jueves, 23 de junio de 2011

Novalis




Estábamos allí, en ese bar de Rivadavia, apenas separados por la blanca superficie de la mesa. Decidimos instalarnos en la vereda, justo enfrente del parque y el resplandor inasible del otoño acariciaba los árboles. Todo parecía envuelto en una luz de sueño, leve y brumosa. La idea del encuentro partió de él, de Julio. Yo contemplaba esa mirada atenta y a la vez recogida, esos ojos a los que parecía nada podía escapársele, ni siquiera lo que se agitaba en mi interior, las manos finas de pianista, la sonrisa casi permanente dejando al descubierto esos dientes separados que le daban un aire de palpitante adolescencia.
Llegó puntual y, luego de charlar un rato en el living de mi casa, le propuse caminar. Accedió encantado. "Hace tanto que no recorro Almagro", me dijo. "Las calles de París no tienen ese qué sé yo de las de acá" sonrió, mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero. Tomamos por Quito. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una sombra tersa y la brisa parecía conversar con cada una de las hojas, con los viejos troncos que nuestros pasos iban dejando atrás. Las calles estaban solitarias y la luz color miel nos contenía como un agua silenciosa y frágil.
En el trayecto él se explayó en mis cartas, en ese proyecto de tesis que le comenté en una de ellas sobre la influencia del surrealismo en su obra.
Fue una amiga, escritora también, quien me proporcionó el teléfono del hotel donde se alojaba. Marqué, no sin nerviosismo. Luego de que le contara el motivo de mi llamado, me propuso que nos viéramos. "La charla es a las ocho. Todavía tenemos unas cuántas horas", dijo con voz tranquilizadora. Y ahora allí a su lado, escrutando su larga figura, su andar pausado, me preguntaba si todo no sería sólo un sueño.
Llegamos al parque y lo atravesamos en silencio. Sin darnos cuenta, pronto estuvimos en el sector de los libros. Se sumergió en ellos con el entusiasmo de un chico. De pronto sus largos dedos extrajeron uno, que no tardó en mostrarme. Eran Los Himnos a la noche, de Novalis. Lo compró de inmediato. "Hace tiempo que lo andaba buscando. La versión alemana se me ha extraviado. Pero igual me gustará releerlo en español". Ya en el café se explayó en hablarme del poeta alemán, del cual yo conocía sólo el nombre. Me instruyó de su concepción de la poesía como la realidad mágica del sueño, en la que éste se convierte en realidad y la realidad en sueño. Me habló de la novela, ese gran proyecto que la muerte le impidió terminar — murió de tuberculosis, como buen romántico — me aclaró. La novela trataba de un poeta medieval que se lanza en busca de la flor azul, símbolo de la belleza, de la felicidad y las ilusiones inalcanzables. Abrió una página al azar y leyó: Amada llegas / la noche ha venido ya / se ha consumido el día. Nos quedamos un rato en silencio y de pronto le propuse, no sin vencer mi timidez, una entrevista más larga, editar un libro con nuestras conversaciones. Accedió, con esa sencillez que me demostró en todo momento, como si él, Julio Cortázar, no fuera uno de los más grandes escritores argentinos sino un autor incipiente, feliz de ser estudiado, reconocido. "Te vienes en el verano, cuando mis tareas en la UNESCO me permiten un respiro". Y concluyó, apretándome levemente el brazo: "Te gustará Saignon". La sensación de irrealidad volvió a asaltarme. A eso de las siete nos despedimos. Él se inclinó y, luego de decirme: "Ha sido un verdadero gusto", me rozó levemente los labios.
El timbre del teléfono me sobresaltó. Contrariada, salté de la cama. Hubiera deseado quedarme allí, detenerme en la modorra gozosa de aquel encuentro con mi amado Cortázar, cuya imagen me miraba constantemente desde el afiche colocado con chinches en la puerta del placard. La sonrisa mansa parecía querer comunicarme algo inaprensible para mí.
La voz de Marcela: "¿Dormías?" "Sí, Te llamo luego. Disculpame." Y luego correr nuevamente a la cama a cerrar los ojos y tratar de revivir, de rescatar algo de aquella imagen, las hilachas que quedaban en aquel naufragio del despertar. Mi corazón se aceleró cuando, al acercarme, distinguí el pequeño bulto sobre la sábana. Nada había dejado en ella. Pensé con susto en un insecto, alguna de esas mariposas nocturnas aplastada sin duda por el peso de mi cuerpo dormido.
Y ahora, sentada junto al ventanal por donde la luz de la mañana se cuela como un río dichoso, acaricio con lenta delectación el nocturno aterciopelado de mi flor azul.


