martes, 21 de marzo de 2017

EXILIO- Paulina Movsichoff





Conocí a quien luego sería mi marido,  Adolfo Colombres, el 9 de septiembre de 1972. Por esa época yo hacía comentarios de libros para el programa Biblioteca de Radio Nacional y debí comentar una novela de este joven autor desconocido hasta el momento para mí. Ese día nos encontramos con el fin de que él me regalara su libro, ya que antes llamó a la Radio para preguntar si los comentaristas nos quedábamos con las obras. Ante la respuesta negativa me dejó su teléfono y acordamos el encuentro. Me contó su conturbación por el suceso que por esos días conmovió a la opinión pública pero que a él lo había afectado particularmente: Clarisa Leaplace, una muchacha con la que sostuvo una prolongada relación, había sido fusilada en Trelew. La ya conocida masacre de Trelew consistió en el asesinato de dieciséis miembros de  distintas organizaciones armadas peronista y de izquierda, preso en el penal de Rawson, capturados tras un intento de fuga y ametrallados posteriormente. Me contó también que un tiempo antes su estudio de abogado había sido allanado y que él fue llevado detenido junto a su hermano que se encontraba visitándolo, así como unas amigas de este último. El  motivo parecía ser que había defendido a Luis Leaplace, hermano de Clarice y militante del ERP, cuando éste fue traído detenido a Buenos Aires. Adolfo estuvo unos días preso y luego fue puesto en libertad, pero sus antecedentes quedaron en los archivo de los Servicio de Inteligencia del Ejército. En el momento de conocernos estábamos bajo un gobierno militar, el General Lanusse a cargo de la presidencia, y el cambio que se aproximaba ya podía sentirse en el aire. Esa primavera fuimos a Gaspar Campos, a celebrar la llegada al país del General Perón.
  Nos casamos el 18 de abril de 1973. Al regreso de nuestra luna de miel tuvimos la experiencia inolvidable de abrirnos paso en una Plaza de Mayo atestada de un pueblo alborozado y triunfante, que había acudido a acompañar a Cámpora, flamante Presidente de la Nación. Los tiempos habían, parecía, cambiado y mi embarazo era como un corolario para tanto alborozo. Vida nueva, proyectos nuevos, uno de los cuales fue el de crear una editorial, Ediciones del Sol, como si un nuevo sol alumbrase nuestros días. No tardamos en sentir el primer sacudón que nos llevó a pensar en la fragilidad de nuestras ilusiones. En Chile, Salvador Allende había sido salvajemente desplazado y asesinado para dar paso a un gobierno militar que comenzó a desplegar su política de represión a sangre y fuego. Nuestra hija, María del Sol, nacía el 10 de enero de 1074. Los cambios se fueron gestando vertiginosamente y son conocidos de todos. Nosotros mirábamos desde nuestra nueva vida cómo los sueños se nos iban desgarrando uno a uno. En nuestra Editorial se publicó Revolución y contrarrevolución en Chile, ensayo sobre los sucesos de Chile y Adolfo Colombres publicó una nueva novela: El oficio de militante, en la cual narraba las experiencias de un militante, que eran en parte autobiográficas, ya que había incursionado brevemente en el ERP. Yo comencé a concurrir a reuniones con compañeros de lo que se llamó La Tendencia, pero complicaciones en el embarazo me impidieron continuar. Luego llegaron la muerte de Perón, el gobierno de Isabelita, López Rega y las fatídicas tres A. Comenzamos a sentir pánico por los antecedentes de Adolfo, mi marido. La novela fue sacada de la venta y teníamos noticia de que Ediciones del Sol, uno de cuyos socios estaba también comprometido, estaba en la mira de las tres A. Luego vino el golpe del 24 de marzo. Si bien mi marido me tranquilizaba, yo estaba muy asustada. Por mucho menos las personas eran sacadas de sus casas para ir a formar parte del país de irán y no volverás. Los cadáveres aparecían en los zanjones. Mi hija de un año y medio se paraba aterrorizada en la cuna cuando sentía por las noches el ulular de las sirenas. Yo había publicado un libro de poemas en donde uno de ellos era un homenaje a Cuba y Fidel Castro. Pero sobre todo eran los antecedentes de quien entonces era mi marido lo que me volvía loca de terror. En mi trabajo de Radio Nacional yo estaba contratada y tenía el propósito de gestionar mi ingreso a planta permanente. Mi marido, presintiendo que las cosas podían empeorar, gastó nuestros ahorros en un viaje a América Latina, esperanzado en la posibilidad de encontrar nuevos mercados para Ediciones del Sol. Esto sucedió en el verano de 1976. Fue en Venezuela que conoció a Wilson Hallo, conocido marchand de arte en Ecuador, su país, quien se entusiasmó en que fuéramos allí a crear Ediciones del Sol. Aterrorizada por todo lo que sucedía y nada convencida de que pudiéramos resultar indemnes, impulsé con fuerza nuestra salida del país. Nuestro departamento era alquilado y el dueño nos lo reclamaba por lo que teníamos que entregárselo a corto plazo. El 18 de julio de 1976 partimos rumbo a Quito, Ecuador, donde nos esperaba Wilson Hallo. De pronto nos encontramos en una casa y un país extraño y nuestro corazón se acongojaba al pensar en todo lo que dejáramos atrás sin saber si volveríamos alguna vez. Las condiciones de vida fueron muy duras pues la Editorial tardaba en concretarse y mi marido no tenía trabajo. Yo soy Profesora de Letras egresada de la UBA pero, a pesar de mis intentos, no pude ingresar como profesora. El cuidado de mi hija de dos años demandaba todo mi tiempo, principalmente porque allí no conocía a nadie y no teníamos medios para dejarla al cuidado de alguien. Esto motivó que aceptara vender libros en la calle para Central de Publicaciones, una empresa de venta de enciclopedias cuyo dueño era Claudio Mena, uno de los eventuales socios de la Editorial.  