domingo, 17 de marzo de 2013
domingo, 13 de enero de 2013
"Mundo animal" de Antonio Di Benedetto- Paulina Movsichoff
En "El borrador de un reportaje", que precede a los cuentos de Mundo animal, Di Benedetto define a esta obra como un delirio. Y, en efecto, ésa el la interpretación que, sintéticamente y sin profundizar demasiado, podemos darle. Sus cuentos son breves. El autor sorprende al lector, lo saca de sus esquemas cotidianos y luego lo deja, librado a la tarea de desentrañar el sentido de este mundo que, tan fugazmente, le ha hecho entrever. Mundo animal es un ruptura, la realidad dislocada, condicionada por una visión intuitiva y onírica. ¿Podemos acaso negar que todo lo que vemos no está coloreado por nuestros sueños, por la intuición que, según Croce, es la actividad espiritual que tiñe a las cosas de significados? En todos los cuentos los animales están, de alguna manera personificados. Asumen cualidades humanas, reflexionan, se compadecen, son crueles a veces, con una crueldad que parece una forma deliberada de conducta. Es por eso que los hombres se convierten en animales como un símbolo de una similitud en al actuar de unos y otros, como una manifestación del escepticismo del autor que afirma, en el cuento "Algo de misterio", en donde el gato es el personaje central cuya misión es combatir a los ratones de una sala cinematográfica: "Podría también haber gatos para los niños. (...) De ese modo, creo yo, habrían después menos hombres desdichados". El humor es el recurso del que se vale para desplegar esta realidad insólita. Un humor que podríamos llamar "negro", como sucede en "Bizcocho para polillas" en que el protagonista, fatigado de que las polillas coman inevitablemente su ropa, las induce a matarlo informándolas de que tiene una mancha en el pecho. O bien en "Mariposas de Koch" en donde poetiza su realidad de tuberculoso, afirmando que las mariposas que ha tragado en el transcurso del tiempo son las mariposas rojas que ahora escupe. En ocasiones es el absurdo el que lo determina y lo hace víctima, como en "Amigo enemigo" o en "Es superable". Sin duda el autor, al volcar su visión particular de las cosas, ha tenido determinadas intenciones simbólicas. Él mismo lo afirma en "Borrador de un reportaje": ésta puede ser una interpretación, pero no la única. Es el lector el que tiene a su cargo la tarea de recrear y de dar una respuesta a una invitación que no se puede eludir si no se comienza su lectura.
Comentario realizado para la audición "Biblioteca de Radio Nacional", febrero de 1972
martes, 1 de enero de 2013
Novelas
de Paulina
Movsichoff
(SLL, San Luis, 2012, 222 páginas)
(SLL, San Luis, 2012, 222 páginas)
Este hermoso libro de tapa dura y excelente tipografía lo editó el Gobierno de la provincia de San Luis en ocasión del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Consta de dos novelas, Sombra de mi bien esquivo y Fuegos encontrados.
La primera toma el título de un verso de Sor Juan Inés de la Cruz (“Detente, sombra de mi bien esquivo”), al que también utiliza como epígrafe. Dado que está narrada en la primera persona de Ludmila Katz -de vocación escritora- y presenta incontables detalles de varias ciudades (ella vive en Ecuador y en México, como lo hizo Paulina Movsichoff) a ratos se tiene la sensación de estar leyendo una novela autobiográfica. Es más, cuando la protagonista explica su estilo (“Sé que no estoy narrando en orden, que mi escritura es sinuosa y zigzagueante”), describe el de la misma autora, de gran fluidez y espléndidas imágenes.
La accidentada vida sentimental de Ludmila despierta el interés y la curiosidad del lector, y otorga a la obra un sesgo eminentemente romántico. Esta circunstancia le permite a Movsichoff desarrollar su sensibilidad (“La música parecía provenir de otro mundo, como si el autor estuviese libre de las pasiones humanas, de ese lado oscuro de nuestra alma que casi siempre permanecía cerrado a nuestro conocimiento”), aunque ello no le impide referirse a los crímenes y al espanto de la última Dictadura Militar (“El horror era una nueva presencia a la que era imposible acostumbrarse, ese octavo pasajero al que debíamos tratar de ignorar para que la locura no nos inundase”).
Movsichoff cita escritores, músicos y filósofos a través de los profundos diálogos de los personajes intelectuales, quienes no ocultan los requerimientos imperiosos de la vida cotidiana.
