Canción de otoño
Las hojas tienen sabor a encuentro
Desde tu verano parte un pájaro
Un abedul llameante
El mar es un capullo
Ventana irreparable que se inmola en adioses
Tal vez debas calzar sus sandalias traslúcidas
Acaso su flor alucinada escale por tu pecho
tal como la canción que devana su espera
en la brisa que atesora tus germinaciones
La piedad ha cerrado sus fronteras
y sin embargo
aún te adorna el coral con el que enfrentarás a la tiniebla
Latido empecinado para esperar tu nombre
Huracán donde pones a girar tus desmesuras
Coral en la tiniebla
Palabra
Abrir la palabra como el arca
que guarda los enigmas
como ese animal que nos expresa con sus ojos
en rellanos donde el silencio nos distrae
Porque hemos aprendido a no saber
a no mirar la frente donde aletea ese fulgor nocturno
a vestirnos ta sólo con las plegarias de la vigilia
Si embargo también pertenecemos a aquello
que sin nombrarnos nos describe
a esa orilla llameante cuyos gestos
tienen el resplandor de un olvidado poderío
Allí se ha cumplido todo
Allí recibes huidizas confidencias
El zumbido de una ley más fugaz que el relámpago
Coral en la tiniebla
El viento que nace de la sed del pájaro
También yo no espero sino al viento
ARTAUD
El viento que nace de la piel del pájaro
el que mueve las alas del poema
el que golpea su espuma contra los arrecifes de la libertad
Aún te pertenecen ciertos signos
Aún hospedas a las criaturas nocturnas
Con ellas podrás desafiar los cerrojos de la luz
El alba acecha tanto suceder acongojado
Sin embargo la atraviesas
portando el talismán de lo que aún te será dado
Una nodriza tenue te enseñará
a no abjurar de los consejos del silencio
Coral en la tiniebla
Ausencia
Puedes tocar la ausencia con tu lengua
Olerla en el estrépito de la ciudad vencida por la lluvia
o mirarla tal vez en ese espejo donde la niebla ejercita sus papeles
Porque ella es más cercana que tu sombra
que las palabras con que intentas asir aquello que respira
Pero las palabra se cansan de volar y se posan debajo de todo lo que nombran
Por eso las despliegas por el mundo para vestirlas de sucesos
de sonidos arrancadas a ellas mismas como un cuerpo
que va encontrando su tibieza
Estuviste mirando hacia la luz y sin embargo
era la oscuridad la que guiaba tus pasos
esa mujer azul que atraviesa la noche cargada de leyendas enigmáticas
Coral en la tiniebla
Latido salvaje
Musgo que pueda cobijar el latido salvaje en tanto
escapa del trino la dignidad de los preceptos
Lanzarse hacia el poema
Reclamar el principio que aletea
mientras el tiempo entrelaza las imágenes
y la máscara atisba cambiantes decorados
Barco ebrio sin iceberg a la vista
obediente a los huracanes del amor
Desanclado desaposentado
Oteando esos territorios fantasmales
en que el ángel de los desvaríos dilucida su secreto
Atrévete en su comarca intransitable
Abre tu corazón para que su noche te encandile
Coral en la tiniebla
miércoles, 12 de junio de 2013
martes, 11 de junio de 2013
El bisabuelo- Paulina Movsichoff
Evangelina
nació escuchando de labios de su madre la historia de aquel bisabuelo que
estuvo exiliado en Chile durante doce años. Muchas de aquellas noches de
invierno, mientras el Chorrillero con su furia implacable, lijaba puertas y
postigos como pidiendo entrar, Irene se sentaba junto a la cama de ella y de
Florencia y les narraba aquellas historias. No eran relatos maravillosos sino
que casi todos versaban sobre sus antepasados, pero a Angelina le parecían tan
sorprendentes como las de los cuentos.
La que más le
gustaba era la de aquel bisabuelo que Sarmiento había mandado a la cárcel por
rivalidades políticas. Allí, decía Sherezade, los ojos brillándole de
entusiasmo, sublevó a la tropa policial
y la revolución corrió como reguero de pólvora por las provincias vecinas.
Desde el norte llegó Felipe Varela para apoyarlos. De la sala de música colgaba
aquel retrato en donde se los veía abrazados, al bisabuelo y al caudillo
riojano. Evangelina pasaba largos momentos
contemplando la espesa barba y los ojos claros de su antepasado, que vestía
frac y sombrero de copa. Pensaba entonces que, si alguna vez llegaba al
matrimonio, le gustaría tener por marido a un hombre de aquellos ojos
abarcadores, sus manos de artista y la sonrisa festiva. Felipe, en cambio, llevaba grandes bigotes
canosos y un sombrero claro de anchas alas que sombreaba su rostro de mejillas
consumidas
. El retrato
fue también testigo de la vez que Ernesto se le declaró. Esa noche de marzo la
casa se alborotó con la fiesta que su madre decidió organizar con motivo de sus
quince. Invitó a
ella a lo más granado de la juventud de aquel entonces.
Irene encargó
el vestido a la mejor modista de la capital. Cuando Evangelina contempló en el
espejo aquella figura frágil y su talle de palmera enfundado en el vestido de
organza blanco cuyo único adorno era el moño rosa en el canesú, pensó en Octavio
y tuvo el presentimientote que no le
pasaría desapercibida.
Casi no habían
hablado desde que lo divisara en la plaza al comienzo de la temporada, su metro
ochenta y seis sobresaliendo de la escuadra de amigos que daban vueltas en
sentido contrario al de ella y de las suyas. Pero su memoria quedó imantada por
el pelo negro cayéndole en mechón sobre la cara, los ojos verdes que bajaron
hacia ella contemplándola con una mezcla de
distracción admirativa. Fue Lucila, su mejor amiga, quien la puso al
tanto de que su nombre era Octavio y de que, estudiante de arquitectura, llegó
a a Sacrosanto a principios del verano para pasar las vacaciones. Desde ese día
las dos figuras, la de él y la del bisabuelo escoltaban su entrada en el sueño.
A veces le parecía que una y otra eran la misma persona.
Irene, que
disponía de todo en la casa bajo la mirada benevolente de Edgardo, su marido,
destinó el primer patio de baldosas para pista de baile y en el segundo, de
tierra, distribuyó las mesitas con sus sillas y colocó luces entre las ramas de
la higuera, en cuya hamaca Evangelina se columpiaba durante las eternas siestas
luego de llegar de la escuela cantando La
vie en rose o Les feuilles mortes. También el terreno debajo del parral fue
aprovechado para que los mozos contratados especialmente sirvieran refrescos. Irene
se pasó dos tardes enteras acarreando la granza que daría el color rojizo que
lo convertiría en un lugar nuevo y exótico.
