sábado, 15 de octubre de 2011

Fuegos encontrados- Paulina Movsichoff (fragmento)


Los días de Lemunano ya se han roto. No subirá la montaña florecida con la mirada centelleante por la miel del Kaichán, ni sus oídos escucharán el clamor de los atabales. Los días de Lemunao ya se han roto, a pesar de que los hombres aún esperan que el brazo de su jefe los conduzca por la marejada de chuzas, que su voz levante una vez más el árbol de la victoria. Pero Lemunao tiene el cuerpo frío y la mirada lejana. Quizá el espejo de su memoria refleje todavía la cabellera de una mujer y sus manos desanuden la trenza de su risa. Quizá todavía lo estremezca un antiguo clamor, una polvareda de delirios. El son de los cultrunes acompaña ahora la salmodia triste de las mujeres que no quieren mirar esas manos aferradas a la muerte, su raíz cortada por el filo del dolor. Vanas lanzas tiemblan en la noche. Un venado corre, atravesando el viento.
El canto de la Machi sube, pausado y melancólico, chau, kusche ngéime, mileum mi wenapú meu, el demonio alzó sus torbellinos a tu paso, el demonio te ha derribado. Entonces Lemunao se incorpora y su mirada recorre la penumbra del toldo. Se detiene ante el nuevo, ante aquel que un día llegó y fue su hijo. "Te llamarás Huaquinpán", le dice, "mi lucha hasta el final llevando. Desde el principo estando Huaquinpán defendiendo la tierra, hasta el final luchando. La destrucción llegando. La tierra siendo nuestra, nosotros creciendo en ella como quien planta un árbol, los intrusos siendo ellos, más allá del mar viniendo. Triste siendo".
El cuerpo es colocado en la huaca. Descansará en la ladera de un médano, a la sombra del piquillín. El fürufü- hué vendrá todas las tardes a entonar en su tumba la canción de la brisa.

El mensajero entregó su quipu y explicó: "ésta es nuetra señal: hay que deshacer un nudo cada día. Cuando quede uno solo se hará la junta". Huaquinpán esperó, paciente, la respuesta. Sentado en un tronco de caldén escuchó: "dicen que habrá guerra, pues; acabaremos con los huincas".
Fueron llegando, de todos los rumbos. Pasaron delante de Huaquinpán, la mirada de fuego, la frente de piedra. Larga fila lo rodea. Huaquinpán hace un signo con la cabeza y todos bajan de las cabalgaduras, despojándose de sus mantas. Sólo él permanece erguido en el caballo, auscultando el horizonte. De pronto exclama: "¡Ya" y comienza a oírse el clamor. La tierra parece retumbar. Sólo entiende el grito agudo; avanzan corriendo en fila cerrada cimbreando las lanzas, haciendo maniobra de combate. El grito estremece el aire, se eleva por encima del polvo, se reparte a todos lados. Uno de ellos se acerca y saluda al Gran jefe. Detrás, las manos atadas con sogas, viene el blanco. Fue la noche anterior, al amparo de las sombras, cuando lo capturaron. Huaquinpán se dirige a los suyos después de estudiarlo largamente: "ya hemos capturado el toro, hoy celebraremos el nguillatún".
El prisionero es atado al algarrobo. Los gritos no han cesado. Una extraña danza, agónica, ebria de vengaza, va rodeando su cuerpo, que ya no resiste. Sabía a lo que se arriesgaba cuando trató de convencer a los indios de que pactaran con el enemigo.
La Machi permanece inmóvil, los brazos extendidos. Su ayudante va hacia el blanco y le arranca el corazón. El fuego lo recibe después de que los hombres untan la lanza con su sangre. La machi traza un círculo en el fuego, clavando en el centro la varilla. Dibuja el caballo, dibuja la perdiz, dibuja el toro, dibuja el puma, dibuja el buitre. Luego desata su danza. Cuando le presentan el corazón clavado en la punta de las chuzas, Huaquinpán piensa: "Ya nada podrá detener al gran malón". Él sabe de los proyectos de los huincas. La paz con ellos no es posible desde que sus mensajeros le avisaron de la última invasión. Hoy es el día en que un solo nudo queda en el quipu. Cuando la noche se arrodille ante el gran sol, cuando la luz abra un camino en su sueño y en el de los suyos, irán por el rumbo que la Machi señale, soplando el humo de su pipa. Demostrarán que no es fácil vencerlos, quitarles esa tierra donde una vez los arrinconaron.
El día de la guerra ha comenzado. Huaquinpán es el primero em montar. Los demás lo siguen y en su galope hay una decisión inquebrantable. No tiene tiempo ya de pensar en el rostro manso de Casiana enseñándole los nombres de los pájaros mientras despliega la ropa sobre las piedras del río, ni en el cuerpo moreno de la María Salomé hablándole el lenguaje de la ternura. No tiene tiempo de pensar en nada pues allí, más allá de los médanos, detrás de la mole rocosa, está el enemigo. Volverá cansado, los ojos brillantes de victoria. Y sentirá en su cintura el calor de una manos de niña, que se le tendieron en medio del griterío y del fuego pidiéndole ayuda.


Fuegos encontrados. Editorial Tierra Adentro, México, Editorial Círculo de Lcetores, Buenos Aires, Editorial Tierra Adentro, Bueno Aires y próximamante en San Luis libro, Colección Bicentenario, San Luis.

martes, 13 de septiembre de 2011

"Las fábulas del viento" de Paulina Movsichoff- Márgara Averbach


Esta segunda novela de la joven escritora Paulina Movsichoff nace en un territorio que media entre la historia y la magia. Las fábulas del viento explora el espacio de la guerra entre federales y unitarios desde la perspectiva federal de la Argentina distinta y secreta de los pequeños pueblos de provincia.
El relato entero está centrado sobre todo en el sentimiento del pueblo chico y en su geografía: un tapiz de personajes cuyas vidas se cruzan y se tocan como hilos, sin perder por eso su sentido propio y su soledad esencial. En ese universo, los caudillos, bandidos, maestros y sus mujeres hilan sus horas en un silencio que también tiene su grito.
Este espacio de pagos une los episodios cortos y aparentemente dispersos en un ritmo intenso y lento al mismo tiempo, como el de las siestas del verano. La historia de esos hombres y mujeres corre hacia un final en el que, por primera vez, como si se descorriera un telón, los dos protagonistas, Ramiro y Matilde, encuentran una voz propia, más íntima y no menos desgarrante que la del narrador anterior.
Esta historia de encuentros y exilios está dicha en una prosa que incorpora la magia de la novela latinoamericana, sus milagros, sus iniciacones y sus desiertos terribles y vacíos. En esa prosa viven los habitantes del pueblo, cada uno inmerso en su propia lucha.
Como corresponde al siglo pasado, las luchas de los dos sexos están separadas: la de los hombres es la de las armas, la política, el estudio; la de las mujeres, la de la espera. De las dos, la espera es la más despiadada, la más sola, y estas mujeres hacen el mundo casi en mayor medida que sus hombres. Se sientan durante años junto a los mismos rostros y siguen esperando sin razón, sin sentido. Es una espera empecinada, absurda incluso y, por eso mismo, valiente y fértil. En realidad, en ese estado de hacer, no haciendo, se encierra la fuerza de esta novela, que habla sobre todo de los pueblos del sur y de su paciencia.

Clarín. Cultura y Nación, 1987.

jueves, 23 de junio de 2011

Novalis




Estábamos allí, en ese bar de Rivadavia, apenas separados por la blanca superficie de la mesa. Decidimos instalarnos en la vereda, justo enfrente del parque y el resplandor inasible del otoño acariciaba los árboles. Todo parecía envuelto en una luz de sueño, leve y brumosa. La idea del encuentro partió de él, de Julio. Yo contemplaba esa mirada atenta y a la vez recogida, esos ojos a los que parecía nada podía escapársele, ni siquiera lo que se agitaba en mi interior, las manos finas de pianista, la sonrisa casi permanente dejando al descubierto esos dientes separados que le daban un aire de palpitante adolescencia.
Llegó puntual y, luego de charlar un rato en el living de mi casa, le propuse caminar. Accedió encantado. "Hace tanto que no recorro Almagro", me dijo. "Las calles de París no tienen ese qué sé yo de las de acá" sonrió, mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero. Tomamos por Quito. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una sombra tersa y la brisa parecía conversar con cada una de las hojas, con los viejos troncos que nuestros pasos iban dejando atrás. Las calles estaban solitarias y la luz color miel nos contenía como un agua silenciosa y frágil.
En el trayecto él se explayó en mis cartas, en ese proyecto de tesis que le comenté en una de ellas sobre la influencia del surrealismo en su obra.
Fue una amiga, escritora también, quien me proporcionó el teléfono del hotel donde se alojaba. Marqué, no sin nerviosismo. Luego de que le contara el motivo de mi llamado, me propuso que nos viéramos. "La charla es a las ocho. Todavía tenemos unas cuántas horas", dijo con voz tranquilizadora. Y ahora allí a su lado, escrutando su larga figura, su andar pausado, me preguntaba si todo no sería sólo un sueño.
Llegamos al parque y lo atravesamos en silencio. Sin darnos cuenta, pronto estuvimos en el sector de los libros. Se sumergió en ellos con el entusiasmo de un chico. De pronto sus largos dedos extrajeron uno, que no tardó en mostrarme. Eran Los Himnos a la noche, de Novalis. Lo compró de inmediato. "Hace tiempo que lo andaba buscando. La versión alemana se me ha extraviado. Pero igual me gustará releerlo en español". Ya en el café se explayó en hablarme del poeta alemán, del cual yo conocía sólo el nombre. Me instruyó de su concepción de la poesía como la realidad mágica del sueño, en la que éste se convierte en realidad y la realidad en sueño. Me habló de la novela, ese gran proyecto que la muerte le impidió terminar — murió de tuberculosis, como buen romántico — me aclaró. La novela trataba de un poeta medieval que se lanza en busca de la flor azul, símbolo de la belleza, de la felicidad y las ilusiones inalcanzables. Abrió una página al azar y leyó: Amada llegas / la noche ha venido ya / se ha consumido el día. Nos quedamos un rato en silencio y de pronto le propuse, no sin vencer mi timidez, una entrevista más larga, editar un libro con nuestras conversaciones. Accedió, con esa sencillez que me demostró en todo momento, como si él, Julio Cortázar, no fuera uno de los más grandes escritores argentinos sino un autor incipiente, feliz de ser estudiado, reconocido. "Te vienes en el verano, cuando mis tareas en la UNESCO me permiten un respiro". Y concluyó, apretándome levemente el brazo: "Te gustará Saignon". La sensación de irrealidad volvió a asaltarme. A eso de las siete nos despedimos. Él se inclinó y, luego de decirme: "Ha sido un verdadero gusto", me rozó levemente los labios.
El timbre del teléfono me sobresaltó. Contrariada, salté de la cama. Hubiera deseado quedarme allí, detenerme en la modorra gozosa de aquel encuentro con mi amado Cortázar, cuya imagen me miraba constantemente desde el afiche colocado con chinches en la puerta del placard. La sonrisa mansa parecía querer comunicarme algo inaprensible para mí.
La voz de Marcela: "¿Dormías?" "Sí, Te llamo luego. Disculpame." Y luego correr nuevamente a la cama a cerrar los ojos y tratar de revivir, de rescatar algo de aquella imagen, las hilachas que quedaban en aquel naufragio del despertar. Mi corazón se aceleró cuando, al acercarme, distinguí el pequeño bulto sobre la sábana. Nada había dejado en ella. Pensé con susto en un insecto, alguna de esas mariposas nocturnas aplastada sin duda por el peso de mi cuerpo dormido.
Y ahora, sentada junto al ventanal por donde la luz de la mañana se cuela como un río dichoso, acaricio con lenta delectación el nocturno aterciopelado de mi flor azul.


