con la soledad de Buenos Aires. Desde que llegara de México, no había podido hallar en esa hostil ciudad un lugar en donde pudiera insertarme. Y no era que no lo buscara. Me había acercado a las feministas, a los ecologistas, ya no sabía a cuántos más istas, encontrando en todos ellos la misma frialdad.
El dolor de muelas se volvía cada vez más insoportable. Pedí disculpas y subí a mi habitación. Cuando bajé, Marcos y Ernesto, sentados frente a la mesa, comentaban la manera de ir de allí a las Cataratas. Teresita los acompañaba. Me senté a su lado.
— Podemos tomar el ómnibus que pasa por aquí a las cinco de la madrugada — decía Marcos.
La mano en la cara, escuché la noticia con una profunda desesperanza. Cómo afrontar lo que aún me esperaba en ese viaje con ese obstinado dolor.
—¿Sigues mal? — se interesó Teresita.
Asentí con la cabeza. Ya ni hablar podía y las lágrimas amenazaban con desencadenar un conflicto doméstico.
— Marcos —. La voz de nuestra anfitriona se oyó suave pero convincente —. Así no pueden seguir. Deberías llevarla esta noche a Asunción para que mañana a primera hora la vea el dentista.
— No —. Se empecinó Marcos —. Nos retrasaremos demasiado.
— A mí no me importa — dijo Teresita. Ella también podía ser empecinada —. A Sofía la llevas al dentista. Nos vamos todos esta noche. Pueden tomar el ómnibus siguiente, a mediodía.
Gracias, Teresita, ésas son mujeres. No me hubiera animado a plantearlo.
La dentista me dio una inyección calmante. Me aconsejó sacarme la muela en cuanto llegara a Buenos Aires.


En las Cataratas me olvidé de todo. Abrazada a Camila, contemplaba aquella masa de agua cayendo imperturbable, como si acabara de ser creada por la mano de Dios. Yo era Eva abriendo los ojos al Paraíso, Eva recién salida de la costilla de Adán, aunque Adán se encontrara en este caso, ay, dolorosamente ausente. Pero la ausencia era sólo física. Lo sentía en todo momento a mi lado, le comunicaba mentalmente mis impresiones.
— Vamos a comer — pidió Camila —. Tengo hambre.
Yo también había sentido el aguijón en el estómago pero esperaba la ocasión propicia para plantearlo.
— Después — dijo Marcos —. Ahora terminaremos de ver esto.
Habíamos caminado ya toda la mañana, yo casi dopada por los calmantes. Y de verdad hacía hambre. Y sed.
— Pero aquí hay un restaurante — aventuré —. Después seguimos. Aún no se me borraba de la memoria aquella vez en Paquetá, cuando en una circunstancia similar entré nomás en el lugar en contra de la opinión de Marcos. Esto me valió que él no me hablara por el resto del paseo.
— Es muy caro — concluyó él —. Y soy yo el que decido.
Me acordé de los pocos pesos que llevaba en la billetera.
— Vení — dije a Camila —. Vamos a comer las dos.
Cuando regresamos, Marcos se había esfumado. Debimos seguir solas. Lo cruzamos en uno de los tantos senderos de escalinatas pero pasó a nuestro lado como si no nos conociera. Ángel, me rezaba a mí misma con una nostalgia rayana en la desesperación, Ángel. Lenta, sigilosamente, el dolor de muelas me apresaba nuevamente, como los anillos de una inmensa boa.
— ¿Qué vamos a hacer mañana, papá? — quiso saber Camila. Estábamos ya en el hotel de Foz, preparándonos para dormir.
— Visitaremos el lado brasileño de las Cataratas. Dejaremos el hotel temprano. Por la tarde volveremos a buscar los bolsos para irnos a Asunción.
Todo dispuesto sin consultarme. El dolor me quitaba fuerzas para protestar.
A la mañana siguiente el asombro una vez más, la sensualidad del trópico, regresar nuevamente a aquella perdida unión con la naturaleza.
Atardecía ya cuando tomamos el micro que nos llevaba a Puerto Stroeesner. Era uno de esos lugares típicos de frontera, puerto libre por añadidura, en donde al pulular de los turistas se unía el bullicio de un enjambre de vendedores. Perfumes, electrodomésticos, artículos de toda laya eran ofrecidos a viva voz por hombres y mujeres que se acercaban todos tratando de vender al mismo tiempo, como si cada uno de nosotros fuese el único comprador de la tierra. Estos mismos artículos eran exhibidos a los costados de la calle en puestos que se alternaban con otros en donde se vendían fritangas, gaseosas y platos típicos, encima de los cuales las moscas revoloteaban incansables. Yo caminaba detrás de Camila, que a su vez seguía a Marcos. Los tres no abríamos paso a duras penas a través de esta abigarrada muchedumbre. No pude dejar de pensar que así sería el infierno pintado por un Dante de nuestra época.
—Espérenme aquí — dijo Marcos cuando encontramos un bar más o menos decente. — Veré si consigo comprar los boletos para Asunción. Elegí una mesa junto a la ventana para esperarlo junto a Camila.
—Mamá, tenés la cartera abierta —me avisó ella.
Miré y comprobé que mi hija no se equivocaba. Saqué una por una las cosas y las puse sobre la mesa. La billetera con los documentos había desaparecido.
Marcos no disimuló su fastidio.
—Ahora tendremos que gestionar un pasaporte para volver. Cuánto nos saldrá eso.
En la terminal, la voz de Mercedes Sosa saliendo por los altavoces me reconfortó. El recuerdo de Ángel volvió a caer sobre mí como un manto propicio y consolador.
— Me separaré — me juré a mí misma mientras atraía a Camila junto a mi pecho y la besaba —. Está decidido.
El reencuentro fue tan emocionante como lo previera en esos interminables días de ausencia.
— Te extrañé tanto — decía él abrazándome. Estábamos desnudos, el uno junto al otro en la cama del hotel. Ah, los hoteles. Qué hubiera sido sin ellos de nuestro amor. No podía dejar de verlos sino como santuarios en donde transcurrían las horas más felices de mi vida. O por lo menos de los últimos tiempos. Me parecía raro que nadie, ningún poeta, ningún autor de canciones hubiera compuesto la Oda al Albergue Transitorio o el Blues del Albergue. Llegar allí era despojarse de todas las máscaras, de todas las representaciones exigidas por la sociedad. ¿Era así? Soñaba con un encuentro en el que cada uno fuera exclusivamente él mismo. Pero a la vez me daba cuenta de lo ilusorio de mi sueño. El malestar de la cultura. De todos modos allí estábamos, desprovistos de toda otra cosa que no fuera nuestra pasión. Armados con ella derrotaríamos a la muerte, cambiábamos, en cierta manera, la historia. Él continuaba relatándome cómo pasó mi ausencia. Yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por esa música inefable.
— Llamaba a tu casa como siempre todas las mañanas. Sabía que nadie atendería pero no importaba. En cuanto me quedaba solo en la editorial ponía tu cassette y lo escuchaba una y otra vez.
Antes de marcharme le había grabado un cassette en donde cantaba algunas canciones, acompañándome con la guitarra.
—Yo también te extrañé — dije, arropándome en su pecho.
—La idea de que te reconciliaras con Marcos me enloquecía. Tuve que llamar a una amiga y contarle lo niestro.
El propósito de separarme me volvió con fuerza. Él continuaba hablándome de su amor.
—Quiero terminar mi vida a tu lado. Confiá en mí, Sofía. Ya vas a ver que todo se arreglará.
— Sí, Ángel. Confío en vos.
La lengua de él abrasada, blanda y jugosa adentro de la mía. Abandonarse mutuamente a esa canción de los sentidos. A esa música de las esferas. Tocar la brecha que separa la locura del goce, esa brecha cada vez más delgada hasta que te rompe, Sofía, te disloca, dis-loca, te arroja a una tierra de promisión en donde vos y él. Nada más que vos y él.