Cuando
Evangelina y Octavio entraron en la salita, el patio era un hervidero de
hombres y mujeres, apenas salidos del sueño de la adolescencia, que bailaban al
compás del Trío Los Panchos o de ese nuevo invento, el Rock and Roll con el
cual se veían acalorados y felices saltando al ritmo de quel one, two, three, and five o clock.
Estaban solos y
se miraron como descubriéndose. Octavio le dio un beso en los labios y le dijo
que desde que la vio pensaba en ella. Le preguntó entonces si a ella le pasaba
lo mismo. Totalmente ignorante de los tejes y manejes del amor, Evangelina
pensó que la sinceridad no era lo más apropiado para estos casos, pues su madre
la había instruido de que una niña que se precie no debe tener el sí fácil. Así
es que le dijo que le contestaría el sábado en la plaza. Volvieron al patio y
estuvieron juntos y separados, mezcladamente.
Se preparó
para el sábado toda la semana. Esa mañana comprobó que el destino le jugaba una
mala pasada pues amaneció frío y ventoso. Gruesos nubarrones cubrían el cielo y
Evangelina veía con gran frustración el derrumbe de su sueño. Ya no podría
ufanarse el lunes, contándoles a sus amigas que estaba de novia. Ninguna de
ellas estuvo dispuesta a acompañarla, así que decidió ir sola. Irene estaba
totalmente ajena al asunto, por lo que no se sorprendió cuando ella le dijo que
se iba a lo de Lucía. Fue ésta quien
hizo cundir la alarma, cuando llegó en busca de Evangelina. Irene puso el grito
en el cielo y Lucía se acordó del llamado de esa mañana de su amiga pidiéndole
que la acompañara. Si bien Evangelina guardó una absoluta reserva sobre el
motivo de la urgencia en asistir aquella tarde,
el corazón intuitivo de Irene dio un vuelco. Conocía a su hija y había
notado sus mejillas arreboladas luego de bailar unas piezas con Octavio. Se tiró como pudo un chal sobre los
hombros y salió seguida de Edgardo, que no entendía bien lo sucedido, pero
quiso ser útil si la ocasión lo requiriese.
Eran ya las
nueve de la noche y la plaza se veía desierta. Nadie se atrevió aquel día a
desafiar las iras del Chorrillero. Escoltados por Lucía dieron una vuelta
entera por ella. Hasta los pitojuanes parecían haberse decidido por el recogimiento,
aun cuando fuese todavía verano. Fue Lucila la que descubrió el diario sobre
uno de los bancos, cuyas hojas el viento ya comenzaba a dispersar. Edgardo lo
tomó y vio la fotografía, la misma que colgaba de la sala de música. Decía La Gaceta y tenía la fecha de 1863. En grandes
letras de molde podía leerse: “Felipe Varela apoya el movimiento insurgente de
las provincias”. Entre lágrimas, Irene miró la figura amada del bisabuelo. De
Evangelina no volvieron a tener noticias.
De Marrakesch
viernes, 7 de junio de 2013
La interminable carencia. "Una mujer silenciosa" de Paulina Movsichoff- Hernán Lavín Cerda
Conocí a Paulina Movsichoff en 1980, si la memoria no me es infiel. Había llegado a México en 1978, luego de permanecer algún tiempo en Ecuador. La escritora nació en Argentina y vivió hasta 1982 en en el Distrito Federal: primero en Avenida Universidad y luego en Avenida Pacífico. Poco antes de regresar a Buenos Aires (actualmente vive en el barrio legendario de Boedo), obtuvo en 1981 el Premio Juan Rulfo por su primera novela "Fuegos encontrados". Esta misma novela obtuvo el Premio del Círculo de Lectores de Argentina en 1985 y se reeditó lujosamente. Los jurados fueron algunos novelistas de prestigio como Eduardo Gudiño Kieffer, Marta Lynch y pedro Orgambide, además de Isidoro Blastein y Oscar Hermes Villordo.
Volví a ver a Paulina (su abuelo vino de Odesa, aquel puerto en el Mar Negro, la vieja Ucrania) en el Museo Rufino Tamayo, durante la entrega de los premios Xavier Villaurrutia a los escritors Álvaro Mutis y Ernesto de la Peña, el 16 de febrero de este año. Fue una sorpresa encontrarme con la poeta y novelista argentina después de tanto tiempo: "No te puedes imaginar cómo deseaba volver a México, anque sea por unos días. He soñado con volver a este país donde pasé años tan felices; aquí creció mi hija Sol, aquí apareció mi primera novela, en fin. Esto del exilio ha sido terrible: estamos escindidos y creo que sin remedio; presiento que mi vida y mi escritura cambiaron en lo más profundo. Necesitaba venir de nuevo a México, casi de una manera compulsiva; quería otra vez ver sus paisajes, hablar con su gente, ver lo que están haciendo sus artistas. Me iré a Oaxaca; su luz, su transparencia, el ritmo de sus colores es algo muy difícil de olvidar..."
Antes de su regreso a Buenos Aires, Paulina Movsichoff me regaló un ejemplar de su libro más reciente, "Una mujer silenciosa", publicado en la capital argentina por Torres Aguero Editor, en enero de 1989. La edición es bella, está muy cuidada, y leí los textos en unos cuantos días. De inmediato pude apreciar cómo se ha desarrollado en su autora la estética del exilio, un exilio de ida y vuelta.
Recuerdo que Augusto Monterroso me lo advirtió hace más de quince años, cuando recién habíamos llegado a México: "No hay exilio en singular. Es una experiencia múltiple".
En los catorce cuentos de Paulina, como bien lo advierten los editores en la contraportada del volumen, hay "atmósferas, pequeños climas en que el yo parece expuesto, más que a fuerzas exteriores, a profundas y pertubadoras fuerzas internas. Historias que nacen de una fragilidad o de un delirio y en donde lo concreto y lo abstracto pierden sus contornos para producir una alucinada sensación de ambiguedad".
