jueves, 2 de abril de 2015

PISADA SECRETA- Paulina Movsichoff




Siempre tropiezo contigo aunque no lo proyecte
las hebras del destino están marcadas por tu secreta pisada
y la noche descansa en la urdimbre de los desamparos.

Siempre tropiezo contigo
mientras tanto el río de las horas se fatiga
de interrogar los pájaros que aún gorjean en el árbol de las elucidaciones.

Para qué tomarme el trabajo de nombrarte, poesía,
si  ya estás aquí
si convives conmigo en mi cama de ascuas vivas
y recitamos juntas los conjuros del amor.

Porque te encierras en la Bastillas del adiós
y dejas tu tatuaje

en la piel agotada de infatigables demonios.

TU AUSENCIA- Paulina Movsichoff

TU AUSENCIA
Mis mañanas abarcan el desierto
cuando tus manos no pueden recogerlas
y mis ramas se tienden despojadas de abrazos
 
Tu risa es la puerta cerrada
detrás de la cual espero a que llegues con tu llave
a salvar mi intemperie vagabunda
A traerme tu viento
para que mi silencio pueda
atravesar la frontera del canto
Tus besos desprenden
la corteza que me dejan las semanas 
y mi nueva piel se viste de la certeza 
de que aún podemos inventar el amor
He regado tu cuerpo con mi alma 
y ahora soy un cántaro vaciado por tu ausencia

de EL TAPIZ DE LAS HORAS 










lunes, 30 de marzo de 2015

EL ARCA DE LA MEMORIA- Fragmento

Mi nana me lleva de la mano por la calle empedrada. Es domingo y la gente se resguarda detrás de los balcones y puertas, cerradas a cal y canto. Le ha dicho a mi mamá que vamos a Misa. Mi madre está siempre echada en la cama con los ojos abiertos, como si esperase que la lleven los brujos, al igual que hicieron con mi hermano Benjamín. Contesta con monosílabos cuando alguien se dirige a ella. La voz apenas le sale de los labios para ordenar que limpien la jaula de los pájaros, que no dejen que los indios se queden en la galería más tiempo que el que mi padre, su amo y señor, les concede. Que le preparen el desayuno tal como a él le gusta, con tocino y leche fría. Por mí no pregunta. La nana me lleva hasta la puerta de la recámara, mi madre me mira y luego vuelva la cara a la pared, sollozando. Aunque no alcance a oír lo que dice, no me cuesta nada adivinarlo: “el varoncito, el varoncito”.
  Desde que murió Benjamín la casa parece una tumba. El silencio es la única abeja que zumba entre los techos altísimos, las ventanas por donde apenas se filtra la luz a través del entramado de las cortinas. Las tejió ella misma, cuando sus manos no se habían entregado a esa molicie en la que el dolor la ha aprisionado. No se percatan de mi existencia. Antes de dormirme espero en vano que ella o mi padre acudan al lado de mi cama como acostumbraban con Benjamín, a darme el beso de las buenas noches. Pero no. Desde que él no está ni se molestan en atravesar la puerta de mi recámara. Era a él solo a quien le decían corazoncito de atole, plumita de cenzontle, zumo de cañaduz.

Te llevan en tu caja blanca y larga. Y yo te canto: Señora santa Ana, ¿por qué llora el niño? Como lo hacía por las noches cuando llorabas porque sí, porque eras puro chillidos hasta que te concedieran lo que pedías.

  Era a Benjamín a quien contaban las historias, a quien cantaban el Milano: Vamos a la huerta / de toro toronjil,/ a ver a Milano/ comiendo perejil.
   Yo escuchaba reteniendo coraje. Por qué yo no, por qué a mí no. Y ahora mi padre va al panteón a seguir contándoselas. Cada domingo se viste de chaleco con leontina de oro  y se sienta en su tumba a recitarle incontables veces las historias del padre del maíz, o la del águila y la serpiente, lo adorna de palabras como si fueran flores, esas palabras que a mí me son negadas

  Voy a escaparme a ver si encuentro al dzulúm para pedirle que te saque de tu caja y te devuelva. ¿Acaso no le dijeron a mamá que fue él quien te llevó? Nadie sabe que yo deseé, Benjamín que te murieras, no más para sentir la mano de papá ahuecándose en mi mejilla.