Así, salí un día sin haber vendido nunca ni el más mísero alfiler a recorrer oficinas por unas calles absolutamente extrañas para mí. De todos modos nos costaba mucho mantenernos. Y puedo decir que hubo días en que no teníamos qué comer, a pesar de mis esfuerzos en la venta. A esto vino a sumarse que mi marido, que había dejado su profesión de abogado, se dedicó al estudio de las culturas de los que ahora se  llaman “pueblos originarios” pero en aquella época llevaban el conocido nombre de indígenas. Ya en Buenos Aires había terminado su ensayo La colonización cultural de la América Indígena, que fue la primera publicación de Ediciones del Sol de Quito. Su pasión por esas causas lo llevaba a frecuentar las tribus del país y a visitar con frecuencia la selva, en donde se encontraban varias comunidades aborígenes. También a concurrir al Instituto Indigenista de Ecuador, cuyo Director comenzó a tomarle inquina al ver la consideración que los indígenas sentían por él. Poco después caía arrestado por ser extranjero e inmiscuirse, decían, en la política con los pueblos originarios. Esta vez fueron sólo unos días y las cosas volvieron a su normalidad. El ensayo tuvo éxito y Salomón Nahmad, Director del Instituto Indigenista de México (INI), le propuso en una carta que fuera a trabajar allí. Yo lo animé a que aceptara, pues nuestra situación en Ecuador era muy dura. En esos dos años que estuvimos allí mi padre me regaló dos pasajes para que mi hija y yo pudiéramos venir a Argentina. Ellos se habían separado y mi madre estaba muy venida a menos con una enfermedad de los ojos que la estaba llevando a la ceguera y se desesperaba de no volver a ver a su nieta adorada. Quiero agregar aquí que para fin de año del 76 llegó a mi casa un cable anunciando que a mi primo, Miguel Zavala Rodríguez, lo habían matado en la calle, habiendo desparecido su mujer y sus dos hijitas, de dos y tres años. Él era militante montonero. Esta noticia constituyó para mí un duro golpe. Pero era también una fuente de preocupación pues cuando llegué a Buenos Aires sentí mucho temor, sobre todo al llenar el formulario para el pasaporte donde constaba el apellido de mi madre, Felisa María Zavala Rodríguez. En esa oportunidad se demoraron más de la cuenta en entregármelo y debí acudir a un amigo que era miembro de la Policía. El regreso a Ecuador fue muy desgarrante pues por ningún motivo mi ex marido podía volver y, si bien yo entraba al país, no podía establecerme aquí como hubiera sido mi deseo y también el suyo.
  En Ecuador las cosas se complicaron cuando los Shuar, una tribu de allí, organizó un Congreso en Cuenca. Llegaban observadores de todo el mundo y Adolfo decidió concurrir, a pesar de mis ruegos por el peligro que presentía para él. El Congreso fue prohibido por el gobierno, que, al igual que en Argentina, estaba regido por una Junta militar. El presidente era el almirante Poveda. Los Shuar se refugiaron en la selva en pie de guerra y desde Cuenca partían los ómnibus con los asistentes a dicho congreso. Pocos días después me avisaron que a mi marido lo habían llevado preso en Cuenca y que nada se sabía de él. Acompañada de una amiga recorrí los retenes (cárceles), abarrotadas de argentinos y chilenos pues por esos días habían secuestrado y asesinado a un industrial y se decía que sólo los argentinos, chilenos o peruanos, éramos capaces de cometer tan nefando crimen. Mi búsqueda fue infructuosa. Pasaron otros tres o cuatro días sin noticias no pude dejar de recordar las desapariciones de mi país y me pareció estar viviendo una situación similar. No me atrevía a llamar a la Embajada Argentina pues con los antecedentes de mi marido podría ser contraproducente. Pero conocía a un funcionario de allí, amigo de un primo mío, y,  luego de que me asegurara de que guardaría el secreto, me prometió averiguar por él. A las pocas hora me llamó para decirme dónde podía ubicarlo. Estaba preso en los altos de una escuela. Me aconsejó que fuera de su parte y que le llevara comida. Al mismo tiempo llamé a un escritor muy conocido que tenía amistad con el Ministro para que intercediera por mi marido. La empleada de mi casa, al comprobar mi preocupación y entrever lo que sucedía,  quiso irse y tuve que valerme de toda mi capacidad de persuasión para que no nos abandonara en esas circunstancias. El escritor me llamó una de esas mañanas diciéndome que ya podía ir a buscarlo, que el ministro le había asegurado que lo liberarían pero, cuando llegué, el oficial a cargo de esa improvisada cárcel me dijo: “No, señora. Prepárele la valija pues será deportado en veinticuatro horas.” Comprendí de golpe lo que eso significaba en nuestra Argentina de 1977. Se le anuló la visa con el cargo de “Soliviantar a los indígenas contra el gobierno” lo que era, por supuesto, totalmente falso. Llamé infructuosamente a todos mis conocidos. Los mismos que antes compartieran con nosotros noches de amistad y vino, se retiraban con temor y se negaban a atenderme. Aterrada de que mi marido pudiera ser deportado me decidí a ver al Presidente. Averigüé su dirección, y en compañía de un amigo, me aposté en la puerta de su residencia.  El guarda me dijo que no estaba pero que era imposible que me recibiera sin audiencia. Decidí que esperaría su llegada. Lo abordaría pasara lo que pasase. Una persona de la casa que entró en ese momento sintió intriga por mi obstinada presencia y me preguntó de parte de quién iba. Le respondí casi sin pensar: “Del Dr. Kusrrow”. Se trataba de un médico quiropráctico argentino radicado en Quito que me trató por una fractura de coxis, ocasión en la que me contó que el Presidente le estaba muy agradecido porque lo había salvado de una operación de hernia de disco. El hombre entró en la casa y al momento se abrieron las puertas de la residencia invitándome a entrar. El Presidente llegaría en breve, me dijeron. Yo llevaba conmigo un cable que me enviara Salomón Mahmad, el Director del INI, quien había llamado a mi marido para preguntar si se concretaría la oferta de trabajar en el INI.  