Fuegos encontrados recibió el Premio “Juan Rulfo” para primera novela, México, 1981, y el del Círculo de Lectores, Buenos Aires, 1985. Su prosa –serena y plena de colorido- adquiere una elegancia y belleza exquisitas.
La elaborada trama transcurre en la época de Rosas, con la lucha entre federales y unitarios como telón de fondo. Asimismo están los malones, y se señala que los blancos poseían cautivas indígenas. Hay un vocabulario rico acerca de los dioses, costumbres y ritos de los aborígenes patagónicos, sobre todo de mapuches y araucanos.
También se desprende un hálito romántico que envuelve a casi todos los personajes, e incluso a los secundarios, que están cincelados con convicción. Sin embargo, la muerte es una presencia constante que visita inexorablemente a varios de ellos y Fuegos encontrados alcanza entonces un intenso y poético sesgo melancólico. La autora despliega una inusual inventiva y una fértil imaginación para poblar la narración de numerosas historias que se imbrican entre sí.
Un libro muy recomendable con dos notables novelas que se leen con sumo placer.
Germán Cáceres
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sábado, 15 de octubre de 2011
Fuegos encontrados- Paulina Movsichoff (fragmento)

Los días de Lemunano ya se han roto. No subirá la montaña florecida con la mirada centelleante por la miel del Kaichán, ni sus oídos escucharán el clamor de los atabales. Los días de Lemunao ya se han roto, a pesar de que los hombres aún esperan que el brazo de su jefe los conduzca por la marejada de chuzas, que su voz levante una vez más el árbol de la victoria. Pero Lemunao tiene el cuerpo frío y la mirada lejana. Quizá el espejo de su memoria refleje todavía la cabellera de una mujer y sus manos desanuden la trenza de su risa. Quizá todavía lo estremezca un antiguo clamor, una polvareda de delirios. El son de los cultrunes acompaña ahora la salmodia triste de las mujeres que no quieren mirar esas manos aferradas a la muerte, su raíz cortada por el filo del dolor. Vanas lanzas tiemblan en la noche. Un venado corre, atravesando el viento.
El canto de la Machi sube, pausado y melancólico, chau, kusche ngéime, mileum mi wenapú meu, el demonio alzó sus torbellinos a tu paso, el demonio te ha derribado. Entonces Lemunao se incorpora y su mirada recorre la penumbra del toldo. Se detiene ante el nuevo, ante aquel que un día llegó y fue su hijo. "Te llamarás Huaquinpán", le dice, "mi lucha hasta el final llevando. Desde el principo estando Huaquinpán defendiendo la tierra, hasta el final luchando. La destrucción llegando. La tierra siendo nuestra, nosotros creciendo en ella como quien planta un árbol, los intrusos siendo ellos, más allá del mar viniendo. Triste siendo".
El cuerpo es colocado en la huaca. Descansará en la ladera de un médano, a la sombra del piquillín. El fürufü- hué vendrá todas las tardes a entonar en su tumba la canción de la brisa.
El mensajero entregó su quipu y explicó: "ésta es nuetra señal: hay que deshacer un nudo cada día. Cuando quede uno solo se hará la junta". Huaquinpán esperó, paciente, la respuesta. Sentado en un tronco de caldén escuchó: "dicen que habrá guerra, pues; acabaremos con los huincas".
Fueron llegando, de todos los rumbos. Pasaron delante de Huaquinpán, la mirada de fuego, la frente de piedra. Larga fila lo rodea. Huaquinpán hace un signo con la cabeza y todos bajan de las cabalgaduras, despojándose de sus mantas. Sólo él permanece erguido en el caballo, auscultando el horizonte. De pronto exclama: "¡Ya" y comienza a oírse el clamor. La tierra parece retumbar. Sólo entiende el grito agudo; avanzan corriendo en fila cerrada cimbreando las lanzas, haciendo maniobra de combate. El grito estremece el aire, se eleva por encima del polvo, se reparte a todos lados. Uno de ellos se acerca y saluda al Gran jefe. Detrás, las manos atadas con sogas, viene el blanco. Fue la noche anterior, al amparo de las sombras, cuando lo capturaron. Huaquinpán se dirige a los suyos después de estudiarlo largamente: "ya hemos capturado el toro, hoy celebraremos el nguillatún".
El prisionero es atado al algarrobo. Los gritos no han cesado. Una extraña danza, agónica, ebria de vengaza, va rodeando su cuerpo, que ya no resiste. Sabía a lo que se arriesgaba cuando trató de convencer a los indios de que pactaran con el enemigo.