Marraquech y otros cuentos

miércoles, 22 de junio de 2011

miércoles, 1 de junio de 2011

“Es un lío ser pionera, porque después te olvidan”. Entrevista a Paulina Movsichoff


Por Sofía Zavala

La escritora puntana habla de su carrera y de sus estudios sobre la mujer. Dice que se siente latinoamericana y que debe pagar caro por su espíritu pionero. Critica al mundo editorial y cuenta su experiencia profesional durante su exilio en Méjico.

Paulina Movsichoff todavía conserva una leve y pulida tonada puntana, uno de las tantas huellas que le ha dejado su San Luis natal. Escritora reconocida en México y Argentina, ella se define como una pionera en todo lo que ha hecho, aunque le toca vivir día a día las consecuencias.
- ¿Qué es lo que más te atrae de la Feria del Libro?
- Disfruto muchísimo de la Feria. Me encanta todo lo que tenga que ver con mi vocación, que es escribir. Siempre trato de participar, ya he venido algunas veces con la editorial Colihue, otras con la provincia de San Luis, también en algunas mesas redondas de poetas. Me acuerdo de una actividad muy bonita que me tocó organizar mientras trabajaba en lo que solía ser La Biblioteca de la Municipalidad de Buenos Aires. Se trataba de un panel sobre la mujer que se llamaba Un Cuarto Propio, en honor a Virginia Woolf, quien decía que para ser escritora una tiene que tener una renta y un cuarto propio. Hicimos una mesa redonda con distintas escritoras que contaban sus experiencias.
- El rol de la mujer está muy presente en toda tu obra, en tu última novela La Desconocida del Plata se ve muy claro…
- Sí, efectivamente en todas mis obras aparece la mujer de una manera muy fuerte. Es un tema del cual yo no me separé jamás. El personaje principal de mi novela es una madre que se animó a ser diferente, a transgredir el mandato de ser sumisa, de construir un hogar y se dedicó de lleno a la vida política. En mi generación a las mujeres se nos educaba para ser pasivas. Ahora me sorprendo, me extraña el impulso que tuve siempre de joven para ser distinta, yo siempre fui pionera. Vivíamos en San Luis con mi familia y yo quise venir a estudiar a Buenos Aires, de mis compañeras casi ninguna estudiaba una carrera universitaria y las que lo hacían, se quedaban allí. Hoy también es extraño que vengan a Buenos Aires, porque la mayoría se va a Mendoza o Córdoba. El primer año sufrí muchísimo, me alojaba en una residencia de monjas que me trataban pésimo. Me acuerdo que una vez un primo pasó a buscarme para pasar el fin de semana en la casa de mis tíos. Las monjas se indignaron, pensaron que era mi novio y al día siguiente me echaron. Luego me mudé a otra residencia donde no había agua caliente, me moría de frío. Yo le contaba todo a mi madre, y me vio pasarla tan mal que al año siguiente se trasladó con toda la familia a Buenos Aires. Sin darme cuenta les cambié el rumbo de sus vidas.
- Por ese entonces estudiabas Derecho ¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser escritora?
- Mi vocación estaba escondida, yo no era consciente que la tenía, pero también me resultaba muy difícil por la época. Cuando yo empecé había mujeres muy consagradas como Marta Lynch o Silvina Bullrich, pero eran muy pocas, apenas dos o tres. En los años setenta casi no existían mujeres que tomaban la escritura como algo propio, recién eso se empezó a dar en colegas diez años menores que yo. Yo siento que abrimos un camino. Mientras estudiaba Derecho yo estaba descontenta, no me gustaba, así que no avanzaba en la carrera. Tenía un novio que me decía que tenía que ser escritora, pero yo no me animaba. Un psicólogo también me dijo que yo negaba mi vocación, y era verdad, porque escribía poemas pero me acuerdo que los tiraba, no le daba importancia. De a poco me fui dando cuenta, y hoy lo tengo más claro que nunca. Tengo otros intereses, pero verdaderamente lo único que quiero hoy es escribir, necesito poner todas mis energías en eso. Es lo que me fascina, viviría para eso, lástima que no puedo hacerlo…
- ¿Cuáles son las mayores dificultades que se te presentan?
- No lo tengo muy claro, pero la realidad es que hay un mundo editorial argentino en el cual yo no he podido acceder todavía. Año tras año se torna más complicado, hoy en día ninguna editorial te va a publicar un libro de poesía. Yo siempre he trabajado con editoriales chicas, pero ya no existen por la globalización que se ha dado. Antes uno podía acceder al editor, él mismo leía tu material pero ahora no, ya que son empresas gigantes multinacionales. Hoy muchos escritores, con mucho talento, deben pagar para ver publicada su obra, eso es algo que me parece horroroso. Yo no lo quiero hacer, porque nunca lo he hecho, salvo con mi primer libro que tuve que vender dos pulseras de oro. Pero eran circunstancias distintas, yo estaba muy ansiosa por publicar. También hay muchos libros comerciales, y gente que se hace conocida, famosa, por armar un escándalo y no por su talento genuino. También hay personajes históricos que venden más, como Rosas o Felicitas Guerrero. Yo por ejemplo escribí sobre la vida de Lafinur, un personaje excepcional. Antepasado de Borges, fue el primero en la Argentina en desarrollar teorías sobre el sensualismo, y fue muy castigado por eso. Pero a nadie le interesa el personaje, pero a mí me apasiona, porque tuvo una vida fantástica.
- ¿En México te resultó distinto?
- Sí, totalmente. Con mi primera novela, Fuegos Encontrados, yo he ganado el Premio Nacional Juan Rulfo. Era algo impensable para mí, no lo podía creer. Había dudado mucho en presentarme en el concurso, pero mi ex marido me convenció. Sigo en contacto con México, la última vez que estuve allí fue en el año 1996 cuando fui invitada para dar una serie de conferencias. En ese viaje me encontré con una colega mía que había hecho investigaciones sobre mi obra, nunca lo hubiese imaginado.
- ¿Cuánto tiempo estuviste fuera del país?
- Me exilié en Ecuador en el año 1976 durante dos años y luego viví en México otros cinco más. Fue una decisión difícil dejar el país. Mi ex marido es escritor y no estábamos tranquilos, teníamos mucho miedo. Nunca recibimos amenazas pero justo este año me enteré que a mi cuñada le allanaron su casa, le removieron hasta la tierra del jardín para ver si tenía libros enterrados. Yo extrañaba muchísimo la Argentina, vivíamos la situación con mucha angustia. Ahora extraño México. Yo me siento latinoamericana, agradezco haber descubierto esta Patria Grande. También me siento una pionera en ese sentido. Para mi luna de miel viajé a Machu Pichu, hicimos todo el viaje por tierra. Ahora está de moda, pero viajamos en unos caminos de cornisa que daban miedo, en unos ómnibus tremendos.
- ¿En qué otro aspecto de tu vida te sentís una pionera?
- En el estudio sobre la mujer. Yo comencé como investigadora en la Universidad de Buenos Aires en el año 1973 y me dedicaba a estudiar el rol de las mujeres en la obra de Alejo Carpentier. Nadie lo hacía, lástima que al poco tiempo tuve que renunciar por motivos políticos y luego me tocó vivir el exilio. A mi vuelta pude recuperar el cargo pero el decano de ese entonces le disgustaba muchísimo que yo me dedique a la mujer, así que no me renovó el contrato y me tuve que ir. Muchos años después que se fundó la Cátedra de Género. Pero nadie sabe que yo hace mucho tiempo, cuando nadie lo hacía, me dedicaba a eso. Me alegro muchísimo y disfruto que se hable con libertad del tema, pero a veces me da bronca. Es por eso que es un lío ser pionera, porque después te olvidan…

lunes, 16 de mayo de 2011

“La desconocida del Plata” de Paulina Movsichoff





Susana Chas, una gran amiga de la vida, me ha permitido el privilegio de presentar el último libro de Paulina, una novela bella y “argentina”, donde se cruzan las dimensiones de análisis más importantes de las últimas décadas: mujeres, dictadura, relaciones familiares, identidad, globalización, escritura y arte.
Con la humildad de quienes abordamos la literatura desde el placer, intentaré presentarles un análisis de los ejes temáticos que recorren la novela y la estructuran en un todo compacto y en algunos momentos, cíclicos.
La escritura de Paulina Movsichoff es llana, pero no por ello simple. A través del relato familiar, va reflexionando acerca de las grandes problemáticas que recorren esta posmodernidad, y que en nuestro país han sido atravesadas por la tragedia de la historia.
Como ya lo comentó Susana la novela narra la búsqueda de identidad de Marina Osuna, una mujer de 45 años, cuya madre fue secuestrada, torturada y desaparecida por la última dictadura miliar.
Esa búsqueda, contada como un viaje que hace la protagonista desde México, el lugar donde su familia decide enviarla para resguardarla del terror, hasta la Argentina del año 2000, escindida y agonizante ante la brutalidad de las políticas neoliberales.
Ese viaje externo de búsqueda de su madre desaparecida es superpuesto al viaje interno de búsqueda de sí misma. Paulina juega con las temporalidades del afuera y el adentro de la protagonista, en una confusión que intenta desarmar o repensar los paradigmas y mandatos impuestos.
Marina, la niña-mujer que busca a su madre, se enfrenta a todos los recuerdos familiares para desandar la desmemoria forzada impuesta por su familia.
Y aquí comienzan a jugarse los ejes más importantes de la novela:
El primero es el testimonial. A través de cartas, que nunca se sabe si llegan o no, la madre desaparecida dará testimonio del contexto ideológico y cultural que la mueve a la militancia política y a la entrega completa de sí misma para la búsqueda de un mundo mejor.
La década del ’70 es contada sin idealismo pero con mucho respeto, generando una empatía con esa protagonista que intenta justificarse ante su hija y su familia por su elección de vida.
Paralelamente, se impone el testimonio del horror, de la planificación sistemática para la eliminación de personas llevada a cabo por el Proceso de Reorganización Nacional que gobernó el país entre 1976 y 1983. Los campos de concentración, la tortura y el exilio de miles de argentinos. Y la tragedia de la guerra de Malvinas, como una herida abierta e inconclusa de ese espanto.
"¿Podremos dejar de decir lo que hemos visto y oído? ¿Podremos no dar testimonio?"

Hay que destacar, a diferencia de otras novelas sobre la misma temática que han salido a la luz en los últimos tiempos, que la autora aborda el tema de la tortura y la muerte no desde el odio o el regordeo de la miseria sino desde la necesaria memoria que debe imponerse, desde una mirada casi imparcial de los hechos, pero no por ello edulcorada. Como la mención a las Madres de Plaza de Mayo, hay una comprensión histórica de su lucha y de su dolor personal. “Su lucha ha sido sublime” dice la protagonista. No hay panfleto ni mal uso de ese símbolo.