Al informarle que  estaba preso, me tranquilizó diciéndome que le enviaría un cable en donde constara que el Instituto Nacional Indigenista de México requería sus servicios. Cuando el Presidente llegó y fue informado de parte de quién iba se sentó y con amabilidad escuchó lo que me sucedía. Se conmovió ante mi llanto y miedo de que enviaran a mi marido a la Argentina. Me dijo que esa tarde fuera al Palacio de Gobierno para ver cómo podíamos solucionar el problema. Así lo hice y ese mismo día habilitaron el pasaporte, cuyas páginas habían sido cruzadas por una línea negra que decía “Visa anulada por deportación”. para que mi marido pudiera salir a México a la mañana siguiente, de acuerdo a la palabra que di al Presidente.Yo lo había alertado por teléfono a mi familia y la suya quienes estuvieron de acuerdo en girarme para el pasaje. Lo compré esa misma tarde con el préstamo de un amigo en vista de lo urgente del caso. Esa noche salió en libertad para arreglar su valija y a la mañana siguiente llegaron a buscarlo de Migraciones para que tomara el avión a México. Quiero agregar aquí que tantos problemas, carencias y falta de oportunidades habían ya resquebrajado nuestra relación. Nuestros desacuerdos eran grandes y constantes y, aunque yo luché por su libertad y seguridad, tenía conciencia de que entre nosotros las cosas ya no eran como antes y que las últimas ilusiones se estaban despedazando. Por otra parte, con la situación en Argentina me era imposible pensar en volver.
  Me quedé entonces en Quito mientras mi marido partía a México. En ese momento mi hija cumplía ya cuatro años. Era enero de 1978. Debí levantar sola la casa, vender los muebles con que poco a poco la fuimos amueblando, embalar los libros y otros enseres y enviarlos a México, adonde yo lo seguiría ni bien terminara con esos menesteres. Creo que de todo esto podrá surgir una impresión clara del sostenido esfuerzo que recayó sobre mí el preocuparme por salvar a mi marido, el cuidado de mi pequeña y de mi propio trabajo que no abandoné ni aún en esas circunstancias. Tal vez el sólo hecho de lo que podría pasar de volver al país me dio esa fuerza.
  Viaje a México veinte días después a reunirme con mi marido. Si bien él ya había firmado su contrato, debíamos buscar vivienda, encontrar trabajo para mí pues su sueldo no alcanzaba, encontrar también un colegio para mi hija. La nostalgia de Argentina era una constante en nuestras vidas. Pero eso por aquella época era una utopía. En México se estabilizó un poco nuestra situación. Por ese entonces recibí carta de mi madre en la que me informaba la desaparición de mi prima Julia Elena Zavala Rodríguez hermana de Miguel muerto, como dije, dos años antes. La sacaron de su casa seis hombres con armas largas y nunca más supimos de ella. Eso también significó un golpe para mí. Mi madre venía también a visitarnos y cuando regresaba se apoderaba de nosotros una opresiva sensación de orfandad. Mi hija me acuciaba a preguntas de por qué no podía vivir en su patria con su abuela, tíos y primos y yo trataba de explicarle que su padre no podía volver. A principios de 1982, un poco antes de la guerra de Malvinas, se hablaba de que ya los militares habían aflojado la mano y mi marido decidió correr el riesgo para ver qué pasaba. Vinimos los tres en enero del 82. Pero fue una acción temeraria de su parte que pudo haberle costado cara pues no le entregaban el pasaporte que llevó para revalidarlo. Cada vez que iba a buscarlo me pedía que lo acompañara y me quedara en la puerta de la jefatura de la Policía por si no salía. Me había dado instrucciones para que, si eso sucedía, avisara a su padre que era un conocido abogado de Tucumán para que moviera alguna de los importantes contactos que él tenía acá. Llegó el momento en que teníamos que volver y a mí a mi hija nos entregáramos el pasaporte. A él no. Como debía reintegrarse a su trabajo en Culturas Populares en México, me pidió que regresara con nuestra hija y pusiera sobre aviso a su jefe. Con muchísima preocupación y pena debí hacerlo. Pasó un mes antes de que se le diera autorización para salir del país. Todo ese tiempo viví en la zozobra de si volveríamos a vernos y de que pudiera ser detenido a último momento. Por suerte pudo llegar nuevamente a México y continuar nuestra vida normal.
  Regresé con mi hija a fines del 82. Ese año vivimos desde México la Guerra de Malvinas con el corazón traspasado. Pero ya la democracia era una esperanza cierta. Mi marido vino un mes después. Esta vez fue él quien se quedó levantando la casa y dando cumplimiento a sus última obligaciones laborales. En adelante seríamos nuevamente exiliados pues nos habíamos encariñado con el país que nos acogió. Yo tenía ya cuarenta años y me resultaba muy difícil insertarme en el mercado laboral, con mayor razón si se piensa que regresábamos más temprano que otros exiliados, empujados por la congoja de mi marido que no aguantaba más la distancia y la ausencia. Todavía no llegaba la democracia. Regresábamos a un país devastado que no nos abrió sus puertas. Vivimos todo ese año de la ayuda de nuestros padres. Sólo con el advenimiento de la democracia yo conseguiría algún trabajo, pero ese quiebre no podría superarse pues yo ya no tenía la edad adecuada.  Fui nombrada en la Biblioteca del Concejo Deliberante de la que fui cesanteada a pesar de cumplir normalmente mis tareas  y desde entonces sufrí el desempleo y el subempleo. Estuve más de cinco años sin entrada alguna y viviendo de la ayuda de mi familia. A pesar de haber publicado libros y de haber obtenido en México el Premio “Juan Rulfo” en 1981 para Primera Novela, pues también soy escritora, de ganar aquí el Premio Círculo de Lectores y el Segundo Premio Municipal de Novela, me resultó muy difícil conseguir aquí un empleo digno hasta más allá de los 60 años. Mi hija ha sufrido el desarraigo y esto le ha ocasionado algunos problemas, entre otros el no haber tenido, como yo y mi marido, una infancia en lugares a los que pueda regresar y reconocer. En fin, tal vez no hubiéramos sufrido el divorcio, aunque ello sea hoy algo corriente.
  Ésta es, a grandes rasgos, la historia de nuestro exilio, que si bien pareciera atípico, fue al fin y al cabo un desarraigo doloroso cuyo precio no dejamos de pagar, para bien y para mal.    