En los mejores textos de la escritora argentina, todo sucede bajo la línea de flotación del lenguaje, aunque éste no parece como un simple vehículo de transmisión al servicio de alguna idea preconcebida. Es justamente en el tejido- esa enigmática línea de sombra - donde habrán de constituirse las las atmósferas, más o menos densas, en cuyo interior deambulan los personajes como fantasmas, comunicándose no siempre a través de las palabras. Paulina Movsichoff proviene del sitema elítptico que, como sabemos, se reconoce en la poesía. Ella es oficiante del rito sagrado y, como tal, sabe dar en el blanco o desaparecer, esfumándose, cuando es preciso. Su universo de ficción es de intimidades y sutilezas, y sus personajes son figuras de identidad improbable: más bien espectros encarnados por medio del lenguaje, pero que han debido soportar el peso de la historia: olvidos de autodefensa, memorias a veces autodestructivas, pasiones transfiguradas en el recuerdo, guerras de ayer contra el indio, guerras de hoy entre casi todos, desapariciones, crueldades de signo político, erotismo imaginario como en aquellos personajes de Luis Buñuel en su película "El discreto encanto de la burguesía". Lo que estuvo a punto de ocurrir y no ocurrió: la estética del deseo jamás consumado. La interminable carencia.
En varios de los cuentos, el nudo de la tensión argumental se resuelve, fácticamente, mediante alguna información significativa que tiene la virtud de funcionar como una especie de luz que alumbra todo el texto en diferentes direcciones. Dicho de otro modo: la coda iluminante o el final sorpresa. En otros relatos, son las profundas y perturbadoras fuerzas internas las que van provocando la espesura psicológica y la densidad linguistica; no obstante, hay que señalar que la narrativa de Paulina Movsichoff no está orientada hacia el barroco latinoamericano de las úlitmas décadas. Para decirlo de manera general, su lenguaje pertenee a cierto coloquialismo que consigue eludir las tentaciones de la simple y devaluada imitación callejera; no hay en su escritura una copia fiel de los registros de la oralidad, sino más bien uan transformación artística a partir de dicha oralidad.
También deseo referirme, aun cuando sea fugazmente, al buen tratamiento que la autora le confiere - desde el punto de vista técnico - a sus narraciones. En líneas generales, hay una buena utlización de los monólogos interiores, así como de ciertos dialogos incorporados, a veces, a dichos monólogos; otro de los recursos técnico-estilísticos es el cambio de los puntos de vista del narrador (o de los narradores) per dentro de una misma cadena o bloque narrativo. Un tanto a la manera de Julio Cortázar, y como si fuese un fraseo jazzístico, a través de una velocidad que tiene que ver con el uso del polisíndeton o de las pausas breves marcadas por comas, se desarrollan algunos de los cuentos de Paulina Movsichoff. En ortos momentos, como en "Esos señores muy altos", el texto adquiere su propia esatura mediante el sutil manejo del punto de vista en los labios de una niña que, como si fuera un testigo inocente, descubre la persecución y el miedo de los adultos durante aquellos años terribles: "A mí lo mismo me gusta el campo, sobre todo esos días en que se nubla para llover y las hojas y las flores parece que cambiaran de color y hay un perfume que sube de la tierra, como de limones. También me encantan las luciérnagas y esos bichos más grandes, los tuco pan, papá me pilló uno la úlitma vez que estuvimos y me lo puso en una cajita de fósforos. Yo la abría de noche,cuando se dormían, y era como tener una linterna, una linterna viva, toda patas y alas y ojos." De pronto la visión de la niña cambia cuando surge la violencia desde el exterior: "Papá saca la llave para entrar en casa y de repente se pone pálido cuando ve a unos señores muy altos que esperan carca de la puerta. Están parados junto a un auto negro y entonces nos dice bajito y con una voz como de enojado vayan para adentro, rápido, pero nosotras no entramos nada, qué querrán esos señores que ahora agarran a mamá por el cuello, a mamá que lleva la botella de sidra y le dan un empujón para meterla en el auto. Ana se agarra de su pollera pero ellos la desprenden y la alejan, entonces las dos lloramos no se lleven a mamá y papá quiere defenderla y le pega una trompada al más alto, pero él saca una pistola como las de la tele y ahora a papá le corre sangre por la cara y lo empujan también adentro y se van rápidamente mientras Ana y yo nos quedamos en la puerta..."
Diremos, por último, que Paulina Movsichoff demuestra poseer una poderosa sensibilidad que, en sus mejores momentos, se convierte en literatura de alto nivel cuando se crea ese equilibrio básico entre lo sensible y la facultad expresiva. Tal fenónemo ocurre en varios de sus cuentos y, de modo muy intenso, en ese relato de progresiva alteración psicológica que da titulo al libro: "Una mujer silenciosa". Un texto de primera categoría: ¿fetichismo mayor? ¿sucedáneo buñuelesco o fellinesco? Inolvidable muñeca de plástico (más carnal que la carne misma), impasible ante los juegos eróticos de Juan Carlos, pero con la cualidad misteriosa de embarazarse lentamente. Dije alteración psicológica, pensando en Juan Carlos, pero empiezo a tener dudas. Creo que esa muñeca, que es el doble de Elvira, su mujer muerta, es aún más real que la propia realidad de la difunta del recuerdo.
Paulina Movsichoff. "Una mujer silenciosa". Buenos Aires, Torres Aguero Editor, 1989.
Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Vol. XLIV número 465 octubre 1989
Volví a ver a Paulina (su abuelo vino de Odesa, aquel puerto en el Mar Negro, la vieja Ucrania) en el Museo Rufino Tamayo, durante la entrega de los premios Xavier Villaurrutia a los escritors Álvaro Mutis y Ernesto de la Peña, el 16 de febrero de este año. Fue una sorpresa encontrarme con la poeta y novelista argentina después de tanto tiempo: "No te puedes imaginar cómo deseaba volver a México, anque sea por unos días. He soñado con volver a este país donde pasé años tan felices; aquí creció mi hija Sol, aquí apareció mi primera novela, en fin. Esto del exilio ha sido terrible: estamos escindidos y creo que sin remedio; presiento que mi vida y mi escritura cambiaron en lo más profundo. Necesitaba venir de nuevo a México, casi de una manera compulsiva; quería otra vez ver sus paisajes, hablar con su gente, ver lo que están haciendo sus artistas. Me iré a Oaxaca; su luz, su transparencia, el ritmo de sus colores es algo muy difícil de olvidar..."
Antes de su regreso a Buenos Aires, Paulina Movsichoff me regaló un ejemplar de su libro más reciente, "Una mujer silenciosa", publicado en la capital argentina por Torres Aguero Editor, en enero de 1989. La edición es bella, está muy cuidada, y leí los textos en unos cuantos días. De inmediato pude apreciar cómo se ha desarrollado en su autora la estética del exilio, un exilio de ida y vuelta.
Recuerdo que Augusto Monterroso me lo advirtió hace más de quince años, cuando recién habíamos llegado a México: "No hay exilio en singular. Es una experiencia múltiple".
