viernes, 27 de noviembre de 2015

LOS ÚLTIMOS JAZMINES- Paulina Movsichoff



Al ser empujada la puerta emitió un chirrido. Era una antigua verja de hierro, pintada de gris. Irene reprimió un estremecimiento. El reencuentro con su pueblo no la había impresionado tanto como la casa, destartalada y solitaria en ese atardecer de abril. Miró detenidamente el pequeño jardín, invadido ahora por la maleza. No pudo dejar de pensar en su padre, sentado en el césped, podadora en mano. Pero de eso hacía mucho tiempo. Advirtió que las heladas estaban acabando con la enredadera de jazmines que trepaban hacia la ventana del comedor. Formó un pequeño ramos con los últimos que quedaban. Sacó luego las llaves del bolso y buscó la que correspondía  a la  puerta de entrada. Un olor a humedad le llegó desde las paredes del zaguán. Tuvo la sensación de penetrar en un mundo acabado del cual ella era la última sobreviviente.
Por los postigos cerrados de la sala se filtraba una débil claridad. Las paredes, altas y desnudas, aumentaban la impresión de desamparo. Una gruesa capa de polvo cubría los muebles. Al sacudir los almohadones del sillón volaron, asustadas, las polillas. Allí estaba, intacto y majestuoso, el piano de cola en el que Amelita, su hermana, solía pasar largas horas ensayando. Sólo ella se había quedado luego de la muerte de sus padres, tratando de resguardar el pasado de los embates del tiempo. Volvió a su memoria la alegría que le produjo, allá en Buenos Aires, la noticia de  su casamiento y posterior embarazo. Tratando de desechar el recuerdo del accidente, siguió recorriendo la habitación. Sus ojos tropezaron con la consola. Sobre ella, un jarrón con calas secas era el único vestigio de la tarde en que Amelita e Ignacio, su marido, fueron velados. Esto había ocurrido poco antes de la fecha en que el niño debía nacer.
Un grillo ponía su nota monocorde en el silencio del patio. Las gallinas escapadas del fondo vecino pisoteaban la tierra. Se sentó en la vieja mecedora de su madre y se hamacó un buen rato, abstraída y distante. En la fuente de lajas, el león pintado parecía esbozar una sonrisa sarcástica. No había querido recorrer los otros cuartos. Estaba bien así, en esa nostalgia silenciosa.

Algo parecido a un quejido la sobresaltó. Volvió la cabeza. A su alrededor no había nada que pudiera indicarle su procedencia. Pronto el quejido se fue haciendo más continuo, hasta acabar en lo que no podía ser otra cosa que un llanto de niño. Decidida, caminó hacia uno de los dormitorios. Todo estaba como antes. El llanto procedía del cuarto vecino. Encendió la luz. El espejo de la cómoda reflejaba un bulto sobre la cama. Allí, en un canasto de mimbre, envuelto en sábanas bordadas con la inicial de  Montero, el niño se adormecía.



Extraño de ojos grises- Mèxico, 1982

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