domingo, 25 de abril de 2010

Las islas de la oscuridad- Paulina Movsichoff


I


La hoja se aposenta en el vaso. Ella bebe su agua como si fuera el elixir que pudiera llevarla a los caminos que un día abandonó. Sus pies se apresuran para alcanzar al canto, pero éste tiene talones alados y por ahora no la necesita. Sin embargo ella sabe que su corazón tiene aposentos que podrían alojar sus intemperies. La anciana le ha aconsejado que detenga sus palabras y que desate sus manos para que puedan recibir los días. Le ha dicho que su cuna estuvo en las estrellas y que para volver a ellas debe servir en las mansiones de los hombres. La piedra baila una melodìa que sólo podrá escuchar si respeta los pactos del silencio. Una flecha atraviesa las islas de la oscuridad y se clava en el árbol donde crecen los frutos de las revelaciones.



II


El agua brota de manantiales enigmáticos. Un trozo de corazón flota en el aire y alarga sus brazos para alcanzar la pregunta aún no formulada. Mientras tanto el arca atraviesa océanos indescriptibles, rebeliones que esperan el amanecer como teas ardientes. Pero ya el Oráculo se prepara para dar la respuesta y ella se desnuda para danzar a su alrededor. El trueño ensaya sus señales y entretanto las horas huyen por los agujeros del humo. Cuando amanezca deberá alcanzar la cuarta montaña. Allí se encuentran los caminos del polen, los deseos perdidos que aún esperan que alguien se apresure a recogerlos. El viento le regala el anillo que hace visibles las maquinaciones de la razón.

sábado, 17 de abril de 2010

viernes, 16 de abril de 2010

El reino de las tres naranjas- Paulina Movsichoff


Cuando el rey se dio cuenta de que su único hijo no dormía ni comía soñando con el reino de las tres naranjas lo dejó partir. Seguro que su amigo Juan le habría llenado la cabeza al príncipe con aquella historia de las bellas muchachas que allí vivían. Entonces el príncipe se propuso no cejar en su empeño hasta conocerlas. La reina, su madre, no estaba de acuerdo.
— Está muy lejos. Yo no me quedaré tranquila.
El príncipe la escuchó como oír llover. A él no lo asustaban las tormentas, ni las sequías, ni el mismísimo demonio. El rey ordenó que le ensillaran la mejor mula y le hizo dar otra mula para que llevara sus alforjas. Es que el camino era muy montañoso y ya sabemos que las mulas son especiales para subir las cuestas.
Camina que te camina no se cansaba de preguntar por el Reino de las Tres Naranjas a todos los que encontraba, Pero nadie sabía darle noticias. Comenzó a desilusionarse, pensando si no sería mejor regresar a su casa, cuando a la orilla del camino vio a un caballo tan flaco que podían contársele las costillas. El joven príncipe escuchó asombrado que el caballo le decía:
— Deja ya a esas pobres mulas. Están cansadas y ya no te servirán de
mucho. Poneme a mí el apero y te llevaré al Reino de las Tres Naranjas.
Las mulas, en efecto, se negaban a seguir caminando. Así que el muchacho no tuvo más remedio que obedecer al caballo. Se alejaron con la velocidad del viento y pocas horas después entraban al tan mentado reino.
— En el fondo del patio crece un árbol con tres naranjas de oro — le dijo el
caballo—. Andá a contarlas. Yo te espero aquí. Pero no te demores porque si te descubren te matarán.