En los catorce cuentos de Paulina, como bien lo advierten los editores en la contraportada del volumen, hay "atmósferas, pequeños climas en que el yo parece expuesto, más que a fuerzas exteriores, a profundas y pertubadoras fuerzas internas. Historias que nacen de una fragilidad o de un delirio y en donde lo concreto y lo abstracto pierden sus contornos para producir una alucinada sensación de ambiguedad".
En los mejores textos de la escritora argentina, todo sucede bajo la línea de flotación del lenguaje, aunque éste no parece como un simple vehículo de transmisión al servicio de alguna idea preconcebida. Es justamente en el tejido- esa enigmática línea de sombra - donde habrán de constituirse las las atmósferas, más o menos densas, en cuyo interior deambulan los personajes como fantasmas, comunicándose no siempre a través de las palabras. Paulina Movsichoff proviene del sitema elítptico que, como sabemos, se reconoce en la poesía. Ella es oficiante del rito sagrado y, como tal, sabe dar en el blanco o desaparecer, esfumándose, cuando es preciso. Su universo de ficción es de intimidades y sutilezas, y sus personajes son figuras de identidad improbable: más bien espectros encarnados por medio del lenguaje, pero que han debido soportar el peso de la historia: olvidos de autodefensa, memorias a veces autodestructivas, pasiones transfiguradas en el recuerdo, guerras de ayer contra el indio, guerras de hoy entre casi todos, desapariciones, crueldades de signo político, erotismo imaginario como en aquellos personajes de Luis Buñuel en su película "El discreto encanto de la burguesía". Lo que estuvo a punto de ocurrir y no ocurrió: la estética del deseo jamás consumado. La interminable carencia.
En varios de los cuentos, el nudo de la tensión argumental se resuelve, fácticamente, mediante alguna información significativa que tiene la virtud de funcionar como una especie de luz que alumbra todo el texto en diferentes direcciones. Dicho de otro modo: la coda iluminante o el final sorpresa. En otros relatos, son las profundas y perturbadoras fuerzas internas las que van provocando la espesura psicológica y la densidad linguistica; no obstante, hay que señalar que la narrativa de Paulina Movsichoff no está orientada hacia el barroco latinoamericano de las úlitmas décadas. Para decirlo de manera general, su lenguaje pertenee a cierto coloquialismo que consigue eludir las tentaciones de la simple y devaluada imitación callejera; no hay en su escritura una copia fiel de los registros de la oralidad, sino más bien uan transformación artística a partir de dicha oralidad.
También deseo referirme, aun cuando sea fugazmente, al buen tratamiento que la autora le confiere - desde el punto de vista técnico - a sus narraciones. En líneas generales, hay una buena utlización de los monólogos interiores, así como de ciertos dialogos incorporados, a veces, a dichos monólogos; otro de los recursos técnico-estilísticos es el cambio de los puntos de vista del narrador (o de los narradores) per dentro de una misma cadena o bloque narrativo. Un tanto a la manera de Julio Cortázar, y como si fuese un fraseo jazzístico, a través de una velocidad que tiene que ver con el uso del polisíndeton o de las pausas breves marcadas por comas, se desarrollan algunos de los cuentos de Paulina Movsichoff. En ortos momentos, como en "Esos señores muy altos", el texto adquiere su propia esatura mediante el sutil manejo del punto de vista en los labios de una niña que, como si fuera un testigo inocente, descubre la persecución y el miedo de los adultos durante aquellos años terribles: "A mí lo mismo me gusta el campo, sobre todo esos días en que se nubla para llover y las hojas y las flores parece que cambiaran de color y hay un perfume que sube de la tierra, como de limones. También me encantan las luciérnagas y esos bichos más grandes, los tuco pan, papá me pilló uno la úlitma vez que estuvimos y me lo puso en una cajita de fósforos. Yo la abría de noche,cuando se dormían, y era como tener una linterna, una linterna viva, toda patas y alas y ojos." De pronto la visión de la niña cambia cuando surge la violencia desde el exterior: "Papá saca la llave para entrar en casa y de repente se pone pálido cuando ve a unos señores muy altos que esperan carca de la puerta. Están parados junto a un auto negro y entonces nos dice bajito y con una voz como de enojado vayan para adentro, rápido, pero nosotras no entramos nada, qué querrán esos señores que ahora agarran a mamá por el cuello, a mamá que lleva la botella de sidra y le dan un empujón para meterla en el auto. Ana se agarra de su pollera pero ellos la desprenden y la alejan, entonces las dos lloramos no se lleven a mamá y papá quiere defenderla y le pega una trompada al más alto, pero él saca una pistola como las de la tele y ahora a papá le corre sangre por la cara y lo empujan también adentro y se van rápidamente mientras Ana y yo nos quedamos en la puerta..."
Diremos, por último, que Paulina Movsichoff demuestra poseer una poderosa sensibilidad que, en sus mejores momentos, se convierte en literatura de alto nivel cuando se crea ese equilibrio básico entre lo sensible y la facultad expresiva. Tal fenónemo ocurre en varios de sus cuentos y, de modo muy intenso, en ese relato de progresiva alteración psicológica que da titulo al libro: "Una mujer silenciosa". Un texto de primera categoría: ¿fetichismo mayor? ¿sucedáneo buñuelesco o fellinesco? Inolvidable muñeca de plástico (más carnal que la carne misma), impasible ante los juegos eróticos de Juan Carlos, pero con la cualidad misteriosa de embarazarse lentamente. Dije alteración psicológica, pensando en Juan Carlos, pero empiezo a tener dudas. Creo que esa muñeca, que es el doble de Elvira, su mujer muerta, es aún más real que la propia realidad de la difunta del recuerdo.
Paulina Movsichoff. "Una mujer silenciosa". Buenos Aires, Torres Aguero Editor, 1989.
Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Vol. XLIV número 465 octubre 1989
lunes, 3 de junio de 2013
"Fuegos encontrados" de Paulina Movischoff- Luis Ricardo Furlan
Precedida por el Premio "Juan Rulfo" para Primera Novela, nos llega desde México este libro de la escritora argentina Paulina Movsichoff. No dudamos en afirmar que la obra es representativa de nuestra raigambre nacional y que la autora se descubre con la singularidad, poco frecuente en esta época, de asumir el compromiso narrativo desde un tema que, por lo sustancialy anecdótico, refleja vertientes creadoras todavía escasamente exploradas. Sorprenden, de esta manera, la consolidación de la línea rgumental, la fluidez expresiva y el halo preceptible de nostalgia poética que afloran del texto.