Marraquech y otros cuentos

miércoles, 22 de junio de 2011

miércoles, 1 de junio de 2011

“Es un lío ser pionera, porque después te olvidan”. Entrevista a Paulina Movsichoff


Por Sofía Zavala

La escritora puntana habla de su carrera y de sus estudios sobre la mujer. Dice que se siente latinoamericana y que debe pagar caro por su espíritu pionero. Critica al mundo editorial y cuenta su experiencia profesional durante su exilio en Méjico.

Paulina Movsichoff todavía conserva una leve y pulida tonada puntana, uno de las tantas huellas que le ha dejado su San Luis natal. Escritora reconocida en México y Argentina, ella se define como una pionera en todo lo que ha hecho, aunque le toca vivir día a día las consecuencias.
- ¿Qué es lo que más te atrae de la Feria del Libro?
- Disfruto muchísimo de la Feria. Me encanta todo lo que tenga que ver con mi vocación, que es escribir. Siempre trato de participar, ya he venido algunas veces con la editorial Colihue, otras con la provincia de San Luis, también en algunas mesas redondas de poetas. Me acuerdo de una actividad muy bonita que me tocó organizar mientras trabajaba en lo que solía ser La Biblioteca de la Municipalidad de Buenos Aires. Se trataba de un panel sobre la mujer que se llamaba Un Cuarto Propio, en honor a Virginia Woolf, quien decía que para ser escritora una tiene que tener una renta y un cuarto propio. Hicimos una mesa redonda con distintas escritoras que contaban sus experiencias.
- El rol de la mujer está muy presente en toda tu obra, en tu última novela La Desconocida del Plata se ve muy claro…
- Sí, efectivamente en todas mis obras aparece la mujer de una manera muy fuerte. Es un tema del cual yo no me separé jamás. El personaje principal de mi novela es una madre que se animó a ser diferente, a transgredir el mandato de ser sumisa, de construir un hogar y se dedicó de lleno a la vida política. En mi generación a las mujeres se nos educaba para ser pasivas. Ahora me sorprendo, me extraña el impulso que tuve siempre de joven para ser distinta, yo siempre fui pionera. Vivíamos en San Luis con mi familia y yo quise venir a estudiar a Buenos Aires, de mis compañeras casi ninguna estudiaba una carrera universitaria y las que lo hacían, se quedaban allí. Hoy también es extraño que vengan a Buenos Aires, porque la mayoría se va a Mendoza o Córdoba. El primer año sufrí muchísimo, me alojaba en una residencia de monjas que me trataban pésimo. Me acuerdo que una vez un primo pasó a buscarme para pasar el fin de semana en la casa de mis tíos. Las monjas se indignaron, pensaron que era mi novio y al día siguiente me echaron. Luego me mudé a otra residencia donde no había agua caliente, me moría de frío. Yo le contaba todo a mi madre, y me vio pasarla tan mal que al año siguiente se trasladó con toda la familia a Buenos Aires. Sin darme cuenta les cambié el rumbo de sus vidas.
- Por ese entonces estudiabas Derecho ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser escritora?
- Mi vocación estaba escondida, yo no era consciente que la tenía, pero también me resultaba muy difícil por la época. Cuando yo empecé había mujeres muy consagradas como Marta Lynch o Silvina Bullrich, pero eran muy pocas, apenas dos o tres. En los años setenta casi no existían mujeres que tomaban la escritura como algo propio, recién eso se empezó a dar en colegas diez años menores que yo. Yo siento que abrimos un camino. Mientras estudiaba Derecho yo estaba descontenta, no me gustaba, así que no avanzaba en la carrera. Tenía un novio que me decía que tenía que ser escritora, pero yo no me animaba. Un psicólogo también me dijo que yo negaba mi vocación, y era verdad, porque escribía poemas pero me acuerdo que los tiraba, no le daba importancia. De a poco me fui dando cuenta, y hoy lo tengo más claro que nunca. Tengo otros intereses, pero verdaderamente lo único que quiero hoy es escribir, necesito poner todas mis energías en eso. Es lo que me fascina, viviría para eso, lástima que no puedo hacerlo…