El segundo eje es la Identidad de los desaparecidos. Aquel planteo testimonial permite a la autora adentrarse en la temática nudo de la novela: la búsqueda de identidad de Marina, una mujer criada y construida con retazos de memoria y silencios.
En este punto, Paulina expone una situación que ha sido una constante, y en algunos casos lo sigue siendo (España es un ejemplo con la Guerra Civil española) de la forma de abordar la historia que muchas veces tienen las sociedades.
“Me pregunto qué clase de locura nos invadió a todos. La locura del miedo, si, la del terror. Pero también la de qué dirán, la de ser portadores de un estigma en aquella Argentina de los derechos y humanos”
La familia de Marina (su abuela, sus tías y su padre) decide hacer un pacto de silencio ante la desaparición de su madre. “Era una orden tácita a la que todos obedecíamos: no menciones a mamá” Una consigna implícita que asumirán los protagonistas como modo de supervivencia.
De esta manera, el dolor es puesto entre paréntesis, congelado en el inconsciente de esa niña-mujer que no sabe quién es porque no se anima a preguntarse sobre su madre.
No es casual entonces que sea su terapeuta quien le diga: “Usted tiene a su madre en el sótano” Una palabra que no es arbitraria en esa historia que se intenta contar. Aquí es donde la culpa de la madre por abandonarla por la militancia se trasmuta en culpa de la hija por haberla condenado a esa indiferencia.
La búsqueda de su madre es la búsqueda de sí misma: “Sin madre no es posible amar, sin madre no es posible morir”, una frase de Herman Hesse que intenta describir el proceso por el que pasaron y pasan miles de hijos y nietos de personas desaparecidas durante la dictadura.
La identidad como derecho ha sido una de las grandes reivindicaciones de las últimas décadas. La identidad como única forma de construirse como persona íntegra, sabiendo quiénes eran nuestros padres, qué pensaban, en qué creían, por qué murieron.
El silencio, el ocultamiento de ese pasado es el robo de la memoria de aquellos seres, de su vida como valor y por supuesto, de su transcendencia.
En el caso de la Marina, ese viaje a Argentina, treinta años después, le permitirá encontrarse con su madre, a través de las palabras, imágenes y recuerdos de sus familiares y amigos, y a partir de allí encontrarse con sí misma, con su propia vida y sus propios deseos.

Otro eje importante que recorre la novela, a mi entender, es cómo la autora va deslizando los cambios ocurridos en el país a partir de aquel horror. Ese contexto de ferviente estado de revolución y cambio de aquellos jóvenes militantes se opone a ese nuevo mundo globalizado de la década de los noventa:
Dice un personaje: “Tendría que estar muy loca si no me diera cuenta de cómo nuestro pobre país fue arruinado, de qué manera destruyeron hasta el último de nuestros sueños. Creo que las condiciones por las que empezamos a luchar siguen intactas. La miseria, el hambre, la indiferencia hacia los que nada tienen. Esta globalización perversa, esas anteojeras que nos han puesto a todos para que no miremos a nuestro alrededor, para convertir en invisibles a los que no conocen el éxito y no están en la órbita de la riqueza”(…) “Es difícil reconocer en esta ciudad a la Buenos Aires que dejé años atrás. No recuerdo haber visto tantos mendigos en ese entonces. También en la calle veo gente tirada en la vereda” Y el paco.

Los últimos ejes sobre los que quiero reflexionar son las relaciones familiares, la relación madre-hija y el abordaje de los personajes femeninos
El esqueleto que estructura la novela, es la relación madre-hija. Y sorprende su abordaje. La lógica occidental del permanente conflicto, reproducido por el famoso complejo de Electra, es revisada por la autora. No hay madre castradora ni imagen-espejo del padre; sino por el contrario el concepto de madre (que hacia el final del libro es comparado con la madre tierra) es explicado como memoria genética, corpus y significante de esa hija.
La figura de la madre es reivindicada como protectora, como única capaz de dar vida (no solo biológica sino espiritual y emocional) a esa hija, también mujer que se busca a sí misma. La historia de los vínculos como transformación, como ciclos para el entendimiento: “Comprendí de pronto que sólo cuando una mujer tiene una hija logra atravesar el espejo de su destino y ver el mundo a través de los ojos de su propia madre.”

Respecto de las relaciones familiares es importante destacar primero la excelente y compleja trama de personajes que van surgiendo en el texto y que paulina describe con gran maestría, de manera de que el lector pueda reconocerlos a lo largo de la trama.
“Las mujeres, creo, nos arreglamos para que nuestra memoria no se pierda, para que nuestras historias sobrevivan”
Hijas, abuelas, tías, primas, nietas que van construyendo con Marina aquella madre ausente. Aquí hay dos cuestiones para remarcar: la historia familiar es contada desde el mandato patriarcal, donde las mujeres se solidarizan y entienden a partir de sus propios dolores y frustraciones con los hombres.
Incluso no es casual que Marina decida ir a la búsqueda de su madre (hacerse cargo de sí misma) luego de que es engañada por su esposo. Hay un planteo generacional donde el hombre es la tercera pierna, el gestor de esa mujer.
Sin embargo, la figura de los hombres está desdibujada en toda la novela. Las grandes protagonistas son las mujeres en un mundo de hombres que las someten al engaño, la ausencia o el desamor.

Finalmente y en relación a estos temas, la escritora aborda la condición de género. La historia de las mujeres que atraviesan la novela es la historia de las mujeres durante las últimas décadas: sus luchas por ocupar un lugar en el mundo falocéntrico, como escritoras, como pintoras, pero también como madres e hijas.
“Me vino a la mente el modelo femenino de mi madre, que a su vez lo recibió de la suya: La mujer buena siempre quiere a su marido”
La autora pone en cuestión los mandatos patriarcales de género con la historia de dos primas lesbianas, ridiculiza el dogma de la media naranja o el príncipe azul: “Es muy difícil que encuentre esa media naranja, que nos han hecho pensar como indispensable para ser alguien digno”

Este es un libro de la memoria y del olvido, de la verdad y de la revisión de esa verdad, escrita por una mujer que no se presta a jugar el juego que ha propuesto históricamente la percepción masculina.
Paulina escribe con autenticidad, con valor, se pelea con los prejuicios, y reflexiona sobre la complejidad de esos vínculos que siguen siendo determinantes para construirnos como mujeres: “Como mujeres que somos todavía debemos escarbar, abrir los ojos y los oídos para escucharnos a nosotras mismas”

Silvia Nadalin

jueves, 31 de marzo de 2011

"La desconocida del Plata" de Paulina Movsichoff- Leonor Calvera



Este es un libro simple y complejo a la vez. ¿Por qué? Para tratar de fundamentar esta aseveración, en apariencia contradictoria, daremos un largo rodeo hasta llegar a enfrentarnos con “La desconocida del Plata” de Paulina Movsichoff-
En un curioso afán de simplificación, los orientales trataron de sistematizar las relaciones humanas que se muestran en la literatura. Esa búsqueda dio finalmente la suma de treinta y nueve núcleos posibles. El esposo engañado, la separación de los amantes, la muerte de un ser querido, la defensa del honor, el afecto llevado hasta el propio sacrificio, resultaron algunos de los nudos dramáticos. La relación madre e hija no fue ni siquiera medianamente contemplada.
La situación de inexistencia de esa relación fundamental se repite en uno y otro tiempo hasta llegar a nuestros días. Varias razones conspiran para ese retaceo, ese ocultamiento que, paradójicamente, pone de relieve su importancia.
En primer lugar, encontramos que sobre esta relación se acumulan de manera significativa los mitos derivados de la exclusión de la mujer del escenario público. Quizá el primero de ellos sea la simbología anexada a la madre histórica. No es difícil llegar a las etapas primeras de la civilización donde nos encontramos con la figura de la Gran Madre. Una figura que seduce tanto como atemoriza, que acumula en sí los peores miedos viriles.
Es la diosa potente cuyas representaciones primigenias encontramos bajo la forma que se dio en llamar Venus esteatopigias. Es la dadora indiscutida de la vida y, en ocasiones, de los dones de la cultura. Es la diosa en forma de serpiente que alborea en todos los relatos originales. Pero también es la diosa que custodia los portales de la muerte. Esta dualidad, esta fascinación unida al temor marcará cada uno de los niveles de la dominación patriarcal.
De este modo el peso del mito confundirá una y otra vez a la mujer con la reproductora biológica, dando lugar a una mística femenina que no tiene paralelos. Una mística que ha obrado como una telaraña para mantener al género alejado de un ejercicio pleno de sus potencias así como de la verdadera comprensión de sus cualidades. Hubo que esperar a estas últimas décadas para que comenzaran a tratarse en profundidad la psicología de la mujer y su estar en el mundo como algo distinto al reverso de lo masculino que le fuera asignado tradicionalmente.

No obstante los aportes contemporáneos en la revisión de la problemática femenina, todavía hoy un gran componente del ser mujer es ser madre. Los mandatos van en el sentido de que la completitud femenina se logra, no sólo a través de dar a luz. sino de cumplir los roles asignados de la crianza y socialización de los hijos. Sin embargo, como resuena repetidamente a lo largo de la historia, permanecer únicamente en el reducto de lo biológico suele ser por completo insuficiente.
Lo cierto es que, en nuestra cultura, -sobre todo desde la Revolución Industrial para acá- las madres han sido idealizadas o culpadas de todos los males. Esto se torna evidente en la compleja relación made-hija, siempre inestable, siempre en los límites. En el modelo de maternidad que se plantea, aparece naturalizado como perteneciente a la biología la fusión con la hija y su deseo de posesión –si bien el vínculo tolera diferentes variantes con cada una de las hijas.
Asimismo, el mito de la madre perfecta que debe satisfacer las necesidades de sus hijas genera en la mujer sentimientos contradictorios de culpa y cierta hostilidad junto con el más profundo amor. En la hija, por la otra parte, despierta una sensación de vaga estafa que la habilitará, sostenida por el aval social, para efectuar a su madre cualquier reproche por sus propias faltas.

Este largo preámbulo que es, en realidad, un más que breve resumen de un tema que ha estado oculto como problema, es tan solo un puente para acercarnos a la complejidad del tema que ha abordado Paulina Movsichoff en “La desconocida del Plata.”
Madre-hija-abuela. La continuidad de la sangre pero no de las costumbres. Una madre que no se somete al rol que se espera de ella sino que decide vivir en libertad. Y este vivir en libertad no es la expresión de sus propias ideas y sentimientos sino prestarle atención a las voces olvidadas que rodean su estar en el mundo. Toma entonces una ruta que la alejará de su entorno y de sus afectos más profundos Tanto la alejará que ya nadie volverá a verla.
Esto ocurre en la Argentina de los años setenta, de modo que no se puede suponer que esa distancia sea voluntaria. En cambio, lo que sí se puede presumir es que ha entrado a formar parte de las filas de los desaparecidos políticos. Precisamente eso es lo que impulsa a la familia a no buscarla. Quizá por miedo. Quizá porque no quieren ser confundidos con la marejada de quienes impulsan un cambio social. Quizá porque, secretamente, encuentran que es razonable pagar la desobediencia a las normas patriarcales.
Habrá que esperar décadas hasta que llegue el tiempo en que la hija persiga las huellas de su madre para conocerla, para conocerse.