La Machi permanece inmóvil, los brazos extendidos. Su ayudante va hacia el blanco y le arranca el corazón. El fuego lo recibe después de que los hombres untan la lanza con su sangre. La machi traza un círculo en el fuego, clavando en el centro la varilla. Dibuja el caballo, dibuja la perdiz, dibuja el toro, dibuja el puma, dibuja el buitre. Luego desata su danza. Cuando le presentan el corazón clavado en la punta de las chuzas, Huaquinpán piensa: "Ya nada podrá detener al gran malón". Él sabe de los proyectos de los huincas. La paz con ellos no es posible desde que sus mensajeros le avisaron de la última invasión. Hoy es el día en que un solo nudo queda en el quipu. Cuando la noche se arrodille ante el gran sol, cuando la luz abra un camino en su sueño y en el de los suyos, irán por el rumbo que la Machi señale, soplando el humo de su pipa. Demostrarán que no es fácil vencerlos, quitarles esa tierra donde una vez los arrinconaron.
El día de la guerra ha comenzado. Huaquinpán es el primero em montar. Los demás lo siguen y en su galope hay una decisión inquebrantable. No tiene tiempo ya de pensar en el rostro manso de Casiana enseñándole los nombres de los pájaros mientras despliega la ropa sobre las piedras del río, ni en el cuerpo moreno de la María Salomé hablándole el lenguaje de la ternura. No tiene tiempo de pensar en nada pues allí, más allá de los médanos, detrás de la mole rocosa, está el enemigo. Volverá cansado, los ojos brillantes de victoria. Y sentirá en su cintura el calor de una manos de niña, que se le tendieron en medio del griterío y del fuego pidiéndole ayuda.
Fuegos encontrados. Editorial Tierra Adentro, México, Editorial Círculo de Lcetores, Buenos Aires, Editorial Tierra Adentro, Bueno Aires y próximamante en San Luis libro, Colección Bicentenario, San Luis.
martes, 13 de septiembre de 2011
"Las fábulas del viento" de Paulina Movsichoff- Márgara Averbach

Esta segunda novela de la joven escritora Paulina Movsichoff nace en un territorio que media entre la historia y la magia. Las fábulas del viento explora el espacio de la guerra entre federales y unitarios desde la perspectiva federal de la Argentina distinta y secreta de los pequeños pueblos de provincia.
El relato entero está centrado sobre todo en el sentimiento del pueblo chico y en su geografía: un tapiz de personajes cuyas vidas se cruzan y se tocan como hilos, sin perder por eso su sentido propio y su soledad esencial. En ese universo, los caudillos, bandidos, maestros y sus mujeres hilan sus horas en un silencio que también tiene su grito.
Este espacio de pagos une los episodios cortos y aparentemente dispersos en un ritmo intenso y lento al mismo tiempo, como el de las siestas del verano. La historia de esos hombres y mujeres corre hacia un final en el que, por primera vez, como si se descorriera un telón, los dos protagonistas, Ramiro y Matilde, encuentran una voz propia, más íntima y no menos desgarrante que la del narrador anterior.
Esta historia de encuentros y exilios está dicha en una prosa que incorpora la magia de la novela latinoamericana, sus milagros, sus iniciacones y sus desiertos terribles y vacíos. En esa prosa viven los habitantes del pueblo, cada uno inmerso en su propia lucha.
Como corresponde al siglo pasado, las luchas de los dos sexos están separadas: la de los hombres es la de las armas, la política, el estudio; la de las mujeres, la de la espera. De las dos, la espera es la más despiadada, la más sola, y estas mujeres hacen el mundo casi en mayor medida que sus hombres. Se sientan durante años junto a los mismos rostros y siguen esperando sin razón, sin sentido. Es una espera empecinada, absurda incluso y, por eso mismo, valiente y fértil. En realidad, en ese estado de hacer, no haciendo, se encierra la fuerza de esta novela, que habla sobre todo de los pueblos del sur y de su paciencia.