- ¿Cuáles son las mayores dificultades que se te presentan?
- No lo tengo muy claro, pero la realidad es que hay un mundo editorial argentino en el cual yo no he podido acceder todavía. Año tras año se torna más complicado, hoy en día ninguna editorial te va a publicar un libro de poesía. Yo siempre he trabajado con editoriales chicas, pero ya no existen por la globalización que se ha dado. Antes uno podía acceder al editor, él mismo leía tu material pero ahora no, ya que son empresas gigantes multinacionales. Hoy muchos escritores, con mucho talento, deben pagar para ver publicada su obra, eso es algo que me parece horroroso. Yo no lo quiero hacer, porque nunca lo he hecho, salvo con mi primer libro que tuve que vender dos pulseras de oro. Pero eran circunstancias distintas, yo estaba muy ansiosa por publicar. También hay muchos libros comerciales, y gente que se hace conocida, famosa, por armar un escándalo y no por su talento genuino. También hay personajes históricos que venden más, como Rosas o Felicitas Guerrero. Yo por ejemplo escribí sobre la vida de Lafinur, un personaje excepcional. Antepasado de Borges, fue el primero en la Argentina en desarrollar teorías sobre el sensualismo, y fue muy castigado por eso. Pero a nadie le interesa el personaje, pero a mí me apasiona, porque tuvo una vida fantástica.
- ¿En México te resultó distinto?
- Sí, totalmente. Con mi primera novela, Fuegos Encontrados, yo he ganado el Premio Nacional Juan Rulfo. Era algo impensable para mí, no lo podía creer. Había dudado mucho en presentarme en el concurso, pero mi ex marido me convenció. Sigo en contacto con México, la última vez que estuve allí fue en el año 1996 cuando fui invitada para dar una serie de conferencias. En ese viaje me encontré con una colega mía que había hecho investigaciones sobre mi obra, nunca lo hubiese imaginado.
- ¿Cuánto tiempo estuviste fuera del país?
- Me exilié en Ecuador en el año 1976 durante dos años y luego viví en México otros cinco más. Fue una decisión difícil dejar el país. Mi ex marido es escritor y no estábamos tranquilos, teníamos mucho miedo. Nunca recibimos amenazas pero justo este año me enteré que a mi cuñada le allanaron su casa, le removieron hasta la tierra del jardín para ver si tenía libros enterrados. Yo extrañaba muchísimo la Argentina, vivíamos la situación con mucha angustia. Ahora extraño México. Yo me siento latinoamericana, agradezco haber descubierto esta Patria Grande. También me siento una pionera en ese sentido. Para mi luna de miel viajé a Machu Pichu, hicimos todo el viaje por tierra. Ahora está de moda, pero viajamos en unos caminos de cornisa que daban miedo, en unos ómnibus tremendos.
- ¿En qué otro aspecto de tu vida te sentís una pionera?
- En el estudio sobre la mujer. Yo comencé como investigadora en la Universidad de Buenos Aires en el año 1973 y me dedicaba a estudiar el rol de las mujeres en la obra de Alejo Carpentier. Nadie lo hacía, lástima que al poco tiempo tuve que renunciar por motivos políticos y luego me tocó vivir el exilio. A mi vuelta pude recuperar el cargo pero el decano de ese entonces le disgustaba muchísimo que yo me dedique a la mujer, así que no me renovó el contrato y me tuve que ir. Muchos años después que se fundó la Cátedra de Género. Pero nadie sabe que yo hace mucho tiempo, cuando nadie lo hacía, me dedicaba a eso. Me alegro muchísimo y disfruto que se hable con libertad del tema, pero a veces me da bronca. Es por eso que es un lío ser pionera, porque después te olvidan…