Crisanto, que así se llamaba el joven, no se hizo rogar y, en menos que canta un gallo, saltó la tapia. No le costó nada trepar al árbol pues estaba acostumbrado a subirse a los del huerto, allá en su palacio. Luego de cortar las tres naranjas y meterlas en su morral, subió al caballo y de nuevo galoparon como si volaran. No tardaron en encontrar las mulas, en el lugar donde las dejaran. Por suerte se veían descansadas. Montado en una de ellas tomó un sendero bordeado de árboles. De pronto se puso a extrañar a su casa y su pueblo y pidió al cielo llegar cuanto antes. Al principio el camino era sombreado y fresco. La brisa pegaba en la cara del muchacho, quien se sentía orgulloso y contento de que su aventura hubiera concluido. Pero llegó la tarde y el sendero terminaba en un arenal. Mucho se afligió Crisanto al no divisar ningún arroyo y tuvo miedo de morirse de sed. Menos mal que se acordó de las tres naranjas. Sacó una y la partió. Pero en vez de la frescura de la fruta con la que ya se la hacia agua la boca, de su interior salió una preciosa niña de pelo rubio como el trigal.
— Príncipe valiente — dijo la muchacha con una sonrisa seductora —. Si me
das un espejo en donde pueda mirarme, toalla para secarme y peine para alisar mis cabellos, me salvarás.
— Nada tengo, niña preciosa. ¿Puedo hacer otra cosa por vos?
Pero, sin decir agua va, la niña desapareció. Crisanto continuó su camino. El arenal parecía no acabar nunca. La noche iba llegando y el pobre no encontraba nada ni nadie que pudiera ayudarlo a calmar su hambre y a saciar su sed.
Decidió comer la otra naranja. Esta vez fue una joven de ojos de gacela y pelo negro como ala de cuervo. Con una vocecita encantadora ella le dijo:
— Príncipe, príncipe valiente. Dame un espejo para mirarme, toalla para
secarme y peine para alisarme los cabellos porque de lo contrario estaré perdida.
El príncipe se desesperó porque otra vez le fue imposible sacar a la princesa de vaya a sabe cuáles dificultades. Y volvió a decir:
— Nada tengo, niña preciosa. Pero podría hacer otra cosa por vos?
La niña desapareció en menos de lo que canta un gallo.
El príncipe siguió caminado de lo más pensativo. Pensó en la tercer naranja que le quedaba y se dijo que esta vez no lo iban a tomar desprevenido. Cuando encontró en un pueblo, lo primero que hizo fue comprar un espejo, una toalla y un peine. Volvió a sentir agua y sed y no dudó en partir la última naranja. La niña que salió de allí era mucho más linda que las anteriores. El príncipe la miraba con ojos de enamorado. La niña repitió el pedido de las anteriores y él le dio el peine, la toalla y el espejo. Pero además, antes de que ella pudiera abrir la boca le pidió que se casara con él. La muchacha, que también se había enamorado a primera vista, le contestó que sí. Continuaron caminando juntos y, luego de bajar una cuesta, vieron un arroyo fresco y cristalino que serpenteaba entre los sauces. La niña aspiró fuerte el olor a pasto y le pidió al príncipe que se detuvieran allí a descansar.
— Estamos muy cerca del palacio de mis padres — dijo él —. Esperame
aquí que voy a buscarte una muda de para que te cambies esos harapos. Es que con la caminata, la ropa de la niña se veía polvorienta y deshilachada.
Era tal su cansancio, que se quedó dormida. No se despertó ni cuando llegó la criada con unos cántaros a buscar agua en el arroyo. Pero las malas lenguas que nunca faltan habían corrido la voz de que en realidad no era criada sino una vieja bruja. La Niña abrió los ojos y la mujer le preguntó si no quería que la peinara con el peine que tenía en la falda. La niña se mostró muy contenta de que alguien se ocupara de dejarla bonita para cuando volviera su novio. En eso estaban cuando la criada le clavó en la cabeza el alfiler que llevaba en la blusa. En el mismo momento la niña se transformó en una palomita y se alejó volando hacia las montañas.
La criada se quedó debajo del árbol en la misma posición de la niña, esperando al príncipe. Cuando él llegó se sorprendió de ver que tenía la piel más oscura que su novia y ya no la veía tan bonita. Pero ella le dijo:
— No te preocupes. Es que me quemé mucho con el sol. En unas horas voy a
ser como antes.
Él le creyó y la llevó al palacio para presentarla a sus padres, que tampoco se dieron cuenta de nada. Es que la bruja tenía mucha habilidad para cambiar de aspecto. Pero la palomita, después de volar varios días, regresó al palacio y dicen que su canto era tan triste que un paisano que lo escuchó se quedó muy conmovido. Ese día llevó leña al palacio y cuando vio al príncipe le habló de esa paloma. Él le pidió que la pillara y se la llevara. Cuando se la entregó, el príncipe le mandó a fabricar una jaula de oro y piedras preciosas. Todos los días iba a verla. No sabía por qué quería tanto a esa palomita. La antigua criada se moría de rabia, pero la muy astuta no decía nada.
Poco después el príncipe tuvo que ir a recorrer su reino y pidió muy especialmente a su esposa que le cuidase la palomita. La mujer se restregaba las manos, lista para la venganza. Preparó una gran olla con agua hirviendo para cocinarla.
No bien hubo atravesado las primeras calles del pueblo, el príncipe se encontró con un mensajero, quien le avisó que su ida ya no era necesaria, pues los reyes habían mandado a otro de sus hijos. Así que regresó a su palacio. Lo primero que hizo fue buscar a la palomita. Buscó por todos los rincones, detrás de los cortinados, debajo de los sillones de terciopelo, pero nada. No la encontró por ninguna parte. La mujer le decía que no se molestara más pues la ingrata de la palomita se había volado. Muy desconsolado, el rey pasó por la cocina para ver qué estaban preparando para el almuerzo. Al destapar la olla, vio a la avecilla moribunda y la sacó. Cuando la estaba reanimando, descubrió el alfiler que tenía en la cabecita. Con mucho cuidado se lo sacó y en ese preciso instante se transformó en la bella niña de la que él estaba enamorado.
Ella le contó que las niñas de las tres naranjas eran hijas de un rey. Éste las había encantado para que un príncipe valiente como él las desencantara. El padre los mandó llamar y le entregó su reino al príncipe porque él ya se sentía viejo y cansado.
A la bruja la echaron del pueblo y no la volvieron a ver nunca más. Pero dicen que alguien la encontró merodeando, segura de que las hermanas tendrían tanta suerte como la niña y pronto estarían allí con sus respectivos príncipes.
Y como me lo contaron, yo te lo cuento.