Costa Salvaje. Novela (fragmento). Derechos reservados

miércoles, 26 de mayo de 2010

16. Un nacimiento y otras constelaciones- Paulina Movsichoff




Callar
Escuchando
Cada gota de sangre
Sobrecogida por el silencio

Muriel Rukeyser


Con la llegada de Camila a este mundo mi vida cambió. Yo, que siempre hasta el momento dispusiera de mi cuerpo, me encontraba ahora atada a ese bulto colorado y opaco que se convirtió, de golpe, en el tirano de mis horas. Nunca olvidaría la mañana en que Marcos fue a buscarme a la clínica para llevarme a casa. Los días que siguieron al parto habían sido los más excitantes y felices que recordara en mi vida. La niña permanecía todo el tiempo en la nursery, a pesar de mi insistencia en que me la dejaran. Aquello estaba expresamente prohibido en el reglamento, así que me la llevaban con cierta periodicidad para que le diera el pecho, aun cuando no todavía no tuviera leche sino esa sustancia acuosa de nombre tan poco poético: calostro, que hinchaba mis pechos y me mojaba el camisón. Una plenitud desconocida hasta entonces me embargó cuando acerqué a mi pezón la boca de Camila. Me parecía algo a la vez maravilloso y extraño tener entre mis manos a un ser formado en mi interior. Jamás había contemplado algo tan límpido y hermoso. Sus mejillas parecían capullos rosados. Esto es mío, mío, me repetía. No lo abandonaré. Pasaba las noches en vela, ansiando que amaneciera para que volvieran a traérmela. Y cuando la ponía sobre mi pecho la sentía brillante y extraña, como recién caída de una estrella. Tal vez tuviera razón aquella leyenda que los adultos contaban a los niños de que era la cigüeña la portadora de semejante maravilla. En verdad mi hija parecía fabricada con el material del rocío de países más allá del tiempo.
Con el regreso a casa la situación cambió. Allá, en el sanatorio, estaba contenida por todo un aparato de enfermeras, médicos, amistades. Cuando luego de abrir la puerta del departamento Marcos me dijo: “Me voy a trabajar” y poniéndome un distraído beso en la mejilla hizo mutis por el foro, sentí que la tierra se abría bajos mis pies. Acosté a Camila en la cuna y caminé hasta la cocina para prepararle la mamadera. Experimentaba una vaga culpa por no poder alimentarla con mi leche, de acuerdo a mi propósito inicial desde el momento en que supe que estaba embarazada. Pero la pediatra fue tajante. Se queda con hambre, habrá que completarle con S26. El tarro estaba allí, esperando. Abrí el cajón de los cubiertos en busca del abrelatas y en ese instante tomé conciencia de mi desgracia: no tenía. Jamás en mi casa hubo un artefacto de esa especie. Y ya no era posible bajar a comprar uno. A esas horas todo estaba cerrado y, por otra parte, no me animaba a dejar sola a Camila. Tomé un cuchillo e intenté hundirlo en la lata que cubría aquella sustancia más deseada que la que servía a los alquimistas para obtener el oro. Pero por más que me ayudara golpeando el mango con la moledora de carne, la lata no cedía. De pronto el cuchillo levantó una pequeña saliente y traté de ayudar con la mano. Entonces me corté un dedo y comencé a sangrar. En el cuarto, mi hija se despeñaba en un llanto desesperado. Sus chillidos eran larguísimas uñas que me arañaban la piel. Chiquita querida, ya voy, le hablaba. Rogaba a Dios que me entendiera, que alguna de mis palabras significara algo para el ser que ahora pataleaba y movía los brazos convertidos en furiosas aspas, como si estuviera atravesando una experiencia solitaria y aterradora. Todo en vano. Mis razones se estrellaban contra un muro infranqueable. La palabra, con la cual trabajaba, esa herramienta en la cual yo confiaba para decirme, expresarme, de nada servía aquí. Me di cuenta de que todo estaba por empezar de nuevo. El ser humano solo en el universo. El corazón se me estrujó por la piedad. Habría que buscar el camino para llegar a ella. Por ahora, lo urgente era el alimento. Salí corriendo y, dejando la puerta abierta, corrí hacia lo de una vecina y me pegué al timbre con desesperación. Hacía muy poco que se mudara al departamento contiguo al nuestro, de modo que era para mí alguien totalmente desconocido.
— Un abrelatas — pedí, con voz de náufrago.
La mujer me miró con intriga y, sin decir agua va, desapareció en el interior. Poco después me alcanzaba la imprescindible herramienta. Pero ni la leche que mi hija tragó, famélica, ni los mimos, ni el balanceo de la cuna ni las canciones que entresaqué de las telarañas de mis recuerdos, pudieron convencerla. Continuaba empecinada en un llanto salvaje, como si con él quisiera desquitarse de todos los sufrimientos futuros, de haber acabado de desembarcar en este planeta y de no tener nada que ver con esa mujer que no sabía cómo tratarla. Tanta tristeza e impotencia terminó por contagiarme y mal dormida y peor comida, resbalé hasta el suelo y allí, acurrucada al lado de la cuna, me desaté en sollozos.