                                                                    

domingo, 29 de noviembre de 2015

MUJER QUE MIRA EL MAR- Paulina Movsichoff



  El hombre miró el cielo. Se había nublado y un viento frío enmarañaba las aguas. Pequeñas olas sin espuma lamían los costados de la lancha. “Habrá tormenta”, pensó; por suerte ya estaba cerca de la costa. Venía contento. Era la primera vez en muchos días que la red venía repleta. Miraba las aletas filosas de los tiburones, su boca abierta, como para pelear la vida a dentelladas. Tuvo conciencia de la dureza de sus días; la lucha cuerpo a cuerpo con el mar, ese guardián iracundo. Vio las casas lejanas, la franja rojiza de la playa a la caída del sol. Ninguna mujer lo esperaba. Se acordó de la suya, muerta al dar a luz. Sus pechos tibios al amanecer. Después, nuca más. Sólo alguno que otro cuerpo los fines de semana, resaca del amor.
  La playa estaba desierta, como siempre en esa época. Algo, sin embargo, llamó su atención por el lado de las rocas. Miró con mayor detenimiento: una mujer, las manos cruzadas sobre las rodillas, se veía absorta en la contemplación del mar. Todo indicaba que no era de aquel pueblo: las facciones finas, la piel casi transparente. Un chal blanco envolvía su garganta, confiriéndole un dejo de irrealidad. El viento despeinaba su pelo rubio sin que ella se inmutara. Matías se quedó mirándola largo rato. Las gaviotas volaban bajo, buscando comida. El sol ya se ponía y gruesas gotas comenzaron a mojar su ropa. La mujer seguía allí, abstraída en su rito solitario.
  Esa noche, en la cantina, con un vaso de ginebra en la mano, no pudo dejar de recordar la visión. Por un momento pensó en relatar lo sucedido a uno de los pescadores que allí se divertían entre el humo y las voces enronquecidas de algunos marineros. Pero luego calló. Se acordó de la forma en que sus compañeros se burlaban de su sensibilidad; “el romántico”, le decían. Decidió guardar el secreto. Divulgarlo le pareció una especie de profanación. Sólo le intrigó que nadie hablara de la extraña aparición. Se preguntó si no la habría soñado.
  El día siguiente pasó más lento que de costumbre. Se sorprendía muchas veces distraído, la red en la lancha sin que él hiera el esfuerzo por arrojarla. Al atardecer enderezó la proa hacia la orilla. Como la tarde anterior, la mujer estaba allí, con su chal blanco y los cabellos sueltos. Parecía la sacerdotisa de alguna olvidada religión. No hizo ningún movimiento que le hiciera entrever que lo había advertido. Matías se quedó admirándola, fijándose en los detalles del rostro, en esa armonía que trasuntaba toda su persona. Esa noche, en la cama, pensaba en los motivos que tendría una mujer así para estar en un pueblito de pescadores. Se preguntaba dónde viviría, recordaba con nitidez sus ojos, sombreados por un sentimiento que era a la vez indiferencia y desamparo. 
     El invierno golpeó con fuerza. Un viento helado arañaba las casas, la arena era un latigazo por las casas. Pocos pescadores se aventuraban en el mar que, por esos días, se había tragado dos lanchas. Matías no cejaba. Seguía internándose mar adentro. El espacio, invadido por el frío y el silencio, concordaba con su estado de ánimo. Seguía viendo por las tardes a la mujer de las rocas. Ésta se le había convertido en una obsesión. No se animaba a hablarla, ni siquiera sabía si ella lo había visto. Pero su recuerdo era un tibio rescoldo para pasar las noches. La vida no le parecía ya tan vacía.         
  Aquella madrugada, al levantarse, sintió el hálito templado de la primavera. El mar era un esmalte plateado bajo la suave fosforescencia del cielo, en donde el sol aún no había salido. Caminó por el laberinto de callejuelas angostas mirando las casas, todavía envueltas en la bruma del sueño. Toda la mañana navegó por un sol caliente. Recuperó el gozo de mirar el mar; sus gavillas azules, verdes, rosadas. Alguna que otra bandada de pájaros formaba círculos alborotados por encima de su cabeza.se acordó de sus primeras experiencias como pescador, cuando cada jornada de mar era una tregua de felicidad. Lo atraía ese silencio, cargado de perfumes salvajes, de peligros latentes. Hacia el fin de la tarde emprendió el regreso. Pensó en la mujer de las rocas, en su enigmática tristeza. Se decidió a hablarle. Quizá ella no lo rechazara.
 Al subir por el muelle el corazón le latía con fuerza. Mientras se acercaba a las rocas, una aguda opresión se le hincó en el pecho. Subió, casi corriendo, la pendiente del acantilado. Pero no encontró a nadie. Sólo el chal blanco, que el viento comenzaba a arrastrar.    



De Extraño de ojos grises- México, 1982     

viernes, 27 de noviembre de 2015

LOS ÚLTIMOS JAZMINES- Paulina Movsichoff



Al ser empujada la puerta emitió un chirrido. Era una antigua verja de hierro, pintada de gris. Irene reprimió un estremecimiento. El reencuentro con su pueblo no la había impresionado tanto como la casa, destartalada y solitaria en ese atardecer de abril. Miró detenidamente el pequeño jardín, invadido ahora por la maleza. No pudo dejar de pensar en su padre, sentado en el césped, podadora en mano. Pero de eso hacía mucho tiempo. Advirtió que las heladas estaban acabando con la enredadera de jazmines que trepaban hacia la ventana del comedor. Formó un pequeño ramos con los últimos que quedaban. Sacó luego las llaves del bolso y buscó la que correspondía  a la  puerta de entrada. Un olor a humedad le llegó desde las paredes del zaguán. Tuvo la sensación de penetrar en un mundo acabado del cual ella era la última sobreviviente.
Por los postigos cerrados de la sala se filtraba una débil claridad. Las paredes, altas y desnudas, aumentaban la impresión de desamparo. Una gruesa capa de polvo cubría los muebles. Al sacudir los almohadones del sillón volaron, asustadas, las polillas. Allí estaba, intacto y majestuoso, el piano de cola en el que Amelita, su hermana, solía pasar largas horas ensayando. Sólo ella se había quedado luego de la muerte de sus padres, tratando de resguardar el pasado de los embates del tiempo. Volvió a su memoria la alegría que le produjo, allá en Buenos Aires, la noticia de  su casamiento y posterior embarazo. Tratando de desechar el recuerdo del accidente, siguió recorriendo la habitación. Sus ojos tropezaron con la consola. Sobre ella, un jarrón con calas secas era el único vestigio de la tarde en que Amelita e Ignacio, su marido, fueron velados. Esto había ocurrido poco antes de la fecha en que el niño debía nacer.
Un grillo ponía su nota monocorde en el silencio del patio. Las gallinas escapadas del fondo vecino pisoteaban la tierra. Se sentó en la vieja mecedora de su madre y se hamacó un buen rato, abstraída y distante. En la fuente de lajas, el león pintado parecía esbozar una sonrisa sarcástica. No había querido recorrer los otros cuartos. Estaba bien así, en esa nostalgia silenciosa.

Algo parecido a un quejido la sobresaltó. Volvió la cabeza. A su alrededor no había nada que pudiera indicarle su procedencia. Pronto el quejido se fue haciendo más continuo, hasta acabar en lo que no podía ser otra cosa que un llanto de niño. Decidida, caminó hacia uno de los dormitorios. Todo estaba como antes. El llanto procedía del cuarto vecino. Encendió la luz. El espejo de la cómoda reflejaba un bulto sobre la cama. Allí, en un canasto de mimbre, envuelto en sábanas bordadas con la inicial de  Montero, el niño se adormecía.