Los anteojos mágicos- Adaptación de cuentos maravillosos argentinos tradicionales



jueves, 15 de abril de 2010

domingo, 11 de abril de 2010

Genealogías- Paulina Movsichoff




Habitants délicats des forêts de nous mêmes

Jules Supervielle


Tal vez estas dificultades se originaran en mi pasado de niña diferente. Por parte de madre, mi árbol genealógico se remontaba hasta los primeros tiempos del país, y tal vez antes. Mi padre, en cambio, era hijo de inmigrantes. Yo crecí en la atmósfera pacata de La Punta, en donde todo lo que tuviera que ver con él, ese hombre menudo de ojos increíblemente celestes que, de niña, nos estrujaba a besos, tenía la marca de la desemejanza, de la disparidad, por no decir de lo oscuro. Ahora, a la luz de años de psicoanálisis y lecturas, comprendía que todo aquello provenía de la intolerancia humana, esa que nos lleva a considerar como sospechoso todo lo que no encaje en los carriles de lo conocido. Y no era que lo desairaran o le hicieran el vacío. Todo lo contrario. Nadie podía ignorarlo muy fácilmente. Destacaba con fuerza y profundidad por su oratoria fogosa y la energía de su idealismo. Su personalidad incidía en la vida de los demás. En la intimidad, en cambio, tenía un temperamento melancólico y maneras un tanto bruscas que tal vez provinieran de una ignorada fuente de descontento interior. Estos arranques de ira ocasionaban frecuentes discusiones con mi madre. El corazón se me estrujaba al escucharlos pelear. Porque Irene no se dejaba intimidar así como así. No obstante, se mantuvo siempre en un segundo lugar, como si se refugiara de algún modo en la formalidad del matrimonio tal vez por miedo de enfrentar una vida independiente. ¿Acaso no es eso lo que nos pasa a todas? Pensaba después, muchísimos años después. Sí. Moisés era aceptado y querido en el ambiente. Pero cuando era propuesto para algún cargo público, el Obispo se alzaba en sus trece y no cejaba hasta impedirlo. De mi memoria no se apartaría nunca aquella vez que fundó el Hogar de madres desamparadas. Porque, además de médico, Moisés Vasserman era un hombre activo, preocupado por su comunidad. Plantaba árboles en las plazas, pronunciaba vehementes discursos en los acontecimientos políticos de importancia. Aquel día de la inauguración concurrió todo el pueblo. Estaba allí también Monseñor Caparelli. Católica ferviente y con apenas catorce años, me emocioné al besar el anillo que su mano me ofrecía a modo de saludo. Y presencié feliz el encuentro amistoso de mi padre y Monseñor. El hospital se llamaría María Panguián, la primera india que en esas tierras se casara con un español. Fue Ernesto Cisneros, poeta y gran amigo de Moisés quien celebró a aquella mujer, origen de la prosapia provinciana. Mi padre se decidió por aquel nombre en homenaje a su amigo y no vaciló en recitar sus versos ante la nutrida concurrencia de aquella mañana veraniega. Tardes después mamá leyó con estupor en el vespertino local una carta a los lectores en donde se protestaba enérgicamente ante aquel homenaje, contando la provincia con tantas damas dignas de ser recordadas. A continuación podía leerse una lista de siete u ocho matronas pertenecientes a lo más granado de la sociedad provinciana. La firma dejó anonadados a todos. Se trataba nada menos que de Petronila Guevara de Montero, mi tía Memé, como llamé a esa hermana de mi madre en mi media lengua de los dos años. Residía en Buenos Aires pero, por lo visto, la política de su pueblo no había dejado de interesarle, sobre todo cuando estaba implicado su cuñado, culpable de mancillar el ibérico linaje familiar con un apellido foráneo y, para colmo, judío.
Cuando, antes de casarse, Moisés anunció que no lo haría por la Iglesia, Irene creyó que bromeaba. Nunca hablaron del tema desde que se conocieran, aquella tarde de carnaval en que las amigas de ella fueron a contarle del diputadito joven y bien parecido que acababa de llegar a la ciudad. En esa época Moisés, que militaba en el Partido Socialista, era diputado nacional por Córdoba. Irene lo divisó esa noche en el corso, mientras daba vueltas a la plaza en un coche descapotado y disfrazada de madame Pompadour junto a sus amigas, entre las que se encontraban manolas, colombinas y vaya a saber cuáles otros exóticos disfraces. Era un hombre de unos veinticinco años, de ojos aniñados disimulados tras los gruesos cristales de los anteojos y una apariencia de arcángel que la conquistaron de inmediato. Parado en una esquina de la plaza, Moisés contemplaba el espectáculo sin participar. Ni lerda ni perezosa, ella vació sobre él un paquete de papel picado mientras, con la música de La Cucaracha, le cantaba unas coplas que acababa de inventar y en donde se burlaba de su pasividad. Él no se hizo rogar demasiado para seguir el juego. Esperó pacientemente que el coche pasara otra vez a su lado para arrojarle un paquete de serpentinas que cayeron sobre el cuerpo de Irene con una caricia ondulatoria. Así se inició el romance. Moisés envió a Juan Lavagno, encargado de recibirlo y uno de los pocos correligionarios que tenía en la provincia, a preguntarle si iría esa noche al baile. Ella contestó que no, pero a poco de llegar al Patio Andaluz, él la vio entrar con su madre, segundos antes de que la orquesta arreciara con aquel vals que Moisés, sin una pizca de timidez, la invitó a bailar. A la salida las acompañó hasta la casa. Allí, despierta, las esperaba doña Juana, la mujer que servía en la familia desde la infancia de Irene. “Pasen a comer”, les dijo. A Moisés le costó disimular su asombro. En su casa no se conocían sirvientes. Y que una mujer esperara a sus patrones hasta esa hora le parecía insólito, no solamente por sus ideas políticas sino por esa fidelidad a ultranza que le hablaba de un mundo totalmente distinto a todos los hasta entonces conocidos.