Camila lloró catorce días con sus noches. En todo ese lapso no pegué los ojos. En algún momento me miré en el espejo. Cuando vi mi cara estragada por el insomnio, las cejas cubiertas por aquellos horripilantes canutos, el pelo cayéndome pajizo y sin vida sobre la frente, tuve un acceso de conmiseración. Por las noches llegaba Marcos y, entre los dos, tratábamos de calmarla. Una tarde en que él vino más temprano que de costumbre, dejé a la niña a su cuidado y corrí a un teléfono público. La promesa de los dueños de ponernos la línea ni bien nos mudáramos no se había cumplido. Así que desde que Camila estaba conmigo no había escuchado la voz de ningún otro ser humano que no fuera la de Marcos. Y esa voz, por qué no decirlo, no descollaba por su ternura. Siempre con algún reproche listo: no dejés los algodones tirados, tapá el alcohol. Estábamos en enero y los míos habían partido en busca de las anheladas vacaciones. Marqué el número del analista. La voz de Antonio me pareció llegada de otra dimensión del tiempo.
—Quiero tirarme por la ventana — dije, la voz quebrada por el llanto —. Camila no cesa de llorar.
Él preguntó: se alimentaba bien, la cambiaba con regularidad, todo, todo estaba hecho. Tome Valium, dijo. Protesté. El médico lo ha prohibido a causa de la leche. Tome Valium, insistió. Y si tienen otra habitación sáquela del lado de ustedes. Hasta el momento la cuna estaba junto a la cama matrimonial. La pieza del lado oficiaba provisoriamente de estudio. Allí Marcos escribía, olvidado de los berridos de su hija, del cansancio y del pánico de su mujer, tal vez de su propio pánico. Acaté la sugerencia de mi analista. Llevé allí la cuna y desde ese día Camila durmió sola. En adelante ya no tuvo problemas con el sueño.