lunes, 16 de mayo de 2011

“La desconocida del Plata” de Paulina Movsichoff





Susana Chas, una gran amiga de la vida, me ha permitido el privilegio de presentar el último libro de Paulina, una novela bella y “argentina”, donde se cruzan las dimensiones de análisis más importantes de las últimas décadas: mujeres, dictadura, relaciones familiares, identidad, globalización, escritura y arte.
Con la humildad de quienes abordamos la literatura desde el placer, intentaré presentarles un análisis de los ejes temáticos que recorren la novela y la estructuran en un todo compacto y en algunos momentos, cíclicos.
La escritura de Paulina Movsichoff es llana, pero no por ello simple. A través del relato familiar, va reflexionando acerca de las grandes problemáticas que recorren esta posmodernidad, y que en nuestro país han sido atravesadas por la tragedia de la historia.
Como ya lo comentó Susana la novela narra la búsqueda de identidad de Marina Osuna, una mujer de 45 años, cuya madre fue secuestrada, torturada y desaparecida por la última dictadura miliar.
Esa búsqueda, contada como un viaje que hace la protagonista desde México, el lugar donde su familia decide enviarla para resguardarla del terror, hasta la Argentina del año 2000, escindida y agonizante ante la brutalidad de las políticas neoliberales.
Ese viaje externo de búsqueda de su madre desaparecida es superpuesto al viaje interno de búsqueda de sí misma. Paulina juega con las temporalidades del afuera y el adentro de la protagonista, en una confusión que intenta desarmar o repensar los paradigmas y mandatos impuestos.
Marina, la niña-mujer que busca a su madre, se enfrenta a todos los recuerdos familiares para desandar la desmemoria forzada impuesta por su familia.
Y aquí comienzan a jugarse los ejes más importantes de la novela:
El primero es el testimonial. A través de cartas, que nunca se sabe si llegan o no, la madre desaparecida dará testimonio del contexto ideológico y cultural que la mueve a la militancia política y a la entrega completa de sí misma para la búsqueda de un mundo mejor.
La década del ’70 es contada sin idealismo pero con mucho respeto, generando una empatía con esa protagonista que intenta justificarse ante su hija y su familia por su elección de vida.
Paralelamente, se impone el testimonio del horror, de la planificación sistemática para la eliminación de personas llevada a cabo por el Proceso de Reorganización Nacional que gobernó el país entre 1976 y 1983. Los campos de concentración, la tortura y el exilio de miles de argentinos. Y la tragedia de la guerra de Malvinas, como una herida abierta e inconclusa de ese espanto.
"¿Podremos dejar de decir lo que hemos visto y oído? ¿Podremos no dar testimonio?"

Hay que destacar, a diferencia de otras novelas sobre la misma temática que han salido a la luz en los últimos tiempos, que la autora aborda el tema de la tortura y la muerte no desde el odio o el regordeo de la miseria sino desde la necesaria memoria que debe imponerse, desde una mirada casi imparcial de los hechos, pero no por ello edulcorada. Como la mención a las Madres de Plaza de Mayo, hay una comprensión histórica de su lucha y de su dolor personal. “Su lucha ha sido sublime” dice la protagonista. No hay panfleto ni mal uso de ese símbolo.

