sábado, 31 de octubre de 2015

La orilla del mundo. (Novela)- Paulina Movsichoff. Fragmento


       Desde el mismo momento en que pisó Sacrosanto, Luciana comprendió que el mundo estaba dividido en dos mitades y que, si quería continuar en esta vida, debía sepultar una de ellas en los medanales de la memoria. Lo primero que tuvo que aprender fue su nuevo nombre. No aquel nombre de rocío y miel que oyera de labios de Aimé, su madre, y de sus abuelos de “allá”, aquel Millaray que significa “Flor de oro”, sino éste, tan distinto, de Luciana, con el que su padre, el coronel Vargas, la presentó en su nuevo mundo. Se lo había dicho en su lengua cuando salieron. Se lo dijo mientras atravesaban un médano, antes de entrar en lo que escuchó llamar la “travesía”, esos pedregales y arenales que se extendían hasta donde no alcanzaba la mirada. “Desde ahora te llamarás Luciana”. Y ella escuchó ese nombre y lo retuvo en su boca como un fruto cuyo sabor no le gustaba porque no era el dulzón de las vainas del algarrobo sino amargo y áspero y se le atascaba en la garganta como si hubiera tragado un abrojo. Con él la conoció doña Antonina y ya nunca volvería a escuchar aquel otro, el de Millaray. Luciana repetía en secreto el vocablo a punto de ahogarse pues no se parecía a nada de lo que hasta entonces oyera. Y tuvo que apartar de su cabeza el hermoso valle con los piñones matizando el verde, el espejo del lago en donde aprendiera a mirarse y a descubrir sus facciones, el círculo alrededor de las hogueras por las noches para aprender la casa y sus corredores largos y sombreados y sus bargueños y sus vigas y sus alacenas y sus limoneros. La  casa y sus cristaleros y sus aguamaniles de porcelana. Tuvo que aprender el chirrriar de la cadena del aljibe y su cama de nogal con las sábanas olorosas a jabón de  Marsella y la colcha de damasco, la mesa tendida con manteles de ñandutí y candelabros de plata, tuvo que aprender el Alabado que doña Antonina le hacía repetir cada noche antes de dormirse, con las manos juntas y arrodillada junto a la cama. Ese rezo que a ella le resultaba incomprensible  a pesar de los meses de catecismo, porque no entendía, por más explicaciones que le diesen, aquello de que Dios estuviera en el Santísimo Sacramento del Altar ni aquello del sin mancha de pecado original con que la Virgen fuera agraciada como si su condición no consistiera en la de una simple mortal, menos aún lo de aquella mancha que todos traíamos al nacer. Y también le costaba entender el significado de aquel Buenos días su Señoría que jugaba con su amiga Rosario, a quien el coronel le buscó entre sus amistades para que a su niña no se la tragara la travesía de la soledad. Rosario, que era hija de su íntimo amigo Bernabé Aráoz y que tenía la misma edad de Luciana. A veces llegaban otros niños del vecindario y Luciana fue aprendiendo aquel juego cuyos versos guardaba en la memoria para decirlos antes de dormirse:

Hilo de oro, hilo de plata
Que jugando al ajedrez
Me decía una mujer
Lindas hijas tiene usted.
Yo las tenga o no las tenga
Yo las sabré de mantener
Con el pan que Dios me ha dado
Y el jarro de agua también.

    Hasta aquí la cosa le gustaba. Qué era eso de andar pidiendo las hijas de otro. Y la madre qué bien las defendía. Pero el mensajero no tenía ninguna intención de dejar allí a su elegida e insistía, insolente:      
    
Pues me voy muy enojado
Al palacio del rey
A contárselo a la reina
Y al hijo del rey también.

 Ante la amenaza, la madre cesaba en su resistencia:


Vuelva, vuelva pastorcillo
No me sea tan descortés
Que de dos hijas que tengo
La menor yo le daré.