— ¿Adónde vamos, nana?
—A lo de Catalina Díaz Puiljá. Ella es la “ilol”, la que conoce los caminos de las personas. Ella te dirá si alguno se abrirá para ti.

  Cuando el médico se fue mi madre llamó a las ensalmadoras. Ellas se acercaron a Benjamín y le tocaron el pulso. Le echaron loción de yerbas, perfumitos, agua de azahar. Le ponían hojas de albahaca, de hierbabuena, toronjil, ruda.

Apenas entramos al jacal la oscuridad me ciega. Poco a poco voy distinguiéndola en su banca de madera despintada, las manos cruzadas sobre la falda. Lleva un rebozo azul  tejido con flores rojas y unas caravanas de plata. Me toca los brazos, toma una de mis manos y la sostiene entre las suyas por un tiempo que me parece eterno. Como no habla castilla, mi nana me va repitiendo lo que dice

Le tejieron un cardón de henequén con siete nudos. Es su defensa para cuando sale el alma y se va por los mares, por los aires. Un nudo significa un Cristo, el Padre Eterno, las vírgenes. Cuando se teje el cinturón se reza con cada nudo.

—    El amor será una rama que se quebrará al primer viento — dice con los
ojos cerrados. Pero darás fruto. Y no sólo será tu vientre el que se abra. También se abrirá tu boca. De ella saldrán palabras, muchas palabras que vivirán como las de nuestros progenitores. Ellas serán el hilo con que ovillarás tu dicha. Sólo de ellas la obtendrás.

Luego de la muerte se guarda luto. Se pone luto en la casa. Un moño negro. Camisa blanca, pantalón negro los hombres. Las mujeres, vestido negro. El rojo le hace daño al difunto, por eso es que tiro mi blusa roja a la basura y el brazalete de corales, regalo de mi madrina. Quiero ser buena en todo contigo, mi niño Benjamín. No sé qué daría por verte una vez más. Para que vinieras y me dijeras que sí, que me has perdonado.

  Volvemos por las calles que comienzan a despertarse. Comenzamos a bajar  la cuesta del mercado. Ya no falta mucho para que lleguemos. Una india teje pichulej sentada en el suelo. No se percata de nuestra presencia. La nana me hace caminar de prisa. Cuando atravesamos el portón mi padre nos sale al encuentro y pregunta, severo:
—    ¿Dónde estuvieron?
—    La llevé a misa, ya que la señora no puede.
 Me encierro en mi recámara. Tomo el cuaderno de mis tareas escolares. Me gustaría  uno nuevo, que no tenga sus hojas escritas, como éste. Arranco una. Y no sé quién, una presencia desconocida se acomoda a mi espalda y me dicta:
En los labios del viento he de llamarme
árbol de muchas hojas.             


 Portada de El Arca de la memoria, novela basada en la vida de Rosario Castellanos.

jueves, 26 de marzo de 2015

GEOGRAFÍA DEL MONTE- Paulina Movsichoff



Todavía el monte espera
a esa muchacha que golpea las puertas del silencio
Allí ha de buscar su corazón que se quedó enganchado
en la tersura nueva de la hoja.

Todavía en sus manos se despabila el rocío
que despertó de pronto cuando reconoció
el ávido fervor de sus pisadas

Ya no era la soledad
era el encuentro
subiendo por el aire
desnudando la danza
de la mano de un trino de calandria

La lluvia era un secreto
y el amor una seda que aún  no se atrevía a desdoblar

Tan sólo la piedras
conocieron su energía de jade
su amistad de esmeralda
su intimidad con el zafiro

El cielo fue una pradera verde
donde ensayó ese vuelo
que ya cosquilleaba en su cintura