Extraño de ojos grises- Mèxico, 1982

martes, 24 de noviembre de 2015

Por la Amazonas- Paulina Movsichoff



La despertó el alboroto de los pájaros en la palmera. Abrió lentamente los ojos y, a través de la cortina, pudo comprobar un cielo insistentemente azul. Le gustaba quedarse así, en esa duermevela donde los pensamientos se deslizan fugaces como sombras y podía creerse allá, en aquellas otras mañanas, ya perdidas. Ese día no tenía ganas de salir a trabajar. Quién lo hubiera dicho: Vendedora. Ella, que en la vida hizo otra cosa que leer y escribir. Recordó su cuarto de investigadora, en la Facultad. Era muy pequeño pero resultaba cálido con las plantas que fue acumulando mes tras mes, los afiches de Rousseau. ¿Quién lo ocuparía ahora? Quizás estuviera vacío, esperándola. La investigación sobre Carpentier quedó trunca y aquí no había tenido fuerzas ni tiempo para retomarla. Debían ganarse un lugar, sobrevivir  como fuera en es país en donde recalaran, náufragos en la gran isla del exilio. Sintió en su cuerpo la mano, aún adormilada, de Carlos y la rechazó con suavidad. No le gustaba ser interrumpida en esos momentos, los únicos que se permitía, de nostalgia. De la penumbra del inconsciente surgió la cara de Juan, con quien soñara toda la noche. Lo encontró en la calle, poco tiempo antes de la partida. Tomaron juntos un  café. Ahora volvía a ver esos ojos, ensombrecidos por la rabia, las manos que destrozaban la servilleta mientras ellos hablaban de cualquier cosa para no nombrar lo que estaba allí, vivo, como una fiera al acecho. “Cuidate”, le dijo ella al despedirse. No podía dejar de sentir por él una tierna preocupación. Sin embargo, conociéndolo tan bien (la relación había sido breve pero intensa), se alejó segura de que si súplica caería en saco roto. La mano insistía y el deseo comenzó a ganarla, como una marea inevitable. Eso es. Hacer el amor, anudarse hasta espantar los miedos, hasta que la tristeza retroceda. La tristeza. De un tiempo a esta parte siempre estaba allí, agazapada, lista para saltar en cualquier momento de despido.
   Mientras se vestía miraba el Pichincha, a lo lejos, las casas que comenzaban a llenarse de apuros y de ruidos. Pensó que volvería por la Amazonas. Era la única calle que reunía las oficinas más importantes de la ciudad; esa vez no podía darse el lujo de perder el tiempo. Nada de sentarse en un banco de la Alameda, entre una venta y otra, con un libro en la mano. Carlos no recibía un peso desde hacía varias semanas, y debían el arriendo, las provisiones comenzaban a escasear. Subió por la Humboldt. Contempló los jardines simétricos, el césped aún mojado de rocío, todo envuelto en esa atmósfera de seguridad y sosiego que parece emanar de los barrios adinerados.
  En la parada del Chaguarquincho, la  misma india de todos los días le tendió la mano. Ella sacó un sucre del bolso y se lo dio. Dos otavaleñas corrían ya hacia el bus que avanzaba desde la esquina con su panza de un azul desteñido. Un olor a fruta podrida, a sudor, la golpeó mientras trataba de acomodar las piernas en el breve espacio del asiento. A su lado, el niño atado a las espaldas de la mujer estiraba la mano, tratando de tocarla. Miró sus ojos negros y alertas, los cachetes de una aceitunada placidez y le sonrió. Mientras el bus bajaba por la 6 de Diciembre trató de concentrarse en la limpidez del aire, en la exaltada transparencia de esa mañana andina. Al llegar a la Alameda decidió bajar y recorrer a pie las dos cuadras que faltaban. Se detuvo en un edificio moderno, de vidrios color sepia. A la entrada se leía, con letras doradas: Edificio Proinco Calixto. Al catorce, pidió al ascensorista, luego de cerciorarse en el  tablero de que era el último piso. Antes de comenzar, se detuvo en el hall y, por la ventana, miró fugazmente la ciudad, allá abajo, los toldos de las confiterías, los tapices y ponchos que los indios desparramaban en la vereda, preparándose para la llegada de los turistas. ¿Qué ofrecería primero? ¿El Quijote ilustrado por Dalí? Quizá fuera conveniente comenzar por la Enciclopedia infantil, con sus cuatro tomos: todos los porqués, los dónde, los cuándo, los cómo. Por su mente pasó, fugaz, el recuerdo de su abuela, con El Tesoro de la juventud en la falda. Siempre dejaban de lado el Libro del los Porqué para zambullirse en el de Narraciones Interesantes. Ahora se acercaba Navidad. No estaría mal trabajarles a los ricachos por el lado del amor paternal. Cerró los ojos y la imagen de la abuela se le dibujó con tal fuerza que debió contenerse para no llorar allí mismo. O bien Los grandes políticos. Hitler y Marx. Qué ensalada. Kennedy y Ataturk. Golpeó tímidamente la puerta donde se leía: “Inversora V & U”. la secretaria, una yanqui oxigenada, le preguntó: “¿Qué deseas querrida?”, arrastrando la erre. “hablar con el gerente”, dijo ella, con una voz que trataba de parecer segura. Las secretarias eran huesos difíciles de roer. “¿Por qué asunto, querida?”, insistió la rubia. “Personal”, contestó, instalándose en un sillón de cuero mullido. La contempló alejarse moviendo las caderas. “Está ocupado”. Vuelve mañana.” Esta vez fue Promepar SA, en el piso de abajo. Sentado ante el escritorio, un muchacho de cara lampiña leía una revista con aire indolente. La introdujo sin preámbulos en un despacho profusamente decorado. Caminó por la alfombra de largos pelos, apoyando voluptuosamente los pies. El gerente era un hombre moreno y afable, con una sonrisa de aviso publicitario. Desplegó los folletos sobre la mesa donde descansaban, enrollados, algunos planos. La sed comenzaba a torturarla cuando dejó de hablar, no muy segura de haber estado convincente. “¿De dónde es usted?”, y el hombre la miraba, entre complacido y curioso. “De Argentina”, contestó ella. “Bueno, pero sucede que estoy muy gastado. Hábleme más de lo que tiene.” Y  luego, como si se arrepintiera, agregó: “¿Qué le parece si tomamos un trago por la noche?”, a la vez que paseaba los ojos por su cuerpo, calzado en un enterito celeste. Salió de allí diciéndose que aquél no era su día, que habría que decirle al dueño del departamento que siguiera esperando, que. Se animó frente a la puerta de Mc Kann Erikson. La respuesta fue la misma: “El gerente está ocupado”, vuelva otro día.
  Sentada en un escalón, entre dos pisos, permanecía ahora quieta, indiferente hacia la mañana que avanzaba, cautelosa, hacia el mediodía. Una profunda lasitud comenzó a invadirla. Se encontró de ponto pensando en Luisa. Qué diría al ver su ardua lucha por vender aquellas enciclopedias. Pero Luisa no estaba allí para verla. Ni allí ni en ninguna parte, seguramente. Aún llevaba, en su bolso, la carta donde le avisaban su desaparición. Apenas se dio cuenta del hombre de espesos bigotes y espalda fornida que subía por las escaleras y pasaba ahora a su lado. “¿Se siente mal?”, oyó que le preguntaba, con una voz no exenta de preocupación. Y luego, al ver el portafolios: “¿Vende algo?”. Sacando fuerzas de flaquezas ella contestó que sí, que vendía libros, enciclopedias para ser más exactos. ¿El señor querría ver? “Estaremos más cómodos en mi despacho”, invitó él. Ella se fijó en su traje de corte impecable, en el gesto de hombre de mundo con que le cedió el paso. Nuevamente el despliegue de folletos sobre la mesa. Me llevo el Marketing, dijo él ante su mirada de asombro, cinco tomos, una de las más jugosas comisiones. También El Quijote y los clásicos de la literatura universal, y la Enciclopedia Infantil. Sus pensamientos se atropellaban. Alcanzará para el arriendo. Incluso sobrará. Podremos comer por lo menos un mes. Tal vez pueda comprar el tocadiscos.
  El portafolios, al caer, la sobresaltó. Se dio cuenta de que tenía una pierna adormecida. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que se sentara en aquel escalón? No se molestó en averiguarlo. Decididamente, no volveré más por la Amazonas, pensó mientras bajaba, arrastrando levemente la pierna por la escalera.