Ahora a Irene le parecía imperdonable no haberse ocupado antes del asunto. Jamás pensó que él se empecinaría en casarse sólo por el civil. Aquella tarde de domingo, cuando Moisés se lo anunció en un cine de Buenos Aires, comenzaron a discutir con tal vehemencia que sus vecinos de asiento, hartos de pedirles en vano que se callaran, se levantaron y se fueron. Cuando se encendieron las luces estaban totalmente solos. La boda tuvo lugar un año después. Irene debió afrontar la oposición de toda la familia, que no veía con buenos ojos a ese hombre de otra raza, de una cultura diferente y de un nivel social que no se compadecía con el que ellos ostentaban. Pero su decisión era irrevocable. Se casaría con él pasara lo que pasase.
Los padres de Moisés provenían de una aldea de Ucrania, Pereiáslev, cercana a Kiev. Muchos siglos antes fue destruida por los mongoles. De allí también era oriundo Schlome berab Nójem Rabinovich, mejor conocido como Scholem Aleijen. Alguna vez me enteraría de que el famoso escritor judío era tío de mi abuela paterna, cuyo nombre yo llevaba. Aquella abuela desconocida, ya que murió cuando mi padre era soltero, se trepaba a las rodillas de Scholem Aleijen y le pedía que le contara los cuentos que él le inventaba especialmente.
El casamiento de Irene y Moisés se llevó a cabo un mediodía de junio en el Registro Civil de La Punta. La mayoría de las amigas de Irene dejaron de saludarla. Mariano, su hermano menor, católico ferviente, ofreció su vida a Dios si su flamante cuñado consentía en entrar a la iglesia para regularizar aquello que, tal como se habían dado las circunstancias, era considerado una unión pecaminosa.
Las presiones eran muchas y constantes. Fue en ocasión de mi nacimiento que la resistencia de Moisés cedió. A pocas horas de llegar a este mundo, un repentino vómito de sangre convirtió en segundos a aquella beba robusta de piel de seda en una pasita morada ante la desesperación e impotencia de Irene, a quien Moisés dejara minutos antes para ir a preparar su examen. Por esa época, finalizado el mandato de diputado, había retomado sus estudios y cursaba el último año de medicina.
El médico de guardia acudió a los gritos de Irene y, al ver lo grave de mi estado meneó la cabeza en un gesto de desesperanza. “Téngala, señora. Esta niña se le va”. Mi madre me dejó en manos de una enfermera y corrió a pedir un teléfono para llamar a mi padre. “Hay que ponerle vitamina K”, fue su urgente recomendación no bien me vio. La hemorragia se detuvo por las recientemente descubiertas virtudes de esta vitamina, que Moisés acababa de leer en uno de sus libracos. Minutos después, a los ruegos de Irene, yo entraba en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana luego de que mi madre esparciera en mi cabeza unas gotas de agua y pronunciara la fórmula milenaria del bautismo, ante la mirada aliviada de Moisés. Una prima de Irene y su marido, llamados como padrinos, fueron testigos también de esta inusitada ceremonia.
El casamiento religioso se realizó un caluroso jueves del enero siguiente. Para ello tuvieron que pedir la dispensa del Papa, que llegó una tarde ventosa de primavera. Edelmira, madre de Irene, alquiló un coche de plaza que recorrió las calles principales del pueblo, deteniéndose ante la puerta de cada una de sus amistades para informarles que la descarriada oveja había vuelto al redil.
Al reflexionar en todo aquello, me decía cuántas complicaciones podían haberse evitado con un idealismo menos exacerbado y un mayor y más comprensivo respeto por la realidad. Mariano murió de tuberculosis el quince de enero siguiente, al cumplirse un año del casamiento. Su muerte edificante y santa quedaría como una leyenda familiar. Ese día envió a su mujer y sus hijas de tres, dos y un año respectivamente a la peluquería, pues quería verlas bellas antes de morir. El Abad de San Benito fue quien le administró la Extrema Unción. Era su confesor desde muchos años atrás y lo consideraba un verdadero santo. Luego de aquel último rito que él siguió con lúcida atención, el Abad se puso de rodillas. “Ahora me bendecirás tú”, le dijo a un Mariano estupefacto, quien se refugió en una empecinada negativa rogándole que se incorporara. “Es una orden”, insistió él. Entonces el enfermo trazó la señal de la cruz sobre la frente del sacerdote y, exclamando “Viva Cristo Rey”, inclinó la cabeza y murió.