“Vine a este pueblo a buscar a mi madre. Jamás hubiera pensado que la urgencia de ella se me presentaría recién a los cuarenta y cinco años, cuando ya he vivido casi una vida sin su presencia. Quién diría, yo que la negué por tanto tiempo”, dice la protagonista. En tiempos y espacios alterados, conforme a los vaivenes del recuerdo, tratará de encontrar a su madre a quien un día descubrió tan sólo mirándose al espejo. Su madre desenterrada, “desolvidada”, dirá la narradora, en los reflejos de su madre en el paisaje, en quienes habían compartido su vida. Porque un día pudo darse cuenta de que “ni la muerte ni la separación interrumpen nada y que, en cualquier momento, la vida puede llevarnos hasta sus orígenes.”

Como creían los poetas románticos del Sturm und Drang el afuera y el adentro establecen lazos secretos. Así, recordar los países donde la llevaron los vaivenes donde se refugió, o la refugiaron, va urdiendo un tejido cambiante, rico, matizado que responde a las oscilaciones de una conciencia que busca definir los contornos de su propia identidad. En el camino, surgen amistades, relaciones, la propia maternidad y su clave secreta: “Comprendí de pronto que sólo cuando una mujer tiene una hija logra atravesar el espejo de su destino y ver el mundo a través de los ojos de su propia madre.” Lo lineal se torna cíclico, espiralado, en una especie de recomenzar eterno que tan afín ha sido a los cultos lunares.

Sin embargo. el ayer que vuelve no es el mismo sino que forma con el presente los pasos de una danza distinta. Las nuevas realidades modifican las situaciones pasadas. Vistos a la distancia, personas y hechos se tiñen de nuevos colores. La infancia reaparece con esplendor en viejas canciones que como “mariposas antiguas” la nutren con su nostalgia.
Pero hay que estar atenta. ”Como mujeres que somos, asegura la narradora, todavía debemos escarbar, abrir bien los ojos y los oídos para escucharnos a nosotras mismas. Eran el canto y la poesía lo que la ayudarían a atravesar los medanales del olvido, del deterioro, del menosprecio. No podía dejar de reconocer que, a lo largo de su vida, habían sido sus chamanes. Los que la curaban de todas sus dolencias.”
Las experiencias vividas, fácticas y emocionales, se agolpan hasta labrar su propio camino en la palabra escrita. El viejo exorcismo del verbo servirá para apaciguar fantasmas y perforar capas de conocimiento. La palabra conjuro, la palabra mágica es la que eternizará el instante, anulando la muerte y permitiendo abrir las puertas del futuro.

Este libro de la memoria tiene como telón de fondo y factor desencadenante los años de la dictadura militar. Una hija que desaparece y no se busca, una nieta, sobrina, prima, que se pierde en los meandros del aparato represor y que pronto se deja de lado. Una hija que vuelve sobre sus pasos. Como declara en el epígrafe con palabras de Marosa de Giorgio: “Te has quedado lejos, te has ido lejos. Pero voy retrocediendo hacia ti, voy avanzando hacia ti.”
Trabajar con estos elementos conlleva ciertos riesgos porque dan pie a combinarse como un melodrama patético y difuso. Sin embargo, no ocurre así.
La novela de Paulina Movsichoff está escrita con un lenguaje llano y. podríamos decir, recatado. Se mantiene alejada del panfleto y de la grandilocuencia, sin aprovechar las encrucijadas que podrían agregarle efectismo a costa de traicionar la verdad.
Paulina escribe como lo que es, como una mujer que no se presta a jugar el juego que ha propuesto históricamente la percepción masculina. Escribe con autenticidad, con valor, y avanza sin pausa en un terreno minado de prejuicios, de vínculos complejos en constante mutación. Así, propone tácitamente nada menos que una mirada legitimante entre mujeres, una mirada que las confirme como personas sin pasar por las horcas caudinas de la apreciación tradicional.
Sin embargo, su lectura no es de gineceo sino que, al mostrar que el vínculo madre-hija está en transformación, nos dice que también están en vías de transformarse los demás vínculos. Que cada una de las relaciones humanas debiera revisarse y, si es necesario, modificarse a la luz de un crecimiento que nos permita desarrollarnos como personas, derribando la muralla de egoísmo.. codicia y posesividad, que está mostrando en la actualidad su peor rostro.
Paulina Movsichoff ha escrito una novela que tiene un doble valor, el específicamente literario y el otro, menos evidente pero más profundo, que nos ayuda a derribar muros, a transitar los espacios sofocantes en que nos hemos confinado. Es una novela para pensar y analizar desde varias ópticas, una obra que nos ayuda a dejar los miedos de lado y saber, como la desconocida del Plata, que cada uno y cada una de nosotros, es eterno.