Una mujer silenciosa. Torres Agüero Editor                                    

jueves, 19 de noviembre de 2015

EXTRAÑO DE OJOS GRISES (cuento) Paulina Movsichoff


          Nada más que un indefenso corazón enamorado.
                               Olga Orozco


Margarita miró los pimientos, lavados por la lluvia. La plaza se había quedado desierta después de esa tormenta de verano. Algunos pájaros se bañaban en los charcos.  Un olor a tierra húmeda le impregnó los sentidos. Pese a todo se sentía acongojada. Demoraba el paso, quería llegar a su casa lo más tarde posible. Hoy le resultaba demasiado penoso enfrentarse nuevamente, como todas las tardes desde hacía quince años, con la monotonía de su soledad.  Pensó en sentarse en algún banco, pero no. Lo mismo daba antes o después. Por la vereda de enfrente pasó doña Genoveva con su hija. Mucho tiempo había pasado desde que la viera la última vez. Casi después de la muerte de su madre. No pudo evitar el recuerdo de ese tiempo. Doña Genoveva era quien las ayudaba, a su madre y a ella, en la confección del ajuar para su próximo casamiento. No le costaba nada imaginarse en el corredor de los geranios, bordando en la largas siestas del verano, acompañada del ronroneo de la máquina de coser. Y luego aquello. Carmencita, la menor, fugándose con Roberto, con quien ella debía casarse al mes siguiente. La madre murió poco después. Desde entonces ella vivía sola, trabajando de vendedora en la perfumería. Al llegar junto a la puerta de su casa le pareció que algo fuera de lo habitual iba a ocurrir. Se encogió de hombros y entró. Un desacostumbrado olor a tabaco la envolvió ya desde el zaguán. En el patio, un hombre de ojos grises le apuntaba con el cañón de su revólver. Tragó saliva y esperó. “Necesito un lugar para esconderme, me andan buscando así que tendrá que resignarse”. “Proceda como si estuviera sola”, agregó. Margarita se dirigió a la cocina y allí se afanó en la cocina. Al tender la mesa debajo del parral, como lo hacía en las noches de calor, sus manos temblaban imperceptiblemente. En sus ojos había una sombra de miedo y sus pasos no eran tan firmes como de costumbre. Puso dos cubiertos. Comieron en silencio. Los ojos del hombre recorrían la casa, los árboles de la quinta, las paredes de resplandeciente blancura. “Le pondré un catre en el comedor”, dijo Margarita. “Yo salgo temprano a trabajar. Si se piensa quedar aquí trate de no mostrarse. Todos saben que vivo sola, de modo que si los vecinos lo ven, van a sospechar”.
  Transcurrió un mes sin sobresaltos. Margarita ya se había acostumbrado a la presencia de ese hombre de ojos  grises que liaba él mismo sus cigarrillos. A su parquedad. No le preguntó qué hizo ni de dónde venía. Él tampoco se lo dijo. Pero se iba creando en ellos una complicidad que trascendía las palabras. Ya la soledad no la oprimía como antes. Era agradable sentir la respiración acompasada del extraño en el cuarto de al lado, antes de dormirse.
  Aquella noche se desveló más que de costumbre. Un desasosiego inusual la llevaba a moverse en la cama, sin encontrar postura. “Todavía no sé cómo te llamas”, dijo la voz cálida a su lado. “Margarita”, respondió ella y sus brazos lo recibieron. Así, a los treinta y cinco años, conoció por primera vez la fuerza y la ternura del hombre. El vértigo del amor y su saciedad. A veces se acongojaba al pensar en la incertidumbre del futuro. Pero nunca se lamentaba. Recostada a su lado, pensativa y absorta, las manos de él jugaban con su cuerpo.
  Aquella tarde, en la perfumería, sintió una imperiosa necesidad de salir antes de hora. Quería estar con él desde temprano, hablarle del hijo que esperaban. Deseaba sentir sus brazos ciñéndola, acariciando el vientre donde una vida había fundido las suyas para siempre. El aire traía la inminencia del otoño. Una llovizna leve mojaba las calles y los árboles. Lo llamó al abrir la puerta. Se extrañó de que, como lo hacía habitualmente, no saliera a recibirla. En el comedor el catre estaba como siempre, no así la ropa de la silla. Esa ropa que ella había cosido y planchado tantas veces. Fue hasta el patio. Ni señales. Un fuerte viento acompañaba a la lluvia que ya comenzaba a arreciar. Caminó por la casa definitivamente silenciosa, buscando una huella, una señal. Pero no encontró nada.
  Se sentó en la cama. Con las manos cruzadas sobre el vientre, comenzó a llorar.   