La polémica de María Panguián duró varios meses. Me resistía a condenar a la amada tía Memé, cuyas cartas eran el maná que Lupicinio Contreras, el cartero, nos traía cada semana. Irene las desplegaba ante mis ojos y los de Florencia para luego leérnoslas en tanto nosotras recibíamos sus palabras con la misma atención que si se tratase de un cuento de Las mil y una noches.
De más está decir que el obispo se mostró partidario ferviente de la tía. Desde el púlpito, lanzaba encendidas diatribas en contra del demonio que tuvo la osadía de reivindicar a una humilde y desconocida india.
¿Cuál era mi lugar entonces? me preguntaba, en una perplejidad creciente. ¿El de mi padre, el rebelde Lucifer? ¿El de esa india desconocida y vituperada como a veces me avisaban mis rasgos desde el espejo? ¿El de aquel tío santo? ¿O el de todos los ascendientes de “sangre azul”, como remarcaba Moisés ante mi madre entre irónico y despechado? Me encontraba despedazada entre dos culturas, dos visiones del mundo que no terminaban nunca de conciliarse entre sí.
De Las amorosas- Fragmento

miércoles, 7 de abril de 2010

Casi como un recuerdo- Paulina Movsichoff




Mario no se imaginó nunca que la fiesta de Clara iba a ser tan decisiva. Odiaba las fiestas. Pero Clara le había dicho que no lo perdonaría si no iba y no tuvo más remedio que decir que sí. Ahora, sentado en un sillón mientras tomaba un Cuba libre, miraba a las parejas charlar. bailar, reírse. Era agradable dejarse estar, no hacer ningún esfuerzo por integrarse a alguno de los grupos que se divertían a su alrededor. De pronto la vio. No sabía qué cosa de ella le llamó la atención, ya que su belleza no era más notable que la de las otras. Llevaba un vestido azul, de raso, medianamente escotado y fumaba abstraída, como si tampoco a ella le importara mezclarse al bullicio. Por momentos sonreía, seguramente de un chiste que alguien contaba a su lado. Mario se sorprendió a sí mismo dirigiéndose decididamente a ella, invitándola a bailar. Pronto estuvieron sentados aparte de los demás, charlando. Laura había ido un poco por casualidad. No conocía a Clara; era prima de una amiga suya. También, accedió de mala gana a las insistencias de su prima. Le contó que era de La Rioja. Desde hacía un año estudiaba en Buenos Aires y vivía en un departamento, con una amiga.
Imperceptiblemente se iban acercando en sus gustos, sus inquietudes. Se contaron lo que leían. Ella le habló, los ojos encendidos, de su provincia, de cuánto la añoraba. Al despedirse quedaron en verse al día siguiente, después de clase. Esa noche, Mario no pudo dormir.
Vivía en La Plata y el viaje hasta Constitución se le hizo interminable. Aquella tarde fueron al cine. Él buscó la mano de ella. Pasándole luego una de las suyas por sus hombros, la atrajo hacia sí y la besó.
Al poco tiempo Mario comprendió que necesitaba a Laura. A pesar de que vivían tan separados, se las arreglaba para verla durante la semana, después de una agotadora jornada de clases. Iba a buscarla a su departamento y salían a caminar. Si hacía mucho frío se quedaban en la casa de ella, leyendo o escuchando música.
- Hace tiempo que no veo a Mabel – le dijo Mario, mientras se acomodaba a su lado
en el diván. Mabel era la amiga con quien Laura compartía el departamento.
-Se fue a Chacabuco, a visitar a sus viejos.
Mientras escuchaban a Joan Báez él la besaba, sentía sus mejillas ardiendo como si la avergonzara ceder, entregarse. De pronto, la sintió apretarse a su cuerpo, abrazarlo como nunca.
- Quedate – le dijo ella en un susurro.
Hicieron, por primera vez, el amor.
- Qué bueno haberte encontrado, Laurita – le dijo él, tendido a su lado, los cuerpos relajados y exhaustos -. ¿Sabés que te quiero?
- Yo también – murmuró ella.
Diciembre llegó, con esa dulzura llena de promesas que siempre trae el verano. Mario le pidió un día que lo acompañara a un Congreso de los Focolarinos, en Río Tercero. Laura no sabía qué era eso, así que é debió explicarle.
- Se trata de unos muchachos y chicas italianos que desean encontrarse con Dios de una manera distinta, radical argumentó -. El amor es la base de su modo de vida.
- Con que se me está volviendo beato – dijo Laura besándolo, despeinándolo -. De todos modos no me vendrá mal un retorno a las fuentes, aunque sea por unos días. Sólo temo que después usted ya no quiera pecar -. Y se fue, divertida, a cambiar de disco.
El viaje fue más llevadero de lo que Laura esperaba. Todos eran jóvenes como ellos y se los veía alegres. Alguien llevaba una guitarra y cantaban zambas, canciones folkóricas. Laura tocó la única que sabía, “Tonada del viejo amor”.
Se sintió contenta al llegar. Vivirían al lado del lago, en esos hoteles que la municipalidad había cedido para el encuentro.
La mañana azul, radiante, la trasladó a su infancia, sus caminatas por el campo, allá en La Rioja.
Fue un golpe que los separaran. Las mujeres al Hotel 1 y los hombres al Hotel 2. Laura hubiera querido pasear con Mario, tirarse en el pasto los dos juntos, disfrutar de esa breve pausa veraniega. Sin embargo, el programa era abrumador. Charlas por la mañana y por la tarde, con un paréntesis para el almuerzo y la siesta. Pero ni siquiera allí podrían verse. Ella debía comer en la mesa de las mujeres, bajo la vigilancia de Marisa, la más vieja de las focolarinas. Él, en la otra punta, en una mesa larga, presidida por Giuppino.
No podía disimular su descontento. Las charlas la pusieron peor. Paolo, el sacerdote que habló ese primer día, contó su conversión. De cómo él, un pecador, había sido elegido por Dios para llevar su mensaje al mundo. Habló de la castidad como de la más preciosa, excelente de las virtudes. Laura echó una mirada a la a la fila de asientos en que Mario, los ojos atentos, escuchaba. Le preocupó su actitud casi enfebrecida. Al mediodía se las arregló para hablar con él. - Vámonos – le dijo -. Esto ya no me gusta.
Él no contestó. Aunque breve, Laura no pudo dejar de percibir el gesto con que trató de alejarla cuando quiso darle un beso.
Por la tarde, las cosas no fueron mejor. Esta vez le tocó a Marisa contar cómo le había llegado la Gracia. Sucedió en Londres, durante la guerra. Mientras caían las bombas alemanas, sintió la necesidad de confiarse a algo, de encontrar un sentido a la vida que comprendió tristemente precaria. Entonces acudió a Dios, que ya no la abandonaría.
Laura miró a Mario. A pesar de la distancia que los separaba, creyó ver que lloraba.
Esa noche habló con Marisa. Le contó su extrañeza por la actitud de Mario, ese distanciamiento que parecía haber tomado de la realidad. De sus lágrimas en las charlas.
-Todo pecador llora cuando se arrepiente- se limitó a contestar.
El viaje de regreso fue muy distinto al anterior. Ahora, de nuevo, hombres y mujeres fueron separados. Mario se sintió otra vez cayendo en la trampa del insomnio. Laura pasó por su vagón en el momento en que se tapaba la cara con las manos, en un esfuerzo desesperado por cubrirse de la luz que contribuía a su desvelo. Bajo la luz terca y difusa del amanecer, mirando los cuerpos de sus compañeros deshilachados por el sueño, Laura supo que lo había perdido.
Cuando llegaron a Retiro, le pidió que fuesen juntos en el subte. Ya en Constitución, Laura sugirió tomar un café. Estaba tensa, expectante. Los ojos de él le parecieron invadidos por una fuerza extraña, parecida al odio.
- Me haré focolarino – le dijo.
Laura bajó los ojos. Sabía lo que eso significaba. Lo había oído allí antas veces. Votos de obediencia, pobreza, castidad. Consagrarse por entero a Dios y llevarlo al trabajo, a la calle, aunque conservando el estado de laico. No dijo nada, sólo insistió en acompañarlo a La Plata.
En el viaje Mario no habló. Se limitó a llorar, la cabeza en el hombro de Laura, que lo abrazaba protectora.
-No te dejaré – le decía -. No te dejaré.
El calor era intenso, agobiante. Mario no parecía darse cuenta. Al llegar sintieron la fresca penumbra de la casa.
Él escogió un disco. Se sentó tranquilo, como si aquellos lieder de Schubert lo ayudaran a encontrar ese centro que parecía haberlo abandonado. Laura lo dejó, más aliviada, para ducharse.
Es ahora cuando, sin saber por qué, Mario mira el cajón del escritorio. Después de vacilar, se acerca lentamente hacia él. Está allí, tal como su hermano lo pusiera cuando él le contó que habían entrado ladrones.
Se sienta de nuevo, el bulto en el bolsillo. Piensa, sin embargo, en Laura, que tarda mucho en salir. “Es linda”, se dice, caminado hacia la puerta del baño. Y su dulzura se le va sangre adentro, ya casi como un recuerdo.