Clarín. Cultura y Nación, 1987.
jueves, 23 de junio de 2011
Novalis

Estábamos allí, en ese bar de Rivadavia, apenas separados por la blanca superficie de la mesa. Decidimos instalarnos en la vereda, justo enfrente del parque y el resplandor inasible del otoño acariciaba los árboles. Todo parecía envuelto en una luz de sueño, leve y brumosa. La idea del encuentro partió de él, de Julio. Yo contemplaba esa mirada atenta y a la vez recogida, esos ojos a los que parecía nada podía escapársele, ni siquiera lo que se agitaba en mi interior, las manos finas de pianista, la sonrisa casi permanente dejando al descubierto esos dientes separados que le daban un aire de palpitante adolescencia.
Llegó puntual y, luego de charlar un rato en el living de mi casa, le propuse caminar. Accedió encantado. "Hace tanto que no recorro Almagro", me dijo. "Las calles de París no tienen ese qué sé yo de las de acá" sonrió, mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero. Tomamos por Quito. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una sombra tersa y la brisa parecía conversar con cada una de las hojas, con los viejos troncos que nuestros pasos iban dejando atrás. Las calles estaban solitarias y la luz color miel nos contenía como un agua silenciosa y frágil.
En el trayecto él se explayó en mis cartas, en ese proyecto de tesis que le comenté en una de ellas sobre la influencia del surrealismo en su obra.
Fue una amiga, escritora también, quien me proporcionó el teléfono del hotel donde se alojaba. Marqué, no sin nerviosismo. Luego de que le contara el motivo de mi llamado, me propuso que nos viéramos. "La charla es a las ocho. Todavía tenemos unas cuántas horas", dijo con voz tranquilizadora. Y ahora allí a su lado, escrutando su larga figura, su andar pausado, me preguntaba si todo no sería sólo un sueño.
Llegamos al parque y lo atravesamos en silencio. Sin darnos cuenta, pronto estuvimos en el sector de los libros. Se sumergió en ellos con el entusiasmo de un chico. De pronto sus largos dedos extrajeron uno, que no tardó en mostrarme. Eran Los Himnos a la noche, de Novalis. Lo compró de inmediato. "Hace tiempo que lo andaba buscando. La versión alemana se me ha extraviado. Pero igual me gustará releerlo en español". Ya en el café se explayó en hablarme del poeta alemán, del cual yo conocía sólo el nombre. Me instruyó de su concepción de la poesía como la realidad mágica del sueño, en la que éste se convierte en realidad y la realidad en sueño. Me habló de la novela, ese gran proyecto que la muerte le impidió terminar — murió de tuberculosis, como buen romántico — me aclaró. La novela trataba de un poeta medieval que se lanza en busca de la flor azul, símbolo de la belleza, de la felicidad y las ilusiones inalcanzables. Abrió una página al azar y leyó: Amada llegas / la noche ha venido ya / se ha consumido el día. Nos quedamos un rato en silencio y de pronto le propuse, no sin vencer mi timidez, una entrevista más larga, editar un libro con nuestras conversaciones. Accedió, con esa sencillez que me demostró en todo momento, como si él, Julio Cortázar, no fuera uno de los más grandes escritores argentinos sino un autor incipiente, feliz de ser estudiado, reconocido. "Te vienes en el verano, cuando mis tareas en la UNESCO me permiten un respiro". Y concluyó, apretándome levemente el brazo: "Te gustará Saignon". La sensación de irrealidad volvió a asaltarme. A eso de las siete nos despedimos. Él se inclinó y, luego de decirme: "Ha sido un verdadero gusto", me rozó levemente los labios.
El timbre del teléfono me sobresaltó. Contrariada, salté de la cama. Hubiera deseado quedarme allí, detenerme en la modorra gozosa de aquel encuentro con mi amado Cortázar, cuya imagen me miraba constantemente desde el afiche colocado con chinches en la puerta del placard. La sonrisa mansa parecía querer comunicarme algo inaprensible para mí.
La voz de Marcela: "¿Dormías?" "Sí, Te llamo luego. Disculpame." Y luego correr nuevamente a la cama a cerrar los ojos y tratar de revivir, de rescatar algo de aquella imagen, las hilachas que quedaban en aquel naufragio del despertar. Mi corazón se aceleró cuando, al acercarme, distinguí el pequeño bulto sobre la sábana. Nada había dejado en ella. Pensé con susto en un insecto, alguna de esas mariposas nocturnas aplastada sin duda por el peso de mi cuerpo dormido.
Y ahora, sentada junto al ventanal por donde la luz de la mañana se cuela como un río dichoso, acaricio con lenta delectación el nocturno aterciopelado de mi flor azul.
Marraquech y otros cuentos
miércoles, 22 de junio de 2011
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