Extraño de ojos grises  SEP, México, 1982              

miércoles, 18 de noviembre de 2015

TERRITORIO INNOMBRADO (cuento)- Paulina Movsichoff



Fue aquel verano de la invasión de langostas. El cielo se oscureció de golpe cuando aparecieron, convirtiendo el patio en un enorme colchón de alas y patas puntiagudas. Recuerdo mi repugnancia. La manera en que mis hermanos me perseguían amenazándome con tirarme alguna. Mamá nos había dado ollas viejas con las que improvisábamos tambores para ahuyentarlas.
  La ciudad era un infierno entre el polvillo fino que la sequía depositaba en el aire y esa masa ondulante y marrón que no nos daba tregua. “Iremos al campo”, dijo mi madre. Y yo sentí una incomunicable alegría. Como si me hubieran dado un baño de luz. Olvidé las langostas y mi asco inquebrantable. Olvidé también los juegos en que tratábamos de parecernos a los mayores en su reposada seriedad. Todo quedó desplazado y opaco ante los brillos de lo que se acercaba: los baños en el río, el serpentear del agua entre los sauces. Los escondites en el maizal, las siestas intensas con e entrechocarse de las piedras de la payana en el oscuro frescor de la galería. Y mis primos. Sólo nos veíamos los veranos pues ellos vivían en Buenos Aires. Encontrarnos era siempre una renovada algarabía. Un contarse y volverse a contar las hazañas del año, tratando de adornarlas con visos de inverosimilitud.
  Pero aquel año era distinto. Un dolor fuerte me turbaba al tocarme los senos, que ya empezaban a asomar. Apenas unas palabras aclaratorias de mi madre: “Para que más adelante puedas ser mamá”.
  El auto dobló la última curva y allí estaba, en la loma, la casa de los Guevara, abandonada hacía años a telarañas y murciélagos. El aire nos trajo ese olor a tierra húmeda, a árboles aún agobiados de rocío. Callejones sombríos de álamos, desperezo de sauces en el río.
  Era el despertar de olvidadas sensaciones. La impaciencia por cruzar el pueblo y llegar, por fin, a la casa.
  Fue a Eduardo, el mayor de mis primos, el que vimos primero. Llevaba bombachas y botas de montar. También él había crecido. Una barba incipiente sombreaba sus tostadas mejillas. Al besarlo medí la sensación del júbilo.
  Todo sucedió según mi ansiedad lo previera: los demás saliendo de la casa a empujones para ver quién llegaba antes. El correr a ponernos los trajes de baño para zambullirnos en el agua cristalina y verde. Eduardo dejaba a veces de leer su abstrusa novela y me agarraba las piernas mientras nadaba. No sabía por qué me enorgullecía tanto el que se dedicara a molestarme sólo a mí, aun cuando sus bromas fueran pesadas. Un hilo delgado pero firme nos mantenía invisiblemente ligados.

  “Corramos que ya los perdimos de vista”, y las hojas del maizal me pegaban en la cara, el sudor me empapaba la ropa. Los  tobillos se me doblaban. Habíamos salido a robar choclos en la chacra de don Sosa y disparábamos espantados por los ladridos que creíamos haber oído a nuestras espaldas. Ahora los ladridos se habían calmado, aunque los demás nos llevaban una considerable ventaja. Sólo Eduardo y yo y la claridad cegadora de mediodía. Esa hora en que comienza la siesta y hasta los insectos parecen adormecerse para acompañar su sopor. Me dolía el pie que me había doblado en la corrida. Tuve que sentarme en el suelo, en medio de los matorrales que nos cubrían por entero. Y ahora es tu mano la que suavemente sube por mi garganta y se detiene en mi mejilla que quema más que el sol. Y siento tus labios que arden también y se acercan a los míos. Y nuevamente es tu mano que inicia un recorrido por mi cuerpo, descubriendo su temeroso aletear, su latido virgen y hondo. Y ya no sé si es el sol o es mi cuerpo el que quema y una vergüenza que es a la vez rechazo y ofrenda. Y la certeza de que ese verano quedará para siempre en nosotros. En nuestra piel confundida y secreta. En  nuestro beso, que nos llevó a un territorio que en adelante deberemos recorrer solos, con toda su carga de soledad y fuerza. De alegría, de infinita e indomable tristeza.    


De EXTRAÑO DE OJOS GRISES. México, 1982        

sábado, 31 de octubre de 2015

La orilla del mundo. (Novela)- Paulina Movsichoff. Fragmento


       Desde el mismo momento en que pisó Sacrosanto, Luciana comprendió que el mundo estaba dividido en dos mitades y que, si quería continuar en esta vida, debía sepultar una de ellas en los medanales de la memoria. Lo primero que tuvo que aprender fue su nuevo nombre. No aquel nombre de rocío y miel que oyera de labios de Aimé, su madre, y de sus abuelos de “allá”, aquel Millaray que significa “Flor de oro”, sino éste, tan distinto, de Luciana, con el que su padre, el coronel Vargas, la presentó en su nuevo mundo. Se lo había dicho en su lengua cuando salieron. Se lo dijo mientras atravesaban un médano, antes de entrar en lo que escuchó llamar la “travesía”, esos pedregales y arenales que se extendían hasta donde no alcanzaba la mirada. “Desde ahora te llamarás Luciana”. Y ella escuchó ese nombre y lo retuvo en su boca como un fruto cuyo sabor no le gustaba porque no era el dulzón de las vainas del algarrobo sino amargo y áspero y se le atascaba en la garganta como si hubiera tragado un abrojo. Con él la conoció doña Antonina y ya nunca volvería a escuchar aquel otro, el de Millaray. Luciana repetía en secreto el vocablo a punto de ahogarse pues no se parecía a nada de lo que hasta entonces oyera. Y tuvo que apartar de su cabeza el hermoso valle con los piñones matizando el verde, el espejo del lago en donde aprendiera a mirarse y a descubrir sus facciones, el círculo alrededor de las hogueras por las noches para aprender la casa y sus corredores largos y sombreados y sus bargueños y sus vigas y sus alacenas y sus limoneros. La  casa y sus cristaleros y sus aguamaniles de porcelana. Tuvo que aprender el chirrriar de la cadena del aljibe y su cama de nogal con las sábanas olorosas a jabón de  Marsella y la colcha de damasco, la mesa tendida con manteles de ñandutí y candelabros de plata, tuvo que aprender el Alabado que doña Antonina le hacía repetir cada noche antes de dormirse, con las manos juntas y arrodillada junto a la cama. Ese rezo que a ella le resultaba incomprensible  a pesar de los meses de catecismo, porque no entendía, por más explicaciones que le diesen, aquello de que Dios estuviera en el Santísimo Sacramento del Altar ni aquello del sin mancha de pecado original con que la Virgen fuera agraciada como si su condición no consistiera en la de una simple mortal, menos aún lo de aquella mancha que todos traíamos al nacer. Y también le costaba entender el significado de aquel Buenos días su Señoría que jugaba con su amiga Rosario, a quien el coronel le buscó entre sus amistades para que a su niña no se la tragara la travesía de la soledad. Rosario, que era hija de su íntimo amigo Bernabé Aráoz y que tenía la misma edad de Luciana. A veces llegaban otros niños del vecindario y Luciana fue aprendiendo aquel juego cuyos versos guardaba en la memoria para decirlos antes de dormirse:

Hilo de oro, hilo de plata
Que jugando al ajedrez
Me decía una mujer
Lindas hijas tiene usted.
Yo las tenga o no las tenga
Yo las sabré de mantener
Con el pan que Dios me ha dado
Y el jarro de agua también.

    Hasta aquí la cosa le gustaba. Qué era eso de andar pidiendo las hijas de otro. Y la madre qué bien las defendía. Pero el mensajero no tenía ninguna intención de dejar allí a su elegida e insistía, insolente:      
    
Pues me voy muy enojado
Al palacio del rey
A contárselo a la reina
Y al hijo del rey también.