El árbol le concedió su corteza
para que allí  pudiera cincelar  su nombre      


domingo, 8 de marzo de 2015

DE PROFUNDIS



a Julita Zavala
Detenida desaparecida desde 1979


Tomaste entre tus manos el silencio
y lo plegaste
para guardarlo en los estantes del corazón

Te azoraba aquella manera tan nueva
de empollar lo invisible
hasta romper la cáscara del tiempo
Ese virar hacia lo oscuro
Como si ya nada del verano
pudiera retenerte

Hacías bijouterie
para dejar tu nombre
en la confidencia de los engarces
Pero siempre se te soltaba
y luego corrías por la noche tratando de atraparlo
en los aleteos de la esperanza

Te dieron de comer la muerte
Secaron tus lágrimas
voltio a voltio
Mientras tanto
hacías las paces con tu nacimiento

A tu hija le dejaste
un ramito de lavanda
y esa costumbre de llevarte la mano a la frente
para arreglarte el pelo
Una lectura inacabada
La suavidad de su blusa
que tus manos acababan de planchar

No era fácil
Sin embargo
mientras te hundías
te llegaba el olor de aquel jazmín

En el invierno
tu risa arde como una brasa
que no terminan de apagar

Paulina Movsichoff- El tapiz de las horas  




viernes, 20 de febrero de 2015

REGIONES SOLAS- Paulina Mosichoff

Traigo fatiga de regiones solas
en donde el llanto agita sus geranios
Un agua me destruye
me inaugura
se me adentra en la sangre como un rumbo
En la niebla vigilan los arcángeles
desatando mis rosas
mis condenas
Ya no me quedan ritos ni presencias
los rostros entreabiertos del delirio
Saldré de estas arenas que el tiempo ha consumido