Extraño de ojos grises. Colección Piedra de Toque. SEP. México

martes, 6 de abril de 2010

Juan Pumpeño- Paulina Movsichoff





Aquellos viejitos se lamentaban todas las noches junto al fogón.
— ¿Por qué Dios no nos mandó hijos? Estamos demasiado solos.
El anciano era peón de un rey y debía acarrearle leña cada día. La viejita rogaba por las noches: "Virgencita, dame una hija o un hijo. Mi marido y yo estaremos menos solos". Al poco tiempo a la viejita se le hinchó la rodilla. "Estoy embarazada", anunció a su esposo. Cuando el niño nació él le dijo: "Quiero que se llame Juan Pumpeño, igual que yo".
Desde muy niño. Juan demostró mucha fuerza y valentía. En todo el pueblo se hablaba de sus buenas cualidades. Uno de esos días decidió ir solo a ver al rey. Sentado en su trono, el rey, con mucha incredulidad, le escuchó decir que era capaz de tirar una barreta quinientas varas para arriba.
— Si lo consigues, la barreta es tuya — le dijo. El muchacho la tiró y demostró al rey cuánta fuerza tenía. Entonces éste le regaló la barreta, que el joven mostró orgulloso a sus padres apenas llegó a su casa.
Uno de esos días, el rey le pidió al padre que mandara a su hijo al Palacio: "Quiero desafiarlo nuevamente", le anunció. Cuando el muchacho estuvo frente a él, le dijo:
— Veremos quién de los dos tira más lejos esta espada. Era una espada de mango de plata con incrustaciones de oro y tan filosa que cortaba un pelo en el aire.
— Primero tú, mi Rey — dijo Juan Pumpeño. El rey alargó el brazo lo más que pudo y utilizó toda su fuerza, pero la espada cayó muy cerca de donde se encontraba. Cuando llegó el turno de Juan, la espada llegó tan lejos que tuvieron que caminar largo rato para encontrarla. Una vez más el rey debió regalársela, como prometiera. Cuando sus padres vieron la espada, se sintieron muy orgullosos de su hijo. Pero él no tardó en darles la mala noticia de que los dejaría solos pues pensaba salir a rodar tierras. Ya la casa y el pueblo le quedaban chicos. Se despidió de ellos una calurosa madrugada y caminó tanto que las suelas de los zapatos quedaron despedazadas. Pero él no hizo caso. Siguió camina que te camina hasta encontrar a unos arrieros y, como tenía hambre, les pidió que lo invitaran a comer.
Los arrieros le dieron un costal de pan y otro de charqui. El muchacho los levantó como si nada y los puso en su hombro. El patrón, al ver su fuerza, le dijo que, si levantaba un toro chúcaro, se lo regalaría. Juan no esperó un segundo para tomar al toro con una mano y ponérselo en el hombro. Entonces no tuvo más remedio que dárselo. Juan lo carneó y luego se acordó de sus padres que tanto hambre pasaban. Así es que decidió llevárselo. Pero estuvo muy poco tiempo con ellos pues su afán de conocer el mundo era más fuerte y decidió volver a salir. Otra vez caminó hasta que sus pies no lo obedecían. Debajo de un gran algarrobo encontró sentado a un gigante, que parecía descansar. La cara del gigante daba espanto. De sus ojos salían chispas.
— ¿Qué haces aquí, gusanito de la tierra? — preguntó con voz de trueno —. Me parece que te voy a comer.
— ¡Ja! Vamos a ver si puedes — se jactó el niño. Y se preparó a la pelea.
El gigante se levantó con displicencia, seguro de que lo haría papilla. La pelea duró sólo unos minutos porque antes de la media hora Juan ya le había cortado la oreja derecha. Luego se la guardó en el bolsillo. Cuando se vio perdido, el gigante huyó. Pero iba dejando un rastro de sangre que Juan siguió hasta encontrar a unos peones. Estaban cuidando la hacienda de un Rey para evitar que el gigante se la comiera. El rastro seguía hasta un agujero en el suelo. Los peones, picados por la curiosidad lo siguieron y, con una soga que llevaban bajaron por turno al pozo. Pero al llegar al fondo sacudían la cuerda con premura en señal de que querían volver a subir. Con el cuerpo dolorido y temblando de miedo contaban que sólo vieron fuego y piedras que chocaban entre si. Juan pidió a uno de ellos que sostuviera la cuerda y bajó él mismo. Grande fue su sorpresa al encontrar a una niña. Era muy hermosa pero se veía muy asustada.
— No sigas adelante — le recomendó —. El gigante te anda buscando y está furioso. Apenas dijo estas palabras el gigante apareció. Otra vez pelearon y, luego de cortarle la otra oreja con la espada, Pumpeño lo mató. Se apresuró a atar a la niña a la soga y luego se ató él también. Después la sacudió para que los subieran, no sin antes recomendar a la niña que no contara nada de lo que vio. Bajó nuevamente y esta vez fue más abajo. Con gran estupor vio a a otra niña, más linda que la precedente, que también le rogaba que no siguiera. “Me cuida una serpiente y si te ve te va a matar”.