En buena hora Paulina Mosichoff ha recurrido a nuestra historia para escanciar sucesos y dramas reveladores de que existen motivaciones suficientes para exaltar las peculiaridades de hombres y mujeres, sufridos en los vaivenes del tiempo y la memoria, coyunturales en sus actos inesperados, pero permanentes en cuanto a al indomable voluntad de los espíritus, acerados en deseperanzas y agonismos. En estas páginas, de lectura atrapante, la existencialidad de los seres consustancia arraigos y dramatiza efectos, válidos siempre.
Con seguro oficio y diestro lenguaje, Movsichoff relata las peripecias de los personajes de su historia, donde se cruzan, en variados planos, acontecimientos reales e imaginarios, paisajes ardientes y palpables, rasgos viriles, en fin, la corte de señales y símbolos propicios para que la obra constituya un verdadero modelo literario. Nada queda librado al azar sino a la orientación de la escritora, que surge de los párafos como una metódica hilvanadora de reminiscencias.
Hacía mucho tiempo que la literatura rgentina no encontraba cauces propicios para mostrarse en su alcance total. Esta novela es la afirmación de la tradición novelística que enraiza en el reencuentro del ser nacional. Y, para lograrlo, no ha necesitado Paulina Movsichoff otra cosa que retornar a las fuentes. En ellas abrevó para lograr que "Fuegos encontrados" la incorpore a la más auténtica legión de escritores argentinos y, por añadidura, latinoamericanos.
Con su primera novela, justamente premiada, Paulina Movsichoff atestigua la experiencia en una disciplina nada fácil, pero puede estar segura de que su estreno en el género tiene los más altos auspicios. Naturalemnte, también la responsabilidad futura le concierne. La literatura argentina está de parabienes.
Publicó Ediciones Tierra Adentro, México.
Comentario leído enla audición Biblioteca de Radio Nacional. 20 de mayo de 1982
En buena hora Paulina Mosichoff ha recurrido a nuestra historia para escanciar sucesos y dramas reveladores de que existen motivaciones suficientes para exaltar las peculiaridades de hombres y mujeres, sufridos en los vaivenes del tiempo y la memoria, coyunturales en sus actos inesperados, pero permanentes en cuanto a al indomable voluntad de los espíritus, acerados en deseperanzas y agonismos. En estas páginas, de lectura atrapante, la existencialidad de los seres consustancia arraigos y dramatiza efectos, válidos siempre.
Con seguro oficio y diestro lenguaje, Movsichoff relata las peripecias de los personajes de su historia, donde se cruzan, en variados planos, acontecimientos reales e imaginarios, paisajes ardientes y palpables, rasgos viriles, en fin, la corte de señales y símbolos propicios para que la obra constituya un verdadero modelo literario. Nada queda librado al azar sino a la orientación de la escritora, que surge de los párafos como una metódica hilvanadora de reminiscencias.
Hacía mucho tiempo que la literatura rgentina no encontraba cauces propicios para mostrarse en su alcance total. Esta novela es la afirmación de la tradición novelística que enraiza en el reencuentro del ser nacional. Y, para lograrlo, no ha necesitado Paulina Movsichoff otra cosa que retornar a las fuentes. En ellas abrevó para lograr que "Fuegos encontrados" la incorpore a la más auténtica legión de escritores argentinos y, por añadidura, latinoamericanos.
Con su primera novela, justamente premiada, Paulina Movsichoff atestigua la experiencia en una disciplina nada fácil, pero puede estar segura de que su estreno en el género tiene los más altos auspicios. Naturalemnte, también la responsabilidad futura le concierne. La literatura argentina está de parabienes.
Publicó Ediciones Tierra Adentro, México.
Comentario leído enla audición Biblioteca de Radio Nacional. 20 de mayo de 1982
miércoles, 22 de mayo de 2013
INTRODUCCIÓN AL TEATRO DE SÓFOCLES, de María Rosa Lida. Paulina Movischoff
Si
volviéramos los ojos a la cultura griega, a pesar del tiempo y del espacio que
de ella nos separa, veríamos no sólo la fuente de nuestra cultura sino también
el reflejo de cuanto nos preocupa a nosotros, mujeres y hombres de del siglo
XX. El hombre de hoy busca su esencia, se plantea problemas de identidad y de
conducta, se debate a veces sin rumbo, otras fabricando sus propias normas, en
un mundo irracional e incomprensible. Leyendo a los griegos no podemos menos
que admirarnos al ver cómo ellos plantearon los mismos interrogantes, cómo
sintieron y pudieron representar de una manera admirable sus sentimientos, en esa forma
de expresión llamada “tragedia”.
María Rosa
Lida, investigadora de fama internacional, nos acerca ahora a Sófocles, un
trágico por excelencia.
Por la
amenidad y sencillez con que expone, esta obra no sólo es una ayuda para el
especialista, sino también un puente para que el profano penetre y se
entusiasme en este ámbito en el que el hombre de hoy pueda encontrarse y reconocerse.
Y éste es el rasgo que señala a los clásicos: su arte es arte universal. Para
decirlo con las propias palabras de la autora: “Por eso, en la economía del
arte clásico se descubren sentidos tan densos, y lo que se dice acerca de tal o
cual héroe… despierta eco perenne y se cumple tan hondamente en cada
individuo.”
A medida que
recorremos la obra nos encontramos con los rasgos característicos del poeta: su
humanismo, su realismo riguroso, su desconcierto ante los inevitables designios
de los dioses.
En sucesivos
capítulos analiza tres de sus tragedias más representativas: Antígona, en donde las fuerzas del
Estado se enfrentan con la libertad del individuo. Filoctetes con el tema de la enfermedad, que degrada al hombre y el
de la necesidad de conocerse a sí mismo encarnada en Neptólemo. Edipo rey en donde el hombre sucumbe
bajo un fatalismo inexplicable, pero es grande en su miseria y magnánimo en la
adversidad. Nos muestra asimismo la ceguera de nuestros actos y de nuestro
verdadero ser, simbolizada en la vista y la ceguera de Edipo. Sófocles nos hace
ver, pues, la realidad tal como se presenta: ciega, oscura, incomprensible, sin
pretender explicarse o explicarnos. De allí el valor moderno de las tragedias.
En este exhaustivo análisis de María Rosa Lida, entra también la forma, que no
puede desgajarse del contenido sino que con él crea una unidad de fuerza y
significado. Nos recreamos con fragmentos en los que nos da su propia
traducción, fiel a la poesía de su lengua original.
La Introducción al teatro de Sófocles es
una obra que penetra profundamente en el alma de un poeta, sin duda porque su
autora lo conoció y amó y por sobre todo porque demuestra estar animada del
mismo humanismo, de la misma emoción por los asuntos de los hombres.