Aquella tarde Marcos abrió la puerta y anunció:
— Me voy a Mar del Plata. Necesito descanso.
Lo inesperado de la noticia me hizo trastabillar.
—No sólo vos lo necesitás. De todos modos no me parece el momento.
—Está bien. Pero yo he tenido una operación. Necesito tomar sol.
Y sí. Se había operado. Tiempo atrás acudió al médico. Tenía muchas dificultades para respirar a causa de las vegetaciones, sobre todo en esa época de primavera, cuando las calles de Buenos Aires se exacerbaban de polen y aromas. Éste recomendó intervenir cuanto antes. Resolvimos que lo haría la semana siguiente. Faltaban aún veinte días para el parto, según los cálculos del médico, y Marcos estaría repuesto en dos o tres.
Aquella mañana fuimos juntos a la clínica. Yo me movía con dificultad debido a mi gran panza. En los últimos tiempos mi narcisismo había sufrido un rudo golpe al constatar, en el espejo, la deformidad de mi figura. Pero cuando, recostada en la cama, el libro apoyado en la abultadísima colina en que mi vientre se convirtiera, éste comenzaba a moverse de izquierda a derecha como una ballena enorme y retozona, llamaba a Marcos y juntos nos extasiábamos ante el prodigio.
La intervención duró alrededor de dos horas. Un Marcos desconocido apareció ante mis ojos.
— Me serrucharon por todas partes — me informó con la voz enronquecida. La anestesia lo iba abandonando y los dolores eran cada vez más insoportables. Para desahogarse daba golpes de puño contra la pared.
—Debo abandonarte por un rato. Tengo hora con el médico — le anuncié, traspasada por la compasión.
El obstetra era un hombre bien entrado en la madurez con apariencia de padre y una voz tranquilizadora que apartaba los miedos.
— Ya hay dilatación — dijo, luego de revisarme. Ah, esas horribles y degradantes revisaciones —. Mañana a las siete la quiero en el sanatorio. Empezaremos el trabajo de parto.
Corrí como si tuviera alas. Quería compartir con Marcos esa noticia, la experiencia más significativa de mi vida. Por desgracia, su aspecto no era nada tranquilizador. Tenía los ojos cerrados y de los labios le salía un leve gemido. Contemplé un buen rato aquel rostro amado, ahora contraído por el dolor y lo acaricié. Esperé a verlo más calmo para anunciarle:
— El médico dice que mañana nacerá nuestro hijo.
Él me miró como si acabara de llegar de la luna.
— Acompañame al baño — fue su único comentario. Caminamos por el pasillo, Marcos apoyado en mi brazo. Escuché el grito no bien la puerta se hubo cerrado. Al abrirla, lo encontré tendido sobre las baldosas. El color de sus labios era más blanco que el papel.
— Se muere mi marido — chillé, al borde de la histeria.
Una enfermera acudió en nuestro socorro.
— Señora, usted no puede seguir aquí en ese estado —. La enfermera se acababa de enterar por mi boca de mi inminente alumbramiento. Tampoco era algo que pudiera ocultarse así como así —. Debe internarse cuanto antes —. Y en su mirada se dibujó el terror de ver convertido como por arte de birli birloque en clínica de partos aquel lugar para pacientes otorrinolaringólogos y ellos tuvieran que actuar de improvisados parteros.
Lo de Marcos no fue más que un simple desmayo causado por la debilidad y el shock emocional de la noticia.
—Marcos, será mejor que me vaya a la clínica. Mañana en todo caso vas vos — dije. El alma se me partía al tener que abandonarlo en ese trance, pero no veía otra solución. Poco a poco mi propia situación comenzó a preocuparme. Pensé que en ese estado era una inconsciencia pasar la noche sola en el departamento. Y aquella habitación contaba sólo con una estrechísima cama en donde Marcos aún gemía. Asomada a la ventana, vi que empezaba a caer una lluvia espesa. Amaba la lluvia, pero ahora me parecía por demás inoportuna. Me acordé de la cruz de ceniza que Juliana, la nana de mi infancia, dibujaba en el patio, del cuchillo clavado en el centro. Ahora no había ninguna Juliana que me socorriera. Y yo me sentía una semilla a punto de reventar. Traté de asomarse a la calle, pero la furia del viento y las ráfagas de agua me asustaron. Imposible conseguir nada en ese trance.
— Llamá a César —. Acababa de contarle lo que pasaba y me lo pidió con la voz en un hilo.
Jamás había visto al tal César, aunque sabía que era amigo de mi marido. Agenda de Marcos en mano, me dirigí a la cabina del teléfono. César no se lo hizo repetir dos veces.
— Voy enseguida — anunció, solícito
Marcos me señaló el pequeñísimo espacio que quedaba junto a él.
—Acostate aquí — dijo. Me tiré a su lado y suspiré. Estaba tranquila. Con la calma que antecede a lo terrible.
César y Nora no tardaron en llegar. Mientras los esperábamos, Marcos me informó que él era un conocido director de teatro. Nora, su mujer, actriz. Trabajó en varias películas que yo no había visto pero que en su momento resultaron muy taquilleras. Nos encontraron echados en la estrecha cama, “cual Tristán e Isolda”, diría más tarde César con una sonrisa, al evocar las peripecias de aquella tarde. Nora era una mujer alta y rubia, de voz modulada y un impecable vestido de hilo beige. Se ofreció para llevarme al sanatorio mientras su marido se quedaba al cuidado de Marcos. A diferencia de Nora, César era un hombre menudo y moreno, con un brillo inteligente en la mirada. Supe que podía confiar en ellos.
Tendida en la camilla, contemplé la cara rubicunda de la enfermera que me ponía una inyección tranquilizante. Al día siguiente comenzarían el trabajo de parto. Nora estaba a mi lado y se despedía ya, cuando la puerta se abrió. Era Marcos, acompañado de su amigo. Marcos le había rogado que lo llevara a verme.
— Todo irá bien, ya lo verás. Mañana a primera hora estoy aquí — mientras hablaba me tomó la mano, me acarició la frente.