— A ésa la busco yo — contestó el muchacho.
En cuanto apareció la serpiente se trabaron en lucha. La niña contemplaba cómo la serpiente lo iba ahogando con sus anillos. Pero Juan desnudó la espada y le cortó la cabeza. Después le sacó la lengua y la guardó en su bolsillo. Otra vez ató a la niña junto a él y sacudió la soga para subir a la superficie. Antes, como a la anterior, le recomendó que no contara nada de lo visto allí.
Juan no se daba por vencido y pensó que, si bajaba de nuevo, algo encontraría. Siguió hasta una profundidad mayor y allí vio a la tercera niña. Era la más hermosa de las tres. Tenía ojos color miel y en su pelo lucía una rosa blanca. Ella juntó las manos y le pidió entre lágrimas:
— Por favor, no sigas. Me vigila un tigre y de éste no podrás escapar. Su ferocidad no tiene límites.
— A ése busco — dijo Juan.
Cuando llegó el tigre pegó un salto y la niña creyó que su amigo había muerto instantáneamente. Pero la pelea, aunque muy reñida, terminó con el triunfo de Juan. Lo mató con la espada y luego le sacó el cuero, lo dobló bien y lo guardó. A continuación dio la señal para que lo subieran junto a la niña, luego de recomendarle como a la otra que guardara silencio.
Las tres niñas eran hijas del Rey. Éste había prometido que se casarían con quien las salvase. Los peones, que estaban al tanto, decidieron que se harían pasar por los salvadores. Como el niño volvió a bajar, lo dejaron en el pozo y se fueron con las niñas al palacio.
El rey abrazó a sus hijas entre lágrimas. Los peones no dudaron en atribuirse la hazaña. Enonces el atribulado padre les concedió la mano de sus hijas. Las niñas no hablaron, pues recordaron el consejo de Juan.
Los cocineros del reino fueron llamados para preparar los manjares de la boda: pavos adobados y exquisitos postres que, de sólo pensarlo, llevaban a relamerse a los invitados. El día anterior le avisaron al rey que la menor de sus hijas había perdido el habla. Los médicos desfilaban junto a su cama pues tampoco quería levantarse y movían la cabeza sin poder decir la causa de su mal. Llamaron entonces al médico de un pueblo cercano. Era muy perspicaz y decía que la mayor parte de las enfermedades tenían su origen en el corazón. Mientras le tomaba el pulso, contó al rey que él conocía a un muchacho muy valiente que se llamaba Juan Pumpeño y que sus padres lo daban por muerto pues nunca más había aparecido. En cuanto oyó ese nombre el pulso de la niña se aceleró.
— Está enamorada — dijo el médico—. Pero creo que el destinatario de su amor no es el futuro marido.
Mientras tanto, Juan Pumpeño seguía sin poder salir de su pozo encantado. Entonces sacó la espada y le habló: "Espadita, por la virtud que Dios te ha dado, sácame de este pozo" Así lo hizo la espada y al instante se vio en la tierra. Una vez más caminó y caminó con la esperanza de encontrar el palacio. Uno de esos días entró en la tierra del Rey de los Pájaros. Bandadas de ellos volaban de un lado a otro. Sólo faltaba el águila. Nadie la había visto. De repente la vieron llegar. No volaba. Parecía que había tomado mucho vino pues caminaba muy torpemente. Contó que venía de una gran fiesta en la Ciudad del Rey pues sus hijas se casaban con quienes las habían salvado. También contó de la preocupación del rey pues la menor estaba muda. Juan Pumpeño le pidió al instante que lo llevara para allá. El águila, a pesar de su cansancio, se compadeció del muchacho que parecía muy impaciente y le dijo que subiera a sus alas. Como por un milagro, retomó su capacidad de volar a gran altura. Recomendó a Juan que cerrara los ojos para que no se mareara. No bien el águila lo puso en tierra, los abrió y se encontró en un lujoso palacio. Los invitados llegaban en carrozas de oro forradas con seda carmesí. El niño logró que los centinelas lo dejaran pasar. "Tengo algo muy grave que anunciar al rey", les dijo. Entró al salón con la camisa desgarrada y los pantalones manchados de barro. En cuanto lo vio, la menor batió las palmas y exclamó:
— ¡Con éste me caso yo!
El rey acudió al alboroto. Juan Pumpeño puso sobre una mesa las orejas del gigante, la lengua de la serpiente y el cuero del tigre. Y contó al Rey cómo salvó a las hijas. Ellas también le contaron la hazaña de Juan Pumpeño. Y explicaron a su padre que no dijeron nada por recomendación de su amigo.
El Rey ordenó que echaran a los peones de su reino y puso vigilantes en la frontera para que nunca más pudieran entrar. Juan Pumpeño se casó con la menor de las princesas. Llamaron a los viejecitos y el rey coronó al muchacho y a su hija. La fiesta duró muchos días y fueron felices y comieron perdices.