Comentario realizado para "Biblioteca de Radio Nacional" en agosto de 1971
martes, 21 de mayo de 2013
LA MARQUESA DE ROSALINDA de José del Valle Inclán- Paulina Movsichoff
En los
artículos en que aborda su obra, Valle Inclán se presenta como esencialmente
lírico. “Poeta ultralírico – dice- no creo, sin embargo, en lo sobrenatural; en
mi obra he procurado únicamente hacer jardín y hacer valle; y entiendo que unos
colores, unos sonidos, unas claridades de esta vida son más que suficientes;
las armonías, las melodías, he ahí todo; Dadme siempre una mujer, una
fuente, una música lejana: rosas, la
luna – belleza, cristal, ritmo, esencia, plata – y os prometo una eternidad de
cosas bellas.” Estas palabras pueden ser la llave que nos introduzca en esta
pequeña obra donde la belleza y el ritmo se unen a la caricatura, precursora de
los “esperpentos”, en donde la palabra es música, color, sugerencia. En donde
el gusto por lo exótico se entremezcla y se impregna con lo auténtico español.
La marquesa Rosalinda se vincula
con la etapa modernista de Valle Inclán.
Vemos pasar la sombra de Darío en sus personajes. Marqueses y abates, en el
paisaje versallesco, cisnes y lagos, jardines de ensueño, lunas plateadas. La
obra es, además de esto, una sátira en donde las criaturas humanas alternan con
figuras de fantasía: Arlequín, Pierrot, Polichinela. Todo esto en un conjunto
de frivolidad, ligereza y ritmo que contribuyen a acentuar la estructura de
verso y la variedad de la rima. La obra es denominada por su autor como farsa
“grotesca”. En ella se narran los amores de la Marquesa Rosalinda con Arlequín,
todo envuelto en una atmósfera de humor y romanticismo, de preciosismo y
caricatura. “En el jardín métrico de mirto y ciprés / con cisnes y rosas. La
decoración/ clásica, del siglo dieciocho francés, que amaba la corte del primer
Borbón”. Y más adelante: “Traviesas
meninas del cortejo real/ con polichinela tejen un dancil./ Promueven las risas Babel de cristal, / suena la joroba
como un tamboril”. Un deleite sensual se desprende de la descripción de los
trajes: sedas, puntillas, gayas plumas, brillo de joyas. En la descripción del
paisaje en donde abundan las sinestesias, las sensaciones cromáticas,
auditivas, táctiles: onda que gime, rosas frescas, fronda que tiembla con rumor
de raso. Sus personajes son a la vez humanos y caricaturescos, hay un sentido
del honor español envuelto en un halo de pirueta y burla, de farsa y dolor. La
marquesa de Rosalinda, publicada esta vez por Editora Nacional de Madrid,
implica un esfuerzo por captar la subjetividad de las cosas, la música, el
color y sonido de las apariencias, una peculiar manera de abordar el mundo, y
presentarnos sus criaturas en la ficción.
Comentario leído en la audición BIBLIOTECA DE RADIO NACIONAL- 27/ 4/ 71
domingo, 19 de mayo de 2013
Rosario Castellanos y Nahum Megged. El largo camino a la ironía- Silvia Cherem S.
por
Silvia Cherem S.
La mañana del 7 de agosto de 1974, Nahum Megged y Raúl Ortiz, los
dos amigos más cercanos de Rosario Castellanos, recibieron una llamada
inesperada. Era Rosario desde Israel, donde era Embajadora de México, gozosa de
informarles que el presidente Echeverría la había invitado a viajar al DF para
participar en una reunión de mujeres destacadas. Aseguraba que de inmediato
tomaría el vuelo de Tel Aviv para estar al fin “todos juntos”: su hijo Gabriel,
quien estaba en esos días en México, Raúl, Nahum y ella, que tanto extrañaba la
tierra que la vio nacer.
Ninguno de los cuatro imaginó que tan sólo unas cuantas horas
después estarían “juntos”; los tres primeros desfigurados de tanto llorar ante
el féretro de Rosario. Esa misma tarde, María del Carmen Millán, Directora de
Canal 13, crítica literaria y amiga de la escritora, llamó a casa de Raúl,
donde vivía temporalmente Nahum, para avisarles que Rosario había muerto,
víctima de una descarga eléctrica fulminante al conectar una lámpara. No le
creyeron. Tan sólo unas horas antes, escucharon su alegre voz, su añoranza de
futuro. Si no contestaba en su casa, era porque seguramente venía ya
sobrevolando el Atlántico. Fue Emilio Rabasa, entonces Secretario de Relaciones
Exteriores, quien confirmó el trágico deceso.
Para Nahum Megged, condecorado en 1994 con la Orden Mexicana del
Águila Azteca, la máxima distinción que otorga el gobierno de México a
extranjeros prominentes, y a quien Miguel Ángel Asturias se refería como su
alter ego o su nagual, sólo quedaría el entrañable recuerdo de una amistad sin
paralelo. En su amiga Rosario Castellanos, encontró un nuevo espejo donde
mirarse. Fue ella, con su sabiduría ancestral, quien lo incitó a hallar su
“alma vieja”, su origen trashumante que le ha permitido deambular entre la
certeza de su orgullosa nacionalidad israelí y la sabiduría reencarnada del
mundo indígena y chamánico. Y fue él, y su Jerusalén adorada, quienes liberaron
a Rosario. Decía ella que “dejó sus piedras, es decir la carga de su vida, en
Jerusalén, la ciudad que le permitió liberar su pluma”.
Nahum, quien escribió Rosario Castellanos. Un largo camino a la
ironía, dice: “Rosario vivía perseguida por la violencia de su destino, se
sentía presa de su condición de mujer y, sobre todo, del presagio que la
condenó a morir desde que era una niña. Se sabía condenada. Sumisa por decreto,
llegó a Israel esperando su sacrificio, como lo hacía desde niña cada mañana;
pero, para su sorpresa, allí se liberó del yugo. Fue feliz, fue mujer, y creó
con la libertad que jamás lo había hecho”.
En Israel, de 1971
a 1974, Rosario logró vencer el miedo, despertó una
nueva voz en su poesía y escribió El eterno femenino, su primera obra teatral,
en donde fue capaz de burlarse de su género. La paradoja, sin embargo, fue que
justamente cuando había hallado la paz, en un país que sobrevivía entre
guerras, el destino arremetiera finalmente en su contra.