Tuve un sueño sin sobresaltos. Yo también tenía la certeza de que todo saldría bien. Para eso estuve preparándome durante aquellos largos nueve meses. Asistí a todas las sesiones de parto sin dolor, realicé en casa los ejercicios con infaltable puntualidad, leí toda la bibliografía a mi alcance. Más tarde recordaría aquellas siestas en la soledad del departamento cuando, tirada en la cama, me concentraba en relajarme con el disco que me prestara Antonio como un tiempo de esperanzado advenimiento. No había, pues, por qué temer. Confiaba en mí misma y en la vida.
A la mañana siguiente la enfermera de cara rubicunda entró a prepararme. La piel del pubis enrojecida por los desinfectantes, desamparada de su pelusa frutal, me encontraba presta al sacrificio. Me parecía que no era a mí a quien todo eso le sucedía. El médico se aprestaba a comenzar cuando Marcos entró. No pude sustraerme a la dolorosa impresión que me causaron sus labios hinchados, desfigurando de una manera casi monstruosa la armonía de aquellos rasgos amados. El médico también se inquietó. Nunca lo había visto, pero el aspecto de esa cara era a todas luces inusitado.
—Póngale hielo — ordenó a la enfermera, mientras acercaba el suero a mi cama.
Al ver que la enfermera abandonaba el puesto a mi lado para atenderlo, algo en mi interior se rebeló. Una vez más, aun sin quererlo, él se convertía en protagonista. La sensación de ser alguien de segunda me venía desde los primeros tiempos de la convivencia, sobre todo en aquellas ocasiones en que los amigos de él caían de visita al departamento. Así como suena. Los amigos de él. Los míos no interesaban a Marcos y yo no me atrevía a invitarlos por temor de que no se sintieran cómodos. A veces organizaba tés de amigas, pero no era lo mismo. Marcos no demostraba demasiado interés por mis conocidos. Los encontraba burgueses o sin ninguna pátina especial. Quizás tuviera razón. Siempre fui una tímida que no se atrevía a llamar a las puertas de las personas que por una u otra razón hubieran resultado “importantes”. A nuestra casa llegaban, pues, los elegidos de mi marido: pintores, publicistas, cineastas, alguno que otro escritor. También llegaban sus mujeres. En aquella época las mujeres solas casi no existían, así es que el ámbito se llenaba de parejas más o menos bien avenidas que poblaban el pequeño living con sus voces y sus risas. Marcos era el centro. Según su costumbre, desplegaba su discurso desde el comienzo. Y todos lo escuchaban, ávidos, le preguntaban por su escritura, expresaban por él una admiración rayana en la veneración. También yo lo admiraba. Leía con orgullo sus novelas, hablaba a mis conocidos de sus méritos, pero me hubiera gustado, alguna vez, ser escuchada. Mis palabras caían en el vacío y me quedaba casi siempre con una dolorosa sensación de inexistencia. Cuando nos quedábamos solos, le reprochaba:
—Otra vez no me dejaste hablar.
—Yo no hice nada — se defendía él —. Si querías decir algo, ¿por qué no hablaste?
Era cierto. No sabía defender mi palabra. Nada de lo que hubiera podido decir me parecía interesante, a pesar de que no hiciera mucho tiempo que terminara mi carrera de Letras y de que en ese tiempo trabajaba como investigadora en la Universidad. Pero no estaba acostumbrada al discurso pedante. O más bien al discurso a secas. Quizá por que me habían educado con aquello de que una mujer debe disimular lo que sabe para no caer antipática. Por el contrario, Marcos lo demostraba todo el tiempo. “Mujer Que sabe latín, no encuentra marido ni tiene buen fin”. Y yo acataba la terrible sentencia. Para parecerme a él, habría tenido que nacer de nuevo. Casi al final de la noche, Marcos me pedía que tocara la guitarra. Sin hacerme rogar demasiado, cantaba tonadas y zambas. Mi voz no estudiada, aunque cálida, llegaba a la concurrencia que me escuchaba con verdadera atención. Sentía entonces que recuperaba algo de ese perdido espacio.
Ahora aquí, en mi acontecimiento, era nuevamente desplazada. Como si oscuramente Marcos sintiese la necesidad de competir conmigo en cualquier circunstancia.
—Le veo la cabecita. Un esfuerzo más — me alentó el médico.
Tendida en la camilla, las piernas apoyadas en los soportes, me concentraba en pujar. A mi lado, de delantal y barbijo, Marcos me acompañaba. Me pareció una eternidad el tiempo que permanecí allí, las piernas abiertas y desgarrándome las entrañas para dar paso a ese ser que parecía no tener apuro en llegar a este mundo. Me incorporaba, respiraba hondo y luego empujaba con todas mis fuerzas para volver a caer, exhausta, en la camilla. ¿Moriría? Tal vez esto era el preludio de un silencio en donde ya no más las horas, no más ese dolor que me torturaba ante la indiferencia de las enfermeras, ante la mirada escrutadora de Marcos, que tal vez contemplaba aquella ordalía como un fenómeno que luego utilizaría en sus novelas. Pero mi tenacidad pudo más que las ganas de abandonarme. El aviso del médico me dio nuevas fuerzas. Me incorporé otra vez y pujé con la última energía que me quedaba. Las órbitas de los ojos me dolían y tuve la escalofriante sensación de que no les faltaba mucho para estallar.
El doctor me mostró el bulto sanguinolento y morado al extremo de una larguísima cinta roja. Era gruesa y sólida.
—¿Qué es eso? — pregunté.
— El cordón — me dijeron.
Así que ése era el famoso cordón que se necesitaba con urgencia cortar para poder vivir. ¿Habría cortado yo el mío? ¿Me habría separado de mi madre todo lo necesario para ser yo misma? No podría asegurarlo. Tal vez por ello llevaba años analizándome. Je est un autre, había dicho Rimbaud.
—Es una nena — anunció el médico y puso a Camila sobre mi pecho luego de lavarla y vestirla, mientras me iba cosiendo por abajo como si fuera una tela. Allí estábamos las dos. Habría que ver cómo se las arreglaba mi hija para cortar en la vida el cordón que la unía a mí. Por el momento me pertenecía. Sentí que la amaba. Y una calidez, mezcla de alivio y gozo me fue invadiendo mientras la reconocía, miraba sus ojitos cerrados, acariciaba el suave plumón de su pelo castaño.