Belleza del mundo

lunes, 5 de abril de 2010

Canción del buscador de Dios- Antonio Esteban Agüero


Siempre buscando;

desde niño buscándolo;

buscando.


A través de la sombra y la neblina;

sumergido en la sombra de penumbra

que separa los días de las noches,

y al cristiano también

del no cristiano,

por laberintos de la sangre oscura.


Siempre buscando;

desde niño buscándolo;

buscando.


Golpeando viejas puertas

clausuradas de bronce martillado;

gastando los ojos en las hojas

de antiguos libros muertos;

vigilando la savia cuando sube

por racimos y flores del verano;

escuchando palomas y cigarras;

mirándome en espejos

esta pálida frente,

esta frágiles manos,

esta boca que guarda la palabra,

oyendo la música que llueve

desde el silencio de los astros.


Buscando;

desde niño buscándolo;

preguntando

por las calles donde está la gente,

por caminos del campo.

Por veces mendigando

la respuesta total

a la total pregunta.


Yo quería encontrarlo

(yo solo descubrirlo)

donde quiera que fuese para darle

mi agradecimeinto humano,

por la cósmica lumbre que me habita,

por la gota de lumbre que me nutre,

por este débil corazón desnudo

que siento pulsar en mi costado.


Darle las gracias, sí,

por haberme construido como soy:

de sueño, de madera,

de cóleras y miedos,

de bondad y ternura,

de soledad y de razón pensante,

de claridad,

de sombras,

de música y pecado.


Descendí por Él a catacumbas,

anduve por túneles cerrados,

batallé con demonios,

conocí a la serpiente

y el abrazo

de su lívido cuerpo

de aceros anillados,

me frecuentaron

dragones y brujas increíbles;

y alguna vez solté, como a vilanos,

las locas miradas por el cielo,

lejos de mí, del mundo,

desprendidas del ser y de los ojos

el infinito sólo navegando.


Y yo buscando;

desde niño buscándolo;

buscando...


Lo imaginaba ajeno,

misterioso,

terrible,

lejano.


Después de muchos viajes

(ya en la curva más alta de los años)

de tormentosos viajes, con las velas

y los mástiles rotos, circundado

por el horror del mar donde las olas

eran de fría soledad de nada,

recordé una capilla entre los cerros,

los claros cerros de cristal morado,

y una joven pareja que venía

con un niño en los brazos;

rememoré la pila con el agua,

las gotas de luz sobre la frente,

los maderos en cruz, y la figura

solitaria y herida por los clavos.

Me recordé pequeño,

(el sabor de la sal entre los labios)

volví a verme pequeño,

y recordé que el nombre que llevaba

era el nombre del niño que sentía

bajar sobre la frente

la santa cruz del agua...


Yo dije: Oh Dios. Oh Dios.

Aquello fue tremendo,

un cósmico relámpago,

como si el mismo sol me detonara,

granada solar, entre las manos,

como la luz de aquella luz de bomba

que aniquiló la tarde en Hiroshima...


Y dije: Dios, Oh Dios, Dios.

- Y dejé de buscarlo -;

campanas sonaban por mi sangre

- y dejé de buscarlo -;

cantaba un millón de ruiseñores

- y dejé de buscarlo...



Obras Completas. Tomo II. Editorial Universitaria. San Luis.