El segundo eje es la Identidad de los desaparecidos. Aquel planteo testimonial permite a la autora adentrarse en la temática nudo de la novela: la búsqueda de identidad de Marina, una mujer criada y construida con retazos de memoria y silencios.
En este punto, Paulina expone una situación que ha sido una constante, y en algunos casos lo sigue siendo (España es un ejemplo con la Guerra Civil española) de la forma de abordar la historia que muchas veces tienen las sociedades.
“Me pregunto qué clase de locura nos invadió a todos. La locura del miedo, si, la del terror. Pero también la de qué dirán, la de ser portadores de un estigma en aquella Argentina de los derechos y humanos”
La familia de Marina (su abuela, sus tías y su padre) decide hacer un pacto de silencio ante la desaparición de su madre. “Era una orden tácita a la que todos obedecíamos: no menciones a mamá” Una consigna implícita que asumirán los protagonistas como modo de supervivencia.
De esta manera, el dolor es puesto entre paréntesis, congelado en el inconsciente de esa niña-mujer que no sabe quién es porque no se anima a preguntarse sobre su madre.
No es casual entonces que sea su terapeuta quien le diga: “Usted tiene a su madre en el sótano” Una palabra que no es arbitraria en esa historia que se intenta contar. Aquí es donde la culpa de la madre por abandonarla por la militancia se trasmuta en culpa de la hija por haberla condenado a esa indiferencia.
La búsqueda de su madre es la búsqueda de sí misma: “Sin madre no es posible amar, sin madre no es posible morir”, una frase de Herman Hesse que intenta describir el proceso por el que pasaron y pasan miles de hijos y nietos de personas desaparecidas durante la dictadura.
La identidad como derecho ha sido una de las grandes reivindicaciones de las últimas décadas. La identidad como única forma de construirse como persona íntegra, sabiendo quiénes eran nuestros padres, qué pensaban, en qué creían, por qué murieron.
El silencio, el ocultamiento de ese pasado es el robo de la memoria de aquellos seres, de su vida como valor y por supuesto, de su transcendencia.
En el caso de la Marina, ese viaje a Argentina, treinta años después, le permitirá encontrarse con su madre, a través de las palabras, imágenes y recuerdos de sus familiares y amigos, y a partir de allí encontrarse con sí misma, con su propia vida y sus propios deseos.

Otro eje importante que recorre la novela, a mi entender, es cómo la autora va deslizando los cambios ocurridos en el país a partir de aquel horror. Ese contexto de ferviente estado de revolución y cambio de aquellos jóvenes militantes se opone a ese nuevo mundo globalizado de la década de los noventa:
Dice un personaje: “Tendría que estar muy loca si no me diera cuenta de cómo nuestro pobre país fue arruinado, de qué manera destruyeron hasta el último de nuestros sueños. Creo que las condiciones por las que empezamos a luchar siguen intactas. La miseria, el hambre, la indiferencia hacia los que nada tienen. Esta globalización perversa, esas anteojeras que nos han puesto a todos para que no miremos a nuestro alrededor, para convertir en invisibles a los que no conocen el éxito y no están en la órbita de la riqueza”(…) “Es difícil reconocer en esta ciudad a la Buenos Aires que dejé años atrás. No recuerdo haber visto tantos mendigos en ese entonces. También en la calle veo gente tirada en la vereda” Y el paco.

Los últimos ejes sobre los que quiero reflexionar son las relaciones familiares, la relación madre-hija y el abordaje de los personajes femeninos
El esqueleto que estructura la novela, es la relación madre-hija. Y sorprende su abordaje. La lógica occidental del permanente conflicto, reproducido por el famoso complejo de Electra, es revisada por la autora. No hay madre castradora ni imagen-espejo del padre; sino por el contrario el concepto de madre (que hacia el final del libro es comparado con la madre tierra) es explicado como memoria genética, corpus y significante de esa hija.
La figura de la madre es reivindicada como protectora, como única capaz de dar vida (no solo biológica sino espiritual y emocional) a esa hija, también mujer que se busca a sí misma. La historia de los vínculos como transformación, como ciclos para el entendimiento: “Comprendí de pronto que sólo cuando una mujer tiene una hija logra atravesar el espejo de su destino y ver el mundo a través de los ojos de su propia madre.”