Escuché el girar de la llave en la puerta. Es Marcos, me dije, mientras daba un hondo suspiro de alivio. No pude evitar que los cascabeles de mi corazón comenzaran a sonar. Esos cinco días me parecieron cinco siglos. Nos abrazamos. Alguien pasó una esponja que lavó las lágrimas, el abandono.
—Te traje esta blusa —. Y sacó del bolso una preciosa blusa de color celeste bordada en hilo de oro.
—Es linda, gracias — dije, exultante.
—¿Y la Pipi?
Nos acercamos juntos a la cuna y la miramos. Dormía, indiferente a todo. Marcos me atrajo hacia su cuerpo y me besó. “Te quiero”, me dijo. “Yo también”, musité.



Costa salvaje-Novela (fragmento)

miércoles, 7 de abril de 2010

Casi como un recuerdo- Paulina Movsichoff




Mario no se imaginó nunca que la fiesta de Clara iba a ser tan decisiva. Odiaba las fiestas. Pero Clara le había dicho que no lo perdonaría si no iba y no tuvo más remedio que decir que sí. Ahora, sentado en un sillón mientras tomaba un Cuba libre, miraba a las parejas charlar. bailar, reírse. Era agradable dejarse estar, no hacer ningún esfuerzo por integrarse a alguno de los grupos que se divertían a su alrededor. De pronto la vio. No sabía qué cosa de ella le llamó la atención, ya que su belleza no era más notable que la de las otras. Llevaba un vestido azul, de raso, medianamente escotado y fumaba abstraída, como si tampoco a ella le importara mezclarse al bullicio. Por momentos sonreía, seguramente de un chiste que alguien contaba a su lado. Mario se sorprendió a sí mismo dirigiéndose decididamente a ella, invitándola a bailar. Pronto estuvieron sentados aparte de los demás, charlando. Laura había ido un poco por casualidad. No conocía a Clara; era prima de una amiga suya. También, accedió de mala gana a las insistencias de su prima. Le contó que era de La Rioja. Desde hacía un año estudiaba en Buenos Aires y vivía en un departamento, con una amiga.
Imperceptiblemente se iban acercando en sus gustos, sus inquietudes. Se contaron lo que leían. Ella le habló, los ojos encendidos, de su provincia, de cuánto la añoraba. Al despedirse quedaron en verse al día siguiente, después de clase. Esa noche, Mario no pudo dormir.
Vivía en La Plata y el viaje hasta Constitución se le hizo interminable. Aquella tarde fueron al cine. Él buscó la mano de ella. Pasándole luego una de las suyas por sus hombros, la atrajo hacia sí y la besó.
Al poco tiempo Mario comprendió que necesitaba a Laura. A pesar de que vivían tan separados, se las arreglaba para verla durante la semana, después de una agotadora jornada de clases. Iba a buscarla a su departamento y salían a caminar. Si hacía mucho frío se quedaban en la casa de ella, leyendo o escuchando música.
- Hace tiempo que no veo a Mabel – le dijo Mario, mientras se acomodaba a su lado
en el diván. Mabel era la amiga con quien Laura compartía el departamento.
-Se fue a Chacabuco, a visitar a sus viejos.
Mientras escuchaban a Joan Báez él la besaba, sentía sus mejillas ardiendo como si la avergonzara ceder, entregarse. De pronto, la sintió apretarse a su cuerpo, abrazarlo como nunca.
- Quedate – le dijo ella en un susurro.
Hicieron, por primera vez, el amor.
- Qué bueno haberte encontrado, Laurita – le dijo él, tendido a su lado, los cuerpos relajados y exhaustos -. ¿Sabés que te quiero?
- Yo también – murmuró ella.
Diciembre llegó, con esa dulzura llena de promesas que siempre trae el verano. Mario le pidió un día que lo acompañara a un Congreso de los Focolarinos, en Río Tercero. Laura no sabía qué era eso, así que é debió explicarle.
- Se trata de unos muchachos y chicas italianos que desean encontrarse con Dios de una manera distinta, radical argumentó -. El amor es la base de su modo de vida.
- Con que se me está volviendo beato – dijo Laura besándolo, despeinándolo -. De todos modos no me vendrá mal un retorno a las fuentes, aunque sea por unos días. Sólo temo que después usted ya no quiera pecar -. Y se fue, divertida, a cambiar de disco.
El viaje fue más llevadero de lo que Laura esperaba. Todos eran jóvenes como ellos y se los veía alegres. Alguien llevaba una guitarra y cantaban zambas, canciones folkóricas. Laura tocó la única que sabía, “Tonada del viejo amor”.
Se sintió contenta al llegar. Vivirían al lado del lago, en esos hoteles que la municipalidad había cedido para el encuentro.
La mañana azul, radiante, la trasladó a su infancia, sus caminatas por el campo, allá en La Rioja.
Fue un golpe que los separaran. Las mujeres al Hotel 1 y los hombres al Hotel 2. Laura hubiera querido pasear con Mario, tirarse en el pasto los dos juntos, disfrutar de esa breve pausa veraniega. Sin embargo, el programa era abrumador. Charlas por la mañana y por la tarde, con un paréntesis para el almuerzo y la siesta. Pero ni siquiera allí podrían verse. Ella debía comer en la mesa de las mujeres, bajo la vigilancia de Marisa, la más vieja de las focolarinas. Él, en la otra punta, en una mesa larga, presidida por Giuppino.
No podía disimular su descontento. Las charlas la pusieron peor. Paolo, el sacerdote que habló ese primer día, contó su conversión. De cómo él, un pecador, había sido elegido por Dios para llevar su mensaje al mundo. Habló de la castidad como de la más preciosa, excelente de las virtudes. Laura echó una mirada a la a la fila de asientos en que Mario, los ojos atentos, escuchaba. Le preocupó su actitud casi enfebrecida. Al mediodía se las arregló para hablar con él. - Vámonos – le dijo -. Esto ya no me gusta.
Él no contestó. Aunque breve, Laura no pudo dejar de percibir el gesto con que trató de alejarla cuando quiso darle un beso.
Por la tarde, las cosas no fueron mejor. Esta vez le tocó a Marisa contar cómo le había llegado la Gracia. Sucedió en Londres, durante la guerra. Mientras caían las bombas alemanas, sintió la necesidad de confiarse a algo, de encontrar un sentido a la vida que comprendió tristemente precaria. Entonces acudió a Dios, que ya no la abandonaría.
Laura miró a Mario. A pesar de la distancia que los separaba, creyó ver que lloraba.
Esa noche habló con Marisa. Le contó su extrañeza por la actitud de Mario, ese distanciamiento que parecía haber tomado de la realidad. De sus lágrimas en las charlas.
-Todo pecador llora cuando se arrepiente- se limitó a contestar.
El viaje de regreso fue muy distinto al anterior. Ahora, de nuevo, hombres y mujeres fueron separados. Mario se sintió otra vez cayendo en la trampa del insomnio. Laura pasó por su vagón en el momento en que se tapaba la cara con las manos, en un esfuerzo desesperado por cubrirse de la luz que contribuía a su desvelo. Bajo la luz terca y difusa del amanecer, mirando los cuerpos de sus compañeros deshilachados por el sueño, Laura supo que lo había perdido.
Cuando llegaron a Retiro, le pidió que fuesen juntos en el subte. Ya en Constitución, Laura sugirió tomar un café. Estaba tensa, expectante. Los ojos de él le parecieron invadidos por una fuerza extraña, parecida al odio.
- Me haré focolarino – le dijo.
Laura bajó los ojos. Sabía lo que eso significaba. Lo había oído allí antas veces. Votos de obediencia, pobreza, castidad. Consagrarse por entero a Dios y llevarlo al trabajo, a la calle, aunque conservando el estado de laico. No dijo nada, sólo insistió en acompañarlo a La Plata.
En el viaje Mario no habló. Se limitó a llorar, la cabeza en el hombro de Laura, que lo abrazaba protectora.
-No te dejaré – le decía -. No te dejaré.
El calor era intenso, agobiante. Mario no parecía darse cuenta. Al llegar sintieron la fresca penumbra de la casa.
Él escogió un disco. Se sentó tranquilo, como si aquellos lieder de Schubert lo ayudaran a encontrar ese centro que parecía haberlo abandonado. Laura lo dejó, más aliviada, para ducharse.
Es ahora cuando, sin saber por qué, Mario mira el cajón del escritorio. Después de vacilar, se acerca lentamente hacia él. Está allí, tal como su hermano lo pusiera cuando él le contó que habían entrado ladrones.
Se sienta de nuevo, el bulto en el bolsillo. Piensa, sin embargo, en Laura, que tarda mucho en salir. “Es linda”, se dice, caminado hacia la puerta del baño. Y su dulzura se le va sangre adentro, ya casi como un recuerdo.


