jueves, 19 de noviembre de 2015

EXTRAÑO DE OJOS GRISES (cuento) Paulina Movsichoff


          Nada más que un indefenso corazón enamorado.
                               Olga Orozco


Margarita miró los pimientos, lavados por la lluvia. La plaza se había quedado desierta después de esa tormenta de verano. Algunos pájaros se bañaban en los charcos.  Un olor a tierra húmeda le impregnó los sentidos. Pese a todo se sentía acongojada. Demoraba el paso, quería llegar a su casa lo más tarde posible. Hoy le resultaba demasiado penoso enfrentarse nuevamente, como todas las tardes desde hacía quince años, con la monotonía de su soledad.  Pensó en sentarse en algún banco, pero no. Lo mismo daba antes o después. Por la vereda de enfrente pasó doña Genoveva con su hija. Mucho tiempo había pasado desde que la viera la última vez. Casi después de la muerte de su madre. No pudo evitar el recuerdo de ese tiempo. Doña Genoveva era quien las ayudaba, a su madre y a ella, en la confección del ajuar para su próximo casamiento. No le costaba nada imaginarse en el corredor de los geranios, bordando en la largas siestas del verano, acompañada del ronroneo de la máquina de coser. Y luego aquello. Carmencita, la menor, fugándose con Roberto, con quien ella debía casarse al mes siguiente. La madre murió poco después. Desde entonces ella vivía sola, trabajando de vendedora en la perfumería. Al llegar junto a la puerta de su casa le pareció que algo fuera de lo habitual iba a ocurrir. Se encogió de hombros y entró. Un desacostumbrado olor a tabaco la envolvió ya desde el zaguán. En el patio, un hombre de ojos grises le apuntaba con el cañón de su revólver. Tragó saliva y esperó. “Necesito un lugar para esconderme, me andan buscando así que tendrá que resignarse”. “Proceda como si estuviera sola”, agregó. Margarita se dirigió a la cocina y allí se afanó en la cocina. Al tender la mesa debajo del parral, como lo hacía en las noches de calor, sus manos temblaban imperceptiblemente. En sus ojos había una sombra de miedo y sus pasos no eran tan firmes como de costumbre. Puso dos cubiertos. Comieron en silencio. Los ojos del hombre recorrían la casa, los árboles de la quinta, las paredes de resplandeciente blancura. “Le pondré un catre en el comedor”, dijo Margarita. “Yo salgo temprano a trabajar. Si se piensa quedar aquí trate de no mostrarse. Todos saben que vivo sola, de modo que si los vecinos lo ven, van a sospechar”.
  Transcurrió un mes sin sobresaltos. Margarita ya se había acostumbrado a la presencia de ese hombre de ojos  grises que liaba él mismo sus cigarrillos. A su parquedad. No le preguntó qué hizo ni de dónde venía. Él tampoco se lo dijo. Pero se iba creando en ellos una complicidad que trascendía las palabras. Ya la soledad no la oprimía como antes. Era agradable sentir la respiración acompasada del extraño en el cuarto de al lado, antes de dormirse.
  Aquella noche se desveló más que de costumbre. Un desasosiego inusual la llevaba a moverse en la cama, sin encontrar postura. “Todavía no sé cómo te llamas”, dijo la voz cálida a su lado. “Margarita”, respondió ella y sus brazos lo recibieron. Así, a los treinta y cinco años, conoció por primera vez la fuerza y la ternura del hombre. El vértigo del amor y su saciedad. A veces se acongojaba al pensar en la incertidumbre del futuro. Pero nunca se lamentaba. Recostada a su lado, pensativa y absorta, las manos de él jugaban con su cuerpo.
  Aquella tarde, en la perfumería, sintió una imperiosa necesidad de salir antes de hora. Quería estar con él desde temprano, hablarle del hijo que esperaban. Deseaba sentir sus brazos ciñéndola, acariciando el vientre donde una vida había fundido las suyas para siempre. El aire traía la inminencia del otoño. Una llovizna leve mojaba las calles y los árboles. Lo llamó al abrir la puerta. Se extrañó de que, como lo hacía habitualmente, no saliera a recibirla. En el comedor el catre estaba como siempre, no así la ropa de la silla. Esa ropa que ella había cosido y planchado tantas veces. Fue hasta el patio. Ni señales. Un fuerte viento acompañaba a la lluvia que ya comenzaba a arreciar. Caminó por la casa definitivamente silenciosa, buscando una huella, una señal. Pero no encontró nada.
  Se sentó en la cama. Con las manos cruzadas sobre el vientre, comenzó a llorar.   



Extraño de ojos grises  SEP, México, 1982              

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