“En Israel cerró su círculo, un círculo sagrado. Ahí transitó de lo trágico a la risa
liberadora, fue su largo camino a la ironía”, señala Megged, catedrático en
literatura y antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, un experto en
culturas indígenas y quien aprendió de la mano de Miguel León Portilla a leer
los códices precolombinos.
Una amistad
entrañable
Nahum y Rosario se conocieron en 1971. Rosario, en proceso de
separarse de Ricardo Guerra, el único hombre de su vida (“virgen a los 33 años”
dice en Poesía no eres tú), viajó a conocer Israel. Nahum fue su guía,
los ojos que le permitieron enamorarse del Estado. Era Director interino del
Departamento de Estudios Españoles y Latinoamericanos de la Universidad Hebrea
de Jerusalén, estudioso del mundo indígena mágico, y uno de los más destacados
especialistas en la obra de Miguel Ángel Asturias. Desde el primer momento se
identificaron, los unía la erudición literaria, el humor irónico y la llana
sensibilidad, y muy pronto Nahum
llegaría a ser “el más querido de mis amigos en Israel”, como tantas veces
escribió de él Rosario.
“Fue un encuentro fulminante”, dice Megged, apodado por sus amigos
colombianos “el filósofo hebreo” por su capacidad quijotesca para escuchar y
conciliar intereses. Las anécdotas de Nahum son numerosas, pero quizá ninguna
tan memorable como aquella que aconteció cuando él aún no cumplía 25 años y
emigró temporalmente a Colombia para ganarse la vida como maestro de una
preparatoria. Corría 1960 y, recién desempacado, quiso celebrar la
Independencia de Israel con la presencia del gobernador, el arzobispo, el
comandante de las fuerzas armadas, y representantes de las distintas
religiones. Parecía un sueño adolescente, pero con la ingenuidad y el corazón
abierto lo logró sin chistar (- “¿Tiene usted cita con el gobernador?”-, le
preguntaron. – “No” – respondió sabiendo que ni siquiera lo conocía -, “pero seguramente se alegrara él de verme”.)
Al poco tiempo, ya estaba
arreglando problemas entre católicos y protestantes, gozaba de la amistad del
sacerdote guerrillero Camilo Torres a quien le enseñaba palabras en hebreo, del
Arzobispo de Medellín Tulio Botero Salázar y del Comandante de la Tercera
Brigada. Para 1963, cuando Colombia estaba inserta en una cruenta guerra civil,
Nahum regresó a Israel. ¡Cuál no fue su sorpresa cuando la gran Golda Meir, a
quien tampoco tenía la suerte de conocer, lo mandó llamar en 1967! El Arzobispo
de Medellín y el Alcalde le habían mandado una carta, firmada por un sinfín de
personalidades colombianas, rogándole que de inmediato mandara a Megged como
embajador de Israel en Colombia porque “era el único con la capacidad para
hacer la paz”. Nahum, ajeno a los
rigores de la vida diplomática, se sintió halagado y, aunque fue innumerables
veces a Colombia como pacificador, desdeñó el cargo de embajador. Prefirió
continuar sus estudios sobre temas bíblicos, religiosos y literarios en la
Universidad Hebrea de Jerusalén, y su tesis doctoral sobre Asturias.
En aquel encuentro en 1971, Nahum le prometió a Rosario, comenzar a
leer su obra: Balún Canán, Oficio de tinieblas y Ciudad Real,
así como Álbum de familia y Mujer
que sabe latín, aún sin editarse. Durante casi un año, se cartearon.
Rosario estaba recién separada de Guerra: “contraje un matrimonio monoándrico
por mi parte y totalmente poligámico por la parte contraria” (cita Megged una entrevista que le hizo Elena
Poniatowska a Rosario, en Un largo camino a la ironía), y con el ánimo
de darle un respiro a su vida, le pidió a Emilio Rabasa que le otorgara el
cargo de Embajadora de México en Israel.
“Nadie entendía nuestra amistad, una cercanía de corazones, no de
cuerpos – recuerda Nahum–. Ella intimidaba conmigo de lo que sentía, de lo que
vivió. Mi mujer decía que no se encelaba, sólo porque lograba entender el
entrañable cariño y la enorme admiración que nos unía. Por su inteligencia
brillante, su humildad y su humor fresco, me prendí de Rosario, como en algún
momento lo hice con Asturias”.
Cuenta Megged que Rosario se ganó el corazón de los israelíes desde
el primer momento. Comenzó dando clases de cultura mexicana en la Universidad
Hebrea de Jerusalén, y su nombre figuraba constantemente en emisiones radiales
y conferencias en los que expresaba su gozo de vivir en Israel. “La recibían con euforia de heroína. Los
periódicos le dedicaban programas y titulares, y quien la conocía, la adoraba
por su simpatía e inteligencia”, dice.
En 1972, Miguel Ángel Asturias, ya Nóbel, fue invitado a Israel y
Nahum organizó los encuentros entre sus dos lealtades: “los dos reyes magos
mayas”. Estuvieron juntos en Tel Aviv y
en Jerusalén, y según cuenta Megged, Asturias se mostraba inquieto por conocer
la opinión de Rosario en torno a sus ponencias. Eran tiempos de las protestas
en contra de la guerra de Vietnam y las aulas de la universidad estaban
desbordadas de la agitación de los jóvenes.
Megged fue quien tradujo la poesía de Rosario al hebreo, misma que
ella pudo escuchar en una velada con escritores en Jerusalén, cuando recibió el
Premio Sourasky. “La paz israelí”, decía ella, le permitía olvidar el presagio
de su muerte.
El implacable
destino
En Balún Canán, por el que
ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 1958, Rosario Castellanos alude en
lenguaje simbólico a su dolorosa niñez y a la condena a muerte que cargó como
un lastre, lesionando irremediablemente su autoestima. El cacique César, su
padre, a menudo se enfrentaba a las rebeliones y amenazas de los indígenas
chiapanecos, hartos del injusto e inhumano trato que les propinaba. Como buen
terrateniente se mostraba impermeable ante cualquier reclamo, hasta que un
tzotzil lo cimbró clavándole en el vientre una maldición: “uno de sus hijos,
tendrá que morir”.
Ese presagio penetró en el pensamiento mágico de la familia
Castellanos. Rosario y su hermano, con el pánico a flor de piel, comenzaron la
guerra de supervivencia y en sus juegos exteriorizaban el deseo de que fuera el
otro quien muriera. Su madre, presa del mismo ánimo supersticioso, caía en
constantes depresiones y, como “remedio”, en aquellos tiempos de persecución
religiosa, decidió someter a sus hijos a los baños de pureza de la Iglesia:
primera comunión, rezos y devoción fanática para liberarlos de “las brujerías
de los indios”. Nada servía, sin embargo, para exorcizar el miedo.