LEONOR CALVERA



Texto leído en la Biblioteca Nacional el 28 de marzo de 2011

miércoles, 2 de febrero de 2011

domingo, 30 de enero de 2011


En busca de nuevos caminos: Todas íbamos a ser
reinas, de Paulina Movsichoff
Raquel Gutiérrez Estupiñán
México
I
Paulina Movsichoff nació en San Luis, Argentina. Durante una entrevista
realizada en octubre de 1996, señaló como principal motor de sus narraciones
las historias que le contaba su mamá, allá en su ciudad natal, durante
su infancia y juventud1.
Las novelas de Paulina —extraordinariamente bien escritas— plasman
vivencias de provincia, que a ella (quien vivió varios años en México) le
parecen guardar semejanza en cualquier país latinoamericano donde se
sitúen; en esto puede decirse que Paulina Movsichoff es una escritora con
una clara conciencia de una identidad latinoamericana. Destacan en sus
novelas los personajes femeninos, y forman una extensa gama de mujeres
de distintas edades y con aspiraciones y destinos diferentes. Es el caso para
Todas íbamos a ser reinas, donde aparece la mujer que regresa a su pueblo
después de haber estudiado en París, la enferma, la que cuenta mitos indígenas,
la que no se casará nunca2.
La novela está dividida en cuatro partes (Reencuentros, De mareas y
vértigos, Distancia y Brújulas). Se narran las historias de varias mujeres
que comparten lazos familiares. Adelaida regresa a su pueblo luego de una
estancia en París, y reencuentra a su hermana Mercedes, aquejada de artritis.
Mantiene relaciones con varios hombres, tiene una hija (Felicia) y se dedica
a la pintura, con más o menos pasión según los vaivenes de su vida. Paralelamente
se cuenta la historia de Tania y Mijhail (Miguel) Petroff, quienes
han abandonado Rusia para instalarse en territorio argentino. Representan
la importante corriente migratoria de Europa hacia Argentina a finales del
siglo XIX y principios del XX. Al igual que muchos otros migrantes, Miguel
y Tania realizan un viaje lleno de penalidades, se instalan en la nueva tierra
y empiezan a trabajar con sus propias manos para labrarse un futuro. La
convivencia con gauchos, indios y negros es, en el discurso de la novela, una
sinécdoque de la composición de la sociedad argentina3.
Interviene asimismo un discurso poblado de imágenes provenientes del
mundo indígena, dominado por voces femeninas que luego se dejan de oír.
Muchos personajes (femeninos y masculinos) aparecen y desaparecen a lo
largo de la historia; aportan elementos para caracterizar el ambiente e influir
en las vidas de otros personajes. La heredera de las inquietudes de Adelaida,
la continuadora de sus anhelos de libertad es Eloísa, su sobrina (hija de su
hermano Enrique, casado con Eugenia). El recorrido vital de Eloísa constituirá,
en cierto momento de la novela, un contrapunto con respecto a Felicia,
desafortunada en el amor (le prohibieron casarse con Antú, hijo de una criada
de Eugenia; su matrimonio con Onofre sólo le produce pesares), atrapada
en las labores domésticas y con el tejido como único aliciente. Eloísa elegirá
abandonar el pueblo para irse a vivir a Buenos Aires. Ahí, además de
estudiar leyes, se involucra en las actividades del movimiento feminista y se
compromete en la lucha social. Luego de romper el compromiso para casarse
con un rico (pero infiel) abogado, y de una relación con David (médico, hijo
de Tania y Miguel, casado con Berenice y padre de un niño), es nombrada
oradora en un congreso feminista que se realizará en Bélgica. El viaje que
emprende al final de la novela simboliza la libertad, los horizontes abiertos y
la continuidad del viaje que realizara Adelaida años atrás.
Desde una lectura interesada en la perspectiva de género, el personaje de
Eloísa es especialmente interesante por su filiación con el Bildungsroman con
protagonista femenino. Como veremos, el recorrido narrativo de Eloísa, con
las particularidades propias al contexto discursivo en el que surge, presenta
muchos de los rasgos de la novela de autodescubrimiento, en su variante de
Bildungsroman.
II
Como ya hemos dicho, la reflexión que realizaremos en las páginas que
siguen se sitúa dentro de la perspectiva de género, concebido por Rita Felski
(1989) como un molde cultural sobre el cual puede medirse la significancia
social del texto individual. Esta significancia social de la literatura escrita por
mujeres es susceptible de ser aprehendida mediante el examen de la subjetividad. Recordemos que el interés por la categoría del sujeto se hizo evidente
para la teoría feminista durante los años 70, cuando el sujeto pasó a ocupar
un lugar central en el proyecto feminista no como un yo femenino esencial,
sino a partir del reconocimiento de que la posición que ocupan las mujeres
dentro de las estructuras familiares, sociales e ideológicas existentes difiere
de la posición que ocupan los hombres.
La propuesta teórica de Rita Felski considera, sin embargo, que la polarización,
sin más, entre lo femenino y lo masculino es reductora, y debe ser
superada si queremos dar cuenta de la significancia de los textos escritos por
mujeres, en lo colectivo (es decir, como grupo) y en lo individual. Se trata, por
un lado, de reconocer la heterogeneidad de los textos producidos por mujeres
en diferentes periodos y culturas y, por otro, de relacionar esos textos con la
consideración de su función social. En este sentido, el contexto del feminismo
debe ser visto como un conjunto de prácticas culturales y de ideologías políticas
que se caracterizan por la diversidad tanto como por la unidad. Por otra parte,
no debe olvidarse que los discursos de oposición se hallan siempre influidos
por las normas culturales con respecto a las cuales se definen.
Dentro del contexto anterior, Todas íbamos a ser reinas forma parte de
los textos escritos por mujeres que tratan el problema de la construcción
subjetiva del yo. En ellos, la categoría del género es el marco organizador
que media entre texto y contexto, pero en donde el género es solo una entre
muchas de las influencias que determinan la subjetividad.
Ahora bien, para proceder al análisis de los textos femeninos disponemos
de las dos categorías descritas por Felski: la novela de despertar (constituida
por textos que aspiran a una autoexpresión no mediatizada del yo autoral
como proceso potencialmente liberador) y la novela de autodescubrimiento
o Bildungsroman femenino4. Esta segunda categoría —a la que recurriré
para el análisis de Todas íbamos a ser reinas— designa todos aquellos textos
(recientes) de escritoras que trazan una narrativa clara de emancipación femenina
a través de la separación, por parte de la heroína, de un contexto definido
por la cultura patriarcal, para ir en busca de nuevos horizontes. En la intriga
de estas novelas aparece una protagonista que se mueve desde un estado de
enajenación hacia el descubrimiento de una identidad propia, lo cual implica
el abandono de los valores definidos por la ideología del patriarcado. Como
veremos, esta es la situación que prevalece en Todas íbamos a ser reinas.
III
El título de la novela alude a unos versos de Gabriela Mistral, que aparecen
en el epígrafe: “Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar: /
58
En busca de nuevos caminos: Todas íbamos a ser reinas, de Paulina Movsichoff
Rosalía con Efigenia / y Lucila con Soledad”. Con esta cita se establece, de
entrada, una relación intertextual que incidirá en la significancia global de
la novela. Los sueños de las cuatro amigas (“Con las trenzas de siete años
/ y batas claras de percal”) de encontrar hombres que las convirtieran en
reinas (“De los cuatro reinos […] que por grandes y cabales / alcanzarían
hasta el mar […] Cuatro esposos desposarían, / por el tiempo de desposar,
/ y eran reyes y cantadores / como David, rey de Judá”) se desvanecen ante
los destinos de cada una: Rosalía viuda de un marino, Soledad cuida de otros
hijos, sin tener ella ninguno; Efigenia se fue siguiendo a un hombre, Luisa se
volvió loca. Sin embargo, no desaparece el viejo anhelo: “llegaremos todas
al mar”, dice el último verso. De la misma manera, los personajes femeninos
que desfilan en la novela que analizamos conocen suertes muy diversas, pero
entre ellas destaca Eloísa por su afán de buscar alternativas.
El relato abarca dos generaciones y se sitúa en la provincia argentina y en
Buenos Aires. Las mujeres pueden constituir verdaderas figuras tutelares, y
seguir viviendo en las experiencias de otras. Así, la novela empieza cuando
Adelaida regresa a Argentina, luego de una larga temporada en París, a donde
había ido a estudiar pintura. Se instala en casa de su hermana Mercedes, con
quien lleva una relación entrañable, y que morirá inmovilizada por la artritis.
A propósito de esto, es interesante el papel de las enfermedades y otras reacciones
psicosomáticas en el nivel simbólico. Mercedes —quien se había quedado
sola después de la partida de sus hermanos, Enrique y Adelaida, y que
además es viuda— es víctima de dolores “que la hacían ver estrellas sobre
todo cuando el tiempo se ponía húmedo” (34)5 y va perdiendo el movimiento
hasta que muere, no sin antes advertir a Adelaida y a sus amigas: “No crean
que me voy del todo. Pronto les devolveré la visita” (65). Y en efecto, tiempo
después regresa a hablar con su hermana, quien “La vio en el preciso instante
en que acercaba el fósforo al mechero de la lámpara. Estaba sentada a la
cabecera de la mesa, los ojos libres de las gasas de los últimos tiempos, de
nuevo joven y sonriente” (73-74)6. Adelaida padece de insomnios incurables,
relacionados con la fiebre creativa que se manifiesta en la abundante producción
de pinturas, así como en su exuberante sexualidad.
Felicia (hija del matrimonio que alguna vez formaron Adelaida y Cristóbal)
enmudece en épocas de conflictos o ante situaciones que le son
especialmente dolorosas. Este negarse a hablar puede interpretarse como
una reacción ante el lenguaje considerado como un medio que engaña y
corrompe. Según Rita Felski (1989: 146), la mudez funciona con frecuencia
como índice de autenticidad y como rechazo del mundo de la comunicación
social. Cuando se niega a hablar, Felicia oculta la naturaleza intensa y
compleja de su subjetividad femenina. Esto sucede por primera vez cuando,
habiendo sido descubierto su amor adolescente por Antú (el hijo indígena
de la sirvienta Engracia), el muchacho es obligado alejarse de ella: “Nadie
la escuchó pronunciar una palabra más, por lo que no tuvieron más remedio
que pensar que se había vuelto muda” (106). Aunque recupera el habla poco
después (gracias a la promesa de Adelaida de romper con su amante en turno
si Felicia recuperaba el habla, 107), la mudez no pierde nada de su valor
simbólico, sobre todo porque esta incapacidad de hablar, de expresarse —en
contraste con la elocuencia del hombre— volverá a aparecer años más tarde,
cuando piensa en su prima y mentalmente le dice: “Y ahora, Eloísa, se me
desgobiernan las palabras, quisiera decirte tantas cosas, tanto tiempo sin
hablar con nadie...” (169)7. Sin embargo, Felicia posee un discurso propio,
interno, que revela una toma de conciencia con respecto a su situación de
mujer-prisionera y desilusionada. A través de este discurrir interior se dirige
a su marido:
Yo te pregunto, Onofre: ¿Entonces era esto el amor? [...] Ahora voy
sabiendo, Onofre, a las mujeres se nos cría únicamente para tener un hombre
y para que, una vez obtenido, se vaya como te vas vos a la pulpería o a traer
guachos al mundo [...] yo soñaba cuando pequeña en [...] irme a recorrer
países, puertos desconocidos, el mar, las aventuras, eso hubiera deseado, ser
marinero, pero qué soy ahora [...] una gaviota condenada a vivir en la tierra
[...] (152).
Observemos que este discurso interno es de naturaleza dialógica. En el
pasaje citado las reflexiones de Felicia acerca de la condición de las mujeres
presuponen la presencia de su marido. Se notará igualmente el contraste
entre la sujeción de Felicia y sus deseos de libertad8. Así, le dice a Eloísa,
para describirle su encierro y contarle sus recuerdos de Onofre después de
que este muere, que quienes la cuidan la creen loca, en fin que “[...] todo ha
sucedido, íbamos a ser reinas, Eloísa, pero la noche cierra ahora sus puertas
sobre mi desamparo” (182).
Felicia constituye una especie de antiheroína, si la definimos con respecto
a Eloísa. Su trayectoria es opuesta a la de su prima: permanece en el pueblo,
infelizmente casada a pesar de que ama a su marido (Onofre, quien no corresponde
a los sentimientos de su mujer, ni siquiera los entiende...). Lo que prometía
ser una vida plena se convierte poco a poco en una rutina, una continua
insatisfacción que lleva a Felicia primero a la decadencia (durante una visita
al pueblo, Eloísa la ve como “una mujer enflaquecida y grisácea”, cuyos ojos
habían perdido el brillo y con “un rictus casi imperceptible que le curvaba los
labios”, 148) y luego a una casi-locura, que se confirma cuando, poco antes
de morir, le prende fuego a su casa para tratar de liberarse de su encierro. La
figura de Felicia, además, es la que está más estrechamente asociada a símbolos
convencionales y culturalmente asociados a lo femenino. Entre otras
cosas, el texto da cuenta de la experiencia de su primera menstruación:
Un dolor agudo la turbaba cuando por casualidad se rozaba los senos y
recibió la primera menstruación con una mezcla de repugnancia y estupor.
Se sintió de pronto arrojada a la soledad [...]. Temblaba ante la idea de que
él [su amigo Antú] percibiera los cambios que lentamente se operaban en su
cuerpo (86).
Otra actividad portadora de una enorme carga simbólica es el bordado,
también atribuido a Felicia9. Cuando Antú (su enamorado) vuelve a ausentarse
luego de un breve encuentro, Felicia “Comenzó a bordar en la galería
una tela interminable y contestaba con monosílabos cuando alguien le dirigía
la palabra” (112)10; años después, seguirá bordando su “interminable tela en
las lentísimas tardes llovederas de es[t]e verano igual a todos los demás”
(170), mientras el marido busca el placer con Olegaria, una mulata con la que
ha engendrado varios hijos. Por cierto, Olegaria es otra de las manifestaciones
de lo femenino en la novela. Es una mulata sensual, de cabellos rizados y
“caderas henchidas” que se mueven cadenciosamente bajo su vestido. Onofre
le ha puesto casa en la ciudad, lo cual atormenta a Felicia, la esposa legítima,
la dama de “pechos pobres”. Este personaje femenino forma parte de la
diversidad en cuanto a representaciones de ambos géneros en Todas íbamos
a ser reinas. Véase, por ejemplo, el caso de Carducci,compañero de trabajo
de David en una fábrica en Buenos Aires, “aquel muchacho algo endeble de
grandes ojos oscuros” (115) de quien en la fábrica empieza a decirse que “no
era del todo hombre” (116), motivo por el que es expulsado.
Parte de la función del personaje de Felicia en Todas íbamos a ser reinas
—al igual que sucede, de otra manera, con Adelaida— es la de constituir un
contrapunto y a la vez un acicate para la liberación de Eloísa. Esto se aprecia
con claridad en un pasaje muy bien logrado de la novela, tipográficamente
presentado a dos columnas (118-122). En él, Eloísa contempla a Felicia y
empieza a darse cuenta de lo que no quiere ser. Este pasaje es otra muestra
de dialogismo interno (Bajtín,1986, capítulo IV). En él, Eloísa se dirige a sí
misma para examinar las posibilidades de dar un giro a su vida. A lo largo
de su reflexión se da cuenta de que la única salida es escapar (“vos querés
escapar de esta chatura, irte a una ciudad llena de luces”, 11911; “no te vayas
a volver loca como Adelaida, destruyendo su vida en aras de qué […]”, 119).
Adelaida es el único personaje, en el entorno de Eloísa, que se acerca más a
un modelo para ella, en el sentido de que había estado en París y vivía lo más
libremente que le permitían las condiciones de la vida en el pueblo. De ella
recibe Eloísa los libros que le abrirán las puertas del conocimiento, primer
paso hacia su ineluctable abandono del espacio familiar12.
El autodescubrimiento y la emancipación de Eloísa aparecen en la trama
de Todas íbamos a ser reinas como un movimiento hacia el campo del compromiso
social. Dentro de este proceso, el desplazamiento desde el pueblo
natal hacia la ciudad es también un traslado de un espacio simbólico a otro.
Esta transición está señalada en el texto mediante los preparativos para el
viaje, cuando Eloísa recorre “las grandes extensiones arboladas, como queriendo
fijar para siempre en su retina las cosas amadas y familiares” (133),
y cuando bebe en la cocina el tazón de café con leche (metonimia de cálidos
rituales cotidianos) que le ofrece Brígida. La víspera del viaje (que fue “nerviosa,
casi asmática”) se representa en la novela con imágenes estrechamente
asociadas a lo femenino: el ajuar que su madre le ayuda a acomodar en el
enorme baúl. La atención prestada a los detalles de la vestimenta femenina
parece caracterizar la narrativa (y tal vez otros géneros) escrita por mujeres.
En esta novela de Paulina Movsichoff encontramos “los corsés de batista,
las faldas de gabardina, las enaguas de satén con encaje, el vestido celeste
de muselina bordado en perlas del mismo color [...], los sombreros prolijamente
acomodados en sus respectivas cajas” (134)13. En el tren, los pasajeros
admiran a Eloísa, una mujer “erguida como un junco y envuelta en una estola
de zorros de Virginia” (134). Una vez instalada en la capital, Eloísa “adquirió
nuevos trajes de seda, guantes de cabritilla, un vestido de casimir azul con
cuello y botones de terciopelo […], un traje de lana beige y otro a cuadros
guarnecidote linón bordado, sombreros y botines que la convirtieron en una
mujer tan elegante como las que se topaba en sus caminatas” (140).
En Buenos Aires realizará nuestra heroína su inserción progresiva en el
espacio social. En una primera etapa, bajo la dirección de su tía Candelaria,
se comportará como una señorita de la alta sociedad (amplía su guardarropa y
se esfuerza en abandonar su acento de provincia), aprende a conducir un packard
negro, se enamora de Javier Etchevarne (“abogado próspero que rozaba
la treintena”, 140), pero durante una visita a sus padres —para presentarles
a su novio—, ante la actitud machista de Javier (la llama “niña” y con frecuencia
emplea con ella un tono paternal y autoritario), se pone en marcha
un mecanismo de autodefensa. Días antes de terminar con su novio, se había
manifestado ya en Eloísa una cierta hostilidad hacia Javier; en una noche de
insomnio ella se repite esta frase significativa: “Él me roba de mí misma”
(148), y la imagen de Javier se deconstruye como el ideal al que la joven
aspira. Más adelante —ya en su etapa feminista— la relación de Eloísa con
David, muy apasionada y satisfactoria al principio (a pesar de que él estaba
casado), se vuelve “ocasional” y terminará cuando ella, al releer la Eneida
62
En busca de nuevos caminos: Todas íbamos a ser reinas, de Paulina Movsichoff
de Virgilio, se niega a que su destino sea el mismo de Dido. Así surge una
nueva Eloísa, a quien ya no le interesa la relación con David: “El mundo me
espera. No puedo detenerme” (195), le dice. En este sentido, la relación con
los hombres pasa por etapas semejantes a las del tránsito de la enajenación a
la liberación personal y al compromiso social. Al respecto, señala Rita Felski
(1989) que en la novela de autodescubrimiento el papel de la sexualidad no
es relevante porque sabotea la lucha por la independencia.
Entonces, Eloísa anuncia que va a inscribirse en la universidad. Esta decisión
—que la había llevado a Buenos Aires, pero que había estado posponiendo—
constituye un gran paso hacia la independencia personal. En esto,
Eloísa recibe el apoyo de su tía Candelaria, quien, consciente de las “excentricidades”
de su sobrina, la ayudará a instalarse en casa de Lucila Cruz (“viuda
sesentona”), en un barrio de trabajadores, donde descubre la voz de los repartidores,
las bombas en las esquinas, “los cuarteadores que ayudaban a sacar el
tranvía del atascadero” (156). Nos encontramos ante otro cambio de espacio
simbólico, que acerca a la heroína al espacio de la acción social.
A partir de aquí, la transformación decisiva en la vida de la protagonista
se llevará a cabo de forma paralela a sus estudios de leyes. Para asistir a las
clases en las que ella es la única mujer, se viste con trajes oscuros y lleva
el pelo recogido bajo el sombrero que le molesta usar porque la distingue
ostentosamente de sus compañeros. Este hecho es significativo porque presenta
a una mujer que tiene que disimular sus atributos (los cuales son parte
de su identidad) para poder interactuar en un mundo todavía no preparado
para darle acogida.
Uno de sus profesores dirige un proyecto para la emancipación civil de
las mujeres y la invita a una reunión en la que ella escucha a las asistentes
(mujeres que ya han tomado conciencia de su situación desventajosa con
respecto a los hombres) y observa cómo se arrebatan la palabra, en ese lugar
—privilegiado y artificial— donde sí les es permitido expresarse. La imagen
convencional y prejuiciada que Elisa tenía de las feministas, de quienes había
oído decir que “eran unas locas, unos marimachos” (157) se transforma en
un sentimiento de solidaridad hacia aquellas mujeres. Y también hacia otras,
como Adelaida, que a su manera trató de liberarse a través del cultivo de la
pintura y que desafió “las leyes ancestrales que la condenaban a la castidad”
(158); y hacia Felicia, que no tuvo la suerte de poder salir de su pueblo. Esta
solidaridad se hará más fuerte a medida que Eloísa avance en su inserción en
el campo de lo social.
Sin embargo lo más relevante para ella es que descubre la naturaleza de
su propia búsqueda: “el afán de ser”, es decir, conseguir una identidad feme
nina propia. Es este uno de los momentos de iluminación que para Felski
(1989) forman parte de la transformación psicológica de la protagonista,
y que —cuando no es gradual— puede compararse a una iluminación de
tipo religioso. Aquí es donde podemos captar el desarrollo de una narrativa
alternativa —marco simbólico dentro del cual puede situarse la identidad
de género—, basada en el rechazo de los valores patriarcales que atan a las
mujeres y les impiden ver su propia existencia separada de los deseos y las
necesidades de otros.
En el caso de Todas íbamos a ser reinas, el cambio de perspectiva se
indica también por el desarrollo de una “implacable lucidez” que hace a
Eloísa captar de inmediato “las actitudes del sexo opuesto [sus compañeros
de partido] que iban en desmedro de su condición de ser humano” (187). Este
nuevo estado de alerta es adquirido gracias a su interacción con la Unión de
Mujeres, pero en ello juega un papel importante la relación, más estrecha,
con Pascuala Cueto, militante socialista de larga trayectoria. Eloísa la había
conocido cuando, años atrás, había llegado al pueblo para fundar una biblioteca.
En la historia de Pascuala se entreveran la lucha social, la desilusión en
el amor (el hombre con el que había decidido vivir resultó alcohólico y le
propinaba violentas golpizas), la decisión de criar ella sola a su hijo, y sobre
todo una gran determinación de seguir adelante, a pesar de todo.
En labios de Pascuala se pone un discurso feminista “breve, pero intenso”
sobre la exclusión de las mujeres a pesar de constituir más de la mitad del
género humano, y que termina con la reflexión siguiente: “Si la mujer no ha
producido genios, si no tiene espíritu de método ni estabilidad mental, ni rectitud
de carácter, ¿no hemos hecho todo lo posible para que sea así?” (158).
El movimiento de las mujeres al que Eloísa se une, y que marca para ella
su entrada al tiempo histórico, ilustra la historia de resistencia y supervivencia
prsente en la novela de autodescubrimiento. Esto, aunado a la solidaridad
que se instala entre mujeres, confirma la afirmación de Rita Felski
(1989: 95) en el sentido de que el Bildungsroman femenino combina la
exploración de la subjetividad con una dimensión de solidaridad de grupo
que inspira activismo y resistencia, en lugar de resignación privada, y que se
halla en relación estrecha con la afirmación autoconsciente de una identidad
colectiva.
Así, en su camino personal hacia el compromiso social, Eloísa colabora
con las mujeres del Centro Feminista que presta ayuda a unos obreros en
huelga. Su actividad adquiere una dimensión simbólica cuando, al principio,
ayuda a servir la sopa que las parroquias ofrecen a las familias obreras, y
luego se traslada dos veces por semana a la fábrica de cartón prensado para
leerles a los clásicos, alimentando también el espíritu de aquellos trabajadores:
[...] Cuando cerraba los libros y ellos la acribillaban a preguntas, comprobaba
que su hambre no era tan solo física. Se entusiasmaba entonces
hablándoles de aquella mujer llamada Antígona, que desafió las iras de un
rey para enterrar a su hermano, de aquella otra reina, Hécuba, reducida a
sierva, privada de sus hijos y obligada a terminar sus días en el destierro. Les
leyó las desdichas de Dido, la cólera atroz de Medea [...], les habló de aquel
navegante incansable que atravesaba el mundo mientras su mujer tejía y destejía
la tela de su espera [...]. Cuando se levantaba para irse, Eloísa se llevaba
la certeza de que, pasara lo que pasase, su vida quedaba justificada por esos
momentos [...] (196-197).
Por aquellos días, Eloísa consagra mucho tiempo a la escritura de artículos
(no sin algunos momentos de crisis, en los que se siente invadida por “una
paralizante sensación de inseguridad”, 172) y no descuida su participación
en todas las actividades de la Unión de Mujeres. En una de ellas, organizada
con el propósito de recaudar fondos para una revista, tiene lugar la aparición
de una mujer pequeñita, que “sube al estrado vestida de blanco y tocada
con un sombrero cloché”, que irradia “un extraño magnetismo” y empieza a
recitar: “Tú me quieres alba, / me quieres de espumas, / me quieres de nácar.
/ Que sea azucena / sobre todas, casta. / De perfume tenue. / Corola cerrada.”
Pascuala le explica que se rata de la poeta Alfonsina Storni14. Esta presencia
constituye una de las claves de la novela de Paulina Movsichoff y establece
un lazo entre sus personajes y un contexto histórico-social bien definido en el
que se movieron mujeres “reales” en las primeras décadas del siglo XX.
Con respecto a esto último, el movimiento feminista en la Argentina
de finales del siglo XIX y principios del XX se relaciona con otros movimientos
anarquistas y coincide con el incipiente movimiento obrero15 y el
inicio de las reflexiones sobre la “cuestión de la mujer”. En efecto, el final
del siglo XIX había presenciado una tímida inserción de las mujeres en el
campo laboral, sindical y en las luchas sociales. Al mismo tiempo surgían
sectores de obreros y organizaciones gremiales. En general, puede calificarse
de tibio el clima de las reivindicaciones generado por las mujeres en centros
urbanos e industriales. Hacia 1870 sus formas organizativas eran, muchas
veces, espontáneas16. Al iniciar el siglo XX (y esto es lo que presenta el
contexto de Todas íbamos a ser reinas), las feministas habían avanzado en
cuanto a formas de organización. Por otra parte, ya en esas épocas podía distinguirse
un feminismo “burgués” y otro “proletario”, ligado al socialismo; a
este último se adhiere Eloísa.
Este contexto incluye a numerosas mujeres que destacaban por su decidida
participación en las luchas sociales. Entre ellas destaca Alicia Moreau
de Justo17, de quien afirma Paulina Movsichoff que le sirvió de modelo para
el personaje de Eloísa18. Una coincidencia muy cercana con las ideas de
Moreau se aprecia en el siguiente fragmento:
En ese momento descubrió su ardiente deseo de colaborar en la tarea por
un mundo mejor. Y lo primero, pensaba, lo más urgente, era modificar la
situación del niño y de la mujer. Asistió a todas las reuniones feministas con
una unción y un entusiasmo que la colocaron pronto entre las luchadoras más
vehementes (173).
En cualquier caso, Todas… reconstruye el contexto en el que se movía el
personaje de Eloísa y nos permite captar el momento en que se ponía en marcha
un proceso sociocultural alternativo que estaba destinado a ejercer una fuerte
presión en el sistema ideológico entonces vigente y que en la novela aparece
representado en las vicisitudes de las mujeres en la provincia, pero también en
las relaciones entre mujeres y hombres en Buenos Aires. Se trata de hechos y
experiencias que pueden encontrar semejanza en muchos rincones de nuestro
mundo, con las especificidades de los distintos contextos.
Todas íbamos a ser reinas es una obra sumamente rica, que no podría reducirse
a los aspectos sobre los que hemos reflexionado en los párrafos anteriores.
Hay otras figuras femeninas sumamente interesantes, además de las que
hemos mencionado (como la inmigrante Tania, Berenice o la india Engracia).
Sin embargo, si realizamos una lectura con perspectiva de género observamos
cómo dibuja el trayecto de Eloísa hacia la constitución de un yo coherente.
Hay un desplazamiento claro desde una situación de enajenación —creada por
una serie de valores defendidos por la cultura patriarcal— hacia el compromiso
social a través del movimiento feminista. No olvidemos, sin embargo,
que el feminismo en la novela de autodescubrimiento no pretende erigirse en
representante de toda la humanidad, sino que se concentra en experiencias e
intereses femeninos específicos, al tiempo que afirma la realidad irreductible
de la diferencia de género. El Bildungsroman femenino es, por otra parte, básicamente
optimista, por la apertura que sugiere. En Todas íbamos a ser reinas
el relato termina con la figura de Eloísa acodada contra la borda del navío que
la lleva a Europa, donde asistirá —en Bélgica— como oradora en un Congreso
Feminista internacional19. El viaje representa el ideal de un nuevo horizonte
para las mujeres, un espacio que queremos sin límites.