Respecto de las relaciones familiares es importante destacar primero la excelente y compleja trama de personajes que van surgiendo en el texto y que paulina describe con gran maestría, de manera de que el lector pueda reconocerlos a lo largo de la trama.
“Las mujeres, creo, nos arreglamos para que nuestra memoria no se pierda, para que nuestras historias sobrevivan”
Hijas, abuelas, tías, primas, nietas que van construyendo con Marina aquella madre ausente. Aquí hay dos cuestiones para remarcar: la historia familiar es contada desde el mandato patriarcal, donde las mujeres se solidarizan y entienden a partir de sus propios dolores y frustraciones con los hombres.
Incluso no es casual que Marina decida ir a la búsqueda de su madre (hacerse cargo de sí misma) luego de que es engañada por su esposo. Hay un planteo generacional donde el hombre es la tercera pierna, el gestor de esa mujer.
Sin embargo, la figura de los hombres está desdibujada en toda la novela. Las grandes protagonistas son las mujeres en un mundo de hombres que las someten al engaño, la ausencia o el desamor.

Finalmente y en relación a estos temas, la escritora aborda la condición de género. La historia de las mujeres que atraviesan la novela es la historia de las mujeres durante las últimas décadas: sus luchas por ocupar un lugar en el mundo falocéntrico, como escritoras, como pintoras, pero también como madres e hijas.
“Me vino a la mente el modelo femenino de mi madre, que a su vez lo recibió de la suya: La mujer buena siempre quiere a su marido”
La autora pone en cuestión los mandatos patriarcales de género con la historia de dos primas lesbianas, ridiculiza el dogma de la media naranja o el príncipe azul: “Es muy difícil que encuentre esa media naranja, que nos han hecho pensar como indispensable para ser alguien digno”

Este es un libro de la memoria y del olvido, de la verdad y de la revisión de esa verdad, escrita por una mujer que no se presta a jugar el juego que ha propuesto históricamente la percepción masculina.
Paulina escribe con autenticidad, con valor, se pelea con los prejuicios, y reflexiona sobre la complejidad de esos vínculos que siguen siendo determinantes para construirnos como mujeres: “Como mujeres que somos todavía debemos escarbar, abrir los ojos y los oídos para escucharnos a nosotras mismas”

Silvia Nadalin

jueves, 31 de marzo de 2011

"La desconocida del Plata" de Paulina Movsichoff- Leonor Calvera



Este es un libro simple y complejo a la vez. ¿Por qué? Para tratar de fundamentar esta aseveración, en apariencia contradictoria, daremos un largo rodeo hasta llegar a enfrentarnos con “La desconocida del Plata” de Paulina Movsichoff-
En un curioso afán de simplificación, los orientales trataron de sistematizar las relaciones humanas que se muestran en la literatura. Esa búsqueda dio finalmente la suma de treinta y nueve núcleos posibles. El esposo engañado, la separación de los amantes, la muerte de un ser querido, la defensa del honor, el afecto llevado hasta el propio sacrificio, resultaron algunos de los nudos dramáticos. La relación madre e hija no fue ni siquiera medianamente contemplada.
La situación de inexistencia de esa relación fundamental se repite en uno y otro tiempo hasta llegar a nuestros días. Varias razones conspiran para ese retaceo, ese ocultamiento que, paradójicamente, pone de relieve su importancia.
En primer lugar, encontramos que sobre esta relación se acumulan de manera significativa los mitos derivados de la exclusión de la mujer del escenario público. Quizá el primero de ellos sea la simbología anexada a la madre histórica. No es difícil llegar a las etapas primeras de la civilización donde nos encontramos con la figura de la Gran Madre. Una figura que seduce tanto como atemoriza, que acumula en sí los peores miedos viriles.
Es la diosa potente cuyas representaciones primigenias encontramos bajo la forma que se dio en llamar Venus esteatopigias. Es la dadora indiscutida de la vida y, en ocasiones, de los dones de la cultura. Es la diosa en forma de serpiente que alborea en todos los relatos originales. Pero también es la diosa que custodia los portales de la muerte. Esta dualidad, esta fascinación unida al temor marcará cada uno de los niveles de la dominación patriarcal.
De este modo el peso del mito confundirá una y otra vez a la mujer con la reproductora biológica, dando lugar a una mística femenina que no tiene paralelos. Una mística que ha obrado como una telaraña para mantener al género alejado de un ejercicio pleno de sus potencias así como de la verdadera comprensión de sus cualidades. Hubo que esperar a estas últimas décadas para que comenzaran a tratarse en profundidad la psicología de la mujer y su estar en el mundo como algo distinto al reverso de lo masculino que le fuera asignado tradicionalmente.