Extraño de ojos grises. Colección Piedra de Toque. SEP. México

domingo, 13 de diciembre de 2009

La sirena - Paulina Movsichoff




Aquel pescador nunca sacaba lo suficiente para alimentar a su familia. Y no es que ésta fuera muy grande. Se componía de su mujer y de un hijo de unos dieciséis años. Sin embargo la mesa estaba casi siempre vacía y su mujer iba perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Ültimamente sumarido casi ni tiraba las redes.
-Alguien me ha engualichado - decía.
Una mañana su mujer se enojó.
- Basta de tonterías - le dijo -. No hay nada para comer, así que si no vas vos iré yo. Y no vuelvas por acá sin unos cuántos pejerreyes.
El hombre no tuvo más remedio que sacar nuevamente su barca. Iba en medio del mar rogando a todos los santos que lo ayudaran pues de lo contrario no se animaría a presentarse en la casa. De pronto se acordó del cuento de su abuelita. Cuando era chico, la abuela se acercaba a darle las buenas noches a su cama. Pero antes de despedirlo le contaba un cuento. El que más le gustaba era el de las sirenas, que en el mar esperaban a un hombre de la tierra para casarse con él. Desesperado, empezó a gritar:
-Sirenitas, sirenitas del mar, por la virtud que Dios les ha dado, denme pescados y yo les daré a mi hijo por esposo.
Apenas acabó de hablar se oyó una dulce vocecita que salía del fondo del mar.
-Trato hecho. Tendrás todo lo que pides a cambio de tu hijo. Pero si no cumples tu promesa, despídete de pescar algo más en tu vida.
Cuando el pescador tiró la red, casi se desmaya del asombro. Estaba repleta de pejerreyes, corvinas dorados y otros peces que nunca viera en su vida. Agradecido, dijo a la sirena.
-Dejo clavado mi machete en la arena. Pronto vendrá a buscarlo mi hijo.
En la casa, su mujer ya no lo miró con el ceño fruncido y el muchacho se alegró de que la fortuna hubiese dado un giro favorable.
Pero la mujer no era ninguna cándida “Acá hay gato encerrado”, pensaba mientras cocinaba unas truchas para la cena. Antes de levantarse de la mesa, le preguntó:
-¿Cómo hiciste para llenar la red?
Antes de hablar, el pescador miró para todos lados. No quería que su hijo escuchara la suerte que le esperaba. Pero no habló lo suficientemente bajo y el joven se enteró de todo.
A la mañana siguiente se encaminó a buscar el machete, confiando en que se le ocurriera algo para salir del paso.
El mar se veía sereno, con ese color turquesa que tanto le gustaba. Las olas iban y venían acariciando la arena. Sí, el mar le gustaba. Pero eso de meterse en las profundidades a vivir con un ser mitad mujer mitad pez eso, ya era harina de otro costal.
El machete estaba tal cual lo dejara su padre. Con la velocidad del rayo se abalanzó sobre él y trató de arrancarlo, pero una enorme ola lo envolvió, arrojándolo lejos de allí. Cuando las olas se retiraron, fue corriendo e intentó nuevamente. Sin embargo, aquéllas eran mucho más veloces y el pobre joven estaba todo maltrecho por los revolcones. Sólo pudo sacarlo como a la quinta vez. Entonces, ya lejos de la orilla, empezó a pensar. “Qué tonto he sido. ¿Para qué me molesté en sacar el machete? No volveré a mi casa. Sabía que, si regresaba, su padre lo enviaría nuevamente con la sirena.
Caminó todo ese día y también el siguiente. Se había alejado ya mucho de su casa y sentía un hambre feroz. Recordó las provisiones que su madre le puso en el morral antes de salir. Sacó pan, carne y algo de queso. Después de comer tomó agua de un manantial de las cercanías. Luego siguió, camina que te camina. Allá, por el monte, se oía un gran alboroto y no dudó en acercarse. El águila, el león, el tigre y la hormiga discutían acaloradamente sin prestar atención a la llegada del muchacho. El perro, que también contemplaba la escena, le pidió:
- Es que hallaron una res y no se ponen de acuerdo en el reparto. ¿Podrías ocuparte?
El joven sacó el machete y descuartizó al animal. Al león le dio los cuartos, el pecho y las costillas le tocaron al tigre, las dos espaldas al perro, el lomo al águila y e espinazo con la cabeza a la hormiga.
Muy justa les pareció a todos la decisión del joven y cada uno de ellos decidió regalarle una virtud. El tigre y el león se sacaron tres pelos del lomo, el perro un puñado de la cola, el águila unas plumas del ala y la hormiga una punta de la patita.
-Con esto podrás convertirte en cualquiera de nosotros - le explicó el tigre -. Basta con que agarres el amuleto correspondiente. Por ejemplo, si sacas mis pelos y dices “Dios y tigre “serás igual a mí. Así sucederá con todo lo que te hemos dado. Para volver a tu forma original sólo tendrás que decir: “Dios y hombre”.
El joven se fue contento, pensando que aquello le sería de gran ayuda. Para comprobar que no lo habían engañado, se internó en el monte y probó. Se transformó en león, en tigre, en águila y en hormiga y cada vez que lo hizo dijo después “Dios y hombre” y volvió a ser el de siempre. Siguió su camino pero ya estaba muy oscuro y el hambre le hacía cantar las tripas. Miró dentro del morral y nada. De pronto vio que se acercaba una gama. “Suerte para mí”, pensó. Luego dijo “Dios y perro” y al instante salió corriendo detrás de la gama convertido en un enorme perro. La cazó, y luego de convertirse en persona con la fórmula “Dios y hombre”, encendió un fuego y la puso a asar. Al día siguiente comenzó a caminar muy temprano. Después de varias horas de no encontrar un alma, se cansó. Tal vez si pudiera volar, se dijo, avanzaría más rápido. Sacó las plumas del águila y pronunció la fórmula.
Cuando se vio en las alturas no quiso volver a ser hombre. Quién le hubiera dicho que volar fuera tan maravilloso. Durante diez años anduvo sobrevolando el mundo. Vio y aprendió muchas cosas. Una mañana primaveral divisó unas cúpulas que brillaban al sol. Al acercarse, vio que sus paredes tenían incrustaciones de nácar y piedras preciosas. Ni lerdo ni perezoso, exclamó “Dio y gente” y al instante recobró su forma humana. Pero esta vez no iba cubierto de harapos sino que vestía un saco de terciopelo verde y calzas del mismo color. El palacio parecía desierto y nadie lo detuvo en su recorrido. Pasó por los jardines y vio que todas las habitaciones estaban abiertas, menos una. No pudo contenerse y la abrió de un empujón. Se quedó boquiabierto ante la niña de largos bucles castaños y expresión de susto en sus ojos color miel. Ella fue quien habló primero.