Referencias bibliográficas
BAJTÍN, Mijaíl. Problemas de la poética de Dostoievsky. México, FCE, 1986/1979.
FELSKI, Rita. Beyond Feminist Aesthetics. Feminist Literature and Social Change.
Cambridge, Massacussets, Harvard University Press, 1989.
GUTIÉRREZ ESTUPIÑÁN, Raquel. La realidad subterránea. Ensayo sobre la
narrativa de Luisa Josefina Hernández. México, CONACULTA, 2000.
----- Una introducción a la teoría literaria feminista. México: Benemérita Universidad
Autónoma de Puebla / Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, 2004.
----- “Trans-formaciones genéricas en dos novelas de escritoras argentinas contemporáneas”.
México, Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias, Universidad
Veracruzana, Semiosis, julio-diciembre de 2009, tercera época, vol. V., núm. 10,
199-224.
Obras de Paulina Movsichoff:
Una mujer silenciosa. Argentina: Torres Agüero Editor,1989
Todas íbamos a ser reinas. Argentina: Ediciones Letra Buena (Colección Letras /
Novela), 1995.
Juan Crisóstomo Lafinur. La sensualidad de la filosofía. Buenos Aires, Fundación
Victoria Ocampo, 2006.
Notas
1 Paulina obtuvo el Premio Juan Rulfo en 1982, con la novela Fuegos encontrados, a
la que siguieron Las fábulas del viento (1987), Todas íbamos a ser reinas (1995), La
orilla del mundo (2005), y Juan Crisóstomo Lafinur. La sensualidad de la filosofía
(2006). Ha publicado dos libros de cuentos: Extraño de ojos grises (1982) y Una
mujer silenciosa (1989). También escribe poesía y ha incursionado en la lietatura
infantil.
2 Cabe destacar que los personajes masculinos no carecen de interés. Sus experiencias
se entetejen con las de las mujeres; hay ejemplos de opresión pero también de solidaridad.
3 Este elemento está muy presente en la narrativa de Paulina Movsichoff, como se
aprecia en los cuentos que conforman Una mujer silenciosa y en la novela Juan Crisóstomo
Lafinur. La sensualidad de la filosofía.
4 Estas dos categorías parten de estructuras literarias ya existentes para crear relatos
centrados en experiencias de mujeres. La novela de despertar se relaciona con la tradición
de la autobiografía y la de autodescubrimiento con el Bildungsroman con protagonista
masculino, también de larga trayectoria literaria. Véase Gutiérrez Estupiñán,
2004.
5 Las páginas entre paréntesis corresponden a la edición consignada en las Referencias,al final de este trabajo.
6 Al respecto, afirma Rita Felski (1989) que la forma subjetiva del realismo puede
incorporar la pintura de sueños y fantasías como parte de su concepción de lo real.
Una función parecida podría adjudicarse a la serie de textos —tipográficamente indicados mediante cursivas— que dan cuenta, desde una voz narrativa femenina, de una
visión mítica de la vida, en perfecta conjunción con la naturaleza. Aparecen en las dos primeras partes de Todas íbamos a ser reinas.
7 El tema de la mudez es recurrente en la literatura escrita por mujeres, y con frecuencia
lo encontramos asociado a una actitud de rebeldía ante el mundo, o a un conflicto de
identidad. Recordemos a la protagonista de La larga vida de Mariana Ucrià (1992),
de la escritora italiana Dacia Maraini, donde la protagonista es absolutamente muda.
8 Este tema también aparece varias veces en las obras de Paulina Movsichoff. Lo encontramos,
por ejemplo, en el cuento “Pájaro con el ala quebrada” (en Una mujer silenciosa)
y en labios de las mujeres que rodearon, en distintos momentos, a Lafinur (en
Juan Crisóstomo Lafinur. La sensualidad de la filosofía).
9 Para una serie de ejemplos sobre el papel de la costura y el bordado en novelas escritaspor mujeres, véase Gutiérrez Estupiñán, 2000.
10 Una situación semejante la encontramos en Como agua para chocolate (1989), de la
escritora mexicana Laura Esquivel, en el caso del personaje de Tita, que cae en una
mudez temporal. Además, también teje una larguísima cobija.
11 Es interesante observar que, aparte de Eloísa, hay otros personajes que se sienten
atraídos por la vida en la gran urbe: David, Marcelo, Antú.
12 Jerónimo, amante de Adelaida, le había dejado un baúl lleno de libros que ella pensaba vender pero, viendo el interés de su sobrina, lo deja en sus manos. A raíz de que Eloísa aprende latín para poder leer esos libros, Adelaida habla con Enrique (padre de la muchacha) para convencerlo de que le permita irse a estudiar en Buenos Aires.
13 Lo mismo observamos en algunas novelas de Luisa Josefina Hernández (véase Gutiérrez Estupiñán, 2000).
14 El poema citado (“Tú me quieres blanca”) pertenece al libro El dulce daño, publicado en 1918. En algunos poemas de Alfonsina Storni se nota una clara conciencia social
(véanse los poemas “Por los miserables”, “El obrero”, “El siglo XX”) y varios de los
temas que caracterizan el Bildungsroman femenino.
15 En Todas íbamos a ser reinas hay ecos de una huelga de trabajadores, y de la solidaridad del Centro Feminista: “Por esa época Pascuala le anunció [a Eloísa] que los obreros textiles preparaban una huelga. Las mujeres del centro Feminista irían a las fábricas a tratar de brindar algún apoyo. Se rumoreaba que el gobierno no duraría
mucho, jaqueado por una de las crisis sociales más duras en lo que iba del siglo
[…]. En las parroquias se hacían ollas populares para paliar el hambre de cientos de
mujeres, chicos y hombres. Elisa tomó la costumbre de acercarse a ellos cuando su
tiempo se lo permitía […] (178).
16 Véase http://oaca.iespana.es/anarquismofeminismo.htm.
17 Alicia Moreau nació en Londres en 1871, y se trasladó con su familia a Argentina en 1880. Comenzó su actividad política hacia 1906. Formó parte de varias asociaciones
y presidió la campaña de la Unión Femenina para promover los derechos civiles de
las mujeres. A los 90 años todavía acompañaba a las Madres de la Plaza de Mayo.
Falleció el 12 de mayo de 1986, a los 101 años de edad.
18 En mensaje por correo electrónico a la autora de este trabajo, el 20 de junio de 2010.
Pero añade Paulina Movsichoff: “No es ella para nada, es creación mía”. Otras mujeres
que menciona la escritora son Graciela Laperriere de Coni y Lola Mora. De hecho, en
las últimas décadas se han recuperado muchos nombres de mujeres que participaron
en los movimientos feministas y sociales de la época que aborda la novela que analizamos.
19 Con respecto a este congreso, debe atribuírsele un valor más bien simbólico, como lo indica la respuesta de Paulina Movsichoff (en correo electrónico del 26 de junio de 2010) a mi pregunta acerca del referente “real” de este viaje de Eloísa: “En cuanto al Congreso, no me acuerdo, pero tiendo a pensar que no. Pero por esa época ya había surgido el feminismo en Europa y no es improbable que se realizara alguno. Creo que quería mostrar cómo el viaje en lo exterior se correspondía con el gran desplazamiento interior que debió efectuar Eloísa […]”.