de TEMBLOR QUE SE PRONUNCIA

miércoles, 18 de febrero de 2015

LA TORRE- Paulina Movsichoff




  Apenas nos despertábamos subíamos a la terraza para ver la torre. Yo pasaba la noche en vela, en parte por la excitación del encuentro, en parte por el deseo febril de contemplarla una vez más. Eso sucedía en los años en que mi madre se largaba a Buenos Aires con nosotros tres: Carolina, Manuel y yo. La semana anterior a la partida vivía horas de encantamiento mientras la contemplaba afanada en preparar las valijas, cantando con su voz ronca de sirena la cantinela: "las valijas están listas,/ nuestros rostros optimistas van diciendo: Uuuh. / Pronto ya nos vamos/, para Buenos Aires / uuuh, uuuh, uuuh." Mientras ella se afanaba en mil quehaceres yo iba eligiendo cuidadosamente los libros que llevaría para entretenerme en el trayecto. Aunque por lo general nunca los abría pues me era casi imposible despegar los ojos de la ventanilla, embebida en las variaciones del paisaje. Al principio eran algarrobos, chañares y espinillos que de tan familiares no me decían ya nada. Luego la inmensa llanura, el puzzle con los diferentes retazos de verde, las vacas pastando. Todo ello era una permanente fuente de deleite. De modo que los Patoruzú, El pato Donald o Los tres mosqueteros esperaban en vano que mis otrora ansiosas manos infantiles los abrieran, quietas ahora en mi regazo en ese abandono provocado por la contemplación. Al llegar, la tía Agustina, los primos. Elvira era mi compañera de juegos, ya que entre nosotras había tres años de diferencia. Mientras jugábamos a la cuerda, yo miraba de reojo ese misterioso lugar, esa torre con su cúpula de pizarra y paredes pintadas de blanco que, me dijeron era el lugar de trabajo del tío Gustavo. Tenía una sola ventana que daba a la terraza, cuidadosamente velada por una cortina de lienzo. Un día pregunté a mi madre en qué consistía aquel solitario trabajo en el que una persona debía permanecer como un monje con la puerta cerrada a cal y canto. "Es escritor", me dijo sin extenderse en mayores comentarios. Alguna vez el tío Gustavo abrió la puerta y nos dejó pasar. Era robusto y de sonrisa bonachona, lo cual no parecía condecir con la imagen que mi mente infantil se forjara sobre un escritor. Ese día pude observar la enorme mesa de quebracho atiborrada de papeles, la estantería con libros, las libretas de hule negro amontonadas a un costado de la máquina de escribir.
  La estadía en Buenos Aires duraba exactamente un mes. Los días se me pasaban volando entre las visitas a los tíos, el encuentro con los numerosos primos cuya presencia dejara en mí ese halo de nostalgia con que regresaba a mi pueblo. Nostalgia que se prolongaría hasta el verano, fecha en que nos  reuníamos todos en Los Nogales.
  Aquel invierno mi madre no pudo viajar y me mandó sola. A fin de año yo cumpliría los quince y la Bertoid, una modista francesa afincada en Buenos Aires desde pocos años atrás pero que ya tenía una numerosa clientela, sería la encargada de confeccionarme el vestido. La tía Agustina me acompañaba a aquellas pruebas. Yo contemplaba asombrada en el espejo esa transformación de oruga a mariposa cuando, enfundada en el vestido de organza blanco con un lazo de seda rosa que terminaba en un enorme moño debajo del corpiño, entreví a la mujer que nada tenía que ver con la chiquilla que hasta entonces fuera.
  A la última prueba fui sola. La tía Agustina tenía turno en el dentista y le fue imposible posponerlo pues por esos días un dolor de muelas la tuvo en un grito y sin moverse de la cama. "El trole te deja en la esquina de casa. Ya conocés el camino". Pocas veces andaba sin compañía en Buenos Aires, así que el moverme por mis propios medios era toda una aventura. El trole se acercó traqueteante y pesado y subí con decisión. Reconocí mi parada sin dificultad y caminé hasta la casa de madame Bertoid por una calle arbolada donde los primeros brotes anunciaban una incipiente primavera. El vestido estaba casi listo y no pude dejar de recrearme una vez más con mi nueva imagen. "Parecés un junco", me dijo Madame Bertoid, girando alrededor mío y observándome complacida. "Au revoir beauté", me dijo al despedirse, lo que me dejó una desconocida complacencia. A la vuelta otra vez el trole y caminar ansiosa a lo de tía Agustina. Estaba impaciente por contarle lo contenta que me sentía. Elvira seguramente no estaría pues esa tarde tenía clase en la Alianza Francesa.
  Bajé en la esquina de la Confitería San Martín, allí donde mi primo Tito estudiaba a menudo con sus amigos, los mellizos Salgado. Con frecuencia me llevaban con ellos y me convidaban una Crush que yo tomaba mientras ojeaba esos libracos donde se veían esqueletos y órganos del cuerpo humano. Ya por esa época caí en la cuenta de que la medicina no era lo mío, a pesar de tener un padre también médico.
  Esta vez no estaban Tito ni sus amigos y me alivió no tener que demorarme. A la mitad de la cuadra me crucé con una mujer enfundada en un abrigo de cuero. Era ya grande, unos cincuenta, le calculé. Tenía el pelo de un rubio platinado como el del Marilyn Monroe, sólo que largo y lacio, a la altura de los hombros. Iba sola pero discutía acaloradamente con alguien, como si estuviera loca. Observé su brazo doblado, y ese pequeño aparato que sostenía junto al oído. Seguí mi camino y grande fue mi sorpresa al ver que, en el lugar del kiosko donde compraba mis infaltables caramelos Cremalín, se veía una oficina con grandes ventanales. En el interior unos hombres en mangas de camisa parecían escribir a máquina pero, en lugar del papel, las palabras se veían en  unas pantallas iluminadas. Sin embargo, no me había equivocado de calle. El letrero decía bien claro: Julián Álvarez. Al llegar a lo de tía Agustina no vi la puerta de entrada, ni la escalera de mármol, ni los balcones que daban al pasaje San Mateo. Otra oficina y otros hombres en mangas de camisa ante los mismos aparatos. A la entrada, sólo el cartel con letras luminosas donde se leía: "Inmobiliaria"