 Ante la amenaza, la madre cesaba en su resistencia:


Vuelva, vuelva pastorcillo
No me sea tan descortés
Que de dos hijas que tengo
La menor yo le daré.

Entonces la entrega se consumaba y la niña se marchaba con el pastorcillo, igual que Luciana aquella mañana de primavera, desobedeciendo la orden de su padre de no mirar hacia atrás, hacia el llanto de las mujeres y la mirada de desamparo dibujada en los ojos del abuelo. Y se preguntaba a qué rey debía ser entregada ella y si ésa sería la causa para haber abandonado aquel mundo en el que se movía con tanta facilidad como los choiques en medio de la llanura.
  Debió aprender también las enaguas almidonadas que le oprimían la cintura y las blusas con cuello de encaje de Malinas y botones de nácar que se pasaba media mañana tratando de hacer coincidir con los ojales. Pero por sobre todo debió darse cuenta de que madre no estaba en ninguno de los recovecos de aquella casa por más que la buscase y caminase por los corredores. Aunque se internase en el huerto y forzase los ojos para atisbar el final del callejón por si la veía venir con su paso de princesa que ha perdido su reino, con sus collares de colores y el tupu con que abrochaba la iquilla. Poco a poco comenzó a saber que no vería tampoco nunca más al abuelo ni se sentaría calladita junto al crisol en donde fundía la plata para fabricar las espuelas, los aros, los estribos, las sortijas y yesqueros ni iría con sus hermanas a buscar huevos de ñandú porque todo pertenecía a allá, a ese mundo que aquí era una realidad sepultada y prohibida y que a su sola mención las mujeres se encogían sacudidas por escalofríos y del cual se la pasaban murmurando cosas que interrumpían apenas ella entraba en la sala, llamada por  doña  Antonina para que saludes a las señoras que ponían en su mejilla un beso frío, un beso que más bien daban al aire, como si ella fuese la portadora de un gualicho, de uno de los wecufú, de ésos que se metían en las casas y en el corazón en forma de flechas invisibles y ocasionaba las desdichas de los cristianos. Y cuando repetía la palabra “cristianos”, no la asociaba con ese señor que veía colgando todo lastimado de dos palos cruzados, ni con la mujer de rostro compasivo que sostenía en sus brazos a un niño de pelo de oro y ojos celestes, sino con lo otro, con ese infierno en llamas de que hablaba el padre Anuncio en los sermones que decía cada domingo en la iglesia y al que, según él, irían todos los que no hubiesen recibido en su cabeza esas gotas que a ella le habían echado no hacía mucho. Y el corazón se le quedaba adentro del pecho como un puño cerrado cuando pensaba que allí irían todos los de “allá”: madre, hermanos, abuelos, porque no conocían ni les interesaba Jesús, sólo amaban a Chachao, el padre de todos. Pero a veces se tranquilizaba pensando que el padre Anuncio bien podía equivocarse y que ese señor todo lastimado tal vez no fuera tan poderoso como para hacer eso con los que ella amaba pues de ser así no colgaría como un pingajo de los palos. Entonces se dormía pensando que su madre estaba allí, al lado de su cama y le cantaba el canto del Uñefe, el lucero de la mañana, el que ampara a los huérfanos y a los que se extraviaron en la noche.    
  Algunas de las cosas de este nuevo mundo le gustaban. Un domingo de verano doña Antonina la llevó de la mano por las calles olorosas a tierra recién regada para que escuchara la retreta. En su corta vida en el acá Luciana se dio cuenta de que éste también se dividía en dos mitades bien marcadas: el adentro y el afuera. El adentro era Petronila que pasaba las horas con un gigantesco cucharón avivando los caldos, el tazón de chocolate con bizcochos que le servía cada mañana, la olla de hierro llena de agua que borboteaba rumorosamente. El adentro era un tiempo penumbroso y suave que pasaba detrás de los visillos de los espaciosos cuartos, los días en que la esperaba la ardua tarea de lavarse las trenzas con ayuda de Petronila. Inclinada sobre la jofaina de loza, Luciana veía sus cabellos desparramdos en el fondo como algas inmóviles y oscuras. Petronila le echaba un chorro de agua en la cabeza para enseguida enjabonarlo por segunda vez con ayuda de una porción de jabón de Marsella. Entonces Luciana sentía que sus cabellos empezaban a rechinar porque ya estaban limpios. Petronila los enrollaba sin piedad alrededor de su mano, retorciéndolos y secán-dolos con la toalla.
  El adentro eran los retratos al pastel de los bisabuelos, de los paternos, porque de los otros no tenía la menor idea de sus facciones, aunque a veces los imaginaba allí, sus retratos colgando de la pared, con su piel cobriza y sus rasgos de piedra, parecidos a los de mamá Aimé. Se los imaginaba cubiertos con el poncho recién salido de los telares y la vincha sosteniendo el pelo de un negro azulado. Se los imaginaba montando un caballo blanco, al igual que el bisabuelo de aquí, salvo que no con aquella chaquetilla de botones y alamares dorados  sino  con  el  torso  desnudo  y  la  lanza  en  la  mano. El adentro era también el abuelo Melitón que acudía todas las mañanas a tomar el desayuno, perfumado y peinado con esmero, ataviado con una levita negra impecable y una corbata de satén blanco, con esa mirada viva y alerta que conservó hasta su muerte. Era muy poco lo que Luciana veía del afuera, de ese vasto mundo que se extendía más allá de los umbrales de su casa y del cual ella fuera extraída. Por eso aquel día en que doña Antonina le ordenó que se pusiera el vestido rosa de organdí con el lazo de seda azul Francia, sintió que algo importante se avecinaba. Los ojos se le agrandaron por el asombro cuando vio los músicos delante de esos palos que llamaban atriles y que terminaban en unas especies de bandejas en las que descansaban unos papeles que Antonina le dijo eran las partituras. Las madres paseaban con sus hijos y las parejas de novios caminaban tratando de disimular los ardo-res del sentir y los soldados también paseaban en busca de alguna moza que les endulzara las horas que faltaban para volver al fortín. Luciana descubrió al director con su uniforme abotonado hasta el cuello y sintió un escalofrío cuando el estruendo de los tambores tapó el sonido de los clarinetes, arreciaron los platillos, se recogieron y extendieron las trompetas en un tañido lacerante y todo enmudeció inesperadamente, como si la voz de la  música llegada al ápice cayese a tierra zumbando.
  Luciana no fue la misma después de aquella experiencia. Luego del paseo circular que recorrió con el alma alborotada por el descubrimiento, preguntó a su abuela si cuando grande ella podría tocar en una banda. Antonina le contestó que aquello eran menesteres de varón y sintió entonces que otra vez debía dividir el mundo en dos mitades casi irreconciliables.                  


           

                   


                     



Ediciones del valle. Buenos Aires, 2006