Valencia, Venezuela
2010
Mujeres en el Mundo:
Multiculturalismo, violencia, trabajo,
literatura y movimientos sociales
Yamile Delgado de Smith
María Cristina González
Coordinadoras
Título: Mujeres en el Mundo: Multiculturalismo, violencia, trabajo, literatura y
movimientos sociales
Autores /as: Yamile Delgado de Smith, María Cristina González, Marta Zabaleta,
Juliana Tabares Quiroz, Raquel Gutiérrez Estupiñán, Sara Beatriz Guardia,
Claudia Hasanbegovic, Alejandra Restrepo, Mónica R. Abellana Chaybub,
Lucía Chen, Belkis Zoraida Tovar, Cirila Quintero, Edmé Domínguez Reyes,
Maria Galindo, Yin-Zu Chen, Lubiza Osio Havriluk, Mariela A. Gutiérrez,
Gloria Patricia Zuluaga Sánchez, Mariela Martí, Dalia Correa Guía, Ana Lúcia Sá
Primera edición
septiembre de 2010
© 2010 Laboratorio de Investigación en Estudios del Trabajo (LAINET)
Reservados todos los derechos.
Queda rigurosamente prohibida,
la reproducción parcial o total de esta obra
por cualquier medio o procedimiento,
incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
sin la autorización de los titulares del Copyright.
Hecho el Depósito de Ley
Depósito Legal: lf04120103003268
ISBN: 978-980-12-4591-9
Imagen portada: Matrioskas (2010), Yamile Delgado de Smith
Diseño: Arnaldo J. Alvarado
Impresión: Markmedia Group, C.A.
Valencia, Venezuela
UNIVERSIDAD DE CARABOBO
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Gestión de las Personas
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Seguridad Social
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Organización del Trabajo
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Mercados Laborales
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Estudio de la Conducta y
su Implicación en el Trabajo

Esta publicación es el resultado de reuniones, intercambios
y simposios del Grupo de Trabajo de Género del Consejo
Europeo de Investigaciones Sociales de América Latina
(CEISAL) coordinado por la Dra. Marta Raquel Zabaleta,
Universidad de Middlesex, Londres, el Grupo de Estudios
Latinoamericanos (GEL) coordinado por la Dra. Yamile
Delgado de Smith, Universidad de Carabobo, Venezuela
y el Laboratorio de Investigaciones en Estudios del
Trabajo (LAINET) coordinado por el Dr. Rolando Smith,
Universidad de Carabobo, Venezuela.
Todos los artículos de este libro Mujeres en el Mundo: Multiculturalismo,
violencia, trabajo, literatura y movimientos
sociales, han sido objeto de arbitraje doble ciego por expertos
en el tema.
Publicación financiada con aporte de empresas de acuerdo a la
Ley Orgánica de Ciencia y Tecnología e Innovación (LOCTI)
de Venezuela, al proyecto Observatorio Laboral, adscrito
al Laboratorio de Investigación en Estudios del Trabajo
(LAINET) de la Universidad de Carabobo. Identificado con
el código de proyecto número 1.116. La empresa que dio el
financiamiento fue VAS Venezolana S.A.