No obstante los aportes contemporáneos en la revisión de la problemática femenina, todavía hoy un gran componente del ser mujer es ser madre. Los mandatos van en el sentido de que la completitud femenina se logra, no sólo a través de dar a luz. sino de cumplir los roles asignados de la crianza y socialización de los hijos. Sin embargo, como resuena repetidamente a lo largo de la historia, permanecer únicamente en el reducto de lo biológico suele ser por completo insuficiente.
Lo cierto es que, en nuestra cultura, -sobre todo desde la Revolución Industrial para acá- las madres han sido idealizadas o culpadas de todos los males. Esto se torna evidente en la compleja relación made-hija, siempre inestable, siempre en los límites. En el modelo de maternidad que se plantea, aparece naturalizado como perteneciente a la biología la fusión con la hija y su deseo de posesión –si bien el vínculo tolera diferentes variantes con cada una de las hijas.
Asimismo, el mito de la madre perfecta que debe satisfacer las necesidades de sus hijas genera en la mujer sentimientos contradictorios de culpa y cierta hostilidad junto con el más profundo amor. En la hija, por la otra parte, despierta una sensación de vaga estafa que la habilitará, sostenida por el aval social, para efectuar a su madre cualquier reproche por sus propias faltas.

Este largo preámbulo que es, en realidad, un más que breve resumen de un tema que ha estado oculto como problema, es tan solo un puente para acercarnos a la complejidad del tema que ha abordado Paulina Movsichoff en “La desconocida del Plata.”
Madre-hija-abuela. La continuidad de la sangre pero no de las costumbres. Una madre que no se somete al rol que se espera de ella sino que decide vivir en libertad. Y este vivir en libertad no es la expresión de sus propias ideas y sentimientos sino prestarle atención a las voces olvidadas que rodean su estar en el mundo. Toma entonces una ruta que la alejará de su entorno y de sus afectos más profundos Tanto la alejará que ya nadie volverá a verla.
Esto ocurre en la Argentina de los años setenta, de modo que no se puede suponer que esa distancia sea voluntaria. En cambio, lo que sí se puede presumir es que ha entrado a formar parte de las filas de los desaparecidos políticos. Precisamente eso es lo que impulsa a la familia a no buscarla. Quizá por miedo. Quizá porque no quieren ser confundidos con la marejada de quienes impulsan un cambio social. Quizá porque, secretamente, encuentran que es razonable pagar la desobediencia a las normas patriarcales.
Habrá que esperar décadas hasta que llegue el tiempo en que la hija persiga las huellas de su madre para conocerla, para conocerse.

“Vine a este pueblo a buscar a mi madre. Jamás hubiera pensado que la urgencia de ella se me presentaría recién a los cuarenta y cinco años, cuando ya he vivido casi una vida sin su presencia. Quién diría, yo que la negué por tanto tiempo”, dice la protagonista. En tiempos y espacios alterados, conforme a los vaivenes del recuerdo, tratará de encontrar a su madre a quien un día descubrió tan sólo mirándose al espejo. Su madre desenterrada, “desolvidada”, dirá la narradora, en los reflejos de su madre en el paisaje, en quienes habían compartido su vida. Porque un día pudo darse cuenta de que “ni la muerte ni la separación interrumpen nada y que, en cualquier momento, la vida puede llevarnos hasta sus orígenes.”