Cuenta Nahum que Rosario le confesó que su madre, una joven mestiza,
en un momento de franca desesperación tomó a sus dos pequeños de la mano, salió
a la calle y decidida emprendió la marcha tocando de puerta en puerta. A quien
abría le gritaba: “¿Verdad que no es verdad?” Para luego añadir: “Y si es
verdad, ¿cierto que no será el varón?”
Rosario fue elegida por su madre
para morir. Cargó desde niña con el humillante lastre de ser mujer: esclava,
inferior, condenada. Decía que comenzó a escribir poesía cuando se vio al
espejo y lo encontró vacío, y que sólo exorcizaba a sus fantasmas cuando
lograba convertirlos en expresión estética. Se sentía negada por su feminidad,
y cada amanecer imaginaba que quizá ese día hallaría finalmente el sitio y la
hora esperados.
Su hermano fue, sin embargo, el elegido por el destino. Murió de peritonitis
a muy temprana edad y Rosario jamás se repuso de haber sobrevivido, de haber
deseado su muerte. Se abrumó de soledad y culpa, hasta que, afirma Megged,
llegó a un país elegido para la muerte, un país amenazado por todos sus
vecinos, un país en el que logró ella fundir su micro historia con la realidad
de un pueblo que también sobrevivía entre soledad, dolor y culpa.
“Ella, igualmente soñadora,
comprendió nuestra tragedia como israelíes: vivimos una muerte sin fin en la
búsqueda de una vida sin fin”, dice.
Cuenta Megged en Un largo camino a la ironía, que Elena
Poniatowka, amiga de ambos, al tratar de captar la identificación de Rosario
Castellanos con Israel, decía que: “Rosario llegó a un país que en cierta forma
se parecía a ella: dolido, pequeño, inteligente, expuesto a todos los vientos”.
Rosario calificó más de una vez su estadía en Israel como los “mejores años” de
su vida, y así lo decía porque ahí logró liberarse de la costra de orfandad. Se
sintió orgullosa de ser mujer, de su capacidad para crear no obstante sus
heridas (“prefiero una que otra cicatriz, a tener la memoria como un cofre vacío”, escribió en Poesía no eres tú).
Desde Israel escribía poesías,
cuentos y su columna en Excélsior, que sólo silenció cuando estalló la Guerra
de Yom Kipur en 1973. Decía que no podía escribir mientras “los suyos” se
estuvieran muriendo. Nahum, por amor a su patria, fue al frente. Podía haberlo
evitado porque su único hermano había ya muerto en combate y el código militar
lo eximía de servir. Herido en la columna y sin poder caminar, regresó
intempestivamente. Rosario, por mera intuición, le llamó ese mismo día. El
teléfono timbró cuando apenas abría la puerta de su casa: “¿Nahum, estás bien?
¿Y tus pies?”
¿Cómo podía ella saberlo? Sus pies estaban heridos, uno inmóvil.
Aunque la información pública era que se había caído de un camión, la verdad
era que en el frente egipcio un mortero lo había hecho volar por los aires.
Sobrevivió de milagro. Escribió en Excélsior que Nahum sarcástico le respondió:
“¿Mis pies? Espérate que los estoy contando”. Una hora después de aquella
llamada, Rosario ya estaba en Jerusalén. “Tenía una percepción mágica –señala
Megged-. Decía: ‘no creo en brujos, pero de que los hay, los hay’.”
Aunque Rosario vivía en Herzlya y Nahum
en Jerusalén, a diario estaban juntos desarmando el rompecabezas de sus vidas:
“Ella insistía a menudo que ahora sí quería vivir, eludir la muerte. No se
sentía ya negada ni como mujer, ni como escritora, hija o hermana. En broma
decía: ‘lo ideal sería que un israelí me proponga matrimonio para poder
quedarme aquí’.” Dejaba atrás el diálogo sordo, la condena de ser “Rosario
Soledad”, como dice Nahum que la llamaba uno de sus alumnos.
Aunque se había transformado, su destino resultaría implacable.
Rosario, a quien Héctor Azar llamó “una bola de cristal bajo el pie de los
caballos”, cumplió con su legendaria sentencia aquel 7 de agosto de 1974. En ese presente nuevo en el que –según cuenta
Megged- al fin se sentía segura, feliz e
iluminada, el destino golpeó a su puerta para dejar la oscuridad. Conectó ella
la pequeña lámpara que compró en la Ciudad Vieja, estaba lista para partir.
Quería dotar de luz su equipaje. Ni su
chofer, que estaba a su lado, ni nadie, pudieron arrancarla de aquel sino
fulminante.
En Poesía no eres tú
ella intuyo su muerte: “Yo no voy a morir de enfermedad/ ni de vejez de
angustia o de cansancio”. Para luego
añadir la presencia de aquella “ciega lámpara”: “Ya no tengo más fuego que el
de esta ciega lámpara/ que camina tanteando, pegada a la pared/ Si muriera esta
noche/ sería solo como abrir la mano/ como cuando los niños la abren ante su
madre,/ para mostrarla limpia, limpia de tan vacía.”
Rosario Castellanos concibió
la esperanza como una lápida. Llegó a México fulminada para cerrar
repentinamente, con exactitud y perfección, su periplo de vida. Aquella mujer
elegida para la muerte, falleció a los 49 años, en aquel momento en que la
crisálida rompió el espejismo del sacrificio y logró liberarse de la condena de
mutilación y ostracismo.
Finalmente se llenó de luz. Es Rosario Castellanos un símbolo no
sólo de virtud literaria, sino también de fortaleza femenina. Rosario, quien a
lo largo de la vida concibió lo femenino como una condición de inferioridad,
exigencia de sumisión obligada y “tributo de la especie”, logró sobrevivir y
convertirse en un modelo que irradia sabiduría. “Mujer, esencialmente mujer”,
dijo a su muerte Agustín Yáñez.
“Rosario – concluye Megged- , fue un gigante que supo reír: para
ella la risa era una forma de liberación y, con ella, supo convertir el dolor
en fina ironía. Logró tocar el abismo, y escalar la cúspide. Rosario fue una
hoguera en pleno campo, una toma de conciencia, un despertar, una materia que
arde. Solo vino a que la conociéramos aquí sobre la tierra y regresó muy pronto
a la casa del sol. Solo vino a dejarnos su risa, sus flores, y su canto de
filosofía náhuatl, de tierra lavada por el agua...”
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