9
Marta Zabaleta (Inglaterra)
Doctora en Desarrollo del Institute of Development Studies (IDS),Sussex
University (1989).Es Honorary Visiting Senior Lecturer, School of Arts and
Education, Middlesex University de Londres, Reino Unido.
Correo electrónico: m.zabaleta@mdx.ac.uk
Juliana Tabares Quiroz (Colombia)
Socióloga de la Universidad de Antioquia, estudiante de la Maestría en Ciencias
de la Administración de la Universidad EAFIT en Medellín-Colombia.
Correo electrónico: julitobe@gmail.com
Raquel Gutiérrez Estupiñán (México)
Originaria de Puebla, México. Doctora en Filología Hispánica por la
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Madrid, España.
Correo electrónico: raquelgmx@yahoo.com
Sara Beatriz Guardia (Perú)
Escritora. Investigadora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la
Universidad de San Martín de Porres. Directora del Centro de Estudios La
Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL.
Correo electrónico: sarabeatriz@telefonica.net.pe
Yamile Delgado de Smith (Venezuela)
Doctora en Ciencias Sociales. Postdoctorado en Ciencias de la Educación.
Profesora Titular de la Universidad de Carabobo. Actualmente es jefa del
Departamento de Proyectos de Investigación y Directora de Investigación y
Producción Intelectual. Investigadora Nacional, Nivel II
Correo electrónico: yamilesmith@gmail.com
Autores/as
10
Claudia Hasanbegovic (Argentina)
Abogada, científica social y feminista nacida en Argentina, quien luego
de varios años de ejercer la profesión defendiendo a mujeres en temas de
violencia de género en su país, estudio, vivió y trabajo en varios países de
Europa por 10 años, donde obtuvo su PhD en Políticas Sociales, y Maestría
en Mujer y Desarrollo.
Correo electrónico: cmghasanbegovic@yahoo.com
Alejandra Restrepo (Colombia)
Trabajadora Social de la Universidad de Antioquia (Colombia); obtuvo el
título de maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional
Autónoma de México, con la tesis Feminismo(s) en América Latina y El
Caribe: la diversidad originaria.
Correo electrónico: alejares@gmail.com
Mónica R. Abellana Chaybub (Venezuela)
Abogada, Licenciada en Educación, Mención Lengua y Literatura, Magíster
en Derecho del Trabajo, cursante del Doctorado en Ciencias Sociales Mención
Estudios del Trabajo Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias
Jurídicas y Políticas de la Universidad de Carabobo.
Correo electrónico: mrabellana@gmail.com
Lucía Chen (Taiwán)
Nacida en Taiwán, es conocida como Hsiao-chuan Chen, es profesora titular
en el Instituto de Posgraduados en Estudios Latinoamericanos y directora del
Instituto de las Américas en la Universidad de Tamkang de Taiwán.
Correo electrónico: lucychen@mail.tku.edu.tw
Belkis Zoraida Tovar (Venezuela)
Postdoctora en Ciencias de la Educación. Doctora en Educación, Doctora en
Ciencias Sociales, Mención Estudios del Trabajo. Egresada de la Universidad
de Carabobo. Licenciada en Educación. Abogada.
Correo electrónico: belkistovar10@gmail.com
Cirila Quintero (México)
Mexicana, Doctora en Sociología por el Colegio de México, Investigadora
Titular de El Colegio de la Frontera Norte, Dirección Regional de Matamoros,
Investigadora Nacional, Nivel III.
Correo electronico: cirilaq@yahoo.com.mx
11
Edmé Domínguez Reyes (Suecia)
Mexicana residente en Suecia, realizó sus estudios de licenciatura en Relaciones
Internacionales (El Colegio de México) y de Doctorado en el Instituto
de Estudios Políticos de Paris (IEP). Actualmente es Profesora titular en la
Escuela de Estudios Globales (School of Global Studies), Universidad de
Goteborg.
Correo electrónico: edme.dominguez@globalstudies.gu.se
Maria Galindo (Bolivia)
Feminista, fundadora e integrante de Mujeres Creando; un movimiento feminista
autónomo en Bolivia. Ha producido los siguientes audiovisuales: Las
exiliadas del neoliberalismo, mamá no me lo dijo, amazonas mujeres indomables
y actualmente participa en la muestra principio Potosí en el centro de
arte reina Sofía con tres videos.
Correo electrónico: mujerescreando@entelnet.bo
Yin-Zu Chen (Taiwán)
Profesora del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de
Taipei, Taiwan. Doctora en Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de
Ruhr-Universität Bochum, Alemania. Actualmente forma parte del comité
ejecutivo de Taiwanese Feminist Scholars Association.
Correo electrónico: chenyz@mail.ntpu.edu.tw
Lubiza Osio Havriluk (Venezuela)
Ingeniera en Información, egresada de la Universidad Tecnológica del
Centro, Venezuela. Profesora de la Cátedra de Información en la Universidad
de Carabobo y del área de Ingeniería del Software y de Sistemas de Información
en la Universidad Tecnológica del Centro, Venezuela.
Correo electrónico: losio@uc.edu.ve
Mariela A. Gutiérrez (Canadá)
Ensayista, conferencista, investigadora y crítica literaria. Es profesora titular
y ex-directora (1998-2005) del Departamento de Estudios Hispánicos de la
Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá. Se especializa en los estudios
afro-hispánicos (principalmente Cuba) y en la literatura femenina latinoamericana
del siglo XX y es la principal especialista de la obra de la autora cubana
Lydia Cabrera.
Correo electrónico: magutier@uwaterloo.ca
12
Gloria Patricia Zuluaga Sánchez (Colombia)
Profesora Asociada de la Universidad Nacional de Colombia en el área de
Medio Ambiente y Desarrollo. Ha realizado estudios de Doctorado en Sociología
y Desarrollo en la Universidad de Córdoba, España; de Desarrollo y
Mundialización en la Universidad de Ginebra Suiza -Internacional Master
of Advance Studies (IMAS)- y de Maestría en Hábitat de la Universidad
Nacional de Colombia.
Correo electrónico: lgloria.zuluaga13@gmail.com
Mariela Martí (Argentina)
Nacida en Argentina, licenciada en Comunicación Social con orientación
periodismo de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad
Nacional de La Plata. Periodista gráfica durante 10 años. Escritora e investigadora
independiente.
Correo electrónico: marielamarti@gmail.com
María Cristina González (Venezuela)
Docente e investigadora de la Universidad de Carabobo, Facultad de Ciencias
de la Salud. Aragua. Venezuela. Miembra de la Unidad de Investigación
y Estudios de Género “Bella Carla Jirón Camacaro”, del Laboratorio de
investigación en procesos sociales y calidad de vida. LINSOC.
Correo electrónico: mariacegonzalez60@gmail.com
Dalia Correa Guía (Venezuela)
Profesora Titular a dedicación exclusiva de la Universidad de Carabobo,
Venezuela, adscrita al Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas y
Sociales. Investigadora Titular C (Invitada) del Centro de Investigaciones sobre
América Latina y el Caribe, Universidad Nacional Autónoma de México.
Correo electrónico: correaguia@gmail.com, dcorrea@uc.edu.ve
Ana Lúcia Sá (Portugal)
Doutora em Sociologia, Licenciada em Estudos Portugueses e Mestre em
Estudos Africanos pela Universidade do Porto. É bolseira de pós-doutoramento
da Fundação para a Ciência e a Tecnologia no Consejo Superior de
Investigaciones Científicas – Institución Milá y Fontanals, em Barcelona.
Correo electrónico: analuciasa@gmail.com
13
Índice
Repensando la investigación sobre Mujeres, Hombres y Géneros:
historia de un caso (El Grupo de Trabajo del CEISAL) I*
Marta Raquel Zabaleta ................................................................................ 17
¿Flexibilización o precarización? Una mirada a las condiciones
laborales de las trabajadoras de la salud y las trabajadoras de la
confección en la ciudad de Medellín
Juliana Tabares Quiroz ................................................................................ 37
En busca de nuevos caminos:
Todas íbamos a ser reinas, de Paulina Movsichoff
Raquel Gutiérrez Estupiñán ........................................................................ 55
Las ilustradas de la República
Mercedes Cabello y la educación femenina
Sara Beatriz Guardia ................................................................................... 69
Secretos de la casa de adobe
Yamile Delgado de Smith ........................................................................... 87
Fronteras del Odio:
de Sudamérica a Londres y Buenos Aires
Claudia Hasanbegovic ............................................................................... 101
14
Epistemología feminista en América Latina y el Caribe
Alejandra Restrepo .................................................................................... 117
Mujer como testigo de la historia
Mónica Abellana Chaybub ....................................................................... 141
Mujeres en la independencia mexicana:
entre historia y leyenda
Lucía Chen ................................................................................................ 151
Mujer e informalidad laboral
Belkis Zoraida Tovar ................................................................................. 171
La participación femenina en los partidos políticos
y la equidad de género. El caso de México
Cirila Quintero Ramírez ............................................................................ 185
Labour organizing among women workers linked
to globalization: the case of El Salvador
Edmé Domínguez R. ................................................................................. 201
Nuestro feminismo ni maquilla, ni rellena
Maria Galindo ........................................................................................... 219
Los marcos interpretativos feministas: una propuesta
para el análisis de los movimientos sociales
Yin-Zu Chen .............................................................................................. 233
La mujer y las TIC:
De la cultura oral a la cultura blogal
Lubiza Osio Havriluk ................................................................................ 247
Borka Sattler: dos heroínas de su irradiante universo femenino
Mariela A. Gutiérrez ................................................................................. 263
Aproximación a los ecofeminísmos
Gloria Patricia Zuluaga Sánchez ............................................................... 283
Militancia femenina en años de persecución política
y dictadura. Argentina 1974-77
Mariela Martí ............................................................................................ 299
15
Género y educación. Un abordaje desde las diferentes
perspectivas feministas
María Cristina González Moreno .............................................................. 321
La mujer y el socialismo bolivariano del siglo XXI
Dalia Correa Guía ..................................................................................... 335
Género e máquina colonial portuguesa.
A representação de mulheres em romances angolanos
Ana Lúcia Sá ............................................................................................. 351

viernes, 21 de enero de 2011

lunes, 10 de enero de 2011

María del Sol- Paulina Movsichoff


A María del Sol Colombres



Antes de que vinieras
mi dolor era un muro
una llaga constante me quemaba las manos
Antes
Cuando las cosas eran lenguas dormidas
y la brisa jugaba a esconderme sus peces
Hubo trenes nocturnos entre rieles de miedo
fugaces mariposas que buscaban la puerta de la luz
De pronto tú llegaste
y fue como si un agua me brotara del pecho
como un rumor de pinos
como memoria de jazmines
Movimientos de astros que soñaron tu historia
entre duendes lejanos
países de leyenda
frágiles paraísos hermanos del asombro
Desde entonces la fuente
los signos de la noche
las madejas del día
Desde entonces
la abierta claridad de mis fronteras
Voy siguiendo tu huella de rocío
tu gira-sol que tiembla en el crepúsculo

Onírisis