Entonces la entrega se consumaba y la niña se marchaba con el pastorcillo, igual que Luciana aquella mañana de primavera, desobedeciendo la orden de su padre de no mirar hacia atrás, hacia el llanto de las mujeres y la mirada de desamparo dibujada en los ojos del abuelo. Y se preguntaba a qué rey debía ser entregada ella y si ésa sería la causa para haber abandonado aquel mundo en el que se movía con tanta facilidad como los choiques en medio de la llanura.
  Debió aprender también las enaguas almidonadas que le oprimían la cintura y las blusas con cuello de encaje de Malinas y botones de nácar que se pasaba media mañana tratando de hacer coincidir con los ojales. Pero por sobre todo debió darse cuenta de que madre no estaba en ninguno de los recovecos de aquella casa por más que la buscase y caminase por los corredores. Aunque se internase en el huerto y forzase los ojos para atisbar el final del callejón por si la veía venir con su paso de princesa que ha perdido su reino, con sus collares de colores y el tupu con que abrochaba la iquilla. Poco a poco comenzó a saber que no vería tampoco nunca más al abuelo ni se sentaría calladita junto al crisol en donde fundía la plata para fabricar las espuelas, los aros, los estribos, las sortijas y yesqueros ni iría con sus hermanas a buscar huevos de ñandú porque todo pertenecía a allá, a ese mundo que aquí era una realidad sepultada y prohibida y que a su sola mención las mujeres se encogían sacudidas por escalofríos y del cual se la pasaban murmurando cosas que interrumpían apenas ella entraba en la sala, llamada por  doña  Antonina para que saludes a las señoras que ponían en su mejilla un beso frío, un beso que más bien daban al aire, como si ella fuese la portadora de un gualicho, de uno de los wecufú, de ésos que se metían en las casas y en el corazón en forma de flechas invisibles y ocasionaba las desdichas de los cristianos. Y cuando repetía la palabra “cristianos”, no la asociaba con ese señor que veía colgando todo lastimado de dos palos cruzados, ni con la mujer de rostro compasivo que sostenía en sus brazos a un niño de pelo de oro y ojos celestes, sino con lo otro, con ese infierno en llamas de que hablaba el padre Anuncio en los sermones que decía cada domingo en la iglesia y al que, según él, irían todos los que no hubiesen recibido en su cabeza esas gotas que a ella le habían echado no hacía mucho. Y el corazón se le quedaba adentro del pecho como un puño cerrado cuando pensaba que allí irían todos los de “allá”: madre, hermanos, abuelos, porque no conocían ni les interesaba Jesús, sólo amaban a Chachao, el padre de todos. Pero a veces se tranquilizaba pensando que el padre Anuncio bien podía equivocarse y que ese señor todo lastimado tal vez no fuera tan poderoso como para hacer eso con los que ella amaba pues de ser así no colgaría como un pingajo de los palos. Entonces se dormía pensando que su madre estaba allí, al lado de su cama y le cantaba el canto del Uñefe, el lucero de la mañana, el que ampara a los huérfanos y a los que se extraviaron en la noche.    
  Algunas de las cosas de este nuevo mundo le gustaban. Un domingo de verano doña Antonina la llevó de la mano por las calles olorosas a tierra recién regada para que escuchara la retreta. En su corta vida en el acá Luciana se dio cuenta de que éste también se dividía en dos mitades bien marcadas: el adentro y el afuera. El adentro era Petronila que pasaba las horas con un gigantesco cucharón avivando los caldos, el tazón de chocolate con bizcochos que le servía cada mañana, la olla de hierro llena de agua que borboteaba rumorosamente. El adentro era un tiempo penumbroso y suave que pasaba detrás de los visillos de los espaciosos cuartos, los días en que la esperaba la ardua tarea de lavarse las trenzas con ayuda de Petronila. Inclinada sobre la jofaina de loza, Luciana veía sus cabellos desparramdos en el fondo como algas inmóviles y oscuras. Petronila le echaba un chorro de agua en la cabeza para enseguida enjabonarlo por segunda vez con ayuda de una porción de jabón de Marsella. Entonces Luciana sentía que sus cabellos empezaban a rechinar porque ya estaban limpios. Petronila los enrollaba sin piedad alrededor de su mano, retorciéndolos y secán-dolos con la toalla.
  El adentro eran los retratos al pastel de los bisabuelos, de los paternos, porque de los otros no tenía la menor idea de sus facciones, aunque a veces los imaginaba allí, sus retratos colgando de la pared, con su piel cobriza y sus rasgos de piedra, parecidos a los de mamá Aimé. Se los imaginaba cubiertos con el poncho recién salido de los telares y la vincha sosteniendo el pelo de un negro azulado. Se los imaginaba montando un caballo blanco, al igual que el bisabuelo de aquí, salvo que no con aquella chaquetilla de botones y alamares dorados  sino  con  el  torso  desnudo  y  la  lanza  en  la  mano. El adentro era también el abuelo Melitón que acudía todas las mañanas a tomar el desayuno, perfumado y peinado con esmero, ataviado con una levita negra impecable y una corbata de satén blanco, con esa mirada viva y alerta que conservó hasta su muerte. Era muy poco lo que Luciana veía del afuera, de ese vasto mundo que se extendía más allá de los umbrales de su casa y del cual ella fuera extraída. Por eso aquel día en que doña Antonina le ordenó que se pusiera el vestido rosa de organdí con el lazo de seda azul Francia, sintió que algo importante se avecinaba. Los ojos se le agrandaron por el asombro cuando vio los músicos delante de esos palos que llamaban atriles y que terminaban en unas especies de bandejas en las que descansaban unos papeles que Antonina le dijo eran las partituras. Las madres paseaban con sus hijos y las parejas de novios caminaban tratando de disimular los ardo-res del sentir y los soldados también paseaban en busca de alguna moza que les endulzara las horas que faltaban para volver al fortín. Luciana descubrió al director con su uniforme abotonado hasta el cuello y sintió un escalofrío cuando el estruendo de los tambores tapó el sonido de los clarinetes, arreciaron los platillos, se recogieron y extendieron las trompetas en un tañido lacerante y todo enmudeció inesperadamente, como si la voz de la  música llegada al ápice cayese a tierra zumbando.
  Luciana no fue la misma después de aquella experiencia. Luego del paseo circular que recorrió con el alma alborotada por el descubrimiento, preguntó a su abuela si cuando grande ella podría tocar en una banda. Antonina le contestó que aquello eran menesteres de varón y sintió entonces que otra vez debía dividir el mundo en dos mitades casi irreconciliables.                  


           

                   


                     



Ediciones del valle. Buenos Aires, 2006

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