-No puedes estar aquí - le dijo -. Este palacio pertenece a un gigante y yo soy su prisionera. Si te ve te matará.
A continuación le contó que el gigante la había robado del palacio de su padre, rey de un lejano país.
-Yo te voy a salvar - la tranquilizó él.
No terminaba de decir esto cuando la casa empezó a moverse como sacudida por un terremoto.
-Es el gigante que llega - se afligió la joven -. Por favor, que no te encuentre.
Él dijo bajito “Dios y hormiga”. Se convirtió de inmediato en una diminuta hormiga que trepó por el cuerpo de la princesa hasta quedarse en los pliegues de su blusa.
-Puf...Puf... aquí huele a carne humana - dijo el gigante no bien entró. - Y empezó a mirar a diestra y a siniestra. La joven aprovechó para decirle:
-¿Te das cuenta de lo intranquila que me quedo cuando vos salís? Siempre con miedo de que venga alguien y te mate y después a mí quién me cuida.
-A mí nadie me mata - alardeó el gigante.
-Siempre decís lo mismo pero yo no lo creo - dijo la princesa – Me parece que es puro cuento eso de que eres tan invencible.
El gigante no pudo soportar que ella le tomara el pelo y le reveló su secreto.
- Allá en la quebrada - le dijo - está escondido el toro negro que echa fuego por los ojos, la boca y la nariz. Su aspecto infunde terror a todo el que intenta acercársele. Si alguien llegara a matarlo yo me pondría muy enfermo y tendría que ir a la cama.
-¿Que tenés que ver con el toro? - dijo la niña -. Sigo sin creerte.
-Adentro del toro hay una gama - continuó el gigante - y adentro de la gama una paloma con un huevo. Ésa es mi alma. Si alguien llega a quebrar el huevo, mi muerte es segura.
Apenas dijo esto pasó la mano por la frente de su prisionera y ésta al instante se olvidó de todo.
Escondido en la blusa, el joven no perdió palabra. Salió de la habitación y, en el mismo jardín, se convirtió en águila. Abrió las enormes alas y voló hacia la quebrada. Allí se transformó en tigre y decidió explorar el lugar. Era un yuyal oscuro y enmarañado en el que apenas avanzaba. Casi al final estaba el toro, bufando fuego. Pero la virtud del joven lo convertía en el tigre más feroz y no tuvo dificultades en vencer a su enemigo. Apenas el toro murió el gigante se sintió mal y se puso en cama.
Entretanto, el muchacho abría la panza del toro y sacaba a la gama, que salió corriendo. Convertido en perro, la persiguió hasta alcanzarla. Luego la mató. Del vientre abierto salió volando una paloma blanca. Él, convertido en águila, no tardó en cazarla. Adentro del buche encontró el pequeño huevo.
El gigante, cada vez más grave, sospechaba que algo raro sucedía. En eso vio entrar al joven.
-Devolveme mi alma - le rogó - y yo te devolveré las llaves del palacio.
-Dame primero las llaves - le dijo él, que de tonto no tenía un pelo.
El gigante no tuvo más remedio que dárselas y él le reventó el huevo en la frente. Al instante estaba muerto.
Felices y contentos, el joven y la princesa se abrazaron y prometieron casarse en cuanto su padre supiera todo lo sucedido.
Transformado en águila, el joven llegó al palacio. Antes de presentarse tuvo buen cuidado de tomar nuevamente forma humana. El rey y la reina estaban felices de que su hija estuviese libre de las garras del gigante y no pusieron reparos a la boda.
La noticia recorrió todo el reino. Se celebraron fiestas en donde hubo carreras de parejeros, palo enjabonado y espectáculo de equilibristas.
El joven regresó a buscar a la princesa, que ya había comprado un barco. Era un enorme buque de madera que se balanceaba en el puerto. El capitán sólo esperaba que subiesen los jóvenes para dar la orden de izar las velas y partir. Sobre la proa estaba la caja de cristal que la joven mandó construir para su novio al enterarse de la historia de la sirena. Pero él no quiso.
-Andá vos en el barco. Yo iré volando.
-Por favor -dijo ella - Nada te pasará. Yo te cuidaré todo el tiempo.
Así que no bien hubieron subido a bordo él se introdujo en la caja de cristal.
Llegaron al puerto sin ninguna novedad. Una multitud los esperaba. El muchacho abrió la tapa de la caja y saludó con las manos en alto. Luego se puso al lado de la princesa y la tomó del brazo para ayudarla a bajar. Ni tiempo tuvieron de darse cuenta de que las sirenas saltaban al barco y, luego de rodear al joven, lo arrastraban al fondo del mar. Pasmados se quedaron todos ante tamaña desgracia.
La princesa cayó en cama con fiebre. Pasaba las horas mirando el techo y dio órdenes de que ningún médico entrara a examinarla. Una de esas mañanas aprovechó que nadie la veía para ir hasta la playa. Cuando estuvo en la orilla, sacó fuerzas de flaquezas para decir:
-Sirenita, sirenita de la mar. Por la virtud que Dios te ha dado mostrame a mi marido y te daré una moneda de plata.
-No es tu marido. Es el mío.
La princesa oyó primero la voz de la sirena y luego la vio, agitando su larguísima y dorada cabellera.
-¿Desde dónde quieres verlo? - preguntó la sirena.
-Desde el cuello - dijo la niña.
-Tira la moneda y lo verás.
Obedeció ella y su novio salió del fondo del mar. Se miraron un buen rato y la princesa no pudo contener el llanto.
Al día siguiente regresó.
-Sirenita, sirenita de la mar - dijo, muy decidida -. Por la virtud que Dios te ha dado mostrame a mi marido y te daré una moneda de plata.
-No es tu marido. Es el mío - volvió a decir la sirena asomándose en el agua. Y luego agregó:
-¿Desde dónde querrías verlo?
-Desde la cintura, para reconocerlo mejor - dijo la joven.
Volvió a tirar la moneda a pedido de la sirena y el joven volvió a salir.
Al día siguiente las cosas se repitieron. La niña llamó a la sirena y le ofreció una moneda de plata a cambio de contemplar a su marido.
-¿Desde dónde quieres verlo esta vez?
-Desde la planta de los pies, así lo reconozco mejor.
Tira la moneda y lo verás.
El joven salió esta vez de cuerpo entero, pero bien sostenido por los brazos de la sirena.
-¿Estás contenta?- preguntó la sirena.
El joven aprovechó el descuido para decir: “Dios y águila”. Y agitó sus alas ante los ojos azorados de la sirena, que no podía creer que su presa se le escapara.
Ese mismo día se anunciaron las fiestas que duraron más de una semana. El joven mandó a buscar a sus padres y les perdonó que lo hubieran entregado a las sirenas. Ya nunca más serían pobres, les prometió.
Y así como me lo contó el viento
yo a ustedes se lo cuento.



Los anteojos mágicos- Adapatación de cuentos maravillosos argentinos (inédito)