Como creían los poetas románticos del Sturm und Drang el afuera y el adentro establecen lazos secretos. Así, recordar los países donde la llevaron los vaivenes donde se refugió, o la refugiaron, va urdiendo un tejido cambiante, rico, matizado que responde a las oscilaciones de una conciencia que busca definir los contornos de su propia identidad. En el camino, surgen amistades, relaciones, la propia maternidad y su clave secreta: “Comprendí de pronto que sólo cuando una mujer tiene una hija logra atravesar el espejo de su destino y ver el mundo a través de los ojos de su propia madre.” Lo lineal se torna cíclico, espiralado, en una especie de recomenzar eterno que tan afín ha sido a los cultos lunares.

Sin embargo. el ayer que vuelve no es el mismo sino que forma con el presente los pasos de una danza distinta. Las nuevas realidades modifican las situaciones pasadas. Vistos a la distancia, personas y hechos se tiñen de nuevos colores. La infancia reaparece con esplendor en viejas canciones que como “mariposas antiguas” la nutren con su nostalgia.
Pero hay que estar atenta. ”Como mujeres que somos, asegura la narradora, todavía debemos escarbar, abrir bien los ojos y los oídos para escucharnos a nosotras mismas. Eran el canto y la poesía lo que la ayudarían a atravesar los medanales del olvido, del deterioro, del menosprecio. No podía dejar de reconocer que, a lo largo de su vida, habían sido sus chamanes. Los que la curaban de todas sus dolencias.”
Las experiencias vividas, fácticas y emocionales, se agolpan hasta labrar su propio camino en la palabra escrita. El viejo exorcismo del verbo servirá para apaciguar fantasmas y perforar capas de conocimiento. La palabra conjuro, la palabra mágica es la que eternizará el instante, anulando la muerte y permitiendo abrir las puertas del futuro.

Este libro de la memoria tiene como telón de fondo y factor desencadenante los años de la dictadura militar. Una hija que desaparece y no se busca, una nieta, sobrina, prima, que se pierde en los meandros del aparato represor y que pronto se deja de lado. Una hija que vuelve sobre sus pasos. Como declara en el epígrafe con palabras de Marosa de Giorgio: “Te has quedado lejos, te has ido lejos. Pero voy retrocediendo hacia ti, voy avanzando hacia ti.”
Trabajar con estos elementos conlleva ciertos riesgos porque dan pie a combinarse como un melodrama patético y difuso. Sin embargo, no ocurre así.
La novela de Paulina Movsichoff está escrita con un lenguaje llano y. podríamos decir, recatado. Se mantiene alejada del panfleto y de la grandilocuencia, sin aprovechar las encrucijadas que podrían agregarle efectismo a costa de traicionar la verdad.
Paulina escribe como lo que es, como una mujer que no se presta a jugar el juego que ha propuesto históricamente la percepción masculina. Escribe con autenticidad, con valor, y avanza sin pausa en un terreno minado de prejuicios, de vínculos complejos en constante mutación. Así, propone tácitamente nada menos que una mirada legitimante entre mujeres, una mirada que las confirme como personas sin pasar por las horcas caudinas de la apreciación tradicional.
Sin embargo, su lectura no es de gineceo sino que, al mostrar que el vínculo madre-hija está en transformación, nos dice que también están en vías de transformarse los demás vínculos. Que cada una de las relaciones humanas debiera revisarse y, si es necesario, modificarse a la luz de un crecimiento que nos permita desarrollarnos como personas, derribando la muralla de egoísmo.. codicia y posesividad, que está mostrando en la actualidad su peor rostro.
Paulina Movsichoff ha escrito una novela que tiene un doble valor, el específicamente literario y el otro, menos evidente pero más profundo, que nos ayuda a derribar muros, a transitar los espacios sofocantes en que nos hemos confinado. Es una novela para pensar y analizar desde varias ópticas, una obra que nos ayuda a dejar los miedos de lado y saber, como la desconocida del Plata, que cada uno y cada una de nosotros, es eterno.


LEONOR CALVERA



Texto leído en la Biblioteca Nacional el 28 de marzo de 2011